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Romance, monstruos y mercado

floresMi mujer dice que no soy romántico y tiene razón. No lo soy. Caminar por la calle con un ramo de flores me produce una vergüenza intolerable. Y para invitarla a desplegar nuestras sensualidades en pos de una sagrada comunión de cuerpo y alma, le pego un chiflido desde el dormitorio.

Usted se preguntará: ¿por qué esa pobre chica se casó con semejante ordinario? La respuesta es muy sencilla: porque cuando se casó conmigo yo no era la alimaña que soy ahora. Por el contrario, era atento y generoso. Escuchaba con atención cada palabra que salía de su boca con el fin de complacerla. Era capaz de transportar flores en público, iba a bailar (¡a bailar!), y hasta tenía la delicadeza de ocultarle todo rastro de mis funciones corporales. Era un ser hermoso. Era un romántico.

Era todo mentira.

Pero no una mentira mía. En este turbio asunto me declaro tan víctima como mi sufrida media naranja. Es la misma Madre Naturaleza la que miente, en su infinita sabiduría, dotando a los hombres de la capacidad de ser románticos durante el noviazgo y retirándola apenas firmado el contrato nupcial (o iniciado el concubinato). Es un mecanismo cínico y cruel, es verdad. Pero es la única manera de conservar la especie. En nuestro estado normal los hombres no podríamos seducir ni al Yeti. Somos seres desagradables: tenemos un sentido subdesarrollado de la higiene y cultivamos todo tipo de conductas repulsivas (como la de festejar nuestras emanaciones de gas, por mencionar solo una). ¿Qué clase de criatura se dejaría inseminar por un animal así?

Habrá quien se pregunte: ¿si la naturaleza es tan sabia por qué no extiende hasta la muerte la capacidad romántica del hombre con lo cual todos seríamos mucho más felices? Ensayo una respuesta: porque el mundo se quedaría sin la mitad de su población activa y se derrumbaría. El hombre en trance romántico solo sirve para sonreír, articular frases zalameras y negarse a ser el primero en abandonar una conversación telefónica. Solo piensa en reproducirse, es incapaz de fabricar acero, extraer petróleo o sembrar otra cosa que no sea su semillita.

No culpo a mi compañera por sus reproches. Obra de buena fe. Ella me conoció siendo romántico y ahora no hay forma de hacerle entender que ese no era mi verdadero yo. Sufre y se desespera. Vive soñando con el luminoso día en que recuperará al delicado ser que la cortejó. Cree que estoy enfermo y que puede curarme. Y lo cree porque está, como todo el mundo, bajo la influencia de la omnipresente Corporación Romántica.

Todo este drama es culpa de ese engendro del mil cabezas compuesto por poetas cursis, productores de Hollywood, floristas, escritores de novela rosa, fabricantes de globos con forma de corazón, elencos enteros de telenovelas y cantantes melódicos. La Corporación Romántica es la única beneficiaria de esta tragedia. Para lucrar con la esperanza de criaturas desahuciadas, se ha dedicado desde siempre a celebrar el romance como un fenómeno perteneciente a la esfera espiritual. No es así. El romance es una función fisiológica del ser humano. Ser romántico reviste el mismo mérito que saber hacer pis o caca.

Estoy harto del dolor y la frustración que causan los mercachifles del amor prefabricado. Quiero patearles el kiosquito. Quiero gritarles a la cara…

¡Basta! ¡Dejen de meterle pajaritos en la cabeza a la gente! Dejen que la verdad prevalezca. Escriban sobre el fin de la esperanza. Hagan una película sobre la muerte del galán de las flores. Que el próximo culebrón cuente como fue asesinado, devorado y excretado con alegría por una bestia peluda llamada marido. Canten sobre ese victorioso monstruo asesino que (con un poco de viento a favor) amará a su mujer, profunda y parcamente, sin exabruptos florales, hasta el fin de su repugnante existencia.
 

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