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Viejo careta

Rembrandt_The_Artist_in_his_studioA mis cincuenta y tantos, había ganado un par de premios, exponía bastante, vendía con cierta frecuencia, daba charlas en universidades, era apreciado por mis colegas y respetado por la crítica. Tenía una casa modesta, pero amplia y luminosa, con jardín y taller al fondo. Alquilaba un atelier en un barrio bacán, para dar clases; me cogía a todas las alumnas que se ponían a tiro.

Pintaba todos los días, de nueve a una, abusando del mate y la marihuana. Me consideraba dueño de un arte verdadero al que le dedicaba la vida. Creía, sin fisuras, que para mí no había nada más importante que mi arte. No tenía la menor sospecha de que era un farsante.

Como no podía pintar sin fumar, cultivaba mi propia hierba. Sembraba cinco o seis plantas en primavera, en un rinconcito discreto pero soleado del fondo, y las cosechaba al final del verano. Cuidaba a mis plantas como no cuidaba a nada ni a nadie en el mundo. “Buen día, chicas”, les decía cada mañana, antes de revisarlas.

No eran lo único que tenía en el fondo. También había un jazmín, una lavanda, un laurel, un gomero, una rosa china, un par de líneas de flores y un naranjo precioso. Hacer un par horitas de jardinería por semana ayudaba a despejarme.

Lo que no me gustaba era cortar el pasto, una tarea demasiado mecánica y sobre todo demasiado física para mí. Pero no quería contratar un jardinero, por las chicas. Ellas eran mi secreto; apenas un par de amigos sabían que existían. El pasto siempre estaba alto porque yo estiraba lo más posible el momento de cortarlo.

Una noche, al principio del verano, vino una de mis alumnas a casa. Era una antropóloga de cuarenta y algo, divorciada, que trabajaba para la secretaría de cultura de la provincia. Pintaba en mi atelier, dos horas, los sábados a la mañana, y se quedaba a dormir en casa un par de veces por semana.

Se llamaba Silvia, y esa noche, después de desnudarse, se quedó mirando el jardín a través de la ventana de mi dormitorio.

–Tenés el pasto alto –dijo–. Te voy a mandar a mi nene para que lo corte.

Esquivé el ofrecimiento. Dije que no hacía falta y le pellizqué el culo como invitación a pasar al siguiente tema. Pero al otro día, Silvia, que normalmente se hacía un café en la cocina y se iba a trabajar sin hacer ruido, me despertó con una caricia en la sien.

–Le digo al nene que pase a las diez –dijo.

Quise repetir que no hacía falta, pero no tenía voz; me salió un ronquido cavernoso y cuando terminé de aclararme la garganta Silvia ya no estaba. Así que me levanté, desayuné, revisé a las chicas que crecían espléndidas en su rincón, y me metí en el taller.

Si alguien tocaba el timbre, yo no tenía forma de saberlo mientras estaba en el taller. Cuando estaba ahí, no quería saber nada del resto del mundo. Ahí no había teléfono de línea y jamás llevaba el celular. Era mi cueva; pasaba la mañana entera metido ahí adentro, sin hablar con nadie, concentrado en el trabajo, saliendo solamente para fumar porque prefería no tener el ambiente lleno de humo.

En una de esas salidas, me encontré a David; lo vi cuando levanté el mentón para exhalar, después de encender el porro y darle una chupada larga.

El fondo y el frente de la casa estaban comunicados por un pasillo externo que comenzaba en una puerta cerrada con llave; David dijo que la había saltado, después de tocar varias veces el timbre, para ver cuánto trabajo había. No le creí, pero me pareció que ignorando el allanamiento íbamos a terminar antes; le dije que no podía atenderlo porque estaba trabajando, que su madre y yo nos habíamos entendido mal.

David se quedó mirándome sin mostrar la menor intención de moverse.

–¿Me das un seca? –preguntó.

Le dije que se las tomara rapidito.

Unos días más tarde vino Silvia a cenar. Ni bien cruzó la puerta, noté que estaba particularmente contenta, exaltada casi. Después de la cena, como era costumbre, pasamos al sofá y serví dos vasos de whisky.

–Ay –dijo Silvia –. No tendría que decirte esto…

Pensé que me iba a hablar de sentimientos, que iba a tener que ponerle los puntos y que esa noche me quedaba sin coger. Pero estaba errado. Silvia me contó que su jefe, el secretario de cultura, le había encargado un proyecto que la tenía entusiasmada: la creación de un premio anual para una figura destacada de la cultura provincial.

–Músicos, escritores, cineastas, pintores… –dijo

Quise mostrarme lo menos interesado que fuera posible. Así que la felicité reglamentariamente, me levanté del sillón, puse música y antes de volver a sentarme, bien pegado a ella, maté el whisky de un par de tragos.

A la mañana siguiente, me desperté con Silvia sacudiéndome.

–¿Qué hizo David? –me preguntó. Tenía una cara que jamás le había visto; estaba transfigurada–. ¿Por qué no cortó el pasto?

David no le había hablado de nuestro encuentro, así que tuve que hablarle yo; se lo conté tal cual había sucedido, omitiendo el detalle del porro.

Cuando terminé, Silvia parecía más vieja.

–Te juro que ya no sé qué hacer con él –dijo–. Ahora no me habla.

David tenía quince años; había estado a punto de ser expulsado del colegio por romper una ventana de una piña y se había llevado todas las materias a marzo. Silvia lo había castigado, dejándolo sin vacaciones y obligándolo a hacer trabajitos para sus amigos y conocidos.

–¿Le puedo decir que vuelva? –me suplicó, llorando.

David vino al día siguiente; llegó una hora y media tarde, con cara de dormido. Le dije dónde estaban la máquina y el alargue, y después le pedí que me acompañara hasta el rincón de las chicas, que seguían creciendo sanas. Todavía no tenían una altura considerable ni la resistencia de la caña, un jardinero adolescente con sueño podía ser letal para ellas.

–Ojo con estas –le dije, señalándolas mientras lo amenazaba de muerte con la mirada.

Tardó una hora en cortar el pasto; lo hizo bien, con prolijidad, sin causar daños y, lo más importante, sin molestarme. Estaba empapado en transpiración cuando terminó, así que lo llevé a la cocina y le di un vaso de agua fría.

Busqué la billetera y le alargué un par de papeles.

–Mi vieja no quiere que agarre plata –dijo.

–Entonces que quede entre nosotros –dije yo. Y agarró.

A la semana siguiente, cuando Silvia me preguntó si quería que mandara al nene, le dije que sí. Superados los miedos, me había resultado muy cómodo que me cortaran el pasto.

El pibe empezó venir todos los jueves. Y lo que había pasado el primer día, se hizo regla; llegaba a cualquier hora, pero era callado y prolijo. Sacaba y guardaba solo la máquina, sin que yo tuviera que decirle nada. Me interrumpía solamente cuando terminaba y yo le daba un par de billetes.

–¿Puedo ver tus cuadros? –me preguntó un día, después de agarrar la plata.

Por aquella época me había encontrado unos carteles de inmobiliaria, dentro de un contenedor; eran cinco chapas grandes, muy deterioradas. De una de ellas, ahí mismo, en la calle, había visto surgir la cara de una mujer; eso me había dado la idea de hacer una serie de rostros. Estaba trabajando sobre las chapas tal cual las había encontrado, aprovechando a veces zonas del color original, agujeros, texturas del óxido.

Hice pasar a David al taller, que hedía fuerte a marihuana porque los días que él cortaba el pasto yo fumaba adentro, y le mostré lo que estaba haciendo.

–Está bueno –dijo.

Silvia vino a casa un par de días más tarde. Apenas abrí la puerta me abrazó y besó en la boca, cuando lo normal era que los besos empezaran recién después de la cena.

–Gracias –dijo– por el gesto que tuviste con David.

No supe a qué gesto se refería.

–¡Meterlo en tu estudio! ¡Mostrarle tu obra! –dijo Silvia, con una efusividad que me pareció sobreactuada.

No estaba feliz porque lo que yo había hecho, sino porque el pibe se lo había contado; su hijo se había dignado a dirigirle la palabra.

No me gustó nada el color que tomaba el asunto y pensé que había sido un gran error darle cabida al pibe; sin darme cuenta había sido bueno con el hijo de una mujer que me admiraba, y de la que yo solo pretendía una cosa. Pensé que lo mejor era cortar por lo sano, antes de tener problemas. Pero esa noche Silvia estuvo especialmente fogosa.

El jueves siguiente, David llegó un poco menos tarde que de costumbre. Esa mañana, yo estaba empezando la quinta chapa, la última. Alguien le había volcado solvente encima; tenía una gran mancha en el centro donde se mezclaban los colores. De ahí había visto asomar la cara de un viejo y estaba trabajando para sacarla.

David golpeó la puerta del taller y cuando le abrí me mostró un gusano verde que caminaba sobre su dedo índice; dijo que lo había encontrado en las plantas.

No me inspiró confianza que el pibe anduviera mirando mis plantas de tan cerca; lo dejé pasar porque en ese momento lo que más me preocupaba era la salud de las chicas. Fuimos juntos a verlas y David encontró dos gusanos más. Esa misma tarde compré un producto para tratarlas y una lupa para revisarlas porque había dejado de confiar en mi vista.

Después de aquel episodio, David estuvo tres semanas sin venir. Silvia se fue de vacaciones a Brasil, y el pibe, que seguía castigado, pasó ese tiempo en la casa del padre, en la zona oeste. Fueron tres jueves en los que llegué extrañarlo; me había acostumbrado a tener el césped prolijo.

Silvia estaba preciosa cuando volvió; tenía la piel tostada y eso le daba un aire juvenil. Pasamos directamente al dormitorio. Cuando terminamos, ella se acurrucó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Era la primera vez que lo hacía; me molestó muchísimo y me escapé de la cama con la excusa de ir al baño.

Cuando volví, Silvia tenía un paquetito en la mano. Ella misma lo abrió, supongo que para sacarle peso al hecho de que me estaba haciendo un regalo. Era uno de esos móviles que suenan con el viento; una pieza de madera de la que colgaban siete tubos metálicos de diferentes largos.

–Es un espanta espíritus –dijo.

Después se acercó a la ventana y se quedó mirando el jardín. Esperé un comentario sobre el pasto, alto, que me sirviera para saber cuándo iba disponer nuevamente de los servicios de David. Pero Silvia, sin decir palabra, abrió la ventana, trepó al marco y saltó al jardín. Completamente desnuda, caminó hasta el naranjo y colgó el espanta espíritus de una rama baja.

Estaba seguro de no haberle dado Silvia la confianza suficiente para decorar mi casa. Y además, el gesto me pareció falsamente espontáneo, calculado. No dije nada, pero me ocupé de mostrarme hosco durante el resto del encuentro como para señalar que se había pasado.

Pero Silvia no se dio por enterada. Insistió en invitarme a cenar en una pizzería del barrio y mientras comíamos me contó sus vacaciones con lujo de detalles, riéndose de sus propias anécdotas.

–Quiero que la próxima vengas a casa –dijo, a la altura del postre.

Era la señal. Tuve clarísimo que lo nuestro se tenía que terminar, que iba a lamentar cada minuto de más.

–De paso, invito a Mariano y cenamos –siguió Silvia–, así se conocen.

Mariano era su jefe, el secretario de cultura de la provincia.

 

El jueves siguiente, David apareció con un cartel de venta inmobiliaria, de chapa, como los que yo había encontrado; tenía varios bollos y el óxido empezaba a comerse un vértice. Cuando le pregunté de dónde lo había sacado, dijo que lo había visto tirado en un baldío.

Me venía al pelo la chapa. Por un lado, llevaba tiempo pensando que cinco obras eran pocas para armar un serie de peso. Por otro, el viejo se me estaba resistiendo mucho; se me escondía; me iba a venir bien dejarlo descansar y trabajar mientras tanto en otra cosa.

Ese día le di un billete extra a David.

Y el jueves siguiente, cayó con dos carteles. Tenían la chapa sana, nada de agujeros ni óxido, y los colores algo quemados por el sol pero intactos. Era evidente que todavía no habían cumplido su ciclo, así que no le pregunté de dónde los había sacado.

Mojé los carteles, le di una mano de removedor y los dejé a la intemperie para que fueran ganando textura. Lo hice todo en el momento, por esquivar el trabajo creativo. El plan de empezar obra nueva no estaba funcionando; se me estaba haciendo muy complicado trabajar con el viejo ahí, en un rincón; era una sombra que me clavaba la vista en la nuca.

Llegué tarde a la cena que organizó Silvia, intencionalmente. Ella me lo recriminó en broma, con una sonrisa espléndida. Se había maquillado y tenía puesto un vestido entallado que resaltaba su figura. La vi tan hermosa que perdí la reticencia con la que había llegado a su casa, que no era poca.

Silvia me dio un pico muy discreto y fuimos hasta el living, donde habían un hombre y una mujer tomando mojitos. Me sentí desconcertado por unos breves instantes, hasta que comprendí que el secretario de cultura había venido con su esposa. No estaba en una cena laboral, como yo pensaba, estaba en una cena de parejas.

Después de las presentaciones, me senté en un sillón individual. Silvia me sirvió un mojito y se sentó con mucha elegancia en mi apoyabrazos; anunció que íbamos a cenar sushi, excusándose por no habernos consultado el menú. El secretario y su mujer aplaudieron y yo pensé que el vino tinto que había llevado iba a quedar como el culo con el pescado crudo.

Siguió un silencio incómodo, del que quiso salvarnos la esposa del secretario.

–¿Soy muy chusma si les pregunto cómo se conocieron? –preguntó.

Silvia soltó una risita y contó que toda su vida había tenido ganas de pintar, pero nunca se había animado. Dijo que una amiga le había hablado de mi atelier. Confesó que hasta el momento de entrar, no conocía mi obra. Entonces la esposa del secretario aprovechó para confesar que tampoco conocía mi obra. El secretario le dio un trago al mojito y no dijo nada, de lo cual deduje que tampoco conocía mi obra.

Durante la cena el secretario y su mujer comentaron el crucero por el Mediterráneo que acababan de hacer, cuidad por ciudad, espectáculo por espectáculo. Silvia habló de Brasil y cuando la esposa del secretario le preguntó por David dijo que estaba encerrado en la casa de su padre, estudiando para rendir en marzo. Dijo que le sacaba canas verdes, y también dijo que yo era el único adulto al que su hijo respetaba.

Tuve que preguntarle por qué lo decía.

–Las madres sabemos cosas –dijo–, aunque no nos hablen.

Después de cenar, el secretario sacó un paquete de cigarros turcos y me ofreció uno. Salimos a fumar al patio, a solas.

–Me comentó Silvia –dijo el secretario, después de darme fuego y encender también su cigarro– que el proyecto te interesa.

Dije que en realidad sabía muy poco del tema. Entonces el secretario dijo que Silvia le había propuesto armar una exposición que recorriera todas las provincias e incluso algunos países limítrofes, y acompañarla de una serie de conferencias magistrales.

–Además del premio en metálico –dijo, y me informó la cifra que estaban manejando.

Era plata como para comprar el atelier y pasar tranquilo un par de años, incluso sin vender nada.

–A eso, restale el diez del retorno –dijo el secretario.

No fue fácil volver al trabajo con esas palabras en la cabeza. En cuanto me distraía, me descubría armando mentalmente una gran retrospectiva de mi obra o calculando cuánto podían pedirme por el atelier. Para colmo, el viejo seguía enrocado; le hablaba; lo insultaba a los gritos, pero no lograba nada.

Los únicos momentos de paz que tenía me los daban las chicas; estaban altas, haciendo buenos cogollos. Una mañana, cuando salí a revisarlas, noté que el pasto estaba demasiado alto y me di cuenta de que ya era viernes y David no había aparecido. Sentí cierta preocupación por el pibe, pero no tanta como para llamar a la madre e interesarme por él.

Esa misma noche sonó el timbre y cuando abrí la puerta me encontré a Silvia con los ojos hinchados.

–David quiere vivir con el padre –dijo; se me tiró encima para que la abrazara y empezó a llorar.

La llevé hasta el sofá y le serví un whisky.

–¿Qué hice mal para que prefiera a ese hijo de puta? –decía, y otras cosas por el estilo, entre ahogos y suspiros.

El llanto se me hizo insoportable. Tuve ganas de decirle que no me interesaban sus asuntos familiares, de echarla de mi casa. Pero en lugar de eso, me senté a su lado, la abracé y empecé a consolarla usando los lugares comunes: es un adolescente; ya se le va a pasar.

Cuando logré calmarla, preparé la cena; miramos televisión y nos metimos en la cama. Esa noche hacía mucho calor y, mientras cogíamos, pensé que lo primero que iba a hacer, antes de comprar el atelier, era poner aire acondicionado en mi habitación.

–¿Hablarías con David? –me preguntó Silvia cuando terminamos, con la cabeza apoyada en mi pecho.

Le dije que contara conmigo.

A la mañana siguiente Silvia se fue sin despertarme, pero me dejó en la cocina, debajo del mate, un papel donde había anotado el número del celular de David. Me lo metí en el bolsillo y lo paseé todo el día. Recién a la noche se me ocurrió una forma de encararlo; lo llamé y le dije que si no iba a venir más lo manifestara claramente porque, en ese caso, yo necesitaba contratar a otro jardinero. Picó de inmediato.

–Paso mañana –dijo.

Al día siguiente, estaba sentado frente al viejo, pensando en darme por vencido, cuando escuché el ruido de la máquina. Me pareció que el tiempo había pasado demasiado rápido esa mañana y miré el reloj. Recién eran las diez; David había llegado temprano. Me asomé discretamente al jardín por la ventana del taller y vi, apoyada sobre el tronco del naranjo, una nueva chapa de inmobiliaria.

Se sorprendió cuando lo invité a tomar unos mates, con razón, porque yo nunca le había ofrecido otra cosa que no fuera el vaso de agua del final y los billetes. Entró en el taller con cautela, como oliéndose la trampa; le ofrecí el banquito que estaba frente al viejo y yo me senté en una silla, junto a la mesita donde tenía el termo, el mate y un cenicero sobre el que había apoyado un porro recién armado.

Para romper el hielo le pregunté cómo iban los exámenes.

–Mal –dijo–. No me interesa lo que enseñan en el colegio.

Cambié de conversación; empecé a interrogarlo sobre su vida; le pregunté si le gustaba la música, si le gustaba el cine, si tenía novia, cosas así. Y David arrancó tenso, pero de a poco se fue aflojando. Cuando ya no quedaba agua en el termo, me dijo que estaba pensando en pintar.

Se hizo un silencio porque no supe qué decirle.

–¿Puedo? –me preguntó David, señalando el porro que estaba sobre el cenicero.

–Dale –dije.

Lo dejé con el porro y me fui a la cocina con la excusa de ir a calentar agua. Quería dejar pasar el tema de la pintura; se me hizo demasiado jugarle con eso. Esperé unos veinte minutos en la cocina, y cuando volví con el agua caliente, el interior del taller estaba lleno de humo.

David estaba sentado en el banquito, mirando fijamente al viejo, con los ojos muy rojos y una mueca agria en la cara. Entre los dedos de una mano tenía el porro, consumido casi por completo.

––Viejo careta –dijo –. Mi mamá te mandó a ser bueno conmigo

Se levantó del banquito y salió del taller, pasando por delante mío sin mirarme a la cara. Lo seguí hasta la puerta de calle, diciéndole que había fumado demasiado, que el porro lo había puesto paranoico, pero no sirvió de nada.

Pasé el resto del día en el taller, mirando al viejo y pensado en plata.

Silvia apareció cuando empezaba a oscurecer. Estaba desesperada; David no había vuelto a la casa del padre ni contestaba el teléfono.

–¿Pasó por acá? –me preguntó–. ¿Le hablaste?

Le dije que lo había intentado pero el pibe se lo había tomado a mal.

–¿Por qué no me avisaste antes? –me dijo, llevando la voz a un tono que me hizo perder los estribos.

Le pedí de muy mala manera que no me metiera en sus temas familiares, que volviera cuando los tuviera resueltos.

Silvia dejó de ser la madre de David y volvió a ser la mujer que se metía conmigo en la cama; me miró a los ojos queriendo descubrir si lo que acababa de escuchar había sido una mera torpeza de mi parte, un exabrupto derivado de la tensión del momento, o se trataba de mi verdadera voluntad.

Le confirmé con la mirada que la estaba echando de mi casa y me dio vuelta la cara de un cachetazo. Después se fue, diciendo que yo era un desalmado hijo de puta y que no quería volver a verme nunca más.

Lo único que sentí fue alivio; no sentí pena ni arrepentimiento, ni por lo hecho a Silvia ni por la plata que acababa de evaporarse.

Cené solo, frente al televisor, y después me tomé mi whisky disfrutando cada sorbo, feliz de no tener que hablar con nadie. Me acosté bien ancho en mi cama, y cuando escuché sonar el espanta espíritus, me reconfortó pensar que ya podía sacarlo de mi naranjo.

Con esa idea salí al jardín, a primera hora de la mañana, pero el móvil ya no colgaba de la rama, estaba tirado al pie del árbol. La chapa que David había traído el día anterior estaba embutida dentro de la rosa china; una de las chapas que yo había dejado afuera, ganando textura, aplastaba la lavanda; la otra había ido a parar al gomero, que tenía varias ramas partidas.

Las chicas habían sido arrancadas de raíz y estaban desaparecidas.

Me faltó el aire y pensé que me iba a al suelo. A los tumbos, entré en el taller y me senté en el banquito. Quedé doblado sobre mí mismo, jadeando como un perro.

Cuando al fin logré recuperar el aliento, levanté la vista y ahí estaba el viejo, mirándome a los ojos, nítidamente revelado; tenía el gesto patético de un mentiroso, en el preciso momento de ser descubierto.

 

  La obra que ilustra este cuento es El pintor en su estudio, de Rembrandt.

 

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Bichos raros

bichos raros1Mi viejo se comunicaba con silencios. Para saber qué opinaba de algo, había que prestar atención a lo que no decía. Cuando mamá empezó yoga, después meditación y después se hizo vegetariana, por ejemplo, mi viejo no dijo nada. Y ese silencio significó que no la comprendía pero la respetaba. Muchas milanesas de soja se comió mi viejo sin decir una sola palabra mientras yo pataleaba reclamando unas milanesas de verdad.

Otro silencio era el que usaba en la cancha, con el pelado de la heladería; ese era el silencio de desaprobar. “Ocho, ¡se te ve el hilito del tampón!”, gritaba el pelado de la heladería si el ocho del equipo contrario no ponía fuerte la pierna. “Ocho, te espera tu familia para hacer la losa”, gritaba si el otro equipo era pobre. O gritaba “Ocho, metete en el área que hay postres”, si el ocho tenía unos kilos de más o “Sacate las cadenas”, si el ocho era negro.

Íbamos siempre al mismo lugar de la cancha; a un rincón de la cabecera, bien arriba, donde en verano se disfrutaba de un cuadradito de sombra que proyectaba la torre de transmisión abandonada. Y la gente que nos rodeaba era la misma en todos los partidos. No había asientos marcados, eran escalones de cemento, pero todos sabíamos perfectamente cuál era nuestro lugar. El pelado de la heladería estaba dos escalones por arriba nuestro. Todo el mundo le festejaba las ocurrencias, menos mi viejo, que hacía silencio.

Así fui haciéndome la idea de que mi viejo respetaba por igual a todas las personas. Por eso me desarmó tanto cuando puteó a Angulo.

Angulo había sido el misterio de la temporada. Venía de un club ignoto de La Paz, de donde lo había traído nuestro técnico, el Pata Gutiérrez. Tenía pinta de quechua Angulo; era bajito, fornido, trigueño, y lo habían presentado como a un diez fino, habilidoso, inteligente, repartidor de juego. Y antes de que su relación con la tribuna desbarrancara del todo, algo había demostrado de esas supuestas habilidades. Había metido alguna que otra pelota de gol, linda, precisa. Pero en seguida se empezó a notar que tenía el pecho más frío que las profundidades del Titicaca.

Nadie podía entender por qué el Pata Gutierrez, que se había formado en el club y, antes de irse a Bolivia, había sido el capitán del plantel más glorioso de nuestra historia, nos había traído semejante muerto. “¿Qué le vio el Pata a Angulo?”, se preguntaba todo el mundo en el cuadradito y más allá. Hasta que una tarde, después de un entrenamiento, el utilero los enganchó acaramelados en el cuartito donde guardaba las pelotas.

Los secretos no duraban nada en mi barrio, así que a los pocos días ya lo sabíamos todos. Igual, la gente intentaba ser cautelosa; cuando alguien lo contaba, decía “no lo comentes” o “en realidad no se sabe” o se mentaba a las malas lenguas. El Pata era un héroe y nadie quería lastimarlo. Se colgaba una bandera con su cara en el alambre, en todos lo partidos, un privilegio que normalmente está reservado para los muertos.

Pero los resultados no acompañaban. La segunda ronda fue para el olvido; un desastre, no jugábamos a nada. Tuvimos una racha de siete derrotas consecutivas. Después empatamos dos, sin goles. Y después perdimos el clásico, de locales, por goleada. En el momento en que el referí pitó el final, la barra arrancó con un canto sobre el Pata y Angulo. La rima estaba regalada.

Así de calentito estaba el ambiente cuando, tres semanas más tarde, nos encontramos en la disyuntiva de tener que ganar o ganar para mantener la categoría. Fue un partido horrible; tenso, trabado. Se notaba que la mayor preocupación de los jugadores era cómo iban a salir de la cancha si empataban o perdían. Y la barra, con la orquesta de bombos, redoblantes y vientos, a pleno, no paraba de escupir veneno contra el Pata y Angulo.

A los noventa y dos minutos, con el partido cero a cero, aún no se sabe si movido por la inocencia, la estupidez o por un billete entregado en sombras, el tres de ellos agarró de la camiseta a nuestro nueve en una jugada intrascendente, pero dentro del área. El nueve se tiró a la pileta y el referí dio penal. El encargado de patear todas las pelotas detenidas de mitad de cancha para adelante, incluidos los penales, era Angulo.

Apenas se escuchó el silbato la barra arrancó con un canto buena onda, de apoyo a los colores; un clásico de la cancha que se cantaba sobre una melodía de Los Aunténticos; un intento desesperado de borrar de la memoria de Angulo, en segundos, los insultos que venía sufriendo hacía meses. Insultos que Angulo no había dado señales de escuchar hasta que, después de acomodar la pelota en el punto del penal, se irguió, sacó pecho y señaló al corazón de la tribuna cabecera como diciendo: “Para ustedes”.

Jamás hizo declaraciones al respecto así que solo él sabe lo que quiso hacer. La mayoría de la gente piensa que nos tiró al bombo, lisa y llanamente, para vengarse de las humillaciones. Yo creo otra cosa. Estoy de acuerdo en que fue una venganza, pero creo que quiso llevarla a cabo de una manera mucho más hermosa; creo que quiso hacer un gol que no se borrara jamás de la cabeza de todos los que se habían burlado de él y del hombre que amaba.

La cuestión es que la picó, suavecito, al medio. El arquero ni siquiera tuvo que tirarse, levantó una mano y la bajó, como si estuviera arrancando una manzana de un árbol. Yo no lo vi. Estaba de espaldas al pasto, porque en esa época me ponía tan nerviosa que no podía mirar los penales. Pero sentí que la realidad del descenso se hacía insoportable. Fue como si alguien hubiera bajado una tapa sobre la cancha, dejándonos sin aire y a oscuras. Entonces cerré los ojos con fuerza y escuché clara, recortada de todas las demás voces, la voz de mi viejo, cargada de bronca.

–Boliviano puto.

En ese mismo momento el descenso se transformó en una estupidez insignificante.

Esa semana yo había besado por primera vez a una chica. Se llamaba Manuela y tenía quince años, igual que yo. Estaba tan enamorada de ella que no concebía la posibilidad de ocultarlo por mucho tiempo. O por decirlo de otra manera, estaba dispuesta a gritárselo en la cara al mundo entero. Y como me imaginaba que el mundo no se lo iba a tomar del todo bien, contaba con mi viejo para darle batalla.

Además, sospechaba que la batalla iba a empezar por casa. Porque mamá, antes de empezar yoga, después meditación y después hacerse vegetariana, había sido siempre bastante tradicional, clásica. No le gustaba nada que mi viejo me llevara a la cancha, por ejemplo, aunque con el tiempo se había resignado. Ella quería que yo fuera una señorita. Por eso me había anotado en piano, donde conocí a Manuela.

Fue en mi primera clase. Cuando llegué, la profesora me hizo pasar a un saloncito que usaba de sala de espera.

–Estoy con otra alumna –me dijo–. Ya terminamos.

Había un revistero y me puse a investigarlo por hacer tiempo. Casi me muero cuando vi las revistas que había: eran todas en blanco y negro, sobre música clásica contemporánea y cosas así. Tuve ganas de salir corriendo. La verdad es que no escuchaba mucha música a esa edad, pero me gustaba pensar que era rockera. “Esta es mi primera y última clase”, recuerdo que pensé mientras desde el salón grande, puerta de por medio, me llegaba el sonido del piano. Alguien estaba haciendo escalas a toda velocidad y de repente empezó a tocar la música más hermosa que había escuchado en mi vida. Después supe que era la sonata para piano número doce de Mozart.

Cuando se abrió la puerta, me hice la que estaba leyendo, pero moría de intriga por saber quién era la otra alumna. Nunca había visto a una chica como Manuela. Parecía de otra época. Estaba vestida con una pollera gris, una camisa de cuello redondo y un chaleco bordado. Tenía el pelo larguísimo, atado en una cola de caballo, y su cara, redonda y blanca, parecía hecha de porcelana. Pasó caminando detrás de la profesora, sin mirarme.

Fui a la siguiente clase solo para verla a ella. No era una atracción física, eso vino después. Manuela me intrigaba. Era diferente a todas las demás chicas de nuestra edad, igual que yo. Porque las dos éramos bichos raros. Ella interpretaba a Mozart y se vestía como si viviera en el siglo diecinueve, yo usaba camisetas de fútbol y recitaba formaciones de memoria.

En mi segunda clase, otra vez esperé en la salita y otra vez pasó sin mirarme, detrás de la profesora. Así que volví una tercera y tomé la iniciativa. Me quedé en la esquina, esperando a que saliera, para cruzarla en la vereda.

–Hola –le dije, al paso.

–Hola –dijo, en un susurro.

La carita de porcelana se le puso roja de vergüenza y
entonces me di cuenta de que, al contrario de lo que yo pensaba, ella sabía de mi existencia. Sin mirarme, me había visto en la sala de espera. En ese instante decidí que no iba a entrar a mi clase de piano. Dejé que se alejara un poco y empecé a seguirla. Lo hice sin pensar. Quería saber dónde vivía, simplemente por saber algo más de ella.

Entró en una casa del barrio, cercana a la cancha. Era una de esas casas antiguas, con dos ventanas enormes sobre la línea de la vereda. Yo me quedé enfrente, sentada en el cordón, fingiendo para los que pasaban que me ataba las zapatillas. No tardó nada en empezar a sonar la música. Era un pieza clásica, pero no la sonata dulce que Manuela practicaba en las clases. Era otra cosa. Sonaba como si un alma atormentada estuviera cagando a trompadas a un piano.

No pude aguantar la curiosidad. Crucé la calle y me acerqué de a poco, sigilosamente, a la ventana de la que salía la música, que estaba abierta de par en par porque esta historia de amor empezó al final de la primavera.

Todo lo que había en la habitación a la que me asomé parecía de otra época, como Manuela. Había una araña de cristal en el techo, carpetas de croché por todos lados, cortinas de encaje y un reloj de pie. Manuela estaba sentada frente a un piano vertical y ya no se parecía en nada a la mojigata que yo había saludado antes. Tenía el pelo suelto, caído sobre la cara, y se sacudía como poseída.

Al otro lado de la ventana, casi al alcance de mi mano, sobre una mesita preciosa de madera, había un teléfono de cable, negro, enorme y recién lustrado, que parecía salido de una película de Gardel. Yo estaba tan embobada que no lo vi hasta que sonó. Tenía un timbre horrible, agudo y tan estridente que se escuchó clarísimo sobre el piano.

Manuela levantó las manos de las teclas, giró la cabeza hacia el teléfono y me vio. Yo estaba agarrada a la reja de la ventana con las dos manos, llorando a moco tendido. Entonces, mientras la chicharra espantosa del teléfono de Gardel seguía repicando, ella acomodó detrás de las orejas el pelo que tenía en la cara, se levantó del taburete, y empezó a caminar hacia mí con la vista clavada en la alfombra. Yo quise correr pero no pude soltar la reja.

Llegó hasta el teléfono sin volver a mirarme.

–Diga… –, le dijo al auricular. Hizo un pausa para escuchar y después dijo–: Sí… un momentito, por favor.

Separó el auricular de la oreja, tapó el micrófono con la mano libre y me miró a los ojos por primera vez. Tenía dos círculos de un rojo incandescente en las mejillas.

–Es para mí abuela –dijo.

Entonces sí que salí corriendo. Corrí sin parar las siete cuadras que había hasta mi casa. Y había quedado tan atolondrada que entré y me tiré en la cama a pensar en Manuela. Enseguida apareció mamá preguntando por qué no estaba en mi clase de piano. Me quedé en blanco.

–Si no querés ir, no vayas más, pero no seas tan tonta de hacerme tirar la plata –dijo mamá, interpretando que lo mío era rebeldía.

La idea de perder la excusa para ver a Manuela me despejó el cerebro enseguida. Le dije a mamá que me dolía la cabeza, le juré que no iba a volver a faltar, y agregué, como para dejarla bien tranquila, que cada vez me gustaba más la música clásica.

La noche anterior a la siguiente clase, no dormí. Era una bola de nervios. De inseguridades, mejor dicho, porque no sabía nada. No sabía con qué cara la iba a mirar cuando la cruzara en la salita de espera. No sabía qué cara iba a poner ella. No sabía si tenía que pedirle perdón por haberla seguido o si tenía que mandar a la mierda la clase de piano y volver a seguirla. Lo único que sabía era que necesitaba verla.

Como para tener algo a que agarrarme, me puse la camiseta del plantel glorioso, la misma que usaba para que me diera suerte en los exámenes del colegio y para ir a la cancha.

La profesora me abrió y me hizo pasar a la sala de espera. Había dejado abierta la puerta del salón del piano y pude ver que Manuela, sentada en el taburete, me estaba mirando. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas, ella desvió la suya y la clavó en la teclas. Se me llenó el pecho de angustia y sentí que se me humedecían los ojos. Pero, mientras la profesora me explicaba una vez más que estaba retrasada, Manuela empezó a tocar la melodía buena onda de Los Auténticos, la que se cantaba en la cancha.

Cuando salió, pasó de nuevo sin mirarme, pero yo ya había entendido el mensaje. Después de mi clase fui directo a su casa y toqué el timbre. Salió la abuela, y recién en el momento en que me preguntó a quién buscaba me di cuenta de que no sabía su nombre.

–Hacela pasar –escuché que decía desde adentro de la casa –. Es una amiga mía.

A partir de ese día fuimos inseparables. Pasábamos todas las tardes juntas. Mirábamos la tele, estudiábamos, tocábamos el piano, merendábamos, paseábamos por el barrio. A veces yo iba a su casa y otras veces ella venía a la mía. Mamá estaba encantada con mi nueva amiga.

–Es un amor… –decía–. Es tan modosita.

Tenía razón. Manuela era modosita y tímida hasta la exasperación. Hasta conmigo hablaba lo justo y le escapaba al contacto físico. Me saludaba siempre de palabra, ni la mano daba. Hasta que me exasperé. Ella estaba sentada al piano, mostrándome como se tocaba la melodía de Los Auténticos y yo la miraba embobada.

–¿Me seguís? –me dijo en un momento, levantando la vista de las teclas sin parar de tocar.

No pude aguantar más y le metí un beso. Sostuve su cabeza con las dos manos y luché para que mi lengua venciera la resistencia de sus labios cerrados. Gané. Y esa tarde la dedicamos, prácticamente entera, a besarnos.

El siguiente fin de semana fue lo de Angulo.

–Boliviano puto –, dijo mi viejo.

Para ser franca, lo de “boliviano” ni lo escuché. O no le sentí la carga, mejor dicho. Para mí, Angulo había nacido en Bolivia, y punto. Pero lo de “puto” se me clavó en el alma. Me sentí traicionada y me enojé muchísimo con mi viejo. Muchísimo.

En la cena de esa noche no podía mirarlo a los ojos.

–¿Te pasa algo, hija? –me preguntó.

–El descenso… –dije.

–No puede ser que te amargues así por una estupidez –dijo mamá –. ¿Qué vas a hacer cuando te pase algo triste de verdad?

Me agarró una angustia incontrolable y me fui llorando a mi habitación.

Al ratito apareció mamá. Venía suavecita. Abrió la puerta apenas lo suficiente para meter la cabeza y pidió permiso para entrar. Tenía en la voz una dulzura que hacía mucho tiempo no le escuchaba; una dulzura de madre total; la que usaba para consolarme cuando se me pinchaba un globo a los cinco años.

Entró sin prender la luz, se sentó en la cama y me acarició la cabeza.

–Vos siempre fuiste muy intuitiva…–dijo–. En eso saliste a mí.

–No sé de qué estás hablando, ma–, dije yo.

–De que no estás así por el descenso.

Pensé que de alguna manera había descubierto lo de Manuela.
Primero entré en pánico y después me sentí liberada de un peso asfixiante, todo en la misma milésima de segundo.

Y entonces mamá dijo:

–Estás así porque intuís que papá y yo no estamos bien.

Ni puta idea tenía yo de que no estaban bien. Jamás en mi vida le había dedicado un pensamiento a la relación de pareja de mis viejos. Hasta esa noche, claro. Mamá dijo que teníamos que hablar de las vacaciones. Hizo tres tés de tilo y nos sentamos, ella, mi viejo y yo, alrededor de la mesa redonda de la cocina.

Resultó que había un plan preparado para las vacaciones que no se parecía en nada a ir un mes a la costa, que era lo que habíamos hecho toda la vida. El dos de enero, yo iba a partir con mamá hacia Córdoba, para pasar con ella dos semanas en un camping al pie de las sierras. Después de esas dos semanas, yo iba tomarme un micro para encontrarme con mi viejo, que iba a estar visitando a su hermano, en Mendoza. Pero lo más curioso era lo de mamá, que iba a seguir viaje hacia el norte, haciendo miles de kilómetros por tierra, para llegar a Bolivia.

–Siempre tuve el sueño de conocer la Isla del Sol –dijo.

–No sabía nada –dije yo.

–Yo tampoco –dijo mi viejo.

De más está decir que yo no quería ir a ningún lado. Quería quedarme en mi barrio para besarme todo el verano con mi amor secreto. Pero no había escapatoria. Estaban los dos de acuerdo y yo no tenía excusa ni edad para quedarme sola en casa.

Otra noche sin dormir fue esa.

Pero al día siguiente se lo conté a Manuela y ella me dijo que también se iba de vacaciones todo enero. Ahí me calmé. Si ella no estaba, lo mejor que podía pasarme era estar en otro lado con la cabeza ocupada en otra cosa, aunque esa cosa fuera la relación de mis viejos.

Nos matamos a besos durante lo que quedaba de diciembre. Y el primero de enero, cuando nos separamos, ella me dio el número de teléfono del lugar donde iba a estar, una colonia para chicas con inclinaciones musicales, en el campo.

Así fue como salí con mamá para Córdoba, segura de que no iba a tener un solo minuto de felicidad durante un mes entero. Pero estaba muy equivocada. El camping donde mamá me llevó resultó ser una especie de santuario de vida sana. Estaban todos en la onda de la meditación y el yoga. Se respiraba una paz increíble y había un millón de cosas para hacer. Mamá estaba desatada, quería hacerlas todas.

Pasamos los días haciendo excursiones, nadando en el río, dándonos baños de lodo y aprendiendo a hacer masajes con piedras calientes. Las dueñas del lugar eran dos mujeres, más o menos de la edad de mamá. Una noche nos invitaron a cenar a su cabaña. Mamá tomó vino y hasta me sirvió un vaso a mí. Una de las mujeres era una experta contadora de cuentos cordobeses. Nunca había escuchado a mamá reírse de la manera que se rió esa noche.

Había un pueblo cerca del camping, al que íbamos a pasear y hacer compras de vez en cuando. Tenía videojuegos y locutorio. Así que una tarde le dije a mamá que iba a jugar a los videos, me escabullí, y llamé al número de teléfono que me había dado Manuela.

Pregunté por ella y la fueron a buscar.

–Hola –dijo su voz.

–Hola –dije yo.

Después vino un silencio largo.

–¿Todo bien? –dije yo–. ¿Qué hacías?

–Sí… –dijo ella –. Estaba ensayando.

–¿Qué? –dije yo.

–La sonata para piano y violín número cinco de Beethoven –dijo ella.

–Ah… ¿Y quién toca el violín? –le pregunté, por hacer conversación.

–Regina –dijo.

–¿Quién es Regina? –dije.

–Mi compañera de cuarto –dijo.

Después de eso ni los masajes con piedras calientes fueron capaces de relajarme. Pero mamá, que normalmente tenía bastante ojo para mis estados de ánimo, no se dio cuenta. Estaba en una nube, parecía otra persona. Y así llegó el día en que nos despedimos en la terminal, ella siguió su camino hacia la Isla del Sol y yo fui para Mendoza a encontrarme con mi viejo.

La segunda parte de las vacaciones la pasé en la granja de mi tío. El lugar no estaba nada mal. Había caballos y un río cerca. Íbamos a pescar todos los días con mi viejo. Era una costumbre de vacaciones que había empezado cuando yo tenía seis años. Del mes que normalmente pasábamos en la costa, faltábamos al muelle solamente los días de mucha lluvia. A mí me encantaba estar sentada al lado de mi viejo mirando el mar, sin hablar, durante horas. Era nuestro silencio de charlar. Porque dentro de mi cabeza yo hablaba todo el tiempo; le comentaba lo que me estaba pasando, y me imaginaba que él hacía lo mismo.

Ya el primer día en que fuimos a pescar al río, el silencio de charlar se me hizo insoportable. Porque ya no había charla, quedaba nada más que el silencio, y para peor era un silencio incómodo. Además yo pensaba casi todo el tiempo en Manuela. No sé por qué, me castigaba imaginándola a los besos con su compañera de cuarto; me regocijaba en odiar a la violinista con toda el alma.

Y había tanto tiempo para pensar que también empecé a darle vueltas a lo que les estaba pasando a mamá y a mi viejo. La comparación estaba servida en bandeja. Por un lado estaba mamá, risueña y enérgica, con ganas de hacer cosas nuevas y conocer el mundo; por el otro, mi viejo, amargado y mudo, aferrándose a las rutinas con los dientes, ya fuera pescar o ir a la cancha.

–¿Se van a separar? –le pregunté un día, de la nada, mientras pescábamos.

–No lo sé, hija –contestó.

Eso no fue lo peor, sin embargo. Lo peor fue que había un solo teléfono en la casa de mi tío y estaba en el comedor, donde siempre había alguien. Estuve días buscando el momento oportuno, el claro, para poder llamar a Manuela sin testigos. Quería decirle que la amaba y que por favor no se enamorara de Regina. Cuando por fin logré llamar, me atendió una señora y me dijo que Manuela se había ido de excursión a la laguna.

–¿Sola? –pregunté. Se me escapó, no pude evitarlo.

–No –dijo la señora–, con una compañera.

El viaje en micro de vuelta fue un calvario; con mi viejo, el silencio más largo y triste de nuestra vida; dentro de mi cabeza, una peli de amor a orillas de la laguna, musicalizada por la sonata para piano y violín número cinco de Beethoven, en versión inventada por mí misma.

Apenas llegamos a casa, salí corriendo para lo de Manuela. No podía soportar el silencio ni un segundo más, menos en esa casa con olor a humedad, en la que la ausencia de mamá, que iba a seguir de vacaciones hasta el final de febrero, pesaba más que una montaña.

Manuela había llegado esa misma mañana. Ya empezaba a anochecer y estaba disfrutando el reencuentro con su piano. Tocaba una pieza bastante alegre y dulce cuando me asomé a la ventana. Yo sentía la necesidad de tenerla, de que fuera solamente para mí por un rato. Me moría de celos. Quería borrar de la historia todas esas noches que había pasado durmiendo cerca de otra.

–¿Querés quedarte a dormir en casa esta noche? –le pregunté.

–Tengo que pedirle permiso a mi abuela –dijo.

La abuela dijo que sí.

Yo, a mi viejo, todavía no le había dicho nada, pero estaba segura que no iba a haber problemas. De todas maneras, se lo pregunté delante de Manuela para no correr riesgos.

–Claro que puede, hija –contestó.

Cenamos pizza y mi viejo le armó una cama a Manuela, al lado de la mía, con un colchón sobre el suelo. Esa noche hablamos dos o tres horas, primero de las vacaciones y después de la vida en general. Hasta que no pude aguantar más y le pregunté si podía bajar a su cama. Entonces dejamos de hablar y empezaron los besos.

Otra de las rutinas de mi viejo era levantarse a hacer pis a la noche. Yo, como soy de sueño liviano, lo escuchaba todo; los pasos por el pasillo, la puerta del baño, el chorrito cayendo y la cadena. Siempre, después de hacer pis pasaba por mi habitación a verme. Yo nunca abría los ojos, pero sabía que él me estaba mirando, cuidando, y lo disfrutaba.

Esa noche, por supuesto, no lo escuché. Esa noche el tacto había anulado al resto de los sentidos. Había un zumbido en mis oídos, una especie de ruido blanco. Cuando mi viejo abrió la puerta y asomó la cabeza, estábamos las dos enroscadas en las sábanas, agitadas, transpirando. Manuela lo vio primero y dio un gritito ahogado.

Yo giré la cabeza hacia la puerta y llegué a ver el desconcierto en los ojos de mi viejo. No le duró nada. Enseguida bajó la vista al suelo y dijo:

–Perdón, hija.

Después, cerró la puerta.

Manuela quería salir corriendo para su casa ahí mismo, en plena madrugada. Para convencerla de que no pasaba nada, le hablé de la cancha, del cuadradito de sombra debajo de la torre de transmisión abandonada, del pelado de la heladería y de mi viejo, que era el único que no le festejaba las salidas. Por supuesto que no mencioné el episodio de Angulo, pero no por mentirle. Ya no existía ese episodio; mi viejo me había pedido perdón y yo lo había perdonado.

Al día siguiente, nos levantamos sobre el mediodía. Mientras Manuela se lavaba los dientes yo fui a la cocina y me encontré con mi viejo. Estaba leyendo el diario. Le di los buenos días y me serví un vaso de agua.

–¿Se puede quedar a almorzar? –pregunté con la vista clavada en los azulejos que tenía enfrente.

Mi viejo me dio plata y total libertad para elegir el menú. Elegí milanesas, de carne, con papas fritas, y helado de postre. Fuimos las dos juntas a hacer las compras. No podíamos ser más felices.

La verdulería estaba hermosa. Brillaban los morrones y las naranjas bajo el sol del verano. Adentro sonaba una tonada del altiplano, tocada con quena, y Manuela se puso tararearla bajito. Entonces, del cuartito de atrás, en vez de salir Edwin, el dueño de la verdulería, que normalmente atendía a todo el mundo, siempre con una sonrisa, salió una chica que yo no había visto jamás.

Yo estaba tan contenta que tenía ganas de ser buena persona.

–¿Está enfermo Edwin? –le pregunté a la chica, mientras nos pesaba las papas.

–No –dijo la chica–. Está en Bolivia de vacaciones. Vuelve al final de febrero.

Salí con la cabeza a mil de la verdulería. No podía creer que todo hubiera pasado delante de mis narices sin que me enterara: mamá, con ganas de probar cosas nuevas, haciéndose vegetariana; Edwin vendiéndole la verdura con una sonrisa; mi viejo, hosco como el solo, en casa, mirando fútbol; Angulo y Edwin, los dos bajitos, fornidos, trigueños y bolivianos.

A la media cuadra, la única duda que me quedaba era cómo se había enterado mi viejo. Pero tampoco era un gran misterio porque, como ya conté, en mi barrio los secretos no duraban nada.

Detrás del mostrador de la heladería estaba el pelado. Cuando me vio entrar puso una sonrisa caída, como de compasión o algo así.

–¿Qué les sirvo, chicas? –dijo.

–Nada –, le contesté.

Agarré a Manuela de la mano y tiré para llevármela. Y en la vereda, segura de que el pelado nos estaba mirando, le metí un beso que casi la asfixio a la pobrecita.

 
 
 
 

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Volverse invisible

Volverse-invisibleLos chicos dicen que fue una traición lo de Pinnueve. No sé. Ellos lo vivieron así. De hecho, no volvieron a hablarle nunca más. Incluso ahora, que ya corrió mucha agua bajo el puente y estamos grandes, cuando nos juntamos a comer algo y sale el tema, se ponen como locos. Se amargan de verdad. Pero “traición” suena demasiado fuerte para mí. “Desilusión” diría yo. Una desilusión enorme.

Recuerdo que estábamos a mitad de tercer año. Un día como cualquier otro, entró la preceptora al aula seguida por un pibe alto, flaco, pálido y desgarbado. En el medio de la cara tenía una cosa que se parecía más al pico de un basilisco que a una nariz humana.

–Les presento a Ricardo, su nuevo compañero –dijo la preceptora.

–¡Bienvenido, Pinnueve! –gritó Osorio desde el fondo.

Se hizo un silencio total y todos, incluida la preceptora, miramos para el fondo esperando una explicación. Osorio dejó pasar unos segundos, como para disfrutar el momento de gloria, y con una sonrisa ladeada, dijo:

–Es el hermano mayor de Pinocho.

El aula estalló en una carcajada bestial y a Osorio le pusieron cinco amonestaciones.

Era jodido Osorio. Porque no solo era cruel y artero para poner apodos, también era enorme. Era una mole que le sacaba una cabeza al resto del colegio. Nadie sabía cuántas veces había repetido. Nadie se atrevía preguntar. Tenía una bandita de esbirros que lo seguía a todas partes. Robaban insignias de los coches de los profesores, hacían saltar los tapones al menos una vez por semana y en todos los recreos jugaban al fútbol con una pelota hecha de medias.

El mismo día que llegó Pinnueve, en el primer recreo, hubo un lesionado grave en el partido de Osorio. Se escuchó un grito y uno de los arqueros salió corriendo para el baño con un manantial de sangre brotando de la nariz. El patio enmudeció. Y entonces, Osorio, como si no hubiera pasado nada, le gritó a Pinnueve, que estaba en un rincón comiéndose un alfajor:

–Che, Pinnueve, entrá vos.

Supongo que la intención de Osorio era meterle una patada en la tráquea en la primera jugada, a modo de bienvenida y agradecimiento por las amonestaciones. Fuera cual fuera la intención, todos sabíamos que Pinnueve tenía que elegir entre eso o la muerte. Todos menos él, Pinnueve.

–No me gusta el fútbol –dijo, levantando apenas la voz, sin moverse del rincón.

Ahí quedó clarísimo que el pibe era un inadaptado social que desconocía las reglas básicas de supervivencia. Me acuerdo patente que yo estaba con los chicos, jugando al Magic en nuestro banco de siempre, y les dije:

–Muchachos, este es de los nuestros.

Osorio estuvo suave esa vez. Apenas le aplastó el alfajor en la cara.

Al día siguiente reclutamos a Pinnueve. Porque a nosotros nos convenía ser más, ganar cuerpo, pero también por solidaridad. Sabíamos que por su cuenta, solo, a la buena de Dios, no iba a llegar sano al final de la secundaria. Nos necesitaba para que le enseñásemos cómo contestar con la evasiva correcta, cómo adular a Osorio si era necesario, cómo volverse invisible. Rulemán se encargó de hacer el primer contacto porque era el más simpático del grupo, el que tenía algo que, de lejos, se podía confundir con don de gentes.

Resultó perfecto para nosotros Pinnueve. No sabía jugar al Magic pero enseguida se compró un mazo y aprendió. Además, se interesaba por todo. Dejaba que Rulemán le quemara la cabeza con la numismática, era capaz de estar horas hablando de astronomía con Chichón y a mí me pedía prestado un cómic atrás de otro. De apelativo le quedó Pinnueve. Porque los apodos que ponía Osorio, que nos había rebautizado a todos, eran tan despiadados como certeros. Se te clavaban para siempre.

Lo de Pinnueve eran los rompecabezas. “Puzzles” decía él, y le tuvimos que advertir que jamás usara esa palabra en la escuela ni confesara su afición. Soñaba con ir a un campeonato que se celebra en Estados Unidos, una especie mundial del rompecabezas. Hacía trabajitos de jardinería desde los nueve años y ahorraba todo lo que podía para el viaje. Solo gastaba en rompecabezas y en su otra pasión: los alfajores Teniente Sideral; se comía uno en cada recreo, escondido en el baño, sentado arriba de un inodoro y con las piernas recogidas para que nadie pudiera verlo por abajo de la puerta, como le enseñamos.

Una día, al final de tercer año, Pinnueve nos invitó a su casa para mostrarnos un rompecabezas de seis mil piezas que acababa de terminar. Según él, había tardado un tiempo récord en armarlo. A nosotros, francamente, nos chupaba un huevo el rompecabezas. Pero él estaba tan orgulloso que necesitaba compartirlo. Fuimos todos juntos, un viernes, a la salida del colegio.

Vivía en una caserón antiguo, venido a menos, con paredes grises, agrietadas y ganadas por una enredadera descontrolada. No tenía padre y la madre parecía su abuela, estaba más arruinada que la casa. Le temblaba el pulso mientras nos servía la merienda y casi no hablaba. Era como un fantasmita.

Cuando terminamos de merendar, Pinnueve nos llevó a una habitación de la casa en la que solamente había una mesa. Arriba de la mesa estaba el rompecabezas, armado sobre un cartón. Era una pintura de la batalla de Lepanto; decenas de barcos y cientos de diminutos marineros muriendo y matando. El trabajo de alguien verdaderamente perturbado. Estuvimos todos de acuerdo en que era impresionante y Pinnueve se puso ancho. Sonrió incluso. Creo que fue la única vez que lo vi sonreír.

Justo en ese momento entró el hermano. Lo conocíamos porque también iba al colegio, pero era un año más chico que nosotros.

–¿Todavía no lo sacaste, pelotudo? –le dijo a Pinnueve. Así, a quemarropa, con cara de estar retando a un perro y como si nosotros no existiéramos.

Pinnueve miró al suelo.

–Pará –dijo.

–Las bolas pará –dijo el hermano –. En un rato llegan mis amigos.

–Pará –volvió a decir Pinnueve.

–Sacalo ya o lo saco yo –dijo el hermano.

Pinnueve levantó la vista y vi que tenía los ojos vidriosos.

–Pará, pelotudo –dijo.

El hermano dio los tres pasos que lo separaban de la mesa, agarró con las dos manos el cartón sobre el que estaba armado el rompecabezas y lo revoleó por el aire. Las seis mil piezas de la batalla de Lepanto llovieron sobre nosotros.

–Te avisé –dijo el hermano. Y se fue.

Pinnueve estaba más pálido que de costumbre, por un momento pensé que se iba a desmayar. Pero se agachó y empezó a juntar las piezas.

–Necesita la mesa –dijo.

Lo ayudamos a juntar y nos fuimos horrorizados.

Pero yo me quedé tan mal que al día siguiente, sábado, volví para ver cómo andaba Pinnueve.

–Pasá, pasá –me dijo la madre –Ricardito recién volvió de trabajar, está en el fondo.

Tuve que cruzar el caserón entero, y cuando pasé por delante de la habitación del conflicto, vi que en la mesa habían improvisado una red de ping-pong.

El fondo era enorme, como la casa, y tenía una vegetación salvaje que casi no dejaba ver las medianeras. Al fondo del fondo había una especie de cobertizo, y como a Pinnueve no se lo veía por ninguna parte, pensé que debía estar ahí. Pero a medio camino escuché un ruido que venía de las plantas, de un gomero para ser más preciso. Pinnueve estaba en cuclillas, adentro de la cueva que formaban las ramas.

Se me ocurrió una sola explicación posible para su actitud: que estuviera cagando. ¿Por qué iba a estar cagando en una planta cuando tenía su baño a menos de quince metros? Eso no lo pensé. Pero pensé que cortarle la inspiración con un susto iba a ser desopilante.

–¡Bu! –le grité casi en la nuca.

Se paró como impulsado por un resorte, se golpeó contra una rama del gomero, y mientras se restregaba la cabeza me insultó con una furia que no le conocía hasta el momento. No había mierda en el suelo. Había una palita de jardinero, un pocito y una lata de galletas holandesas.

Tuve que rogarle y jurarle por la salud de mis cómics que no le iba a decir nada a nadie para que me mostrara lo que había adentro de la lata: rollos de billetes. Muchos. Todo lo que había ahorrado cortando pasto desde que tenía nueve años.

–Sos la única persona que sabe esto, Cebolla –me dijo–. Si algún día me pasa algo, contale a mi vieja no a mi hermano.

No sé bien por qué lo dijo. Si por hacerse el dramático o porque tenía una sospecha real. Pero me quedó grabado en el cerebro. Sobre todo porque consideraba que el hermano de Pinnueve era un psicópata capaz de hacer cualquier barbaridad, lo que quedó ampliamente demostrado un poco más tarde.

Promediaba cuarto año recuerdo. Osorio recién había descubierto que Pinnueve tenía un hermano menor. Natural, porque en el colegio Pinnueve y su hermano no se hablaban ni andaban nunca juntos. Supongo que por ser consistente con la joda, Osorio le decía Pinocho al hermano menor de Pinnueve.

–¡Pinocho, el culo te abrocho! –le gritaba cada vez que lo veía, y la corte de esbirros adulones que lo seguía a todas partes se reía a carcajadas.

Calculo que él, Osorio, no podía verlo. Pero nosotros sí veíamos como la furia se iba acumulando en el gesto del enfermo de Pinocho.

Explotó en un recreo como no podía ser de otra manera.

–¡Pelea! –gritó uno– ¡Pelea!

Estábamos en nuestro banco, jugando al Magic, y vimos a Osorio rodando por el patio entrelazado con alguien. Pinnuneve se puso pálido como la vez del rompecabezas.

–Es mi hermano –dijo.

Rodaron para un lado. Rodaron para el otro. Y cuando se separaron, vimos claramente que Pinocho tenía la boca ensangrentada. Todos pensamos que no le quedaban más dientes. Pero entonces Osorio dio un grito desgarrador. Tenía una mano bañada en sangre y el dedo meñique colgando de un hilito de carne.

A Pinocho lo expulsaron del colegio y Osorio no volvió a poner un sobrenombre.

Con todos estos antecedentes, ¿qué íbamos a pensar cuando a Pinnueve se lo tragó la tierra?

Habíamos terminado la secundaria hacía una semana y andábamos con esa angustia y esa nostalgia anticipada del “que no se corte”. Nos juntábamos a jugar al Magic todas las tardes en un banco de la plaza que está enfrente del colegio.

Y un día Pinnueve no vino, al día siguiente tampoco, y al siguiente tampoco. Al cuarto día fuimos hasta un teléfono público y llamamos a la casa. Atendió Pinocho.

–Se fue de campamento –dijo–. No sé cuándo vuelve.

Si nos hubiera dicho que lo había abducido una nave extraterrestre proveniente de NGC 6822 hubiera sonado más creíble. Pinnueve pasaba todo su tiempo libre encerrado en su casa armando rompecabezas. Era jardinero y sin embargo estaba blanco como un vampiro. Detestaba el sol. Para trabajar se ponía la protección solar más alta que existe y se tapaba de pies a cabeza. Y también detestaba los bichos. Detestaba a la naturaleza en general. Por no mencionar otro detalle: ¿con quién se había ido de campamento? Nosotros éramos los únicos amigos que tenía. Y sobre todo: ¿Por qué no nos había avisado?

Me pareció pertinente romper la promesa que le había hecho a Pinnueve. Les conté a los chicos el episodio de la lata y el sugerente pedido que me había hecho de no confiar en su hermano. Estuvimos toda la tarde dándole vueltas al asunto y cuando empezó a oscurecer ya no teníamos dudas de que estábamos ante un fratricidio. Juramos por nuestra amistad que no íbamos a descansar hasta hacer justicia.

Al día siguiente llamamos a la casa de Pinnueve seis veces, con intervalos de una hora. Las seis veces atendió Pinocho y las seis veces cortamos sin decir nada. Enseguida empezamos a manejar la hipótesis del doble asesinato. En el fondo de ese caserón había lugar y privacidad de sobra para enterrar dos cuerpos. Pinnueve había caído con su pobre madre.

Chichón, que estaba afectadísimo, a punto de ponerse a llorar, dijo que su cuñado era policía y se ofreció a comentarle el tema. Lo pensamos un rato y llegamos a la conclusión de que era lo más sensato. Dado que estábamos tratando con un demente de alto riesgo, lo mejor era dejar el tema en manos profesionales. Chichón aseguró que esa misma noche hablaría con su cuñado porque el tipo iba todas los días a cenar a su casa, y quedamos de encontrarnos al día siguiente ahí, en el banco de la plaza, para comentar la respuesta de la ley.

–Dijo que soy un boludo que mira demasiadas series policiales –nos informó al otro día Chichón que había dicho su cuñado –. Y que todavía no es policía, está en la escuela de cadetes.

Ahí quedó claro que íbamos a tener que trabajar solos en pos de la justicia. Entonces, como Chichón había sacado a colación lo de las series, me acordé de una cosa que había escuchado cuando era chico no sé si en Kojak o en Las calles de San Francisco: si no hay móvil, no hay crimen. Y me vino a la cabeza la lata de galletas holandesas. Si no estaba debajo del gomero, ya podíamos olvidarnos de volver a ver a nuestro amigo.

A media cuadra de la casa de Pinnueve había un kiosco con unas mesitas en la vereda. Nos instalamos ahí a esperar que Pinocho saliera. Llevamos las cartas de Magic, para fingir que jugábamos, y al final terminamos jugando de verdad porque tres horas más tarde Pinocho no había salido. Estar, estaba, eso lo habíamos comprobado con uno de nuestros llamados anónimos. Era cuestión de tener paciencia, y de consumir de vez en cuando para contentar al kiosquero que cada vez nos miraba con más cara de culo.

Confieso que estaba muerto miedo. Como el plan se me había ocurrido a mí y además era el más ágil del grupo, me tocaba hacer la incursión. Cuando Pinocho saliera, yo iba a saltar la ligustrina, iba avanzar a gachas unos veinte metros por el pasillo lateral del caserón, y me iba a internar en ese fondo tétrico hasta alcanzar el gomero, bajo el cual, en vez de la lata, esperaba encontrar enterrado a Pinnueve.

Recuerdo que me paré para comprar una Coca-Cola con los últimos pesos que nos quedaban y vi la sorpresa en la cara de Rulemán.

–¡La madre! –gritó para adentro.

El fantasmita había salido del caserón y venía directo hacia nosotros. Nos quedamos helados. De los nervios nos olvidamos que se suponía que estábamos jugando al Magic. La mujer cruzó la calle a un paso de una lentitud exasperante, pasó por al lado nuestro sin vernos o reconocernos, quién sabe, y compró seis alfajores Teniente Sideral en el kiosco.

Ahí descartamos la hipótesis del doble homicidio y empezamos a construir la del secuestro puertas adentro. Dos horas de debate más tarde estábamos convencidos de que al pobre Pinnueve lo tenían encadenado a la pared del sótano y la madre, cómplice pero madre al fin, le llevaba sus alfajores favoritos.

¿Cuál era el móvil de este nuevo crimen? Surgieron dos hipótesis. Rulemán defendía que Pinocho había descubierto que su hermano guardaba un tesoro, pero no el lugar donde estaba oculto. Ergo, planeaba mantenerlo prisionero hasta conseguir, seguramente mediante torturas, que le revelara la localización. Chichón, por otro lado, se decantaba por lo que llamaba el “típico secuestro de enfermito sádico”.

–Como esos alemanes que tienen a una piba treinta años en el sótano –argumentaba–. El móvil es la pura maldad, así que torturarlo, lo tortura fijo.

La buena noticia era que Pinnueve estaba vivo. La mala era que en cualquier momento podía dejar de estarlo, por lo tanto, urgía una acción drástica de rescate.

El plan se me ocurrió otra vez a mí. Lo primero era conseguir algunos rompecabezas, lo cual ya estaba hecho porque lo único que el fanático de Pinnueve regalaba para los cumpleaños eran rompecabezas. Después íbamos a montar guardia frente al caserón nuevamente, hasta que Pinocho saliera. Y con Pinocho afuera, tocábamos el timbre y le decíamos a la madre que veníamos a devolver los rompecabezas. Así tenía que abrir la puerta sí o sí, para agarrar las cajas. Y con la puerta abierta, uno pedía permiso para ir al baño y se metía en la casa de prepo mientras los otros entretenían a la vieja o hacían lo que podían con ella.

Era un plan de mierda pero no teníamos otro.

Otra vez usamos el kiosco como puesto de vigilancia. Cuando nos vio llegar, el kiosquero nos asesinó con la mirada, pero hicimos una primera consumición fuerte de papas fritas y Coca-Cola que lo dejó calmado. Sacamos las cartas de Magic y nos pusimos a jugar. A jugar de verdad, porque esperábamos que la cosa fuera para largo.

Entonces pasó algo con lo que no contábamos: la partida se puso demasiado entretenida. Más que entretenida, emocionante. Si la hubiéramos podido terminar, sin duda hubiera sido la mejor de nuestras vidas como jugadores de Magic. Pero no pudimos porque nos interrumpió Pinocho.

–¿Qué hacen acá? –dijo. Estaba parado al lado nuestro y ninguno lo había visto llegar.

El mundo se detuvo.

–Jugamos –dije –después de un silencio demasiado largo.

Pinocho nos estudió unos segundos con desconfianza. Quedó claro que nuestra presencia ahí no le cerraba para nada. Después nos dio la espalda, se acercó a kiosco y pidió un paquete de chicles.

–¿No querés los alfajores de tu hermano? –preguntó el kiosquero.

Pinocho nos miró de soslayo, midiendo si habíamos escuchado.

–Mi hermano está de campamento –dijo. Pagó y empezó a caminar hacia el caserón sin decirnos ni chau.

Entonces Chichón dejó las cartas sobre la mesa y se levantó de la silla. Estaba llorando.

–¡Pinocho! –gritó.

Pinocho ya cruzaba la calle y giró para mirarnos con fuego en los ojos.

–¡El culo te abrocho! –gritó Chichón. Y antes antes de salir corriendo a todo lo que le daban las piernas perseguido por Pinocho, nos dijo por lo bajo– Sáquenlo como sea muchachos.

Rulemán me hizo pie para saltar la ligustrina. Corrí por el pasillo lateral y llegué al fondo con las pulsaciones a mil. En la parte de atrás, el caserón tenía una galería vidriada, con un par de sillas de alambre, una jaula con tres canarios y una antigua pileta para lavar la ropa. Ahí estaba Pinnueve, de frente a mí, abstraído en hacer rebotar una pelotita de ping-pong sobre una paleta. No era la actitud de un prisionero. Pero tenía un gran apósito sobre la cara que le cubría la nariz y los pómulos, y sombras moradas alrededor de los ojos. Era evidente que le habían pegado.

Estaba a punto de golpear el vidrio para avisarle que había llegado la caballería cuando se le cayó la pelotita. La persiguió por el suelo, la levantó y volvió a empezar el juego, pero esta vez ofreciéndome el perfil. Entonces noté que el pico de basilisco había desaparecido.

Golpeé el vidrio desesperado.

–¿Qué hiciste, Pinnueve? –grité –¿Qué hiciste?

Se me quedó mirando, sorprendido pero sereno, como si estuviera ante el fantasma de alguien querido. Abrió la puerta de la galería y salió.

–¡Tu sueño era ir al mundial de rompecabezas, Pinnueve! –le reclamé.

–Te pido un favor, Cebolla –dijo, sin mirarme a los ojos–. A partir hoy decime Ricardo.

 
 
 

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Yerno perfecto

yerno-perfectoUno quiere lo mejor para su hija. Eso está fuera de la discusión. ¿Qué es lo mejor? Ni puta idea tiene uno. Pero eso no lo exime del deber de opinar. Cuando aparece un candidato, uno baja o sube el pulgar. Y es una decisión que hay tomar sorprendido y mal informado. Porque nadie te avisa. Nadie te dice: “Ojo, que mañana se te aparece con un pibe de la mano. Te paso la ficha para que la vayas leyendo”

Es fácil equivocarse. Sin ir más lejos, cuando Mariela era adolescente, salgo a buscar el diario un domingo a la mañana y me encuentro a uno en el jardín de casa, durmiendo la mona adentro de una planta de lavanda. Lo eché a patadas en el culo. ¿Cómo iba a saber yo que en el futuro ese chico iba a ser dueño de una concesionaria? Era un esperpento, indistinguible de lo que habían pasado antes y de los que vinieron después.

Es que Mariela siempre tuvo debilidad por los vagos. Dos o tres músicos trajo y hasta un poeta. Todos con olor a marihuana. Por eso, cuando apareció Julio, yo no lo podía creer. Un día abrí la puerta de casa y me encontré con un pibe erguido, atildado. Tenía un ramo de flores en la mano.

–Buenas tardes, señor –me dijo–. Vine a ver a su hija.

Olor a perfume tenía, calzaba mocasines y llevaba la camisa puesta adentro del pantalón. Por un momento pensé que se había equivocado de casa. Cómo habrá sido mi gesto de incredulidad que él también lo pensó.

–¿Usted no es el padre de Mariela? –me preguntó. Medio asustado parecía.

Hacía una semana que Mariela no salía de su habitación. Estaba con gripe, llena de mocos y lagañas. Hecha un monstruo estaba. Cuando le avisé que había un chico esperándola en el living se puso pálida como si hubiera visto un fantasma.

–¡Le dije que no viniera! –me gritó, como echándome a mí la culpa del arrebato del pibe. Y ni tiempo a defenderme me dio: salió corriendo por el pasillo, se metió en el baño, y escuché que empezaba a correr el agua de la ducha.

Me quería matar yo. Sabía que Mariela tenía para, mínimo, media hora. Y como mi mujer estaba en lo de su hermana, no había nadie para salvarme. Iba a tener que fumarme yo la vigilia con el candidato. Ofrecerle algo para tomar, sacarle temas, todo eso. Y aunque Julio me había entrado bien, no tenía ganas de atravesar semejante rotura de pelotas. Antes de que sonara el timbre, estaba pensando en abrir un vinito, cortar un salame y leer el suplemento deportivo.

¿Qué iba a hacer? Respiré hondo y me jodí.

Cuando volví al living me encontré a Julio mirando el banderín firmado por los campeones del ascenso, el que tengo colgado arriba del hogar. Y me asusté, porque estaba demasiado cerca, tenía la nariz casi pegada a la tela.

–Esto es un tesoro –me dijo.

Sentí que se me humedecían los ojos y tuve que meterme rápido en la cocina para que no me viera lagrimear. Al fin tenía reconocimiento la lucha salvaje que había mantenido contra mi mujer y mi hija para darle a mi joya el lugar de privilegio que se merecía. No pudo elegir mejor las palabras el hijo de un cargamento de putas.

Sentí alivio. Porque mi temor más grande era que Mariela me trajera a uno de ellos. Estaba dispuesto a darle mi bendición al poeta hincha de la marihuana antes que a uno de esos culo roto. Esto no lo digo muy seguido porque todo el mundo, empezando por mi mujer, dice que soy un energúmeno. Pero son mala gente. Y no estoy hablando de fútbol, estoy hablando de la vida. Son los que engañan a su mujer, lo que no cuidan a su madre, los que no pagan sus deudas. Lo tengo comprobadísimo. Algo tienen esos colores de mierda que atraen a miserables, ventajeros y mezquinos.

En realidad, sentí algo más que alivio. Alivio hubiera sido que me trajera uno de Mandiyú de Corrientes. Un neutral. Un suizo cualquiera. Pero este era de los nuestros y además usaba la camisa adentro del pantalón. Me había hecho feliz mi hija.

Corté el salame, abrí el vinito, lo invité a sentarse conmigo, y estuvimos hablando cuarenta minutos seguidos, sin pausas ni silencios incómodos. Sabía todo el turro. Hasta sabía cosas del ascenso, de cuando él todavía no había nacido. Se quedó boquiabierta Mariela cuando al fin apareció. Ya éramos como chanchos.

No tiene nombre lo que cinché por Julio. Porque Mariela siempre fue medio veleta con los pibes, hoy te quiero, mañana no, y dale que dale. Así que desde el principio le demostré de todas las formas posibles que lo aprobaba. Porque yo tengo la suerte de llevarme bien con mi hija. Ella siempre escuchó lo que tengo para decir, siempre me hizo caso, incluso cuando era adolescente.

A instancias de un servidor, Julio cenaba en casa un par de noches por semana. Se quedaba a dormir en el cuarto de Mariela sin que yo levantara una ceja. Si era necesario hasta usaba mi coche para salir a pasear. Y el pibe era el yerno perfecto. Nunca caía sin flores, sin vino, sin postre. Horas se quedaba haciendo sobremesa conmigo, hablando de fútbol.

Fue en una de esas sobremesas que empecé a pensar en decirle de ir a la cancha juntos. Hacía mil años que no iba yo. Desde que se murió mi viejo, para ser más preciso. No encontré otro compañero y como ir a la cancha solo es más triste que pegarle a la madre, perdí el hábito. Empecé a ver los partidos por la tele, cuando se podía, y cuando no a escucharlos por la radio.

Pero en ese momento me pareció demasiado decirle a Julio. Porque una cosa es cinchar por un candidato y otra es ponerte de novio vos. Ir con él a la cancha era hacerlo de la familia y apenas llevaba medio año saliendo con Mariela. Me aguanté las ganas.

Y entonces justo fue lo de la otra piba.

Una noche estamos cenando y tocan el timbre. Me paro, caliente, porque no hay nada que rompa más las pelotas que la gente que te cae a la hora de cenar, y cuando abro la puerta, dispuesto a sacar cagando al Santo Pontífice si fuera necesario, me encuentro una piba bañada en llanto.

–Dígale a ese hijo de puta que salga –me dice–. Dígale que lo vi entrar.

Quilombo total. Más llanto. De la piba, de Mariela, de mi mujer. Gritos. Puteadas. En un momento la piba hasta manoteó un vaso y se lo revoleó por la cabeza a Julio. Se agachó justo. El vaso se estrelló contra un hipocampo que teníamos arriba de la repisa, recuerdo de unas vacaciones en Miramar. Lo hizo mierda.

Terminé la noche llevando a la piba a su casa. Había pasado tantos nervios la pobrecita que se me durmió en el coche. Tuve que tocar el timbre y explicarle todo a los padres. Una gente de primera por suerte. Hasta me sirvieron un cafecito. Y ahí me desayuné de que la piba y Julio eran novios hacía seis años.

Lo quería matar. No exagero. Matarlo a golpes quería. Si me lo hubiera cruzado cuando salí de la casa de esa gente, le hubiera partido la cabeza con la llave cruz o alguna barbaridad así. Por suerte, cuando llegué a casa ya se había ido. Mariela estaba con un ataque de nervios que le duró una semana.

La manejó bien el guacho. Se llamó a silencio y esperó un tiempo prudencial. Hasta que una tarde apareció por la ferretería cuando estaba cerrando. Me impresionó que fuera tan guapo de venir a encararme a mí, así que me aguanté las ganas de clavarle un destornillador en el ojo y lo hice pasar. Bajé del todo la persiana y lo atendí en penumbras para meterle un poco de cagazo.

–Ante todo –fue lo primero que dijo–, quiero que sepas que a tu hija la amo.

Después me dijo que había dejado a la otra piba. Dijo que era algo que él quería hacer desde que había empezado con Mariela, pero que le había resultado muy difícil cortar una relación de tantos años. Dijo que asumía el error y que iba a hacer lo imposible por repararlo. Dijo que no había querido lastimar a nadie. Y me rogó que hablara con mi hija, que no le atendía el teléfono.

A todo esto, Mariela, que en su perra vida había llorado a un novio, andaba hecha un trapo de piso. Se ponía a llorar en la mesa. Salía de la cama solamente para ir a la facultad y volvía arrastrando los pies, con los ojos rojos de llorar en el colectivo. Se me partía el corazón. Yo sabía que en el fondo tenía ganas de perdonarlo.

Hablé con ella. Le conté que Julio había venido a verme. Al día siguiente volví de la ferre y los encontré tirados en el sillón, meta hacerse arrumacos.

Y bueno. Volvieron las sobremesas de fútbol. Vimos incluso un par de partidos juntos por la tele. Andábamos bien ese año. Recién llegaba el Bichito Carranza que hacía cada quilombo en el área. La pisaba y la pisaba. Los volvía pelotudos. Eso había que verlo bien. Había que vivirlo. Así que un domingo me decidí y le dije de ir a la cancha.

–¡Sería un honor! –tiró el pedazo de mierda.

Pero dijo que no podía porque era el cumpleaños de su vieja y quería llevarle unas flores al cementerio. Dijo que la madre estaba en Chascomús, de donde era él, y que entre ida y vuelta eran cuatro horas de viaje. Me conmovió tanto que me ofrecí a llevarlo y no acepté un no por respuesta.

Fue un lindo viaje. Fuimos primero al cementerio y yo lo esperé en la puerta para dejarlo solo. El compró unas flores y se metió. Habrá estado una media hora adentro. Después comimos un picada en un bolichito frente a la laguna y volvimos escuchando el partido por la radio.

Al domingo siguiente volví a decirle de ir a la cancha y me dijo que tenía un cumpleaños, y al siguiente del siguiente, me dijo que tenía un reencuentro con los compañeros de la secundaria. Así que no le dije más. Me pareció que ya era rogarle.

Habrá pasado casi un año calculo. Una madrugada, serían las dos o las tres, me despierta un ruido. Sonaba un teléfono que no conocía. Apagado sonaba, como lejano. Sonaba, sonaba y sonaba. Se cortaba y volvía a sonar. Me volví pelotudo buscando hasta que lo encontré metido entre los almohadones del sillón. “Número desconocido” decía la pantalla. No paraba de sonar.

Esa noche Julio había estado en el sillón con Mariela, mirando un película, y después se había ido para su casa. Pero yo estaba tan dormido que no caí en eso. Atendí para que dejara de sonar.

Escuché una respiración entrecortada, como si alguien se estuviera ahogando.

–Hijo… –dijo una voz de mujer–, me muero.

Así me enteré que la madre de Julio no estaba muerta en Chascomús. Estaba viva, a veinte cuadras de mi casa. Viva hasta esa noche pobrecita. Porque aunque llamé al hospital y salí cagando para la dirección que me dio, no se pudo hacer nada. Cuando llegué ya estaba la ambulancia y había un remolino de vecinos en la puerta. En un momento, un camillero preguntó si había algún familiar de la mujer y yo dije que el hijo era mi yerno, pero no lo había podido ubicar.

Cuando se la llevaron se me acercó una viejita.

–Dígale a ese que no tiene perdón de Dios –me dijo–. Y dígale que su madre lo siguió adorando, aunque él se haya olvidado de que existía.

De ahí me fui derecho para la casa de Julio con la firme intención de cagarlo bien a trompadas. Recién cuando me abrió la puerta y lo vi con cara de dormido y en pijama, frágil digamos, me di cuenta de que antes de romperle los dientes tenía que darle el pésame.

Terminé llevándolo a hospital para hacerse cargo del asunto de la madre. Estuvimos dos horas sentados en la puerta de la morgue esperando que lo hicieran pasar a verla. Me dijo que no era como había dicho la viejita, que no se había olvidado de que su madre existía. Que de chico la madre tomaba y lo fajaba. Que a los catorce años lo había echado de la casa por repetir y él la había dado por muerta. Que la había ido a ver una semana atrás porque le habían avisado que estaba en las últimas, pero la vieja no le había abierto. Que hasta le había pasado una nota por abajo de la puerta, con su teléfono, rogándole que lo llame.

Lloró como una Magdalena. Y yo, boludazo inocente, le creí.

Pero la novela de la madre borracha no explicaba por qué carajo me había hecho llevarle flores a Chascomús. Me dijo que eso había sido un mentira piadosa que se le había ido de las manos. Que lo había hecho para no ir conmigo a la cancha.

–Es que en la cancha me transformo –me dijo.

Le dejé bien clarito que si no aclaraba todo el asunto de la madre con Mariela no entraba más a mi casa.

Al día siguiente vuelvo de la ferre y me encuentro a mi mujer y a mi hija llorando abrazadas. Julio le había propuesto casamiento a Mariela.

Estuvieron un año preparando la fiesta. Mariela se conformaba con algo chico, familiar, pero Julio quería que fuera a todo culo. De mala conciencia supongo. Probaron un millón de entradas, dos millones de platos principales y tres millones de postres. Encargaron los centros de mesa con rosas rococó cultivadas en invernadero. Cuarteto de cuerdas y entrada en carruaje. Show de magia. Barra libre de primeras marcas. Torta de cinco pisos. Luna de miel en Cancún.

Me lo sé de memoria porque yo pagué la cuenta. Fue la tercera que me hizo Julio. Y de lo que más me arrepiento en esta vida es de que no haya sido la vencida.

Salgo una mañana para la ferre y en la vereda me encuentro al vecino de enfrente.

–Hay gente que no tiene códigos –me dice, negando con la cabeza y mirando algo que estaba a mis espaldas.

Me doy vuelta y veo, escrito con aerosol en la pared del frente de mi casa:

JULIO SORETE PAGÁ LO QUE DEBÉS

Faltaba una semana para que se casaran. Mariela no estaba por suerte. Se había ido dos días a las cataratas con las amigas, de despedida de soltera.

Tenía una explicación él, por supuesto. Que le pidió a un amigo. Que el amigo se quedó sin laburo. Que al final no era tan amigo y la mar en coche. Pero a esa altura a mí ya me importaba un carajo lo que tuviera para decirme. Lo hice pintar la pared a patadas en el culo. Y para que Mariela no se enterara de nada pagué la deuda, la fiesta y la luna de miel.

Después del casamiento anduvo calmado. Estuvo bastante tiempo haciendo buena letra. Al principio, apenas le hablaba yo. Lo trataba lo justo para que Mariela no sospeche nada raro. Pero como que me fui olvidando de las cagadas que se había mandado. De a poco volvimos a hablar de fútbol. Vimos algún partido en la tele. El Bichito Carranza ya no era el mismo pero, de vez en cuando, hacía una de las suyas.

Un día, le digo:

–El domingo vamos a la cancha. Me lo debés.

Asintió con la cabeza y no dijo nada. Quedamos que me pasaba a buscar él con su coche porque el mío estaba en el taller.

Llegó el domingo y yo tenía una ansiedad tremenda. No solo iba a ir a la cancha después de mil años, además jugábamos contra los culo roto. Ni me acordaba ya cuándo había sido mi último clásico. Parecía un nene yo. Una emoción tenía. Hasta revolví todo el armario buscando un gorrito que había comprado cuando el ascenso. Volteaba el olor a humedad que tenía el gorrito, pero me lo puse igual. Y me senté en la puerta a esperar.

Media hora después de la hora a la que habíamos quedado, cuando yo ya lo estaba puteando hasta en arameo y le había hecho cinco llamadas que no atendió, me llama Julio.

–Me dejó el coche –dice– Estoy esperando a la grúa.

No podía ni hablar yo de la calentura que tenía. Le corté sin decir nada. Y de golpe me sentí un pelotudo atómico ahí sentado, en la puerta de mi casa, con el gorrito puesto. Me tuve que tomar una botella de vino para resignarme a ver el partido por la tele después de la ilusión que me había hecho.

Pero fue hermoso. A los quince minutos del primer tiempo ya ganábamos dos a cero. Los culo roto no entendían qué carajo estaba pasando. Estaban serios como perro en bote. Se les veía en la cara que se querían ir a su casita. En un momento, hay un córner para nosotros y lo va a patear el Bichito Carranza. Acomoda la bocha el Bichito, y cuando da los pasos para atrás, bajo una lluvia de escupidas porque era contra la cabecera de ellos el córner, lo veo a Julio. Estaba agarrado del alambre, rojo como un tomate, gargajeando y puteando al Bichito a repetición, como una ametralladora.

Primero dudé. Pensé que no se puede ser tan hijo de puta en la vida. Pero no había mucho lugar para la duda porque tenía puesta la camiseta de ellos. Era verdad que se transformaba en la cancha. Debe haber sido la única verdad que salió de la boca de ese tremebundo culo roto.

Fue como si me sacaran una losa de encima. Ni bien terminó el partido empecé la campaña y no paré hasta que se divorciaron.
 
 
 

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