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Sin modelo

 
solero1El día que vine a ver la casa por primera vez, dije que no era buena idea comprar sobre una avenida. Pero mi difunto esposo, Dios lo tenga en la gloria, era terco como una mula y ya estaba decidido.
 
–¿Por qué te creés que está barata? –me dijo.
 
Una semana después de mudarnos, salió apurado para la oficina y lo agarró un camión. Le partió la cabeza. Al final no la tenía tan dura como yo pensaba el pobrecito.
 
El nene recién había cumplido los dos años. Al principio preguntó, pero no tardó mucho en olvidarse. Las criaturas son así, se acostumbran enseguida a las cosas, a los cambios. Y yo estaba tan triste que no podía ni hablar del fallecido. El nene sabía que a su papá lo había pisado un camión y poco más. No supe cuidarle el recuerdo y me creció sin modelo.
 
Que Dios me perdone.
 
Pero nunca, jamás de los jamases, y que me caiga muerta ahora mismo si miento, le dije lo que yo sentía, lo que deseaba desde que tenía cinco años y jugaba con las muñecas de trapo.
 
–¿Te gustaría que yo fuera nena, mami? –me preguntó una vez.
 
Tenía cuatro años. ¿Podés creer? En el momento pensé que lo decía por decir, que estaba repitiendo algo que había escuchado por ahí o en la televisión. Pero un tiempo más tarde descubrí que era un pensamiento propio.
 
No me olvido más. Le había tocado hacer de San Martín en una obra de la escuela y tenía puesto un gorro de general, hermoso, que yo le había hecho en cartón. Estábamos en la mesa de la cocina, él merendando y yo cosiéndole charreteras a una chaquetita que había cortado en raso.
 
Lo vi caiducho, tristón, y para levantarle el ánimo le comenté que le había tocado el mejor papel.
 
–Hubiera preferido hacer de dama antigua, mami –me dijo–.Para que me cosieras un vestidito.
 
Me quedé helada. No supe qué decir. Hice como si no lo hubiera escuchado. Recién a la noche, metida en cama, que es donde yo pienso, se me ocurrió lo que tendría que haber dicho. Que yo era feliz cosiendo charreteras para mi hijo, que no podía ser más feliz cosiendo volados. Las madres tenemos derecho a una mentirita piadosa de vez en cuando.
 
Fue un error terrible quedarme callada, el más grande de mi vida. No hay día que no me arrepienta. Porque después el nene empezó a crecer rapidísimo y cuando quise acordar ya era un adolescente. Ya no me hablaba. Los varones son así; se ponen parcos, ariscos. Andaba todo el día afuera y en casa lo único que hacía era escuchar música con los auriculares.
 
Muchos años tuve clavada la espinita de ese silencio. Tantos que cuando volvió a salir el tema ya la tenía hecha carne. Ni me acordaba que estaba ahí.
 
Había una clienta mía, la señora de Ponto, que todos los años, más o menos en noviembre, me encargaba un solero para el verano. Era gente de plata. Vivían acá a la vuelta en un chalet divino. Viven, mejor dicho, porque siguen ahí los Ponto. Nunca supe qué negocios tenía el marido. Jamás pregunté. Pero la cuestión es que el hombre viajaba mucho por Asia y traía unas telas preciosas. Era un placer trabajar esos géneros.
 
Al nene siempre le llamaron la atención esas telas. Porque él siempre tuvo buen gusto. Siempre supo apreciar las cosas bellas. De chico las miraba y las miraba. Hacia preguntas que yo, con todo el dolor del mundo, no le podía contestar. Porque yo apenas terminé la primaria y nunca salí del país. ¿Qué voy a saber de Asia?
 
Cuestión que, un noviembre, la señora me trae una seda japonesa maravillosa. Una fortuna debía valer ese pedazo de tela. Era tan delicada que daba miedo tocarla. Siempre fui muy cuidadosa, puntillosa, con el trabajo, y esa vez lo fui más que nunca. No solamente por la clienta, por mí también. Sabía que ese era el trabajo de mi vida. Quería hacerlo perfecto.
 
Modestia aparte, creo que lo logré. Porque cuando terminé el solero y lo extendí sobre mi cama, no podía dejar de mirarlo. Me acuerdo que era un domingo porque salí del encantamiento cuando escuché las campanas de la misa de doce.
 
Hacía un calor sofocante ese noviembre, incluso adentro de la iglesia que suele estar fresquita. Y yo no había desayunado por darle los últimos detalles al solero, así que a medio sermón, sentí que me desmayaba. La cuestión es que por no irme al piso mientras el cura hablaba, saqué fuerzas de flaqueza y me fui para casa, caminando despacito por la sombra.
 
El nene no me escuchó llegar porque andaba con los auriculares. Cuando entré a la cocina, me lo encontré de frente, como a una aparición. Y casi me caigo redonda ahí nomás.
 
Tenía puesto el solero.
 
¿Podés creer que parecía hecho a medida? Le quedaba hermoso. Lo quise tanto en ese instante. Se me llenó el pecho de una congoja terrible. Y después, con todo el dolor del mundo, le di vuelta la cara de un cachetazo.
 
No medí que tenía una taza en la manos.
 
Era café, nada menos. Le hizo una mancha terrible sobre el busto, y como el nene salió corriendo y se encerró en su habitación, no puede agarrarla a tiempo.
 
Llorando le llevé el solero a la señora. Le eché la culpa a un sobrinito, que no tenía, y a un descuido mío. Le rogué que me dejara hacerle una blusa o unos almohadones. Pero se enojó tanto que me hizo un desprecio feísimo.
 
–Lléveselo –me dijo–. No quiero nada.
 
Ahí lo empecé a perder al nene. Yo lo perdoné, porque una madre es incondicional, perdona siempre. Pero él nunca me perdonó la cachetada. Al poco tiempo, aprovechó la excusa de la universidad y se fue a vivir al centro. Y me quedé sola. Resignadamente, porque así son las cosas. Juro que no esperaba nada más de la vida.
 
Creo que tu llegada fue un milagro. Debe ser una herejía lo que voy a decir, que Dios se apiade de mí, pero a veces pienso que te trajo el ángel Gabriel. Un día estabas ahí, en la puerta, tiritando de frío. Eras tan chiquita. Me necesitabas.
 
Esa misma noche, llamó el nene y le conté.
 
–Es bueno que tengas compañía, mami –me dijo.
 
Venía todos los domingos a almorzar en esa época. A la siesta mirábamos algo en la tele y después salíamos a caminar por el barrio. Fue tan hermoso verlo jugar con vos. También te acarició un rato largo, mientras yo cocinaba, y después te tuvo aúpa mientras veíamos un programa sobre la vida de los millonarios. Vos no te acordás porque eras una gurrumina. Ni nombre te había puesto todavía, te decía Pichi, Puchi o algo así.
 
Esa tarde salimos los tres juntos a dar el paseo. Nos sentamos en un banco de la plaza. Estaba chocha yo. Una felicidad que ni recién casada tenía. Y en eso pasa rodando una pelota y vos te vas disparada atrás. Derechito para la calle te ibas. A mí se me vino el alma al cuello, pero el nene reaccionó rapidísimo; te alcanzó en cuatro zancadas y te trajo de vuelta.
 
Todavía no me habían bajado las palpitaciones cuando apareció un mocosito con la pelota abajo del brazo.
 
–¿Puedo acariciarlo? –me preguntó, señalándote.
 
Yo sabía que el pobre mocosito no tenía la culpa de nada pero me había asustado tanto que estaba enojadísima.
 
–Acariciarla –le dije, de mal modo.
 
Y ahí, el nene, el mío, giró la cabeza de golpe y me miró de una manera que no me voy a olvidar en la vida. No dijo nada, pero me estrujó el corazón esa mirada.
 
Al domingo siguiente no vino. Llamó por teléfono y dijo que tenía trabajo. Le dije que se quedara tranquilo, que yo iba a estar entretenida porque tenía mucho para coser. Pero era mentira porque no tenía nada. Ya casi no tenía clientas. Así que comí un poco de fiambre, porque no me gusta cocinar para mí sola, y me puse a ver el programa de los millonarios.
 
Esta vez era sobre una mujer. Una millonaria norteamericana que vivía en una casa inmensa, ella sola, con siete caniches. La mujer mostraba la casa. Esta es la cocina, este es comedor, el living; así con todos lo ambientes. Todo primoroso. Era una cosa que daba más gusto que envidia. Y de repente abre una puerta y dice:
 
–Este es el guardarropa de los bebés –. Porque ella le decía bebés a los caniches.
 
Virgen santa. Era un sueño lo que había ahí adentro. Me causó una impresión tan grande. A mí jamás se me hubiera ocurrido que podía existir algo así. Se me puso la piel de gallina y sentí un calor acá adentro, en el pecho. Ni siquiera terminé de ver el programa. Me puse a trabajar como una loca. Ni cené esa noche. Ya eran como la una de la mañana cuando terminé el vestidito.
 
Al día siguiente lo estrenamos. Salimos a caminar por el barrio y dimos cinco vueltas a la plaza. No hubo vecina que no me comentara lo hermosa que estabas.
 
Salvo la de Ponto, claro, que se hizo la que no nos había visto. Ya la tengo perdonada a esa pobre mujer. Cuando la desgracia es tan grande no deja lugar para el odio. Ella misma vino a decirme que ese domingo había visto pasar al nene por la puerta de su casa. Lo que no me dijo es que había hablado con él. Pero me hice la tonta. ¿Qué sentido tenía recriminarle?
 
Pasó todo rapidísimo. Estaba cocinando, escuché un portazo, y cuando me asomé al comedor lo vi al nene, desencajado, bañado en lágrimas.
 
–¿Le hiciste un vestido a la perra con la tela del solero? –me preguntó.
 
Y a mí me sonó tan feo.
 
–Hijo –le dije –por favor no le digas perra.
 
Le quise comentar que ya te había encontrado nombre. O mejor dicho una forma de llamarte que me salía natural, porque en ese momento todavía no sabía que te iba a quedar para siempre. Pero no me dio tiempo el nene. Se dio media vuelta y salió ligerísimo para afuera.
 
A Dios pongo por testigo de que toda la vida estuve pendiente de la puerta de calle. Cuando el nene era chico, la cerraba siempre con llave aunque saliera dos minutos a tirar la basura. Pero ese maldito día salí atrás de él, desesperada, porque sabía que si lo dejaba ir lo iba a perder del todo, y me dejé la puerta abierta.
 
Justo cuando el nene empezó a cruzar la avenida, sentí tus ladridos. Ya estabas casi en la esquina, persiguiendo a un gato roñoso que andaba en ese tiempo por la cuadra.
 
–¡Nena, volvé! –te grité, con una fuerza, con una angustia tan grande; de lo ovarios me salió el grito.
 
Los que lo vieron, los vecinos, dicen que de golpe el nene se quedó parado en el medio de la avenida y se dio vuelta para mirarme. Pero gracias a Dios misericordioso, yo no vi nada porque estaba de espaldas, corriendo para la esquina.
 
Fue calcado a lo del padre, pero con un colectivo en vez de un camión. ¿Podés creer lo que tira la figura paterna?

 
 

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La secretaría

 
–¿Jugamos a la secretaría? –propone Hijita.
–¿Secretaría de qué? –pregunta Papá, perplejo ante el insospechado y precoz perfil burocrático que manifiesta su primogénita.
–Es así –explica Hijita– Uno le dice un secreto a otro, y otro a otro y a otro, y el último lo dice.
 

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Una princesa nunca (jamás)

Princesa-nunca-jamasMantengo con la factoría Disney una guerra por el cerebro de mi hija. Básicamente, ellos están tratando de vaciarlo y yo intento llenarlo. La criatura tiene tres años y los malditos esbirros de Walt ya quieren convertirla en una de sus princesas; en una Cenicienta cuyo mayor anhelo en la vida sea casarse con un imbécil que se cree encantador porque usa charreteras.

Voy perdiendo. Al día de hoy, el juego favorito de mi hija es pasearse por la casa enfundada en un vestido rosa (chicle) mientras recita un credo que sacó del canal Disney Junior:

“Una princesa siempre es linda. Una princesa nunca es mala. Una princesa bla bla bla…”

¿Por qué la dejo ver el Disney Junior? Porque peleo una guerra fría. Sé muy bien que el tiro de la prohibición suele salir por la culata. El día de mañana, no quiero ver a mi hija convertida en Chief Executive Officer de la compañía que hoy combato (aunque preferiría eso al casamiento con el encantador).

También es una guerra civil la mía. La propia abuela de la niña (y propia madre mía) lucha en el bando enemigo. Todas las tardes habilita el avance sobre mi retoño de infames tanques arrasadores de ondas cerebrales camuflados tras nombres simpatiquísimos: Los Ositos Cariñositos, Zou, La colmena feliz, Frutillita: aventuras en Tutti Frutti y ese arma de destrucción neuronal masiva que se llama La casa de Mickey Mouse.

¿Cómo contraataco? Como puedo. Pero sobre todo utilizo, igual que ellos, el camuflaje. Me siento junto a mi hija frente al televisor fingiendo ser un padre cool e imparcial y, así como al pasar, disparo comentarios diseñados para destruir el mágico mundo de colores.

–Este Mickey… parece medio bobo, ¿no? –digo, por ejemplo.

Pero mi hija no es tonta (a pesar de los esfuerzos de Disney) y, como solo quiere ver dibujos animados todo el tiempo, sin importar de dónde vengan ni quién los fabrique, recurre a sagaces y desconcertantes maniobras evasivas. Con tono didáctico y condescendiente, haciendo pausas entre las palabras para darme tiempo a comprender lo equivocado que estoy, dice cosas como…

–Pero, Ale… Mickey tiene las orejas redondas.

A lo que yo apenas atino a contestar cosas como…

–Aaahhh.

Normalmente no me atrevo a insistir ni a subir el tono de mis ataques, porque, como ya dije, sé que eso es equivalente a empujarla hacia el lado oscuro. Pero hubo una tarde en que me falló el temple y quedé debiendo la estrategia.

Estábamos mirando Jake y los piratas: aventuras en Nunca Jamás, una de las series del Junior que más me hacen doler el hígado, porque amo a los piratas. Supongo que a esta altura está de más decir que Jake nunca (jamás) me cayó bien, pero lo que vi esa tarde, simplemente me sacó la cadena. Jake y su amigos piratas estaban haciendo rafting y… ¡tenían puestos chalecos salvavidas!

Estallé.

–¡Ah, no! –grité, golpeando con los puños simultáneamente los apoyabrazos del sillón–. ¡Esto es el colmo! ¡Chaleco salvavidas tienen!

Y entonces inicié un ataque frontal, irracional, suicida.

–Los piratas, hija, no usan chaleco salvavidas. Los piratas, si se caen al mar, ¡se ahogan con dignidad y se convierten en comida para peces! Este Jake no es un pirata. ¿Sabés lo que es este Jake? ¿Sabés lo que es este Jake?

A pesar de la enfática repetición de la pregunta mi hija siguió mirando la pantalla (con la parte inferior de la mandíbula algo descolgada) y no contestó. Así que tuve que redondear sin su ayuda.

– ¡Es un pelotudo! Eso es: ¡Un PELOTUDO!

Días más tarde, me tocó llevarla al jardín. Como siempre que la llevo yo (y no su madre), salimos de casa tarde y con la comida aún en el esófago. El coche familiar no estaba a nuestra disposición así que tuve que transportarla en brazos y al trote. Fueron las cuatro cuadras más largas de vida, pero logramos llegar al jardín justo a tiempo para deslizarnos por debajo de la mirada reprobatoria de la portera que estaba a punto de cerrar con llave.

Recién cuando, ahogado y transpirado, la dejé finalmente en el suelo de la salita amarilla junto a su maestra y sus compañeros, me di cuenta de que algo estaba mal…

– ¡Uy! –dije– Me olvidé de ponerte el camisolín.

– Y la mochila –acotó la maestra.

Entonces, mi hija, a la que nuestra peripecia le había parecido divertidísima, levantó hacia mí su carita redonda y, con una sonrisa radiante, dijo algo que hasta este momento nunca (jamás) había dicho en su vida…

– ¡Pelotudo!

Sentí que se me incendiaba la cara. Algunos de los chicos se empezaron a reír y la maestra me clavó la mirada, cediéndome el turno para reprimir aunque estuviéramos en su territorio. Pensé en usar el descargo habitual en estos casos: el famoso y siempre salvador “¿De dónde sacaste eso?”. Pero no me atreví por miedo a que mi hija se le ocurriera decir la verdad.

Colorado como un ají, huí balbuceando algo que no entendí ni yo.

– Nohijaesono… nonono… malomalo… chaumevoy.

Más allá de la vergüenza, no fue nada agradable que mi hijita me tratara de pelotudo. Fue demasiado precoz, no me lo esperaba antes de la adolescencia. Sentí lo que voy a sentir en el futuro, cuando la vea por primera vez fumando o besándose con alguien. Dentro de mí, algo se rompió para siempre.

Pero mientras volvía a casa arrastrando los pies y con la cabeza hundida entre los hombros, me asaltó un pensamiento reparador, balsámico, hermoso; tan hermoso que no pude evitar gritarlo, estirando los brazos hacia el cielo cual goleador eufórico.

– ¡Una princesa nunca dice “pelotudo”!

Tomá esa, Walt.

Hasta la victoria, siempre.

 
 

Aviso del fabricante: Desde el fundador hasta el último empleado (quienes casualmente coinciden en ser la misma persona), en la Fábrica de Ficciones Valdearena somos marxistas (de Groucho). Por eso, si no le gustan nuestros principios, sepa que tenemos otros. Si usted es un alto ejecutivo de la compañía Disney que llegó a esta página buscando un guionista a quien enterrar bajo una montaña de cochino dinero a cambio de sus servicios, no deje de ponerse en contacto con nosotros. Estaremos encantados de colaborar en la manufactura de sus dañinos productos y hasta le haremos un descuento. Es lo que hay. Antes de preocuparnos por lo que llena la cabeza de nuestros hijos, nos toca ocuparnos de llenarles el estómago.

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