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Rito sagrado

Rito sagradoEstaba apurado por ser escritor. Ese era mi problema. Leía biografías de escritores, correspondencia de escritores, entrevistas a escritores. Quería absorber todo el conocimiento que hubiera disponible sobre el oficio. También leía las obras, por supuesto. Las leía para tacharlas de la lista de lo no leído. Porque lo no leído me jodía como una mosca detrás de la oreja. Escribir, lo que se dice escribir, casi no escribía. Pero fumaba negro por parecerme a Cortázar y a mi gato le había puesto Chejov.

Jamás había hecho un asado. En casa, los hacía mi viejo, pero para mí era como si se hicieran solos. Cuando me llamaban, dejaba el libro y me sentaba en la mesa. Deglutía y volvía al libro, sin consideraciones para nadie. No fuera cosa que se me escapara la literatura por hacer sobremesa.

Hasta que un día Cecilia me dijo:

–¿Y si hacés un asadito, que a papá le encanta?

Era nuestra primera noche en nuestra primera casa (comprada por mi suegro). Hacía calor y estábamos desnudos sobre un colchón que era el único mueble que teníamos en el dormitorio, además de una pila de libros que yo había puesto en un rincón para lograr el ambiente de bohemia adecuado.

Me dejó atónito la propuesta. Y me ofendió. Ella sabía perfectamente que yo no sabía asar. ¿Por qué me lo pedía? ¿Qué quería lograr? ¿Quería cambiarme? ¿Quería que fuera otro? Yo solo quería ser yo. Y yo no me sentía especialmente agradecido por la casa. Sabía que el regalo no me iba a salir gratis. Sabía que a cambio de ese techo iba a tener que escuchar todo lo que mi suegro tuviera para decir. Y mi suegro no era un hombre con pelos en la lengua.

–El día que se te pase el berretín, avisá –me decía.

Él había trabajado treinta años en el mismo banco, pasando por todos los puestos del escalafón, hasta llegar a ser gerente de una sucursal. Esa gerencia era una cumbre que estaba muy orgulloso de haber alcanzado. Hablaba de la sucursal como si hablara de un jardín hermoso que cultivaba con sus propias manos.

Yo no soportaba ese orgullo. Me parecía triste. Y más triste e insoportable me resultaba que quisiera darme un trabajo ahí. Porque ese era el plan de mi suegro: comprarme la casa, comprarme el traje y acomodarme en la sucursal.

No le contesté a Cecilia cuando me sugirió lo del asado. Me levanté, fui al baño, salí hablando de otra cosa. Es decir, me hice el boludo, sin gran esfuerzo porque en esa época me salía de forma muy natural.

Pero un par de días más tarde ella volvió sobre el tema.

–¿Pensaste lo del asadito?

Me puse duro como matambre de vaca vieja.

–Hace cinco años que estamos juntos, Ceci –le dije –. En todo ese tiempo, ¿alguna vez me viste asando algo?

La tensión de mi réplica la sorprendió, se lo noté en la cara.

–Hagamos unas pizzas –suavicé.

No contestó. Entró al baño y salió hablando de otra cosa. Así que una semana más tarde hice el primer asado de mi vida para lavar la culpa que sentía por haberle hablado mal a mi mujer.

Cuando llegaron los invitados, iba por el tercer intento infructuoso de prender el fuego. Tenía las manos y la cara negras de manipular el carbón y estaba a punto de sufrir un colapso nervioso. Mi suegro me arrebató de la mano una botella de alcohol metílico justo a tiempo para evitar que me quemara (involuntariamente) a lo bonzo. Después, hizo un bollo con papel de diario, levantó dos ramitas secas del suelo y unos minutos más tarde teníamos una pila de carbón ardiendo. Fue como ver un truco de magia.

Él se había criado en el campo. A los quince años ya era capaz de hacer un cordero a la cruz, con leña húmeda, en un día ventoso. Era natural que tomara posesión del asado. Y yo estaba tan angustiado que sentí un alivio enorme. Pero enseguida me di cuenta de que había quedado atrapado en una trampa peor. Tuve que hacerle de pinche. Me pasé una hora y media sirviéndole vino y escuchándolo hablar de los beneficios de trabajar en un banco.

Ya en la mesa, mi suegra tomó el relevo.

–Pensaba que hoy nos iban a dar una noticia –dijo, aprovechando un silencio que hubo durante los postres.

Entonces la que se enervó fue Cecilia, que en esa época trabajaba ocho horas por día en la administración de una fábrica de perfiles y de noche estudiaba medicina. No quería saber nada de bebés hasta tener el diploma en la mano.

–No empieces, mamá –rugió.

Pero mi suegra, que tampoco tenía pelos en la lengua, no dio un paso atrás y se trenzaron en una discusión a los gritos que ya se sabían de memoria.

–Voy a limpiar la parrilla –dijo mi suegro, que tenía clarísimo cuando era el momento de desaparecer

–De ninguna manera –dije yo, y lo seguí.

Mientras mi suegro frotaba la parrilla con papel de diario yo me puse a ordenar los alrededores. Empecé por la mesa auxiliar sobre la que había una botella de vino vacía, un trapo sucio, dos tenedores, un diario viejo, una caja fósforos y un paquetito que yo no había dejado ahí.

–¿Esto es tuyo? –le pregunté a mi suegro.

–Uy… –dijo–. Con el quilombo casi me olvido de dártelo.

Era un cuchillo verijero, encabado en asta de ciervo y alpaca, en su vaina de cuero repujado con mis iniciales. Una obra de arte.

Me ofendí de nuevo. Para mí, era todo parte del plan: la casa, el traje, la sucursal, el asado, el cuchillo de gaucho. Yo no era un gaucho. Aunque nunca lo hubiera confesado, la lectura del Martín Fierro me había dejado más frío que ese regalo.

–Muchas gracias – dije, tratando de disimular el disgusto.

–Dame una moneda –dijo él.

–¿Para? –pregunté.

Me miró entre sorprendido y fastidiado.

–Los cuchillos no se regalan –dijo–. ¿Cómo puede ser que no sepas nada de nada?

Ardiendo por dentro busqué en los bolsillos y encontré nada más que pelusas. Pensé que iba a quedar ahí la cosa, pero no fue así. Mi suegro insistió en que fuera a pedirle una moneda a Cecilia. Yo tuve ganas de clavarle el cuchillo en el cuello, pero le hice caso.

Adentro las mujeres ya habían terminado de gritarse y estaban levantando la mesa. Ninguna de las dos tenía una moneda. Entonces mi suegro insistió en que buscara por la casa. Abrí un par de cajones, di un par de vueltas fingiendo que buscaba por el suelo, entré en mi dormitorio, me senté un rato en la cama y volví diciendo que no había encontrado nada.

–Fijate en el coche –dijo mi suegro.

Salí a la calle cagándome en él y pensando que lo mejor era darle el gusto de una vez. Subí a mi coche y busqué en el cenicero. Había dos tornillos y ninguna moneda. Al lado de mi coche estaba el de mi suegro. Para descargar un poco de bronca le pegué una patada a la rueda y el pie me hizo un ruido seco, espeluznante. Volví a entrar en casa rengueando.

–Esto es mala suerte –dijo mi suegro, mirándome fijo antes de irse, sin moneda.

Mi pobre mujer tenía el aspecto de haber sobrevivido a una tragedia aérea cuando cerramos la puerta. Dijo que se iba a dormir y subió las escaleras arrastrando los pies. Yo no podía irme a dormir tan caliente como estaba. Necesitaba calmarme un poco, así que armé un porro, me preparé una bolsa de hielo para el pie y me tiré en el sillón a ver la tele.

Cuando el porro me hizo efecto y empecé a estar más relajado y permeable a la inspiración, me puse a pensar en la moneda que no había aparecido y hasta me la imaginé. Era una moneda sin ceca: de un lado tenía la cara de mi suegro y del otro tenía la mía.

El cuchillo había quedado sobre la mesa. Fui a buscarlo, pisando con dificultad, y volví al sillón. Lo saqué de la vaina y contemplé la hoja extasiado. “Acá hay un cuento”, recuerdo que pensé.

Parece mentira, pero en ese mismo instante apareció Chejov (mi gato) y se subió a mi regazo. Entonces me acordé de algo que Chejov (el escritor ruso) escribió en una carta y se convirtió en una especie de ley narrativa que se conoce con el nombre de “La pistola de Chejov”. Esa ley dice, más o menos, que si al principio de un cuento (novela, obra de teatro, lo que sea) aparece una pistola, esa pistola tiene que dispararse antes de que la historia termine. ¿Se entiende? Está mal que un escritor prometa cosas que no piensa cumplir.

También recordé las ganas que había sentido de clavarle el cuchillo en el cuello a mi suegro. Sin duda había un cuento ahí. Bajé al estudio que tenía en un rincón del garaje, prendí la computadora, abrí un documento de texto nuevo y me quedé mirando la pantalla en blanco. Estaba demasiado fumado para escribir.

Al día siguiente fui al médico porque no podía caminar. Tenía el meñique fracturado. Me enyesaron hasta el tobillo y me dieron una muleta. Un drama, porque en ese tiempo me sentía un frustrado y un mantenido y mi única válvula de escape era el fútbol. Jugaba con unos amigos, todos los jueves. Amaba ese fútbol, era mi oasis semanal. Lo necesitaba, así que aunque no podía jugar fui igual, a mirar, a estar ahí.

Era en una sociedad de fomento. A lado de la cancha había un quincho con su respectiva parrilla, y todos los jueves, religiosamente, después de jugar, comíamos asado. El asador designado era Juampi, un tipo afable, del tamaño de un oso, que prefería el fuego a la pelota.

–Tengo miedo de lastimar a alguien –decía siempre que tratábamos de hacerlo jugar.

Como el espectáculo deportivo, visto desde afuera, dejaba bastante que desear, ese jueves estuve tomando vino y charlando con Juampi al pie de la parrilla.

–¿Por qué te gusta hacer asado? –se me ocurrió preguntarle, ya con un par de vasos encima.

Juampi había desarmado el fuego y estaba acomodando las brasas. Empujó cada pedazo de carbón encendido, eligiendo exactamente el lugar donde lo quería. Este acá, este otro un poquito más allá. Cuando estuvo conforme, dejó el atizador y extendió una mano sobre la parrilla para medir el calor. Después buscó su vaso, tomó un trago y me miró.

–Me relaja –dijo.

Esa noche entendí el asado. Vi la pureza del rito sagrado, de fuego, carne, vino, tiempo y comunión, reflejada en la mirada serena de Juampi. A la epifanía ayudó, muy probablemente, que antes de salir de casa, para mitigar la amargura que me producía la lesión, me había fumado un porro entero.

–¿Me enseñás? –le pregunté a Juampi.

–Ta hecho, hermano –dijo.

No todo fue iluminación positiva. Cuidado. La verdad es que esa noche también alumbré la posibilidad de una venganza. Me imaginé sirviéndole a mi suegro un asado perfecto. Un asado que lo hiciera llorar de emoción. Un asado que lo hiciera caer de rodillas para pedirme perdón por haberse atrevido a decirme, en la que (aunque la hubiera pagado él) era mi propia casa, que no sabía nada de nada.

Juampi resultó ser un maestro excelente; claro en las consignas, atento a las dudas, paciente con los errores y exigente en los contenidos. Me enseñó que para el fuego el aire es igual de importante que el carbón y el calor. Me enseñó a desgrasar, a salar, a presentar. Me habló largo y tendido de cortes, de fibra, de grasa, de hueso. Y sobre todo, me enseñó a esperar.

–¿Qué apuro hay? –decía–. Esto no es McDonald’s.

Cuando me sacaron el yeso ya no tenía ganas de jugar al fútbol. Quería estar en la parrilla con Juampi. Ya tenía una responsabilidad: yo organizaba y hacía la compra, con la consigna de elegir siempre alguna cosa nueva, algún corte que no conociera. Y por iniciativa propia me encargaba también de elevar el presupuesto del asado. Llamaba a los comensales uno por uno a su casa para hacer campaña. Y me iba muy bien. Había acuñado una frase de entrada demoledora.

–¿Te comerías unas mollejitas este jueves?

Nadie decía que no. Y donde dice mollejitas podría decir entraña, arañita, ojo de bife, chinchulín de cordero, chivito, lo que fuera. Hasta un lechoncito mamón los hice comprar una vez. Juampi sabía hacer todo y estaba encantado de compartir conmigo sus conocimientos.

Un jueves, cuando llevaba más o menos tres meses de aprendiz, sin que yo me lo esperase para nada, me pasó el atizador y me dijo:

–Hoy lo hacés vos.

Chorizo, morcilla, riñón, vacío, asado y, de corte nuevo, picaña. Esa noche recibí mi primer aplauso para el asador, solicitado por mi mentor, nada menos. Volví a casa tan emocionado que desperté a Cecilia para contárselo.

–Qué bien, amor –dijo mi angelito– A ver cuándo hacés uno acá…

–El sábado –dije–. Y les decimos a tus viejos.

Estaba preparado para vengarme. Siendo realista, sabía que mi suegro no iba a caer de rodillas, no era su estilo, pero estaba seguro de que se iba a llevar una buena sorpresa. Quería ver su cara cuando me viera prender el fuego sin pastillas iniciadoras, usando un solo fósforo. Quería escucharlo decir “muy rico todo”. Quería verlo aplaudiéndome.

Me sentía seguro, pero de todas maneras fui conservador. Recurrí a la Santa Trinidad: chorizo, asado, vacío. Mi suegro llegó cuando ya tenía todo sobre la parrilla.

–Ah, bueno… –dijo–. Vamos mejorando.

No tuve tiempo de disfrutar ese mínimo triunfo. Como si fuera lo más natural del mundo, mi suegro se acercó a la mesita auxiliar, agarró un tenedor y empezó a mover la carne, acomodándola a su gusto. Después, agarró el atizador y agregó fuego.

–¿Y? –dijo, cuando estuvo satisfecho con el nuevo orden de las cosas– ¿No me vas servir un vino?

Yo no podía hablar. Estaba conmocionado. Algo adentro mío se retorcía y pugnaba por hacer erupción. En ese momento no lo tuve tan claro, pero hoy sé que era mi orgullo de asador. Por primera vez lo sentía presente. Lo había adquirido en mi debut del jueves, justo en el momento del aplauso, y mi suegro acababa de violarlo con alevosía.

No dije una sola palabra en la mesa. Comí mirando el plato mientras mi suegra volvía a la carga con su tema favorito y sacaba de quicio a mi mujer. Cuando terminamos de comer, mi suegro pidió el aplauso y lo arrancó el mismo, dedicándome una mirada condescendiente. Fue lo peor del ultraje. Los dos sabíamos que el asado lo había hecho él.

Esa noche, Chejov (mi gato) se robó el último pedazo de carne. Cuando salí a limpiar la parrilla me lo encontré en el medio de patio, mordiendo con desesperación una costilla para sacarle los últimos jirones.

–Buen provecho –le dije.

Y en vez de limpiar fui hasta el garaje y armé un porro. Después prendí la computadora y me puse a escribir. Escribí sin parar, sin pensar, con los dientes apretados, hasta que cuando iba por la cuarta página empecé a perder envión. Ya había descargado y tenía sueño.

Antes de apagar la computadora, releí. Era una porquería lo que había escrito. En los cientos de entrevistas a escritores que había leído, aparecía una y otra vez un mandamiento con el que estaban todos de acuerdo: no juzgarás a tus personajes. Lo que yo había escrito esa noche no era el comienzo de un cuento, era un vómito de bilis, una puteada de cuatro páginas contra el personaje del suegro, al que había juzgado y condenado a morir degollado.

Le di una piña al teclado y subí al dormitorio.

No quise prender la luz para no despertar a Cecilia que estaba durmiendo. Me desvestí en el pasillo y entré a ciegas. Y cuando uno está así, en una racha mala, con viento de cara, hasta acostarse se vuelve una tarea complicada y peligrosa. En la oscuridad, mi pie, el mismo que había tenido enyesado, se estrelló contra la pata de la cama. Sentí que un rayo de dolor entraba por el meñique, subía por la columna y estallaba en el bulbo raquídeo.

Caí sobre la cama llorando como un nene.

–¿Estás bien, amor? –dijo Cecilia.

No pude contestar, me estaba ahogando en lágrimas. Por señas le hice saber que me había vuelto a romper el meñique. Ella saltó de la cama, bajó a la cocina y volvió con unos cuantos hielos envueltos en un repasador. Me acarició, me abrazó, me besó, y como yo seguía llorando, me hizo el amor.

En esa época, ella no quería tomar pastillas y yo no quería usar forro, así que utilizábamos el método anticonceptivo más antiguo del mundo. Años habíamos estado practicándolo sin tener un solo susto. Yo era muy consciente y voluntarioso, sabía interrumpir en el momento exacto. Pero esa noche no estaba en mis cabales. No había podido terminar mi asado. No había podido terminar mi cuento. Necesitaba hacer algo hasta el final.

–¿Qué hiciste, pelotudo? –me gritó Cecilia.

Hoyo en uno, hice.

Quince días más tarde, un test de farmacia dio positivo. Cuando vio las dos rayitas, la que lloró fue ella. Lloró como nunca la vi llorar en nuestra vida. Lloró con hipo y espasmos y yo traté de consolarla pero no encontré las palabras. No sé cuánto tiempo lloró pero pareció una eternidad. Se fue calmando de a poco, muy gradualmente, como si el llanto se le estuviera acabando.

–¿Qué querés hacer? –le pregunté, mientras se enjugaba las lágrimas.

Me insultó con ferocidad, largo y florido, usando hasta subordinadas, y cuando terminó me abrazó con todas sus fuerzas. Yo sentí un calor muy intenso en el pecho, justo detrás del esternón, que enseguida identifiqué como un ataque de felicidad. Pero unos segundos después, cuando Cecilia me soltó, se me vino el mundo abajo. Sentí como una tonelada de responsabilidad caía sobre mis hombros y me vi entrando en la sucursal de impecable traje nuevo.

Para contribuir con la economía de la casa, al menos modestamente, yo daba clases de apoyo escolar. Lengua y Literatura, por supuesto, pero también un poco de Cívica e incluso de Historia. Hasta ese momento me lo tomaba con calma; la prioridad absoluta era preservar mi tiempo de escritura, que usaba, básicamente, para fumar porro y observar el hipnótico titilar del cursor sobre el blanco de la pantalla.

Al día siguiente de hacer el test salí a buscar alumnos como si el futuro de la educación dependiera solo de mí. Pegué cartelitos por todo el barrio, dejé un volante de fabricación casera debajo de cada puerta. No pasó nada. Hay que tener en cuenta que esto fue a finales del siglo pasado. No corrían buenos tiempos para nóveles emprendedores en el sector de la docencia. La gente ya se estaba yendo. Como Juampi, por ejemplo, que consiguió laburo en una parrilla de Oslo.

Fue pantagruélico el asado de despedida. Y así me convertí en el único asador del fútbol.

El jueves en que estrené la titularidad, llovía. La cancha era de baldosa y no tenía techo, así que mientras mis amigos hacían un número de patinaje esperpéntico, al reparo del quincho, es decir alrededor de la parrilla, se fueron amontonando los pibes que jugaban en el turno siguiente.

En un momento, se me acercó el más gordito

–¿Me vendés uno, maestro? –me preguntó, mirando fijamente los chorizos.

No se compraba de más en el fútbol. Había un chorizo por cabeza. Se lo expliqué y el gordito puso una cara de decepción tan conmovedora que tuve que regarle el mío. El chorizo tenía un dorado perfecto, se lo adivinaba jugoso y crujiente. Y ver cómo lo disfrutaba me cambió la vida.

Esa misma noche hablé con el bufetero, el único autorizado para vender comida dentro de la sociedad de fomento. Era un gallego jubilado que vivía de venderle alfajores a los chicos y caña a los viejos. Le propuse que me dejara explotar la parrilla a cambio de un porcentaje de las ganancias. Cinco minutos lo pensó, sin dejar de mirar la tele que tenía siempre prendida, y dijo que sí.

Y mientras todo alrededor se incendiaba, a mí me empezó a ir bien. Porque una crisis socioeconómica puede destruir un país, pero el fútbol y el chori son indestructibles. Además, ya se sabe que las criaturas vienen con un pan debajo del brazo.

Cecilia quiso esperar hasta la decimoquinta semana para darle la noticia a sus viejos. Quería estar segura.

–¿Te hacés un asadito? –me propuso.

–Claro, amor –dije yo, que había jurado para mis adentros no volver a hacerle un asado a mi suegro nunca más en la vida. Y lo dije con sinceridad, sereno, sin ánimo de revancha. Imaginé un asado sanador. Me vi delante del fuego, explicándole con dulzura a mi suegro que el asador, en mi casa, era yo.

Elegimos hacerlo un domingo al mediodía, con las dos familias al completo: mis suegros, mi cuñadito, mis viejos y mis dos hermanas. Yo ya era cliente al por mayor de la carnicería, así que conseguía buenos precios. Tiré la casa por la ventana. Armé una degustación de exquisiteces diseñada para trasmitirle a los comensales ese calor que había sentido en el pecho al enterarme de que iba a ser padre.

En pleno invierno, nos tocó un día hermoso, de sol radiante y cielo azul impoluto, ideal para celebrar buenas noticias. Mi suegros fueron los primeros en llegar. Mi suegra se quedó en la cocina, haciendo las ensaladas con Cecilia, y mi suegro salió al patio.

–¿Qué tal? –dijo.

Noté enseguida que algo le pasaba. Estaba mustio, apagado. Normalmente él se ocupaba de hablar, de hacer chanzas o dar consejos. Pero esta vez se quedó mirando la parrilla sin decir ni una palabra más, hasta que el silencio me puso incómodo.

–¿Un vinito? –ofrecí.

Me miró sorprendido, como si acabara de despertarse conmigo a lo pies de la cama.

–Cómo no –dijo.

Con la excusa de ir a buscar el vino entré en la cocina, le hice una seña a Cecilia para que me siguiera y subí al dormitorio para poder hablar sin que nos escucharan; le comenté que su viejo estaba raro y le pregunté si sabía qué le pasaba. Me dijo que no tenía idea pero iba a investigar. Después bajamos haciendo que hablábamos de un juego de llaves perdido.

De nuevo en la cocina, agarré una botella de vino y abrí el tercer cajón, el que guarda lo que se usa poco, para buscar el destapador. Ahí estaba el cuchillo verijero, desterrado desde que había jurado no volver a usarlo nunca más en mi vida, el mismo día en que había jurado no volver a hacerle un asado a mi suegro nunca más en mi vida. Lo saqué de la vaina, lo ensucié (a escondidas de mi suegra) con sangre que había quedado en una bolsa de la carnicería y salí al patio, con el cuchillo y la botella de vino, dispuesto a ser el mejor yerno del mundo.

Mi suegro volvía a estar en trance. Acariciaba a Chejov, que se había subido a la mesita auxiliar, con la mirada perdida en la enamorada del muro.

–Vinito –dije, apoyando la botella en la mesa.

Chejov saltó al suelo y mi suegro volvió a despertarse.

–¿Qué tal anda ese? –dijo, mirando el cuchillo que yo tenía en la mano.

–Un lujo –dije yo.

Mi suegro levantó la botella, sirvió dos vasos, y nos quedamos mirando como se hacía la carne, en silencio, dándole sorbos al vino.

El silencio era solo exterior, por supuesto, dentro de mi cabeza había un ruido infernal. Buscaba con desesperación un tema para sacar y solo se me ocurría uno: la sucursal. Pero proponer una charla sobre la sucursal era lo mismo que escupir mi propio asado. Daba por sentando que mi suegro, por mucho éxito comercial que yo pudiera tener vendiendo choripanes, jamás iba a cejar en su intento de convertirme en otro tipo.

Otro tipo. Otro tipo. Otro tipo. Entré en un bucle dañino. Mi suegro quería otro tipo para su hija. Empecé a pensar que estaba así, mustio, mal, por eso mismo. Cada vez que nos juntábamos mi suegra repetía lo de “Pensaba que hoy nos iban a dar una noticia”. La estaban esperando. No era difícil sospechar que si habíamos juntado a las dos familias enteras un domingo al mediodía era por algo. Empecé a pensar que mi suegro estaba mal porque sabía lo que estábamos a punto de anunciarle. Estaba mal porque ya no podía abrigar esperanzas de deshacerse de mí; su hija y yo estábamos unidos para siempre.

Todavía tenía el cuchillo en la mano y de repente noté que lo estaba apretando demasiado. Me di miedo a mí mismo. Respiré hondo. Tomé un trago de vino.

–¿Qué tal por la sucursal? –dije.

Mi suegro hizo como si no me hubiera escuchado. Se inclinó sobre la mesa auxiliar y agarró un tenedor.

–A ver cómo va esto –dijo, dando un paso hacia la parrilla con el tenedor en alto.

Fue un reflejo, no pude evitarlo. Lancé hacia adelante la mano del cuchillo y le di al tenedor, de plano, justo antes de que pinchara un pedazo de vacío. Chocaron los metales (Chin) y mi suegro me miró como si le hubiera clavado el cuchillo en la aorta.

–Es mi asado, suegro –le dije. La mano del cuchillo me temblaba.

No existe el asador que no haya sido menoscabado en sus inicios por otro más veterano, así que mi suegro me entendió. Vi en su ojos que reconocía el orgullo de asador herido.

–Perdón –dijo, flojito, como si se estuviera desangrando.

Después de comer, dimos la noticia (que fue celebradísima, por supuesto) y cuando todos se fueron, ya casi al final de la tarde, Cecilia me explicó lo que le pasaba a mi suegro.

–Lo prejubilan a la fuerza –dijo, con humedad en los ojos.

Había elegido el peor momento para acuchillarlo.

Me sentí tan culpable que en cuanto dejó de ir a la sucursal, lo convencí de venir a darme una mano en la sociedad de fomento. Y así empezamos. Después, con lo que le dio el banco, compramos el primer local, que no tenía salón, se comía al paso. Nos fue bien y un par de años más tarde abrimos en otro lugar, cerca, ya con diez mesas. Así fuimos creciendo, pasando de un lugar a otro, hasta que llegamos a donde estamos ahora, la gran esquina, con dos salones y el humo que jamás cesa: Parrilla El Verijero (Celebre aquí su banquete). Mi suegro ya andaba mal pero llegó a verlo, por suerte, antes de irse de gira, y también se dio el gusto de ver a su hija recibida de médico.

A mí nunca se me pasó el berretín. Pero se me hizo muy complicado desarrollarlo con tantas obligaciones. Por eso tardé una vida en escribir este cuento. Miento. En realidad lo escribí y lo reescribí mil veces, en mi cabeza, mientras hacía mil asados. Y cada vez que sentía el impulso de sentarme delante de la computadora, miraba el fuego, tomaba un trago de vino, me acordaba de mi maestro, Juampi, y pensaba: “¿Qué apuro hay?”

 
 
 

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Sin modelo

 
solero1El día que vine a ver la casa por primera vez, dije que no era buena idea comprar sobre una avenida. Pero mi difunto esposo, Dios lo tenga en la gloria, era terco como una mula y ya estaba decidido.
 
–¿Por qué te creés que está barata? –me dijo.
 
Una semana después de mudarnos, salió apurado para la oficina y lo agarró un camión. Le partió la cabeza. Al final no la tenía tan dura como yo pensaba el pobrecito.
 
El nene recién había cumplido los dos años. Al principio preguntó, pero no tardó mucho en olvidarse. Las criaturas son así, se acostumbran enseguida a las cosas, a los cambios. Y yo estaba tan triste que no podía ni hablar del fallecido. El nene sabía que a su papá lo había pisado un camión y poco más. No supe cuidarle el recuerdo y me creció sin modelo.
 
Que Dios me perdone.
 
Pero nunca, jamás de los jamases, y que me caiga muerta ahora mismo si miento, le dije lo que yo sentía, lo que deseaba desde que tenía cinco años y jugaba con las muñecas de trapo.
 
–¿Te gustaría que yo fuera nena, mami? –me preguntó una vez.
 
Tenía cuatro años. ¿Podés creer? En el momento pensé que lo decía por decir, que estaba repitiendo algo que había escuchado por ahí o en la televisión. Pero un tiempo más tarde descubrí que era un pensamiento propio.
 
No me olvido más. Le había tocado hacer de San Martín en una obra de la escuela y tenía puesto un gorro de general, hermoso, que yo le había hecho en cartón. Estábamos en la mesa de la cocina, él merendando y yo cosiéndole charreteras a una chaquetita que había cortado en raso.
 
Lo vi caiducho, tristón, y para levantarle el ánimo le comenté que le había tocado el mejor papel.
 
–Hubiera preferido hacer de dama antigua, mami –me dijo–.Para que me cosieras un vestidito.
 
Me quedé helada. No supe qué decir. Hice como si no lo hubiera escuchado. Recién a la noche, metida en cama, que es donde yo pienso, se me ocurrió lo que tendría que haber dicho. Que yo era feliz cosiendo charreteras para mi hijo, que no podía ser más feliz cosiendo volados. Las madres tenemos derecho a una mentirita piadosa de vez en cuando.
 
Fue un error terrible quedarme callada, el más grande de mi vida. No hay día que no me arrepienta. Porque después el nene empezó a crecer rapidísimo y cuando quise acordar ya era un adolescente. Ya no me hablaba. Los varones son así; se ponen parcos, ariscos. Andaba todo el día afuera y en casa lo único que hacía era escuchar música con los auriculares.
 
Muchos años tuve clavada la espinita de ese silencio. Tantos que cuando volvió a salir el tema ya la tenía hecha carne. Ni me acordaba que estaba ahí.
 
Había una clienta mía, la señora de Ponto, que todos los años, más o menos en noviembre, me encargaba un solero para el verano. Era gente de plata. Vivían acá a la vuelta en un chalet divino. Viven, mejor dicho, porque siguen ahí los Ponto. Nunca supe qué negocios tenía el marido. Jamás pregunté. Pero la cuestión es que el hombre viajaba mucho por Asia y traía unas telas preciosas. Era un placer trabajar esos géneros.
 
Al nene siempre le llamaron la atención esas telas. Porque él siempre tuvo buen gusto. Siempre supo apreciar las cosas bellas. De chico las miraba y las miraba. Hacia preguntas que yo, con todo el dolor del mundo, no le podía contestar. Porque yo apenas terminé la primaria y nunca salí del país. ¿Qué voy a saber de Asia?
 
Cuestión que, un noviembre, la señora me trae una seda japonesa maravillosa. Una fortuna debía valer ese pedazo de tela. Era tan delicada que daba miedo tocarla. Siempre fui muy cuidadosa, puntillosa, con el trabajo, y esa vez lo fui más que nunca. No solamente por la clienta, por mí también. Sabía que ese era el trabajo de mi vida. Quería hacerlo perfecto.
 
Modestia aparte, creo que lo logré. Porque cuando terminé el solero y lo extendí sobre mi cama, no podía dejar de mirarlo. Me acuerdo que era un domingo porque salí del encantamiento cuando escuché las campanas de la misa de doce.
 
Hacía un calor sofocante ese noviembre, incluso adentro de la iglesia que suele estar fresquita. Y yo no había desayunado por darle los últimos detalles al solero, así que a medio sermón, sentí que me desmayaba. La cuestión es que por no irme al piso mientras el cura hablaba, saqué fuerzas de flaqueza y me fui para casa, caminando despacito por la sombra.
 
El nene no me escuchó llegar porque andaba con los auriculares. Cuando entré a la cocina, me lo encontré de frente, como a una aparición. Y casi me caigo redonda ahí nomás.
 
Tenía puesto el solero.
 
¿Podés creer que parecía hecho a medida? Le quedaba hermoso. Lo quise tanto en ese instante. Se me llenó el pecho de una congoja terrible. Y después, con todo el dolor del mundo, le di vuelta la cara de un cachetazo.
 
No medí que tenía una taza en la manos.
 
Era café, nada menos. Le hizo una mancha terrible sobre el busto, y como el nene salió corriendo y se encerró en su habitación, no puede agarrarla a tiempo.
 
Llorando le llevé el solero a la señora. Le eché la culpa a un sobrinito, que no tenía, y a un descuido mío. Le rogué que me dejara hacerle una blusa o unos almohadones. Pero se enojó tanto que me hizo un desprecio feísimo.
 
–Lléveselo –me dijo–. No quiero nada.
 
Ahí lo empecé a perder al nene. Yo lo perdoné, porque una madre es incondicional, perdona siempre. Pero él nunca me perdonó la cachetada. Al poco tiempo, aprovechó la excusa de la universidad y se fue a vivir al centro. Y me quedé sola. Resignadamente, porque así son las cosas. Juro que no esperaba nada más de la vida.
 
Creo que tu llegada fue un milagro. Debe ser una herejía lo que voy a decir, que Dios se apiade de mí, pero a veces pienso que te trajo el ángel Gabriel. Un día estabas ahí, en la puerta, tiritando de frío. Eras tan chiquita. Me necesitabas.
 
Esa misma noche, llamó el nene y le conté.
 
–Es bueno que tengas compañía, mami –me dijo.
 
Venía todos los domingos a almorzar en esa época. A la siesta mirábamos algo en la tele y después salíamos a caminar por el barrio. Fue tan hermoso verlo jugar con vos. También te acarició un rato largo, mientras yo cocinaba, y después te tuvo aúpa mientras veíamos un programa sobre la vida de los millonarios. Vos no te acordás porque eras una gurrumina. Ni nombre te había puesto todavía, te decía Pichi, Puchi o algo así.
 
Esa tarde salimos los tres juntos a dar el paseo. Nos sentamos en un banco de la plaza. Estaba chocha yo. Una felicidad que ni recién casada tenía. Y en eso pasa rodando una pelota y vos te vas disparada atrás. Derechito para la calle te ibas. A mí se me vino el alma al cuello, pero el nene reaccionó rapidísimo; te alcanzó en cuatro zancadas y te trajo de vuelta.
 
Todavía no me habían bajado las palpitaciones cuando apareció un mocosito con la pelota abajo del brazo.
 
–¿Puedo acariciarlo? –me preguntó, señalándote.
 
Yo sabía que el pobre mocosito no tenía la culpa de nada pero me había asustado tanto que estaba enojadísima.
 
–Acariciarla –le dije, de mal modo.
 
Y ahí, el nene, el mío, giró la cabeza de golpe y me miró de una manera que no me voy a olvidar en la vida. No dijo nada, pero me estrujó el corazón esa mirada.
 
Al domingo siguiente no vino. Llamó por teléfono y dijo que tenía trabajo. Le dije que se quedara tranquilo, que yo iba a estar entretenida porque tenía mucho para coser. Pero era mentira porque no tenía nada. Ya casi no tenía clientas. Así que comí un poco de fiambre, porque no me gusta cocinar para mí sola, y me puse a ver el programa de los millonarios.
 
Esta vez era sobre una mujer. Una millonaria norteamericana que vivía en una casa inmensa, ella sola, con siete caniches. La mujer mostraba la casa. Esta es la cocina, este es comedor, el living; así con todos lo ambientes. Todo primoroso. Era una cosa que daba más gusto que envidia. Y de repente abre una puerta y dice:
 
–Este es el guardarropa de los bebés –. Porque ella le decía bebés a los caniches.
 
Virgen santa. Era un sueño lo que había ahí adentro. Me causó una impresión tan grande. A mí jamás se me hubiera ocurrido que podía existir algo así. Se me puso la piel de gallina y sentí un calor acá adentro, en el pecho. Ni siquiera terminé de ver el programa. Me puse a trabajar como una loca. Ni cené esa noche. Ya eran como la una de la mañana cuando terminé el vestidito.
 
Al día siguiente lo estrenamos. Salimos a caminar por el barrio y dimos cinco vueltas a la plaza. No hubo vecina que no me comentara lo hermosa que estabas.
 
Salvo la de Ponto, claro, que se hizo la que no nos había visto. Ya la tengo perdonada a esa pobre mujer. Cuando la desgracia es tan grande no deja lugar para el odio. Ella misma vino a decirme que ese domingo había visto pasar al nene por la puerta de su casa. Lo que no me dijo es que había hablado con él. Pero me hice la tonta. ¿Qué sentido tenía recriminarle?
 
Pasó todo rapidísimo. Estaba cocinando, escuché un portazo, y cuando me asomé al comedor lo vi al nene, desencajado, bañado en lágrimas.
 
–¿Le hiciste un vestido a la perra con la tela del solero? –me preguntó.
 
Y a mí me sonó tan feo.
 
–Hijo –le dije –por favor no le digas perra.
 
Le quise comentar que ya te había encontrado nombre. O mejor dicho una forma de llamarte que me salía natural, porque en ese momento todavía no sabía que te iba a quedar para siempre. Pero no me dio tiempo el nene. Se dio media vuelta y salió ligerísimo para afuera.
 
A Dios pongo por testigo de que toda la vida estuve pendiente de la puerta de calle. Cuando el nene era chico, la cerraba siempre con llave aunque saliera dos minutos a tirar la basura. Pero ese maldito día salí atrás de él, desesperada, porque sabía que si lo dejaba ir lo iba a perder del todo, y me dejé la puerta abierta.
 
Justo cuando el nene empezó a cruzar la avenida, sentí tus ladridos. Ya estabas casi en la esquina, persiguiendo a un gato roñoso que andaba en ese tiempo por la cuadra.
 
–¡Nena, volvé! –te grité, con una fuerza, con una angustia tan grande; de lo ovarios me salió el grito.
 
Los que lo vieron, los vecinos, dicen que de golpe el nene se quedó parado en el medio de la avenida y se dio vuelta para mirarme. Pero gracias a Dios misericordioso, yo no vi nada porque estaba de espaldas, corriendo para la esquina.
 
Fue calcado a lo del padre, pero con un colectivo en vez de un camión. ¿Podés creer lo que tira la figura paterna?

 
 

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4×4 a full full

huellasEra un día hermoso. El sol brillaba en el cielo y en la radio sonaba una tonada alegre. Manejaba tarareando, con el codo apoyado en la ventanilla, feliz y canchero. La vida era una fiesta dentro de mi viejo sedán cuatro puertas. Pero…

De golpe el sol desapareció. Una siniestra sombra se me echó encima y un frío sobrenatural hizo que se me contrajeran el alma y los esfínteres. Avanzando hacia mí sin vacilación venía la camioneta 4×4 más grande que había visto jamás. Sobre la parrilla delantera, que tenía más o menos el tamaño de un pizarrón escolar, llevaba una placa con la marca: KRAKEN.

Frenamos al mismo tiempo, exactamente a mitad de cuadra. La calle era lo suficientemente amplia como para que dos coches (de tamaño normal) pudieran cruzarse sin problemas, pero la Kraken ocupaba todo el ancho, de cordón a cordón. Estábamos trabados. Uno de los dos iba a tener que retroceder.

Le metí una buena piña a la bocina.

El monstruo no contestó a mi aullido de furia. Tampoco se movió. Ni siquiera hizo unas tibias luces. Ni el más mínimo signo de vida se adivinó detrás de su parabrisas ilegalmente polarizado, grande como una pantalla de cine. Simplemente se quedó ahí, haciendo regular su silencioso y (pre)potente motor de gama estratosférica.

Asumí el silencio como un insulto. Para mí, me estaba diciendo:

«Movete, gil. ¿No ves que no valés ni un bocinazo».

Y entonces sentí que era mi destino asumir un rol histórico: yo iba a ser el primer héroe o el primer mártir de la resistencia a la invasión de las 4×4.

Salí del coche, me trepé al techo para darle el necesario aire teatral al asunto y, frente a las fauces mismas de la bestia, inicié un discurso en nombre de todos los conductores de vehículos de tamaño normal.

Dije, más o menos, algo así:

«Conozco a las de tu especie. ¡Oh, sí! Las conozco desde el principio. Las vi llegar. Las vi meterse por el boquete que la década maldita abrió en nuestro sentido común. Fui testigo de cómo sedujeron primero a los futbolistas de élite y a las estrellas de TV, aprovechándose sin escrúpulos de su permeabilidad a todo lo superfluo. Asombrado, presencié la evolución hacia el lujo obsceno que les permitió conquistar a la clase alta; vi crecer tapizados de cuero sobre la tela y la cuerina; vi brotar climatizadores donde había aires acondicionados. Las ví, después, disfrazarse de económicas para instigar el vano deseo de ascenso social de una clase media siempre ansiosa por endeudarse. Y vi como le robaron, descaradamente, el otrora dignísimo apodo de chata a sus parientes laburantes.

»¡Oh, sí! Las conozco. Sé que su diabólico encanto es capaz de convencer incluso a personas razonables de que necesitan tracción en las cuatro ruedas para ir al supermercado. Pero sepan que existimos otras personas inmunes a sus hechizos. Existimos otras personas que seremos fieles hasta a la muerte a nuestros sedanes, a nuestras cupés, a nuestros modestos utilitarios. Y sobre ellos, daremos pelea.

»Porque ustedes quieren las calles, la autopistas, los caminos de ripio, la rutas provinciales y nacionales. Quieren todos los estacionamientos, los pasos bajo nivel, los puentes, las rectas, las curvas y hasta los lomos de burro. Quieren las rotondas, los cruces y los vados. Quieren todo el mundo para ustedes; quieren dejar la marca de sus neumáticos premium en cada uno de sus rincones y chuparse todo su petróleo. Si hasta se hacen llamar Todo Terreno, admitiendo cínicamente ese afán expansionista.

»¡Todo Terreno las bolas! El terreno no se vende, no se entrega, no se negocia. Para conquistarlo todo, antes tendrán que pasar por encima de nuestras humildes carrocerías».

Llegado este punto levanté el mentón, saqué pecho, y, seguro de estar escribiendo una página gloriosa de la historia vial que los conductores principiantes del futuro estudiarían con emoción, pronuncié las siguientes palabras:

«Hacé marcha atrás o aplastame».

La Kraken rugió como un león ofendido; sus neumáticos giraron sobre sí mismos, a infinitas revoluciones por minuto, rechinando de forma ensordecedora y empezando a cavar dos surcos en el pavimento.

En ese instante sentí la súbita necesidad de revisar mi voluntad y le descubrí un montón de grietas. Para mi asombro, resultó que estaba mucho más aferrado a la vida de lo que mi boca imaginaba. Pegué entonces un salto olímpico hacia la calle tras el cual hilvané un estilizado clavado hacia la zona más verde y segura de la vereda.

Con la cara hundida en el pasto, escuché como mi coche crujía bajo el peso del Leviatán. Supongo que entonces me desmayé.

 

Abrí los ojos. El sol brillaba otra vez. No había sido real. Había sido un sueño, una pesadilla. Seguramente alguien me había puesto algo en la Coca-Cola. ¡Malditos traficantes de droga! Eran ellos los culpables de la horrible alucinación que acababa de sufrir. Eso lo explicaba todo, menos al bombero que intentaba ponerme un cuello ortopédico.

–Naciste de nuevo, macho –me dijo.

En el medio de la calle había otro bombero. En cuclillas, estudiaba fascinado el cadáver de mi automóvil que había quedado chatito como queda Willy Coyote cuando lo agarra la topadora.

–No hay duda –dijo, palpando la marca indeleble que los neumáticos agresores habían dejado sobre mi pobre sedán–: son huellas de Kraken.

–¿Ves? Naciste de nuevo –insistió el bombero que me socorría, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer mi suerte–. La Kraken full full viene con licencia para matar.

–¡Qué chata! –celebró el otro.

 
 

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