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Villanos de siete

En el parque del pueblito catalán, hay dos niños de siete años que eligen la senda del mal; uno, el jefe, porque cree que así obtendrá la atención que sus padres no pueden darle. El otro, fiel esbirro, porque seguir a su amigo le evita la fatiga de pensar por sí mismo. El jefe está siempre acompañado por su abuelo, que se siente explotado y trabaja a reglamento; vigila lo justo mientras charla de fútbol con quien se acerque (con el guionista de cómic siempre habla de Messi, ese otro argentino). El fiel esbirro va al parque con su madre, que tiene un bebé y una adicción al tabaco que acaparan toda su atención. El dúo de villanos opera a gusto; su arma es la pelota de fútbol y su ataque preferido consiste en pegarle pelotazos a los que no saben o no pueden devolverlos, categoría que incluye a la hija mayor y al hijo mediano del guionista de cómic.

La consorte del guionista intenta dialogar en varias ocasiones con los villanos. No atienden argumentos positivos así que llega, incluso, a amenazar al jefe con elevar el caso a sus ausentes padres. “¿Y a mí qué? ¿Y a mí qué?” contesta el jefe desafiante, con una sonrisita de mala leche. Entonces llega el día en que, tras un ataque especialmente cruel (con arena, no pelota) la consorte de guionista pierde la paciencia. Grita. “Si has gritado por algo será” la apoya la madre del esbirro para evitar la fatiga de retar ella misma a su hijo. “Son cosas de críos” opina el abuelo del jefe. Queda claro que no se puede contar con los tutores para solucionar el conflicto.

Los ataques siguen y un viernes, el día que todo el pueblo confluye en el parque a la salida de la escuela, el guionista de cómic decide tomar cartas en el asunto. Pero nada de estrategias dialoguistas; a su entender, los villanos necesitan un tratamiento de shock que los rehabilite de golpe. ¡BANZAI! El guionista ataca por sorpresa mientras los villanos juegan al fútbol; roba la pelota con los pies y gambetea sus esfuerzos por recuperarla. “Como a ustedes les gusta tanto molestar a los chiquitos”, les informa, “yo los voy a molestar un rato a ustedes”. Lamentablemente, su habilidad con la esfera es tan escasa que el castigo dura poco; el jefe de los villanos (curtido futbolista infantil) le saca pronto la pelota. Pero a último momento el guionista logra puntearla, enviándola relativamente lejos. “¿A que jode?” pregunta con una sonrisa de mala leche.

¡JA! Vuelve triunfal el guionista a la zona del parque donde se agrupan los adultos. Ancho de satisfacción, le informa a su consorte que la operación ha sido un éxito: el mensaje fue transmitido con la mayor claridad. Pero… dura apenas un minuto el embriagador aroma de los laureles. Transcurrido ese tiempo, el guionista nota que el abuelo del jefe de los villanos viene caminando directo hacia él. Ay, ay, ay. ¿Lo habrá visto actuar? ¿Se enfrenta a una escalada a nivel adulto del conflicto? ¿Será señalado por las calles del pueblo, a partir de ahora, como el imbécil que se mete con los niños? No puede ser; la operación fue discreta; un juego, vista de afuera. El abuelo, además, no parece enojado; avanza con andar distendido y una media sonrisa en la cara. No viene a decirle, en su acento castizo, que es un gilipollas de cuidado. Que no cunda el pánico.

“¿Qué pasó anoche con Argentina?” pregunta el abuelo, ya frente al guionista, mateniendo la media sonrisa. El guionista sufre un instante de desconcierto antes de darse cuenta de qué habla: anoche Argentina perdió tres a cero contra Brasil por las eliminatorias del mundial. Resopla, el guionista, para expresar que no tiene palabras que expliquen la mentada desgracia futbolística. Entonces la media sonrisa del abuelo comienza a crecer; crece, crece y crece hasta transformarse en una sonrisota de mala leche.

 
 
 

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Archivado bajo La trepidante vida del guionista de cómic