Felices

Cuando la princesa hermosa se casó con el príncipe valiente, se invitó al pueblo entero al festejo; hasta al recio leñador; hasta a la humilde costurera. Y fueron felices y comieron perdices, a escondidas, el príncipe con el leñador y la princesa con la costurera.
 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo #RelatosBrevísimos

Viejo careta

Rembrandt_The_Artist_in_his_studioA mis cincuenta y tantos, había ganado un par de premios, exponía bastante, vendía con cierta frecuencia, daba charlas en universidades, era apreciado por mis colegas y respetado por la crítica. Tenía una casa modesta, pero amplia y luminosa, con jardín y taller al fondo. Alquilaba un atelier en un barrio bacán, para dar clases; me cogía a todas las alumnas que se ponían a tiro.

Pintaba todos los días, de nueve a una, abusando del mate y la marihuana. Me consideraba dueño de un arte verdadero al que le dedicaba la vida. Creía, sin fisuras, que para mí no había nada más importante que mi arte. No tenía la menor sospecha de que era un farsante.

Como no podía pintar sin fumar, cultivaba mi propia hierba. Sembraba cinco o seis plantas en primavera, en un rinconcito discreto pero soleado del fondo, y las cosechaba al final del verano. Cuidaba a mis plantas como no cuidaba a nada ni a nadie en el mundo. “Buen día, chicas”, les decía cada mañana, antes de revisarlas.

No eran lo único que tenía en el fondo. También había un jazmín, una lavanda, un laurel, un gomero, una rosa china, un par de líneas de flores y un naranjo precioso. Hacer un par horitas de jardinería por semana ayudaba a despejarme.

Lo que no me gustaba era cortar el pasto, una tarea demasiado mecánica y sobre todo demasiado física para mí. Pero no quería contratar un jardinero, por las chicas. Ellas eran mi secreto; apenas un par de amigos sabían que existían. El pasto siempre estaba alto porque yo estiraba lo más posible el momento de cortarlo.

Una noche, al principio del verano, vino una de mis alumnas a casa. Era una antropóloga de cuarenta y algo, divorciada, que trabajaba para la secretaría de cultura de la provincia. Pintaba en mi atelier, dos horas, los sábados a la mañana, y se quedaba a dormir en casa un par de veces por semana.

Se llamaba Silvia, y esa noche, después de desnudarse, se quedó mirando el jardín a través de la ventana de mi dormitorio.

–Tenés el pasto alto –dijo–. Te voy a mandar a mi nene para que lo corte.

Esquivé el ofrecimiento. Dije que no hacía falta y le pellizqué el culo como invitación a pasar al siguiente tema. Pero al otro día, Silvia, que normalmente se hacía un café en la cocina y se iba a trabajar sin hacer ruido, me despertó con una caricia en la sien.

–Le digo al nene que pase a las diez –dijo.

Quise repetir que no hacía falta, pero no tenía voz; me salió un ronquido cavernoso y cuando terminé de aclararme la garganta Silvia ya no estaba. Así que me levanté, desayuné, revisé a las chicas que crecían espléndidas en su rincón, y me metí en el taller.

Si alguien tocaba el timbre, yo no tenía forma de saberlo mientras estaba en el taller. Cuando estaba ahí, no quería saber nada del resto del mundo. Ahí no había teléfono de línea y jamás llevaba el celular. Era mi cueva; pasaba la mañana entera metido ahí adentro, sin hablar con nadie, concentrado en el trabajo, saliendo solamente para fumar porque prefería no tener el ambiente lleno de humo.

En una de esas salidas, me encontré a David; lo vi cuando levanté el mentón para exhalar, después de encender el porro y darle una chupada larga.

El fondo y el frente de la casa estaban comunicados por un pasillo externo que comenzaba en una puerta cerrada con llave; David dijo que la había saltado, después de tocar varias veces el timbre, para ver cuánto trabajo había. No le creí, pero me pareció que ignorando el allanamiento íbamos a terminar antes; le dije que no podía atenderlo porque estaba trabajando, que su madre y yo nos habíamos entendido mal.

David se quedó mirándome sin mostrar la menor intención de moverse.

–¿Me das un seca? –preguntó.

Le dije que se las tomara rapidito.

Unos días más tarde vino Silvia a cenar. Ni bien cruzó la puerta, noté que estaba particularmente contenta, exaltada casi. Después de la cena, como era costumbre, pasamos al sofá y serví dos vasos de whisky.

–Ay –dijo Silvia –. No tendría que decirte esto…

Pensé que me iba a hablar de sentimientos, que iba a tener que ponerle los puntos y que esa noche me quedaba sin coger. Pero estaba errado. Silvia me contó que su jefe, el secretario de cultura, le había encargado un proyecto que la tenía entusiasmada: la creación de un premio anual para una figura destacada de la cultura provincial.

–Músicos, escritores, cineastas, pintores… –dijo

Quise mostrarme lo menos interesado que fuera posible. Así que la felicité reglamentariamente, me levanté del sillón, puse música y antes de volver a sentarme, bien pegado a ella, maté el whisky de un par de tragos.

A la mañana siguiente, me desperté con Silvia sacudiéndome.

–¿Qué hizo David? –me preguntó. Tenía una cara que jamás le había visto; estaba transfigurada–. ¿Por qué no cortó el pasto?

David no le había hablado de nuestro encuentro, así que tuve que hablarle yo; se lo conté tal cual había sucedido, omitiendo el detalle del porro.

Cuando terminé, Silvia parecía más vieja.

–Te juro que ya no sé qué hacer con él –dijo–. Ahora no me habla.

David tenía quince años; había estado a punto de ser expulsado del colegio por romper una ventana de una piña y se había llevado todas las materias a marzo. Silvia lo había castigado, dejándolo sin vacaciones y obligándolo a hacer trabajitos para sus amigos y conocidos.

–¿Le puedo decir que vuelva? –me suplicó, llorando.

David vino al día siguiente; llegó una hora y media tarde, con cara de dormido. Le dije dónde estaban la máquina y el alargue, y después le pedí que me acompañara hasta el rincón de las chicas, que seguían creciendo sanas. Todavía no tenían una altura considerable ni la resistencia de la caña, un jardinero adolescente con sueño podía ser letal para ellas.

–Ojo con estas –le dije, señalándolas mientras lo amenazaba de muerte con la mirada.

Tardó una hora en cortar el pasto; lo hizo bien, con prolijidad, sin causar daños y, lo más importante, sin molestarme. Estaba empapado en transpiración cuando terminó, así que lo llevé a la cocina y le di un vaso de agua fría.

Busqué la billetera y le alargué un par de papeles.

–Mi vieja no quiere que agarre plata –dijo.

–Entonces que quede entre nosotros –dije yo. Y agarró.

A la semana siguiente, cuando Silvia me preguntó si quería que mandara al nene, le dije que sí. Superados los miedos, me había resultado muy cómodo que me cortaran el pasto.

El pibe empezó venir todos los jueves. Y lo que había pasado el primer día, se hizo regla; llegaba a cualquier hora, pero era callado y prolijo. Sacaba y guardaba solo la máquina, sin que yo tuviera que decirle nada. Me interrumpía solamente cuando terminaba y yo le daba un par de billetes.

–¿Puedo ver tus cuadros? –me preguntó un día, después de agarrar la plata.

Por aquella época me había encontrado unos carteles de inmobiliaria, dentro de un contenedor; eran cinco chapas grandes, muy deterioradas. De una de ellas, ahí mismo, en la calle, había visto surgir la cara de una mujer; eso me había dado la idea de hacer una serie de rostros. Estaba trabajando sobre las chapas tal cual las había encontrado, aprovechando a veces zonas del color original, agujeros, texturas del óxido.

Hice pasar a David al taller, que hedía fuerte a marihuana porque los días que él cortaba el pasto yo fumaba adentro, y le mostré lo que estaba haciendo.

–Está bueno –dijo.

Silvia vino a casa un par de días más tarde. Apenas abrí la puerta me abrazó y besó en la boca, cuando lo normal era que los besos empezaran recién después de la cena.

–Gracias –dijo– por el gesto que tuviste con David.

No supe a qué gesto se refería.

–¡Meterlo en tu estudio! ¡Mostrarle tu obra! –dijo Silvia, con una efusividad que me pareció sobreactuada.

No estaba feliz porque lo que yo había hecho, sino porque el pibe se lo había contado; su hijo se había dignado a dirigirle la palabra.

No me gustó nada el color que tomaba el asunto y pensé que había sido un gran error darle cabida al pibe; sin darme cuenta había sido bueno con el hijo de una mujer que me admiraba, y de la que yo solo pretendía una cosa. Pensé que lo mejor era cortar por lo sano, antes de tener problemas. Pero esa noche Silvia estuvo especialmente fogosa.

El jueves siguiente, David llegó un poco menos tarde que de costumbre. Esa mañana, yo estaba empezando la quinta chapa, la última. Alguien le había volcado solvente encima; tenía una gran mancha en el centro donde se mezclaban los colores. De ahí había visto asomar la cara de un viejo y estaba trabajando para sacarla.

David golpeó la puerta del taller y cuando le abrí me mostró un gusano verde que caminaba sobre su dedo índice; dijo que lo había encontrado en las plantas.

No me inspiró confianza que el pibe anduviera mirando mis plantas de tan cerca; lo dejé pasar porque en ese momento lo que más me preocupaba era la salud de las chicas. Fuimos juntos a verlas y David encontró dos gusanos más. Esa misma tarde compré un producto para tratarlas y una lupa para revisarlas porque había dejado de confiar en mi vista.

Después de aquel episodio, David estuvo tres semanas sin venir. Silvia se fue de vacaciones a Brasil, y el pibe, que seguía castigado, pasó ese tiempo en la casa del padre, en la zona oeste. Fueron tres jueves en los que llegué extrañarlo; me había acostumbrado a tener el césped prolijo.

Silvia estaba preciosa cuando volvió; tenía la piel tostada y eso le daba un aire juvenil. Pasamos directamente al dormitorio. Cuando terminamos, ella se acurrucó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Era la primera vez que lo hacía; me molestó muchísimo y me escapé de la cama con la excusa de ir al baño.

Cuando volví, Silvia tenía un paquetito en la mano. Ella misma lo abrió, supongo que para sacarle peso al hecho de que me estaba haciendo un regalo. Era uno de esos móviles que suenan con el viento; una pieza de madera de la que colgaban siete tubos metálicos de diferentes largos.

–Es un espanta espíritus –dijo.

Después se acercó a la ventana y se quedó mirando el jardín. Esperé un comentario sobre el pasto, alto, que me sirviera para saber cuándo iba disponer nuevamente de los servicios de David. Pero Silvia, sin decir palabra, abrió la ventana, trepó al marco y saltó al jardín. Completamente desnuda, caminó hasta el naranjo y colgó el espanta espíritus de una rama baja.

Estaba seguro de no haberle dado Silvia la confianza suficiente para decorar mi casa. Y además, el gesto me pareció falsamente espontáneo, calculado. No dije nada, pero me ocupé de mostrarme hosco durante el resto del encuentro como para señalar que se había pasado.

Pero Silvia no se dio por enterada. Insistió en invitarme a cenar en una pizzería del barrio y mientras comíamos me contó sus vacaciones con lujo de detalles, riéndose de sus propias anécdotas.

–Quiero que la próxima vengas a casa –dijo, a la altura del postre.

Era la señal. Tuve clarísimo que lo nuestro se tenía que terminar, que iba a lamentar cada minuto de más.

–De paso, invito a Mariano y cenamos –siguió Silvia–, así se conocen.

Mariano era su jefe, el secretario de cultura de la provincia.

 

El jueves siguiente, David apareció con un cartel de venta inmobiliaria, de chapa, como los que yo había encontrado; tenía varios bollos y el óxido empezaba a comerse un vértice. Cuando le pregunté de dónde lo había sacado, dijo que lo había visto tirado en un baldío.

Me venía al pelo la chapa. Por un lado, llevaba tiempo pensando que cinco obras eran pocas para armar un serie de peso. Por otro, el viejo se me estaba resistiendo mucho; se me escondía; me iba a venir bien dejarlo descansar y trabajar mientras tanto en otra cosa.

Ese día le di un billete extra a David.

Y el jueves siguiente, cayó con dos carteles. Tenían la chapa sana, nada de agujeros ni óxido, y los colores algo quemados por el sol pero intactos. Era evidente que todavía no habían cumplido su ciclo, así que no le pregunté de dónde los había sacado.

Mojé los carteles, le di una mano de removedor y los dejé a la intemperie para que fueran ganando textura. Lo hice todo en el momento, por esquivar el trabajo creativo. El plan de empezar obra nueva no estaba funcionando; se me estaba haciendo muy complicado trabajar con el viejo ahí, en un rincón; era una sombra que me clavaba la vista en la nuca.

Llegué tarde a la cena que organizó Silvia, intencionalmente. Ella me lo recriminó en broma, con una sonrisa espléndida. Se había maquillado y tenía puesto un vestido entallado que resaltaba su figura. La vi tan hermosa que perdí la reticencia con la que había llegado a su casa, que no era poca.

Silvia me dio un pico muy discreto y fuimos hasta el living, donde habían un hombre y una mujer tomando mojitos. Me sentí desconcertado por unos breves instantes, hasta que comprendí que el secretario de cultura había venido con su esposa. No estaba en una cena laboral, como yo pensaba, estaba en una cena de parejas.

Después de las presentaciones, me senté en un sillón individual. Silvia me sirvió un mojito y se sentó con mucha elegancia en mi apoyabrazos; anunció que íbamos a cenar sushi, excusándose por no habernos consultado el menú. El secretario y su mujer aplaudieron y yo pensé que el vino tinto que había llevado iba a quedar como el culo con el pescado crudo.

Siguió un silencio incómodo, del que quiso salvarnos la esposa del secretario.

–¿Soy muy chusma si les pregunto cómo se conocieron? –preguntó.

Silvia soltó una risita y contó que toda su vida había tenido ganas de pintar, pero nunca se había animado. Dijo que una amiga le había hablado de mi atelier. Confesó que hasta el momento de entrar, no conocía mi obra. Entonces la esposa del secretario aprovechó para confesar que tampoco conocía mi obra. El secretario le dio un trago al mojito y no dijo nada, de lo cual deduje que tampoco conocía mi obra.

Durante la cena el secretario y su mujer comentaron el crucero por el Mediterráneo que acababan de hacer, cuidad por ciudad, espectáculo por espectáculo. Silvia habló de Brasil y cuando la esposa del secretario le preguntó por David dijo que estaba encerrado en la casa de su padre, estudiando para rendir en marzo. Dijo que le sacaba canas verdes, y también dijo que yo era el único adulto al que su hijo respetaba.

Tuve que preguntarle por qué lo decía.

–Las madres sabemos cosas –dijo–, aunque no nos hablen.

Después de cenar, el secretario sacó un paquete de cigarros turcos y me ofreció uno. Salimos a fumar al patio, a solas.

–Me comentó Silvia –dijo el secretario, después de darme fuego y encender también su cigarro– que el proyecto te interesa.

Dije que en realidad sabía muy poco del tema. Entonces el secretario dijo que Silvia le había propuesto armar una exposición que recorriera todas las provincias e incluso algunos países limítrofes, y acompañarla de una serie de conferencias magistrales.

–Además del premio en metálico –dijo, y me informó la cifra que estaban manejando.

Era plata como para comprar el atelier y pasar tranquilo un par de años, incluso sin vender nada.

–A eso, restale el diez del retorno –dijo el secretario.

No fue fácil volver al trabajo con esas palabras en la cabeza. En cuanto me distraía, me descubría armando mentalmente una gran retrospectiva de mi obra o calculando cuánto podían pedirme por el atelier. Para colmo, el viejo seguía enrocado; le hablaba; lo insultaba a los gritos, pero no lograba nada.

Los únicos momentos de paz que tenía me los daban las chicas; estaban altas, haciendo buenos cogollos. Una mañana, cuando salí a revisarlas, noté que el pasto estaba demasiado alto y me di cuenta de que ya era viernes y David no había aparecido. Sentí cierta preocupación por el pibe, pero no tanta como para llamar a la madre e interesarme por él.

Esa misma noche sonó el timbre y cuando abrí la puerta me encontré a Silvia con los ojos hinchados.

–David quiere vivir con el padre –dijo; se me tiró encima para que la abrazara y empezó a llorar.

La llevé hasta el sofá y le serví un whisky.

–¿Qué hice mal para que prefiera a ese hijo de puta? –decía, y otras cosas por el estilo, entre ahogos y suspiros.

El llanto se me hizo insoportable. Tuve ganas de decirle que no me interesaban sus asuntos familiares, de echarla de mi casa. Pero en lugar de eso, me senté a su lado, la abracé y empecé a consolarla usando los lugares comunes: es un adolescente; ya se le va a pasar.

Cuando logré calmarla, preparé la cena; miramos televisión y nos metimos en la cama. Esa noche hacía mucho calor y, mientras cogíamos, pensé que lo primero que iba a hacer, antes de comprar el atelier, era poner aire acondicionado en mi habitación.

–¿Hablarías con David? –me preguntó Silvia cuando terminamos, con la cabeza apoyada en mi pecho.

Le dije que contara conmigo.

A la mañana siguiente Silvia se fue sin despertarme, pero me dejó en la cocina, debajo del mate, un papel donde había anotado el número del celular de David. Me lo metí en el bolsillo y lo paseé todo el día. Recién a la noche se me ocurrió una forma de encararlo; lo llamé y le dije que si no iba a venir más lo manifestara claramente porque, en ese caso, yo necesitaba contratar a otro jardinero. Picó de inmediato.

–Paso mañana –dijo.

Al día siguiente, estaba sentado frente al viejo, pensando en darme por vencido, cuando escuché el ruido de la máquina. Me pareció que el tiempo había pasado demasiado rápido esa mañana y miré el reloj. Recién eran las diez; David había llegado temprano. Me asomé discretamente al jardín por la ventana del taller y vi, apoyada sobre el tronco del naranjo, una nueva chapa de inmobiliaria.

Se sorprendió cuando lo invité a tomar unos mates, con razón, porque yo nunca le había ofrecido otra cosa que no fuera el vaso de agua del final y los billetes. Entró en el taller con cautela, como oliéndose la trampa; le ofrecí el banquito que estaba frente al viejo y yo me senté en una silla, junto a la mesita donde tenía el termo, el mate y un cenicero sobre el que había apoyado un porro recién armado.

Para romper el hielo le pregunté cómo iban los exámenes.

–Mal –dijo–. No me interesa lo que enseñan en el colegio.

Cambié de conversación; empecé a interrogarlo sobre su vida; le pregunté si le gustaba la música, si le gustaba el cine, si tenía novia, cosas así. Y David arrancó tenso, pero de a poco se fue aflojando. Cuando ya no quedaba agua en el termo, me dijo que estaba pensando en pintar.

Se hizo un silencio porque no supe qué decirle.

–¿Puedo? –me preguntó David, señalando el porro que estaba sobre el cenicero.

–Dale –dije.

Lo dejé con el porro y me fui a la cocina con la excusa de ir a calentar agua. Quería dejar pasar el tema de la pintura; se me hizo demasiado jugarle con eso. Esperé unos veinte minutos en la cocina, y cuando volví con el agua caliente, el interior del taller estaba lleno de humo.

David estaba sentado en el banquito, mirando fijamente al viejo, con los ojos muy rojos y una mueca agria en la cara. Entre los dedos de una mano tenía el porro, consumido casi por completo.

––Viejo careta –dijo –. Mi mamá te mandó a ser bueno conmigo

Se levantó del banquito y salió del taller, pasando por delante mío sin mirarme a la cara. Lo seguí hasta la puerta de calle, diciéndole que había fumado demasiado, que el porro lo había puesto paranoico, pero no sirvió de nada.

Pasé el resto del día en el taller, mirando al viejo y pensado en plata.

Silvia apareció cuando empezaba a oscurecer. Estaba desesperada; David no había vuelto a la casa del padre ni contestaba el teléfono.

–¿Pasó por acá? –me preguntó–. ¿Le hablaste?

Le dije que lo había intentado pero el pibe se lo había tomado a mal.

–¿Por qué no me avisaste antes? –me dijo, llevando la voz a un tono que me hizo perder los estribos.

Le pedí de muy mala manera que no me metiera en sus temas familiares, que volviera cuando los tuviera resueltos.

Silvia dejó de ser la madre de David y volvió a ser la mujer que se metía conmigo en la cama; me miró a los ojos queriendo descubrir si lo que acababa de escuchar había sido una mera torpeza de mi parte, un exabrupto derivado de la tensión del momento, o se trataba de mi verdadera voluntad.

Le confirmé con la mirada que la estaba echando de mi casa y me dio vuelta la cara de un cachetazo. Después se fue, diciendo que yo era un desalmado hijo de puta y que no quería volver a verme nunca más.

Lo único que sentí fue alivio; no sentí pena ni arrepentimiento, ni por lo hecho a Silvia ni por la plata que acababa de evaporarse.

Cené solo, frente al televisor, y después me tomé mi whisky disfrutando cada sorbo, feliz de no tener que hablar con nadie. Me acosté bien ancho en mi cama, y cuando escuché sonar el espanta espíritus, me reconfortó pensar que ya podía sacarlo de mi naranjo.

Con esa idea salí al jardín, a primera hora de la mañana, pero el móvil ya no colgaba de la rama, estaba tirado al pie del árbol. La chapa que David había traído el día anterior estaba embutida dentro de la rosa china; una de las chapas que yo había dejado afuera, ganando textura, aplastaba la lavanda; la otra había ido a parar al gomero, que tenía varias ramas partidas.

Las chicas habían sido arrancadas de raíz y estaban desaparecidas.

Me faltó el aire y pensé que me iba a al suelo. A los tumbos, entré en el taller y me senté en el banquito. Quedé doblado sobre mí mismo, jadeando como un perro.

Cuando al fin logré recuperar el aliento, levanté la vista y ahí estaba el viejo, mirándome a los ojos, nítidamente revelado; tenía el gesto patético de un mentiroso, en el preciso momento de ser descubierto.

 

  La obra que ilustra este cuento es El pintor en su estudio, de Rembrandt.

 

2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Hijita & Hijito #3

La serie preferida de las abuelas.

 

Papá hace uno de sus chistes.
–No digas tonterías –dice Amiguito.
–Los adultos no dicen tonterías –afirma categóricamente Hijita; pero enseguida siente la necesidad de hacer un matiz –: Bueno… este a veces sí.

 


 

–Las pesadillas salen de mi ombligo –dice Hijito– y me asustan así: “Uaaahhgg”.

 


 

La familia visita un castillo.
–¿Este es un castillo de verdad, de la guerra? –pregunta Hijita.
–Sí –contesta Mamá–, medieval; acá había soldados con armadura.
Dos pasos más tarde Hijito encuentra un bicho, seco y panza arriba, tirado en el suelo.
–Uuuuh –se lamenta–… En la guerra mataron a un escarabajo.

 


 

Hijito tiene puesta su imprecindible mochila de paseo, que contiene un par de imprecindibles cochecitos y algunos no menos imprecindibles muñecos.
–¡Ya estoy preparado! –anuncia.
Está completamente desnudo.

 


 

En medio de una cruel lucha acuática contra Papá, Hijito prueba una estrategia insospechada:
–¿Podés pasar por acá, cerca de mi pierna, por favor? –solicita amablemente.

 


 

Hay que inventar una cortina de humo para salir a comprar el regalo de cumpleaños de Mamá.
–¡Ya sé! Le decimos que tenemos que ir a comprar algo para arreglar la radio del Cocho Lopito – propone Hijita con evidente astucia, ya que la radio del Cocho Lopito, el sedán familiar, no funciona.
Pero Papá se siente inclinado a apoyar la propuesta de Hijito:
–¡O le decimos que vino un ninosaurio Rex y hay que lucharlo!

 


 

Hiijto está pelando almendras con una piedra.
–¿Me das una? –pregunta Papá.
–Sí… pero solo si me das diez pavos invisibles.

 


 

–Yo no me voy a casar. ¡Puaj! –dice Hijito.
–¿Y entonces con quién vas a vivir? –pregunta Hijita.
–¡Con ustedes! –contesta Hijito, abriendo los brazos para abarcar a toda la familia.
–Pero cuando ellos se mueran… –puntualiza Hijita, señalando con el pulgar a Mamá y Papá.
–Pero no se van a morir… ¡Los meteoritos no existen! –argumenta Hijito, que siempre tiene muy presente el trágico final de los dinosaurios.

 


 

–Vení, vení, mirá… –dice–. Pero no hagas ruido.
Cuando Papá se acerca, Hijito señala a un caracol que se oculta entre yuyos.
–Shhh… –ruega silencio–. No quiero que salga corriendo.

 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Hijita & Hijito

Hijita & Hijito #2

La vida misma de lo que sería una familia

 

–¿Sabés que ya sé dormir sola, sola, sola sin ningún muñeco? –dice Hijita.
–Qué bien… –opina Papá.
–Pero los pongo… bueno… ¡Para decorar!

 


 

–Yo no me quiero morir –dice Hijito.
–Pero todos nos vamos a morir –dice Hijita.
–¡Pero yo no me quiero morir! –se ofusca Hijito.
–Pero todos nos vamos a morir. Vos, yo, todos. –lo consuela Hijita– Así pueden nacer personas nuevas. Si no… imaginate… el mundo sería todo una ciudad, toooodo una ciudad. No habría lugar para jugar y la plazas serían edificios.

 


 

Hijita le pide a Papá que le cuente una historia de su vida. Papá le cuenta de la vez que su barco fue atacado por piratas que lo tiraron al mar, y de cómo se hundió y descubrió la Ciudad Perdida del Océano, en la vivió un año entero entre seres mitad pez y mitad humano, para luego regresar a su casa a nado, vía Río de la Plata.
–Un momento… –dice Hijita, levantando el índice.
–¿Qué pasa? –pregunta Papá con su mejor cara de señor normal.
–Cuando llegaste a tu casa… ¿Te bañaste?

 


 

Hijito le pide a Papá que sacuda su almohada para que vayan las pesadillas y Papá lo hace.
–¿Podés sacudir la mía también? –pregunta Hijita –. Para que se vaya la publicidad.

 


 

Mientras Papá mira el partido, Hijita, que solo conoce dos equipos de fútbol, intenta entender el funcionamiento del libro de pases.
–Pero… si juegan en Banfield… ¿Cómo hacen después para jugar en el Barça si la camiseta no se parece ni gota?

 


 

–¡SILEEEENCIOOOO! ¡SILEEEEEEENCIOOOO! –grita a voz en cuello, colorado e indignado.
Y ni uno solo de los cientos de turistas que circulan por el túnel peatonal del Metro de Barcelona, un sábado de primavera a media mañana, se hace eco del reclamo. Todos, juntos, como una orquesta infernal, siguen construyendo una bola de ruido que lastima los oídos.
Pero Hijito no se rinde.
–¡SILEEEENCIOOOO! ¡SI-LEEEENNNN-CIOOOOO!

 


 

–Me siento como un bombero libre –dice Hijito.

 


 

Hijita se quedó a dormir en la casa de Amiguita; lleva muchas horas alejada del seno familiar.
–Pero tiene que venir acá… –se queja Hijito– ¡No puedo pensar sin ella!

 


 

–¿Los troncos cambian? –pregunta Hijita.
–Bueno… –titubea Papá–, sí… cuando están en el suelo se van deshaciendo.
–¿Te imaginás que los troncos hablasen? –. Abre bien grandes los ojos Hijita:– ¡Se unirían todos para atacar a los hombres que hacen asadito!

 


 

–Vos sos medio vago –dice Hijito–, solo trabajás con el ordinador y los papeles.

 


 

La familia se cruza una pequeña manifestación durante el paseo del 1 de Mayo. Hijita pregunta y Mamá le explica qué se celebra, aprovechando para bajar un poco de línea:
–Hay que estar muy alerta –termina el discurso Mamá–, porque hay algunos a los que les gusta mucho recortarle derechos a los trabajadores.
–¿Sabés con qué también hay que estar muy alerta? – dice entonces Hijita.
–¿Con qué?
–Con el espacio exterior…

 


 

Cena familiar. Hijito fue a hacer pis y está tardando mucho así que Mamá le pega el grito.
–Perdón… –dice cuando aparece –, es que sin querer me quedé mirando la tele.

 


 

Noche. Hijito baja las escaleras consternado y explica que no puede dormir porque su hermana le ganó de mano.
–Es que la energía de ella convierte las pesadillas en sueños –dice–, pero si está dormida no tiene energía.

 


 

–Vos fuiste la primera –dice Mamá–. Cuando naciste, Papá y yo no sabíamos nada de bebés.
–Bueno –opina Hijita–, lo primero que hay que hacer cuando tenés un hijo es dejar de hacer cosas de novios.

 


 

En la radio suena el himno nacional argentino.
–Ooooo suremos por Moria Morir –canta Hijito, su parte preferida–.
Y tras los últimos compases, se felicita:
–Molt bé!

 


 

El pueblo es sede de un campeonato de fisicoculturismo. Hijita y sus compañeros, que están ensayando para hacer de forzudos de circo en la fiesta de fin de año, se agolpan contra los ventanales del polideportivo.
–Me parece que no son forzudos de verdad –le comenta Hijita a Mamá.
–¿Por qué?
–Porque no tienen bigote…

 


 

–Esto es el chichón!–dice Hijito
–No… Es el molusco –contradice Hijita.
–¡Es el chichón!
–¡Es el molusco!
–¡EL CHICHÓN!
–¡EL MOLUSCO!

Era el tobillo.

 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Hijita & Hijito

Fiel compañero

gato 3Usted pensará que estoy loco, apareciéndome así en su casa, a esta hora del todo inconveniente. Le aseguro que no lo estoy y le imploro, vecino, sepa dispensar la molestia.

Vengo, en primer lugar, a disculparme por el lamentable incidente que vivimos semanas atrás. Quería venir antes, vecino, le doy mi palabra, pero el trabajo y la demandante situación de mi tía me lo impidieron. Acepte por favor mis disculpas en nombre de ella y tenga por seguro que, en plena posesión de sus facultades, mi tía jamás hubiera tenido aquellas durísimas palabras para con usted.

En segundo lugar, vecino, vengo a pedirle un favor. Un favor inmenso que nuestra relación, si bien cordial y de larguísima data, no me otorga derecho a solicitarle. Por esta razón, antes de pedírselo, necesito referirle cuál es la desesperada situación en la que me encuentro. Le ruego me escuche con el corazón lo más abierto que le sea posible.

Usted conoce a mi gato, Hércules; es el blanco, con una mancha negra en el ojo que parece un parche de pirata. Se habla mucho del carácter sibilino, mezquino, de los gatos; le puedo asegurar que es una gran injusticia. Hércules es un amigo, un fiel compañero que me ha velado en la enfermedad, durmiendo sobre mi pecho, y ha estado a mi lado en los días más aciagos. Estamos juntos hace dieciocho años, vecino. Era un bebé cuando mi tía me lo trajo.

También tiene sus defectos, por supuesto, como todo el mundo; el más notorio es que siempre le gustó la farra. Ya de chiquito se pasaba noches enteras afuera. Pero aparecía a la mañana siguiente, sin falta, en cuanto yo abría la puerta y lo chiflaba; normalmente sucio, lastimado y con un hambre de tigre.

Imagínese cómo me puse cuando una mañana, hará aproximadamente un lustro, lo chiflé y no vino. Loco me puse. Porque, para mayor angustia mía, Hércules recién había salido de una ictericia que casi le cuesta la vida; estaba medicado. Lo busqué por todo el barrio, chiflando y chiflando, pero no lo encontré por ninguna parte.

Qué sinvivir, vecino; no se lo deseo a nadie. Me lo imaginaba en el fondo de un pozo, reventado por un coche, destripado por un perro; todo lo peor imaginaba. No podía pensar en otra cosa. No podía dormir. No comía. En la oficina no daba pie con bola. “¿Qué te pasa, Oscar?”, me decían mis compañeros, “Estás desconocido”. Y yo no les contaba por miedo a ponerme a llorar.

Al quinto día saqué su plato, que siempre estaba en la cocina, al pie de la mesa. Lo escondí porque ya no podía verlo más; me lastimaba. Y le juro que fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida; desgarrador fue, vecino.

Y más desgarrador todavía era no tenerlo; no poder enterrarlo en el fondo, al pie del ciruelo donde le gusta afilarse las uñas. Porque yo necesitaba algún tipo de ceremonia, vecino. Necesitaba poder decirle: “Chau, Hércules, gracias por todo”.

Primero pensé en plantar algo en su memoria, flores, un rosal que me sirviera para recordarlo. Pero después me pareció que no iba a ser suficiente, vecino. Eso era demasiado íntimo y Hércules se merecía que todo el mundo supiera lo buen compañero que había sido y lo mucho que lo iba a extrañar.

No sé cuán familiarizado estará usted con las redes sociales; déjeme contarle que, para asuntos como el que describo, prestan un servicio excepcional.

Abrí el Facebook, llorando a mares como un niño perdido, y escribí un texto de despedida. Lo escribí como si le estuviera hablando a él, recordando con él los buenos momentos, alguno malo, y las anécdotas más divertidas, como cuando me lo encontré colgado de una tricota que me había tejido la tía, que a su vez colgaba del ténder.

Le juro que cada palabra que escribí me salió de las entrañas. Y después me fui a dormir en paz, por primera vez en cinco días.

Cuando estaba empezando a conciliar el sueño, vecino, me pareció escuchar un maullido muy pero muy lejano.

Pensé que era un sueño de duermevela. Prendí la luz y fui al baño, tratando de no ponerme nervioso, tratando de pensar que Hércules, sin importar lo que le hubiera pasado, estaba en un lugar mejor. Pero cuando me volví a meter en la cama estaba tan angustiado que no me podía dormir.

Entonces volví a escuchar el maullido. Le juro que era como si Hércules me estuviera llamando desde el más allá.

La intensidad del maullido fue aumentando hasta que, en cierto momento, me di cuenta de que venía de la calle. Me tiré de la cama y levanté la persiana con tanto ímpetu que se me quedó el rollo trabado arriba. Entonces lo escuché bien claro; era un típico maullido de hambre, como entrecortado, lastimero.

Salí a la calle en calzoncillos. No se veía nada porque era una noche sin luna y la lámpara del alumbrado, para variar, estaba quemada; créame que esto era una boca de lobo, vecino. Me quedé atento a los sonidos nocturnos, descalzo sobre el empedrado, hasta que volví a escuchar el maullido e identifiqué que provenía de la casa abandonada.

Siempre le tuve terror a la casa abandonada, vecino. Recuerdo que de pibe, cuando la dueña era recién difunta y mi tía iba todas las noches a llevarle leche y comida al gaterío que había quedado huérfano, yo me negaba a acompañarla.

Jamás había puesto un pie adentro, pero tuve que hacer de tripas corazón.

–¿Hércules? –le pregunté a la oscuridad, asomando apenas la nariz al interior.

Entonces volví a escuchar el maullido, pero ya bien cercano, bien real, y lo vi salir de la negrura, flaco, sucio y lastimado.

Imagine la dicha que sentí al verlo resucitar, vecino. Lo llevé en brazos hasta casa, saqué su plato de donde lo había escondido y le puse triple ración. Nunca lo había visto comer con tantas ganas. Me quedé sentado a su lado, en el suelo, mirando fascinado como masticaba hasta el último bocado.

Del Facebook me acordé recién a la mañana siguiente, mientras me bañaba para ir a la oficina. Lo que es la vida, vecino. De golpe, el texto que me había hecho tanto bien, que había sentido tanto, se me tornó ridículo, hasta patético le diría. Y supe que en cuanto avisara que Hércules estaba vivo, lo mismo le iba a pasar los demás. Con un matiz: para los demás, el que se iba a tornar patético era yo, no el texto.

Salí corriendo del baño y prendí la computadora pensando que podía escribir algo para minimizar el papelón, o por lo menos borrar el panegírico para que lo viera la menor cantidad de gente posible.

Ya era tarde, vecino; había muchos comentarios. Y entre los comentarios que había, la mayoría de compañeros de la primaria y la secundaria, todos muy afectuosos por cierto, había uno de Delia. “Hermoso escrito, Oscar”, decía, “Te acompaño en el sentimiento”.

Ahora voy a entrar en un terreno muy íntimo, vecino, pero le aseguro que todo lo que voy a referirle va en función de plantearle nítidamente mi desesperada situación.

Ya unos cuantos años atrás, estaba en la oficina, un día como cualquier otro, enfrascado en mis tareas y rodeado de mis compañeros de contabilidad, cuando de pronto entró el jefe de personal seguido de un ángel.

–Les presento a Delia –dijo–, se suma hoy al equipo de administración.

“Radiante”, diría, vecino, si tuviera que describirla con una sola palabra; una de esas criaturas a las que se les nota en la cara que saben ser felices, que para ellas vivir es una actividad agradable y no una lucha.

–Encantada –dijo, sonriendo como jamás se había sonreído en contabilidad.

Me enamoré en ese mismo instante, a primera vista, como dice la expresión. Lo cual, le aclaro, es lo normal en mí. Le digo más, nunca me enamoré de otra manera. Desde la primera vez, le estoy hablando de cuando cursaba el cuarto grado de primaria, hasta Delia, fue siempre así. Y puedo jurarle por lo más sagrado que en todos los casos estuve dispuesto a entregar mi alma, vecino, pero en ninguno me atreví a manifestarlo.

Imagínese un pez tropical, de hermosos colores brillantes, nadando en una fosa abisal infestada de tiburones grises. En ese pez se convirtió Delia, vecino, en cuanto se supo que era soltera. De repente, todos los hombres de la oficina, incluyendo a los casados, se bañaban diariamente y usaban colonia. Y bastaba que ella entrase en una dependencia, en la cocina o donde fuese, para que todos se volvieran espléndidos compañeros, amables, simpáticos, solidarios.

Cuando ella no andaba cerca seguían siendo la manada de neandertales repugnantes de siempre, por supuesto. Para peor, excitados. La vulgaridad de los comentarios que hacían sobre ella, vecino, sonrojaría a un bucanero. A mí me hacía un daño casi físico le diría. No podía soportar que se la mancillase de aquella manera. Y me sentía un cobarde por no atreverme a alzar la voz y acabar con tanto ultraje.

Hasta que me atreví. O exploté, mejor dicho.

Un día, a la vuelta del almuerzo, los encontré a todos arremolinados alrededor del escritorio de Rinaldi. Estaban a las carcajadas, lo cual es normal porque Rinaldi es el gracioso de la oficina, tiene alma de payaso.

Yo los ignoré, como siempre hice, y me senté en mi puesto.

Normalmente escucho música mientras trabajo, vecino, pero ese día me había olvidado los auriculares en casa y quedé a merced del ruido ambiente. Entonces, entre risotada y risotada, empezaron a llegar a mis oídos procacidades indignantes. No la mencionaban por su nombre, pero de inmediato identifiqué que hablaban de Delia; se referían a su busto con tropos zafios.

–Vení, Oscar, no te pierdas esto –me llamó Rinaldi.

Jamás participaba en sus bromas yo, vecino. Imagínese que menos pensaba participar en una que tuviera como blanco a Delia. Pero cuando giré la cabeza para mirar a Rinaldi y declinar la invitación, vi que estaba señalando la pantalla de su computadora, y en la pantalla, a pesar de mi avanzada miopía, identifiqué la sonrisa de Delia.

Me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía Rinaldi con una foto de Delia? Lo primero que se me cruzó por la cabeza es que había algo entre ellos. Casi me desmorono ahí mismo, figúrese; casi me caigo de la silla.

Me acerqué con pánico al escritorio de Rinaldi, como si me estuviera acercando a un abismo que pudiera tragarme para siempre.

En la foto, Delia estaba con Lulú, su gatita; sonreía, con la cara pegada a la del animalito. Tenía puesta una prenda de verano, escotada, y la imagen estaba tomada desde arriba, de ahí la excitación de los neandertales, vecino.

–¿No te harías flor de rancho en ese valle, Oscar? –me preguntó Rinaldi; cito las palabras textuales con vergüenza, vecino, solo para que se haga una idea cabal del nivel de imbecilidad con el que me tocaba lidiar.

Estalló una risotada coral y yo me sentí asqueado. Sentí que solo por estar parado ahí, escuchando a Rinaldi, estaba ensuciando a Delia.

–Manga de pajeros –les dije, en sus caras. Dispense la grosería, vecino, se la refiero solo para que pueda figurarse la intensidad del asco que sentía.

Y mire lo que son las cosas: este incidente tan desagradable fue el principio de lo mejor que me pasó en la vida.

Por un lado, en el exabrupto se transparentó mi devoción por Delia, y Rinaldi, que puede ser un imbécil pero de lerdo no tiene un pelo, lo notó. Entonces, como se había quedado ofendidísimo, quiso utilizar su descubrimiento en mi contra y empezó a hacerme chanzas cada vez que ella estaba cerca; cosas dignas de niños de primaria que se ríen del compañerito enamorado, vecino.

Según la propia Delia, figúrese, las chanzas infantiles de Rinaldi hicieron que notara mi existencia.

Por otro lado, gracias a aquel incidente, me inicié en el Facebook; porque luego me enteré de que Rinaldi me había mostrado una foto de perfil, como se dice, seleccionada por la propia Delia.

Qué maravilla Facebook, vecino; si lo hubiera visto antes en una película de ciencia ficción, no me lo hubiera creído. Es un lugar donde uno puede comunicarse, participar, compartir, todo sin la terrible incomodidad de hacerlo de cuerpo presente. Para mí, que soy del tipo de personas que no sabe dar charla en los ascensores y sufre en las fiestas, fue como descubrir un nuevo mundo.

Nuevo y al mismo tiempo viejo, porque ahí me reencontré con mis compañeros de la primaria y la secundaria. A la gran mayoría de ellos los consideraba estúpidos irredentos y estaba convencido de que me odiaban. Qué cosa asombrosa es el barniz del tiempo, vecino; resultó que todos se habían convertido en personas más o menos normales y estaban encantados de saber de mí.

Pero no le voy a mentir: yo había entrado en Facebook para buscar a Delia. Y la encontré enseguida, pero no me atreví a dar el siguiente paso. Solicitar su amistad sin haber tenido más relación previa que el esporádico hola y adiós laboral me pareció fuera de lugar. Así que por un largo tiempo tuve que conformarme con observarla en silencio, con saber que se había levantado contenta, que le había pasado tal o cual cosa en el colectivo o que había ido a cenar con una amiga.

Le juro que no lo hacía por espiarla; lo hacía por saber algo más de ella, por sentirme cerca.

Entonces sucedió un milagro. Ariel Peletino, uno de mis compañeros de secundaria, subió una foto grupal de quinto año ocupándose de identificar, “etiquetar” se dice, a todas las personas que aparecíamos en la imagen. Y como suele pasar en estos casos, vecino, la gente se volcó a realizar comentarios jocosos.

Yo estaba a punto de hacer mi aporte a aquella distendida jauja cuando descubrí un comentario de Delia. “¡Qué peluca, Ari!”, decía, refiriéndose al abultado peinado que Peletino lucía en quinto año.

Azorado quedé, vecino, completamente descolocado por el salto mágico que Delia acababa de dar entre el universo laboral y el universo de mi pasado escolar. No pude escribir nada.

Recién al día siguiente, mientras desayunaba, se me ocurrió un comentario muy gracioso y a la vez amable que hacer sobre la foto. En un arrebato, encendí la computadora y lo escribí.

Esa misma tarde, en la oficina, me crucé a Delia en un pasillo.

–No sabía que eras amigo de Ariel. ¡Me maté de risa con tu comentario! –me dijo, con la vitalidad que la caracteriza.

Resultó ser prima de la mujer de Peletino; figúrese lo que son las casualidades, vecino.

Aquella noche, cuando llegué a casa, haciendo acopio de arrojo, le envié la solicitud de amistad. Delia tardó las dos horas más largas de mi vida en aceptarla; tuve tiempo de arrepentirme cientos de veces de haber enviado aquella bendita solicitud.

La cuestión es que comenzamos a ser amigos en Facebook. Y tímidamente, vecino, yo empecé a manifestar mi aprobación, mi gusto, por todo lo que ella vertía en aquel medio. Esta situación se alargó un cierto tiempo, ya no sé cuánto, y entonces sucedió lo de Hércules y yo escribí el panegírico.

Me figuro que usted puede considerar ridículo que se llore tanto a un animal. Son formas de ver las cosas; cada cuál con la suya. Desde mi punto de vista, Delia, con su comentario, que para alguien más puede sonar a fórmula de cortesía, me ofrecía su total comprensión. Porque “te acompaño en el sentimiento” es algo que se dice cuando se muere una persona, vecino. Ella sabía exactamente como me sentía; habíamos conectado en lo más profundo.

Al día siguiente de la publicación del panegírico, Delia apareció en contabilidad, a primera mañana, y se acercó a mi escritorio.

–¿Cómo estás, Oscar? –me preguntó, poniéndome una mano en el hombro que me hizo temblar, vecino.

Aquí es cuando no fui estoico. No dije la verdad por miedo a destruir esa conexión hermosa, sagrada, largamente deseada y basada en un sentimiento puro, verdadero por donde se lo mire, que no cambiaba en nada por el hecho de que Hércules en realidad no estuviera muerto. Fue un gran error, vecino, quizás el más grande de mi vida.

Sintiendo el calor de su mano en mi hombro, la miré a los ojos, sin poder articular palabra, y de la emoción se me escapó una lágrima.

Ella se inclinó sobre mí y me abrazó. Era un sueño, vecino, así que cerré los ojos para retenerlo. Unos segundos más tarde, ella me soltó y su vista fue a dar a mi pantalla.

––¡Mirá que piratita hermoso! –dijo, porque yo tenía una foto de Hércules como fondo de escritorio; algo que a Rinaldi, por cierto, le parecía comiquísimo.

Entonces Delia abrió su cartera y me mostró una impresión de aquella foto con su gatita que había desatado la lascivia de mis compañeros.

–Esta era Lulú –dijo.

Y luego rompió en un llanto desconsolado, vecino, porque dos semanas atrás a Lulú la había atropellado un remís con fatales consecuencias.

No lo pensé, me levanté de la silla y la abracé con todo mi ser, sin esconder nada de lo que sentía por ella. Qué sensación hermosa es la de poder consolar a alguien, más a la persona amada, vecino.

Delia lloró sobre mi pecho varios minutos. Mi abrazo la exprimió, le permitió sacar el inmenso dolor que llevaba acumulado en el alma.

–¿Querés ir a tomar un café cuando salgamos? –me preguntó, cuando logró calmarse.

Yo tenía los ojos abiertos pero el sueño seguía, vecino. No lo podía creer. Figúrese a qué nivel me costaba creerlo que miré a Rinaldi como buscando la confirmación de que aquello era real. Y la cara de Rinaldi me lo confirmó: nos miraba sin ningún disimulo, fijamente, con la boca torcida en un gesto casi de locura le diría; estaba tan pálido que por un instante pensé que había muerto de estupefacción.

Fue tan hermoso nuestro comienzo, vecino. Todo el primer año es un álbum de fotos preciosas que atesoro en la memoria. Todos los días, cuando salíamos de la oficina, nos íbamos a tomar algo; un submarino en invierno o un helado, en verano. Después íbamos al cine, al teatro, o simplemente paseábamos por su barrio.

Delia vive en Capital, en un departamento modesto pero muy arregladito, cerca de la oficina. Cuando empezamos a compartir algunas noches, lo natural, lo cómodo, fue que yo me quedara a dormir en su casa. Y si bien ella manifestaba, muy de vez en cuando, cierta curiosidad por conocer mi hogar, y sobre todo por conocer a mi tía, yo estaba siempre atento para cambiar de tema.

Éramos muy felices. Tanto que, la noche en que celebramos nuestro primer aniversario, Delia me pidió que me fuera a vivir con ella. Figúrese la emoción que sentí, vecino, al enterarme de que la mujer que adoraba quería compartir sus días, de principio a fin, conmigo. Sentí un deseo imperioso de gritar de alegría, tomarla en mis brazos y hacerle el amor, pero tuve que reprimirlo, por supuesto. ¿Qué iba a hacer con Hércules si me iba a vivir con ella?

Podía dejarlo con mi tía, claro, que todavía andaba bien en aquel momento, pero se me partía el corazón de pensar en separarme de él. Con gran disgusto, créame, vecino, tuve que usar la avanzada edad de mi tía como excusa; le dije a Delia que me parecía un riesgo demasiado grande dejarla sola; le rogué que tuviera paciencia.

Delia comprendió, por supuesto, pero quedó muy dolida, angustiada. Porque si bien la posibilidad de que ella dejara su departamento, tan arregladito y cercano al trabajo, para venirse a vivir a casa conmigo y mi tía, era algo incómoda, seguía siendo una opción que yo no le ofrecí.

Casi un año pasamos así, con la sombra de aquella frustración acechando lo nuestro. Tuve que redoblar mis esfuerzos por demostrarle a Delia, día a día, la naturaleza profunda de mis sentimientos. Y lo hice con gusto. Pero de todas maneras fue un calvario aquel año, vecino. No hubo día en el que no temiese que Delia me dejara.

Aquella tensión tan grande se cortó de inmediato cuando mi tía tuvo su primer episodio grave. No sé si usted se habrá llegado a enterar: salió para ir a la carnicería de acá la vuelta y no volvió; la encontró la policía, seis horas más tarde, en Luis Guillón, donde antaño vivía su hermana, que por aquel entonces ya estaba largamente fallecida.

La sombra que nos sobrevolaba se esfumó. Delia volvió a ser la alegre y arrolladora fuerza de la naturaleza que había sido. Y eso, tan positivo a primera vista, fue también un problema porque Delia se empeñó en darme una mano. Se le ocurrió la idea de venir a pasar acá lo fines de semana, para estar conmigo y ayudarme con mis nuevas tareas de enfermería.

Intenté por todos los medios que desistiera, vecino. Pero insistió tanto que tuve que aceptar; estoy seguro de que no hacerlo hubiera sido catastrófico.

Compré una jaula de esas que sirven para transportar perros, una de las más grandes, y la instalé en un cuarto del fondo de la casa abandonada. Hace prácticamente un año que Hércules pasa ahí todos los fines de semana, con comida de sobra, agua y su manta preferida, por supuesto, pero encerrado en la maldita jaula.

Delia se viene conmigo los viernes, después del trabajo, así que dedico las noches de los jueves, hasta las dos o tres de la mañana, a limpiar mi casa de rastros de pelos. Un sinvivir, vecino. Cada vez que mi tía pregunta por Hércules estando Delia presente, lo achaco a su enfermedad sintiéndome un canalla. Y como si todo esto fuera poco, los viernes, sábados y domingos por la noche, acostado junto a Delia en la cama, no puedo dormir porque escucho a mi amigo maullar en su prisión.

Esta es la desesperada situación en la que me encuentro.

Llevaba muchos meses dándole vueltas y vueltas en mi cabeza, volcado al análisis de posibles soluciones sin importar lo descabelladas o rocambolescas que pudieran parecer, cuando tuvimos el incidente; cuando usted, vecino, pasó por la puerta de casa y mi tía le refirió aquel rosario de insultos.

Ese día perdí los estribos. El dolor que me provocó escuchar a mi tía proferir todas esas barbaridades, creo yo, me trastornó. La reté con una furia desproporcionada, olvidando que en realidad era la cochina enfermedad la culpable de todo.

Hice llorar a mi tía, vecino. Casi me muero del disgusto conmigo mismo, figúrese.

Inmediatamente, al verla tan afectada, empecé a rogarle con desesperación que me perdonase. Entonces ella dejó de llorar y se enfureció. Comenzó a gritar que no pensaba perdonarme, porque yo estaba de su parte, vecino. Que todos éramos sus cómplices gritaba; que usted lo había hecho porque el barrio entero se lo había pedido, y que ya era tarde para pedir perdón porque quedaba solamente uno.

Primero pensé que desvariaba, vecino, pero luego recordé la noche en que mi tía apareció con Hércules; yo era un adolescente.

Ella fue a llevar leche y comida a la casa abandonada y volvió con un gatito, que era apenas un pomponcito acurrucado contra su pecho; lo envolvió en una manta, lo dejó sobre mi regazo y se sirvió un vaso de ginebra. Estaba pálida y temblaba.

Mi tía acaba de fallecer, vecino. Hace un rato la encontré en su cama, con una paz de angelito dormido en el gesto. Es mejor así; que descanse, se lo merece.

Y figúrese que Delia, después de tanto tiempo, ya no va a aceptar más excusas. Por otro lado, yo tampoco me las puedo inventar, vecino. Estoy exhausto, no tengo más fuerzas para seguir con esta locura que no puede terminar en nada bueno. Es hora de empezar una nueva vida.

Pero no puedo abandonar a Hércules, vecino. Se me partiría el corazón si tuviera que dejarlo en manos ajenas. No puedo hacerle eso. El pobre ya está ciego de un ojo, tiene el hígado graso y la cadera endeble.

Si usted me hace el inmenso favor, vecino, preferiría tenerlo al pie del ciruelo. Así podría visitarlo los fines de semana; porque planeo conservar mi casa, aunque me vaya a vivir a Capital con Delia.
 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos

Bichos raros

bichos raros1Mi viejo se comunicaba con silencios. Para saber qué opinaba de algo, había que prestar atención a lo que no decía. Cuando mamá empezó yoga, después meditación y después se hizo vegetariana, por ejemplo, mi viejo no dijo nada. Y ese silencio significó que no la comprendía pero la respetaba. Muchas milanesas de soja se comió mi viejo sin decir una sola palabra mientras yo pataleaba reclamando unas milanesas de verdad.

Otro silencio era el que usaba en la cancha, con el pelado de la heladería; ese era el silencio de desaprobar. “Ocho, ¡se te ve el hilito del tampón!”, gritaba el pelado de la heladería si el ocho del equipo contrario no ponía fuerte la pierna. “Ocho, te espera tu familia para hacer la losa”, gritaba si el otro equipo era pobre. O gritaba “Ocho, metete en el área que hay postres”, si el ocho tenía unos kilos de más o “Sacate las cadenas”, si el ocho era negro.

Íbamos siempre al mismo lugar de la cancha; a un rincón de la cabecera, bien arriba, donde en verano se disfrutaba de un cuadradito de sombra que proyectaba la torre de transmisión abandonada. Y la gente que nos rodeaba era la misma en todos los partidos. No había asientos marcados, eran escalones de cemento, pero todos sabíamos perfectamente cuál era nuestro lugar. El pelado de la heladería estaba dos escalones por arriba nuestro. Todo el mundo le festejaba las ocurrencias, menos mi viejo, que hacía silencio.

Así fui haciéndome la idea de que mi viejo respetaba por igual a todas las personas. Por eso me desarmó tanto cuando puteó a Angulo.

Angulo había sido el misterio de la temporada. Venía de un club ignoto de La Paz, de donde lo había traído nuestro técnico, el Pata Gutiérrez. Tenía pinta de quechua Angulo; era bajito, fornido, trigueño, y lo habían presentado como a un diez fino, habilidoso, inteligente, repartidor de juego. Y antes de que su relación con la tribuna desbarrancara del todo, algo había demostrado de esas supuestas habilidades. Había metido alguna que otra pelota de gol, linda, precisa. Pero en seguida se empezó a notar que tenía el pecho más frío que las profundidades del Titicaca.

Nadie podía entender por qué el Pata Gutierrez, que se había formado en el club y, antes de irse a Bolivia, había sido el capitán del plantel más glorioso de nuestra historia, nos había traído semejante muerto. “¿Qué le vio el Pata a Angulo?”, se preguntaba todo el mundo en el cuadradito y más allá. Hasta que una tarde, después de un entrenamiento, el utilero los enganchó acaramelados en el cuartito donde guardaba las pelotas.

Los secretos no duraban nada en mi barrio, así que a los pocos días ya lo sabíamos todos. Igual, la gente intentaba ser cautelosa; cuando alguien lo contaba, decía “no lo comentes” o “en realidad no se sabe” o se mentaba a las malas lenguas. El Pata era un héroe y nadie quería lastimarlo. Se colgaba una bandera con su cara en el alambre, en todos lo partidos, un privilegio que normalmente está reservado para los muertos.

Pero los resultados no acompañaban. La segunda ronda fue para el olvido; un desastre, no jugábamos a nada. Tuvimos una racha de siete derrotas consecutivas. Después empatamos dos, sin goles. Y después perdimos el clásico, de locales, por goleada. En el momento en que el referí pitó el final, la barra arrancó con un canto sobre el Pata y Angulo. La rima estaba regalada.

Así de calentito estaba el ambiente cuando, tres semanas más tarde, nos encontramos en la disyuntiva de tener que ganar o ganar para mantener la categoría. Fue un partido horrible; tenso, trabado. Se notaba que la mayor preocupación de los jugadores era cómo iban a salir de la cancha si empataban o perdían. Y la barra, con la orquesta de bombos, redoblantes y vientos, a pleno, no paraba de escupir veneno contra el Pata y Angulo.

A los noventa y dos minutos, con el partido cero a cero, aún no se sabe si movido por la inocencia, la estupidez o por un billete entregado en sombras, el tres de ellos agarró de la camiseta a nuestro nueve en una jugada intrascendente, pero dentro del área. El nueve se tiró a la pileta y el referí dio penal. El encargado de patear todas las pelotas detenidas de mitad de cancha para adelante, incluidos los penales, era Angulo.

Apenas se escuchó el silbato la barra arrancó con un canto buena onda, de apoyo a los colores; un clásico de la cancha que se cantaba sobre una melodía de Los Aunténticos; un intento desesperado de borrar de la memoria de Angulo, en segundos, los insultos que venía sufriendo hacía meses. Insultos que Angulo no había dado señales de escuchar hasta que, después de acomodar la pelota en el punto del penal, se irguió, sacó pecho y señaló al corazón de la tribuna cabecera como diciendo: “Para ustedes”.

Jamás hizo declaraciones al respecto así que solo él sabe lo que quiso hacer. La mayoría de la gente piensa que nos tiró al bombo, lisa y llanamente, para vengarse de las humillaciones. Yo creo otra cosa. Estoy de acuerdo en que fue una venganza, pero creo que quiso llevarla a cabo de una manera mucho más hermosa; creo que quiso hacer un gol que no se borrara jamás de la cabeza de todos los que se habían burlado de él y del hombre que amaba.

La cuestión es que la picó, suavecito, al medio. El arquero ni siquiera tuvo que tirarse, levantó una mano y la bajó, como si estuviera arrancando una manzana de un árbol. Yo no lo vi. Estaba de espaldas al pasto, porque en esa época me ponía tan nerviosa que no podía mirar los penales. Pero sentí que la realidad del descenso se hacía insoportable. Fue como si alguien hubiera bajado una tapa sobre la cancha, dejándonos sin aire y a oscuras. Entonces cerré los ojos con fuerza y escuché clara, recortada de todas las demás voces, la voz de mi viejo, cargada de bronca.

–Boliviano puto.

En ese mismo momento el descenso se transformó en una estupidez insignificante.

Esa semana yo había besado por primera vez a una chica. Se llamaba Manuela y tenía quince años, igual que yo. Estaba tan enamorada de ella que no concebía la posibilidad de ocultarlo por mucho tiempo. O por decirlo de otra manera, estaba dispuesta a gritárselo en la cara al mundo entero. Y como me imaginaba que el mundo no se lo iba a tomar del todo bien, contaba con mi viejo para darle batalla.

Además, sospechaba que la batalla iba a empezar por casa. Porque mamá, antes de empezar yoga, después meditación y después hacerse vegetariana, había sido siempre bastante tradicional, clásica. No le gustaba nada que mi viejo me llevara a la cancha, por ejemplo, aunque con el tiempo se había resignado. Ella quería que yo fuera una señorita. Por eso me había anotado en piano, donde conocí a Manuela.

Fue en mi primera clase. Cuando llegué, la profesora me hizo pasar a un saloncito que usaba de sala de espera.

–Estoy con otra alumna –me dijo–. Ya terminamos.

Había un revistero y me puse a investigarlo por hacer tiempo. Casi me muero cuando vi las revistas que había: eran todas en blanco y negro, sobre música clásica contemporánea y cosas así. Tuve ganas de salir corriendo. La verdad es que no escuchaba mucha música a esa edad, pero me gustaba pensar que era rockera. “Esta es mi primera y última clase”, recuerdo que pensé mientras desde el salón grande, puerta de por medio, me llegaba el sonido del piano. Alguien estaba haciendo escalas a toda velocidad y de repente empezó a tocar la música más hermosa que había escuchado en mi vida. Después supe que era la sonata para piano número doce de Mozart.

Cuando se abrió la puerta, me hice la que estaba leyendo, pero moría de intriga por saber quién era la otra alumna. Nunca había visto a una chica como Manuela. Parecía de otra época. Estaba vestida con una pollera gris, una camisa de cuello redondo y un chaleco bordado. Tenía el pelo larguísimo, atado en una cola de caballo, y su cara, redonda y blanca, parecía hecha de porcelana. Pasó caminando detrás de la profesora, sin mirarme.

Fui a la siguiente clase solo para verla a ella. No era una atracción física, eso vino después. Manuela me intrigaba. Era diferente a todas las demás chicas de nuestra edad, igual que yo. Porque las dos éramos bichos raros. Ella interpretaba a Mozart y se vestía como si viviera en el siglo diecinueve, yo usaba camisetas de fútbol y recitaba formaciones de memoria.

En mi segunda clase, otra vez esperé en la salita y otra vez pasó sin mirarme, detrás de la profesora. Así que volví una tercera y tomé la iniciativa. Me quedé en la esquina, esperando a que saliera, para cruzarla en la vereda.

–Hola –le dije, al paso.

–Hola –dijo, en un susurro.

La carita de porcelana se le puso roja de vergüenza y
entonces me di cuenta de que, al contrario de lo que yo pensaba, ella sabía de mi existencia. Sin mirarme, me había visto en la sala de espera. En ese instante decidí que no iba a entrar a mi clase de piano. Dejé que se alejara un poco y empecé a seguirla. Lo hice sin pensar. Quería saber dónde vivía, simplemente por saber algo más de ella.

Entró en una casa del barrio, cercana a la cancha. Era una de esas casas antiguas, con dos ventanas enormes sobre la línea de la vereda. Yo me quedé enfrente, sentada en el cordón, fingiendo para los que pasaban que me ataba las zapatillas. No tardó nada en empezar a sonar la música. Era un pieza clásica, pero no la sonata dulce que Manuela practicaba en las clases. Era otra cosa. Sonaba como si un alma atormentada estuviera cagando a trompadas a un piano.

No pude aguantar la curiosidad. Crucé la calle y me acerqué de a poco, sigilosamente, a la ventana de la que salía la música, que estaba abierta de par en par porque esta historia de amor empezó al final de la primavera.

Todo lo que había en la habitación a la que me asomé parecía de otra época, como Manuela. Había una araña de cristal en el techo, carpetas de croché por todos lados, cortinas de encaje y un reloj de pie. Manuela estaba sentada frente a un piano vertical y ya no se parecía en nada a la mojigata que yo había saludado antes. Tenía el pelo suelto, caído sobre la cara, y se sacudía como poseída.

Al otro lado de la ventana, casi al alcance de mi mano, sobre una mesita preciosa de madera, había un teléfono de cable, negro, enorme y recién lustrado, que parecía salido de una película de Gardel. Yo estaba tan embobada que no lo vi hasta que sonó. Tenía un timbre horrible, agudo y tan estridente que se escuchó clarísimo sobre el piano.

Manuela levantó las manos de las teclas, giró la cabeza hacia el teléfono y me vio. Yo estaba agarrada a la reja de la ventana con las dos manos, llorando a moco tendido. Entonces, mientras la chicharra espantosa del teléfono de Gardel seguía repicando, ella acomodó detrás de las orejas el pelo que tenía en la cara, se levantó del taburete, y empezó a caminar hacia mí con la vista clavada en la alfombra. Yo quise correr pero no pude soltar la reja.

Llegó hasta el teléfono sin volver a mirarme.

–Diga… –, le dijo al auricular. Hizo un pausa para escuchar y después dijo–: Sí… un momentito, por favor.

Separó el auricular de la oreja, tapó el micrófono con la mano libre y me miró a los ojos por primera vez. Tenía dos círculos de un rojo incandescente en las mejillas.

–Es para mí abuela –dijo.

Entonces sí que salí corriendo. Corrí sin parar las siete cuadras que había hasta mi casa. Y había quedado tan atolondrada que entré y me tiré en la cama a pensar en Manuela. Enseguida apareció mamá preguntando por qué no estaba en mi clase de piano. Me quedé en blanco.

–Si no querés ir, no vayas más, pero no seas tan tonta de hacerme tirar la plata –dijo mamá, interpretando que lo mío era rebeldía.

La idea de perder la excusa para ver a Manuela me despejó el cerebro enseguida. Le dije a mamá que me dolía la cabeza, le juré que no iba a volver a faltar, y agregué, como para dejarla bien tranquila, que cada vez me gustaba más la música clásica.

La noche anterior a la siguiente clase, no dormí. Era una bola de nervios. De inseguridades, mejor dicho, porque no sabía nada. No sabía con qué cara la iba a mirar cuando la cruzara en la salita de espera. No sabía qué cara iba a poner ella. No sabía si tenía que pedirle perdón por haberla seguido o si tenía que mandar a la mierda la clase de piano y volver a seguirla. Lo único que sabía era que necesitaba verla.

Como para tener algo a que agarrarme, me puse la camiseta del plantel glorioso, la misma que usaba para que me diera suerte en los exámenes del colegio y para ir a la cancha.

La profesora me abrió y me hizo pasar a la sala de espera. Había dejado abierta la puerta del salón del piano y pude ver que Manuela, sentada en el taburete, me estaba mirando. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas, ella desvió la suya y la clavó en la teclas. Se me llenó el pecho de angustia y sentí que se me humedecían los ojos. Pero, mientras la profesora me explicaba una vez más que estaba retrasada, Manuela empezó a tocar la melodía buena onda de Los Auténticos, la que se cantaba en la cancha.

Cuando salió, pasó de nuevo sin mirarme, pero yo ya había entendido el mensaje. Después de mi clase fui directo a su casa y toqué el timbre. Salió la abuela, y recién en el momento en que me preguntó a quién buscaba me di cuenta de que no sabía su nombre.

–Hacela pasar –escuché que decía desde adentro de la casa –. Es una amiga mía.

A partir de ese día fuimos inseparables. Pasábamos todas las tardes juntas. Mirábamos la tele, estudiábamos, tocábamos el piano, merendábamos, paseábamos por el barrio. A veces yo iba a su casa y otras veces ella venía a la mía. Mamá estaba encantada con mi nueva amiga.

–Es un amor… –decía–. Es tan modosita.

Tenía razón. Manuela era modosita y tímida hasta la exasperación. Hasta conmigo hablaba lo justo y le escapaba al contacto físico. Me saludaba siempre de palabra, ni la mano daba. Hasta que me exasperé. Ella estaba sentada al piano, mostrándome como se tocaba la melodía de Los Auténticos y yo la miraba embobada.

–¿Me seguís? –me dijo en un momento, levantando la vista de las teclas sin parar de tocar.

No pude aguantar más y le metí un beso. Sostuve su cabeza con las dos manos y luché para que mi lengua venciera la resistencia de sus labios cerrados. Gané. Y esa tarde la dedicamos, prácticamente entera, a besarnos.

El siguiente fin de semana fue lo de Angulo.

–Boliviano puto –, dijo mi viejo.

Para ser franca, lo de “boliviano” ni lo escuché. O no le sentí la carga, mejor dicho. Para mí, Angulo había nacido en Bolivia, y punto. Pero lo de “puto” se me clavó en el alma. Me sentí traicionada y me enojé muchísimo con mi viejo. Muchísimo.

En la cena de esa noche no podía mirarlo a los ojos.

–¿Te pasa algo, hija? –me preguntó.

–El descenso… –dije.

–No puede ser que te amargues así por una estupidez –dijo mamá –. ¿Qué vas a hacer cuando te pase algo triste de verdad?

Me agarró una angustia incontrolable y me fui llorando a mi habitación.

Al ratito apareció mamá. Venía suavecita. Abrió la puerta apenas lo suficiente para meter la cabeza y pidió permiso para entrar. Tenía en la voz una dulzura que hacía mucho tiempo no le escuchaba; una dulzura de madre total; la que usaba para consolarme cuando se me pinchaba un globo a los cinco años.

Entró sin prender la luz, se sentó en la cama y me acarició la cabeza.

–Vos siempre fuiste muy intuitiva…–dijo–. En eso saliste a mí.

–No sé de qué estás hablando, ma–, dije yo.

–De que no estás así por el descenso.

Pensé que de alguna manera había descubierto lo de Manuela.
Primero entré en pánico y después me sentí liberada de un peso asfixiante, todo en la misma milésima de segundo.

Y entonces mamá dijo:

–Estás así porque intuís que papá y yo no estamos bien.

Ni puta idea tenía yo de que no estaban bien. Jamás en mi vida le había dedicado un pensamiento a la relación de pareja de mis viejos. Hasta esa noche, claro. Mamá dijo que teníamos que hablar de las vacaciones. Hizo tres tés de tilo y nos sentamos, ella, mi viejo y yo, alrededor de la mesa redonda de la cocina.

Resultó que había un plan preparado para las vacaciones que no se parecía en nada a ir un mes a la costa, que era lo que habíamos hecho toda la vida. El dos de enero, yo iba a partir con mamá hacia Córdoba, para pasar con ella dos semanas en un camping al pie de las sierras. Después de esas dos semanas, yo iba tomarme un micro para encontrarme con mi viejo, que iba a estar visitando a su hermano, en Mendoza. Pero lo más curioso era lo de mamá, que iba a seguir viaje hacia el norte, haciendo miles de kilómetros por tierra, para llegar a Bolivia.

–Siempre tuve el sueño de conocer la Isla del Sol –dijo.

–No sabía nada –dije yo.

–Yo tampoco –dijo mi viejo.

De más está decir que yo no quería ir a ningún lado. Quería quedarme en mi barrio para besarme todo el verano con mi amor secreto. Pero no había escapatoria. Estaban los dos de acuerdo y yo no tenía excusa ni edad para quedarme sola en casa.

Otra noche sin dormir fue esa.

Pero al día siguiente se lo conté a Manuela y ella me dijo que también se iba de vacaciones todo enero. Ahí me calmé. Si ella no estaba, lo mejor que podía pasarme era estar en otro lado con la cabeza ocupada en otra cosa, aunque esa cosa fuera la relación de mis viejos.

Nos matamos a besos durante lo que quedaba de diciembre. Y el primero de enero, cuando nos separamos, ella me dio el número de teléfono del lugar donde iba a estar, una colonia para chicas con inclinaciones musicales, en el campo.

Así fue como salí con mamá para Córdoba, segura de que no iba a tener un solo minuto de felicidad durante un mes entero. Pero estaba muy equivocada. El camping donde mamá me llevó resultó ser una especie de santuario de vida sana. Estaban todos en la onda de la meditación y el yoga. Se respiraba una paz increíble y había un millón de cosas para hacer. Mamá estaba desatada, quería hacerlas todas.

Pasamos los días haciendo excursiones, nadando en el río, dándonos baños de lodo y aprendiendo a hacer masajes con piedras calientes. Las dueñas del lugar eran dos mujeres, más o menos de la edad de mamá. Una noche nos invitaron a cenar a su cabaña. Mamá tomó vino y hasta me sirvió un vaso a mí. Una de las mujeres era una experta contadora de cuentos cordobeses. Nunca había escuchado a mamá reírse de la manera que se rió esa noche.

Había un pueblo cerca del camping, al que íbamos a pasear y hacer compras de vez en cuando. Tenía videojuegos y locutorio. Así que una tarde le dije a mamá que iba a jugar a los videos, me escabullí, y llamé al número de teléfono que me había dado Manuela.

Pregunté por ella y la fueron a buscar.

–Hola –dijo su voz.

–Hola –dije yo.

Después vino un silencio largo.

–¿Todo bien? –dije yo–. ¿Qué hacías?

–Sí… –dijo ella –. Estaba ensayando.

–¿Qué? –dije yo.

–La sonata para piano y violín número cinco de Beethoven –dijo ella.

–Ah… ¿Y quién toca el violín? –le pregunté, por hacer conversación.

–Regina –dijo.

–¿Quién es Regina? –dije.

–Mi compañera de cuarto –dijo.

Después de eso ni los masajes con piedras calientes fueron capaces de relajarme. Pero mamá, que normalmente tenía bastante ojo para mis estados de ánimo, no se dio cuenta. Estaba en una nube, parecía otra persona. Y así llegó el día en que nos despedimos en la terminal, ella siguió su camino hacia la Isla del Sol y yo fui para Mendoza a encontrarme con mi viejo.

La segunda parte de las vacaciones la pasé en la granja de mi tío. El lugar no estaba nada mal. Había caballos y un río cerca. Íbamos a pescar todos los días con mi viejo. Era una costumbre de vacaciones que había empezado cuando yo tenía seis años. Del mes que normalmente pasábamos en la costa, faltábamos al muelle solamente los días de mucha lluvia. A mí me encantaba estar sentada al lado de mi viejo mirando el mar, sin hablar, durante horas. Era nuestro silencio de charlar. Porque dentro de mi cabeza yo hablaba todo el tiempo; le comentaba lo que me estaba pasando, y me imaginaba que él hacía lo mismo.

Ya el primer día en que fuimos a pescar al río, el silencio de charlar se me hizo insoportable. Porque ya no había charla, quedaba nada más que el silencio, y para peor era un silencio incómodo. Además yo pensaba casi todo el tiempo en Manuela. No sé por qué, me castigaba imaginándola a los besos con su compañera de cuarto; me regocijaba en odiar a la violinista con toda el alma.

Y había tanto tiempo para pensar que también empecé a darle vueltas a lo que les estaba pasando a mamá y a mi viejo. La comparación estaba servida en bandeja. Por un lado estaba mamá, risueña y enérgica, con ganas de hacer cosas nuevas y conocer el mundo; por el otro, mi viejo, amargado y mudo, aferrándose a las rutinas con los dientes, ya fuera pescar o ir a la cancha.

–¿Se van a separar? –le pregunté un día, de la nada, mientras pescábamos.

–No lo sé, hija –contestó.

Eso no fue lo peor, sin embargo. Lo peor fue que había un solo teléfono en la casa de mi tío y estaba en el comedor, donde siempre había alguien. Estuve días buscando el momento oportuno, el claro, para poder llamar a Manuela sin testigos. Quería decirle que la amaba y que por favor no se enamorara de Regina. Cuando por fin logré llamar, me atendió una señora y me dijo que Manuela se había ido de excursión a la laguna.

–¿Sola? –pregunté. Se me escapó, no pude evitarlo.

–No –dijo la señora–, con una compañera.

El viaje en micro de vuelta fue un calvario; con mi viejo, el silencio más largo y triste de nuestra vida; dentro de mi cabeza, una peli de amor a orillas de la laguna, musicalizada por la sonata para piano y violín número cinco de Beethoven, en versión inventada por mí misma.

Apenas llegamos a casa, salí corriendo para lo de Manuela. No podía soportar el silencio ni un segundo más, menos en esa casa con olor a humedad, en la que la ausencia de mamá, que iba a seguir de vacaciones hasta el final de febrero, pesaba más que una montaña.

Manuela había llegado esa misma mañana. Ya empezaba a anochecer y estaba disfrutando el reencuentro con su piano. Tocaba una pieza bastante alegre y dulce cuando me asomé a la ventana. Yo sentía la necesidad de tenerla, de que fuera solamente para mí por un rato. Me moría de celos. Quería borrar de la historia todas esas noches que había pasado durmiendo cerca de otra.

–¿Querés quedarte a dormir en casa esta noche? –le pregunté.

–Tengo que pedirle permiso a mi abuela –dijo.

La abuela dijo que sí.

Yo, a mi viejo, todavía no le había dicho nada, pero estaba segura que no iba a haber problemas. De todas maneras, se lo pregunté delante de Manuela para no correr riesgos.

–Claro que puede, hija –contestó.

Cenamos pizza y mi viejo le armó una cama a Manuela, al lado de la mía, con un colchón sobre el suelo. Esa noche hablamos dos o tres horas, primero de las vacaciones y después de la vida en general. Hasta que no pude aguantar más y le pregunté si podía bajar a su cama. Entonces dejamos de hablar y empezaron los besos.

Otra de las rutinas de mi viejo era levantarse a hacer pis a la noche. Yo, como soy de sueño liviano, lo escuchaba todo; los pasos por el pasillo, la puerta del baño, el chorrito cayendo y la cadena. Siempre, después de hacer pis pasaba por mi habitación a verme. Yo nunca abría los ojos, pero sabía que él me estaba mirando, cuidando, y lo disfrutaba.

Esa noche, por supuesto, no lo escuché. Esa noche el tacto había anulado al resto de los sentidos. Había un zumbido en mis oídos, una especie de ruido blanco. Cuando mi viejo abrió la puerta y asomó la cabeza, estábamos las dos enroscadas en las sábanas, agitadas, transpirando. Manuela lo vio primero y dio un gritito ahogado.

Yo giré la cabeza hacia la puerta y llegué a ver el desconcierto en los ojos de mi viejo. No le duró nada. Enseguida bajó la vista al suelo y dijo:

–Perdón, hija.

Después, cerró la puerta.

Manuela quería salir corriendo para su casa ahí mismo, en plena madrugada. Para convencerla de que no pasaba nada, le hablé de la cancha, del cuadradito de sombra debajo de la torre de transmisión abandonada, del pelado de la heladería y de mi viejo, que era el único que no le festejaba las salidas. Por supuesto que no mencioné el episodio de Angulo, pero no por mentirle. Ya no existía ese episodio; mi viejo me había pedido perdón y yo lo había perdonado.

Al día siguiente, nos levantamos sobre el mediodía. Mientras Manuela se lavaba los dientes yo fui a la cocina y me encontré con mi viejo. Estaba leyendo el diario. Le di los buenos días y me serví un vaso de agua.

–¿Se puede quedar a almorzar? –pregunté con la vista clavada en los azulejos que tenía enfrente.

Mi viejo me dio plata y total libertad para elegir el menú. Elegí milanesas, de carne, con papas fritas, y helado de postre. Fuimos las dos juntas a hacer las compras. No podíamos ser más felices.

La verdulería estaba hermosa. Brillaban los morrones y las naranjas bajo el sol del verano. Adentro sonaba una tonada del altiplano, tocada con quena, y Manuela se puso tararearla bajito. Entonces, del cuartito de atrás, en vez de salir Edwin, el dueño de la verdulería, que normalmente atendía a todo el mundo, siempre con una sonrisa, salió una chica que yo no había visto jamás.

Yo estaba tan contenta que tenía ganas de ser buena persona.

–¿Está enfermo Edwin? –le pregunté a la chica, mientras nos pesaba las papas.

–No –dijo la chica–. Está en Bolivia de vacaciones. Vuelve al final de febrero.

Salí con la cabeza a mil de la verdulería. No podía creer que todo hubiera pasado delante de mis narices sin que me enterara: mamá, con ganas de probar cosas nuevas, haciéndose vegetariana; Edwin vendiéndole la verdura con una sonrisa; mi viejo, hosco como el solo, en casa, mirando fútbol; Angulo y Edwin, los dos bajitos, fornidos, trigueños y bolivianos.

A la media cuadra, la única duda que me quedaba era cómo se había enterado mi viejo. Pero tampoco era un gran misterio porque, como ya conté, en mi barrio los secretos no duraban nada.

Detrás del mostrador de la heladería estaba el pelado. Cuando me vio entrar puso una sonrisa caída, como de compasión o algo así.

–¿Qué les sirvo, chicas? –dijo.

–Nada –, le contesté.

Agarré a Manuela de la mano y tiré para llevármela. Y en la vereda, segura de que el pelado nos estaba mirando, le metí un beso que casi la asfixio a la pobrecita.

 
 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos

Un señor disfrazado

Un nuevo espisodio de la trepidante vida del guionista de cómic

Ya cumplió cuarenta el guionista de cómic; es un señor maduro. Por eso mismo, calcula, el policía lo selecciona entre los candidatos. Porque… ¿Qué hace un señor maduro bajando de un tren a media mañana, ataviado con unos vaqueros gastados y una gorra de béisbol? ¿Por qué no está en la oficina o detrás del mostrador de su comercio como el resto de los señores maduros? Y sobre todo, ¿qué lleva en esa sospechosa mochilita? Un ladrillo de hachís, como mínimo. Los señores maduros que no se dedican al tráfico de drogas o similares felonías no usan mochilita.

–Me permite la documentación, caballero.

El guionista de cómic está bajando del tren justamente para ir a recuperar sus documentos y los de su consorte que, por esas cosas de la vida, están en la camioneta de su suegro.

–Em… no tengo nada.

A continuación, y a pedido del policía, el guionista de cómic se embarca en la explicación de porqué no tiene los documentos y, todo sea dicho, le sale demasiado desordenada para tratarse de alguien que se dedica profesionalmente a contar historias.

–Permítame la mochila por favor.

–Toda suya.

Mientras el servidor de la ley revuelve sus efectos personales, el guionista (que por fuera es un ciudadano perplejo y ansioso por colaborar con la justicia) se pregunta por dentro si es legal (o de buen gusto) que un señor disfrazado ande tocando sus cosas.

El policía saca de la mochila un carnet de Banfield, un DNI y un registro de conducir; toda documentación caduca, expedida hace más de veinte años en Argentina (estamos en Mataró, provincia de Barcelona), que el guionista no recordaba tener porque hace siglos que no usa esa mochila.

Sin duda, el sujeto es cada vez más sospechoso.

–¿Algún problema con la policía en el pasado? –pregunta el agente.

La mente del guionista entra en flashback. Recuerda, en sepia, la caricia de una tonfa policial sobre su lomo y el posterior traslado a la comisaría de Temperley, sentado sobre el regazo de otro disconforme y beodo detenido (porque el patrullero ya estaba lleno). También recuerda sus dedos manchados de tinta negra y pegajosa, después tocar el pianito. Todo, por hablar de más.

“¿Cruzarán datos la Bonaerense y los Mossos?”, llega a preguntarse. ¡Ja! Cada ocurrencia tiene el guionista.

–No, ningún problema en el pasado –dice. Y luego propone:– ¿Le digo mi DNI de aquí? –. (Por DNI quiere decir NIE: Número de Identificación de Extranjeros).

–Por favor.

El policía lleva una mano al bolsillo de su camisa, saca una bolsita con dos cogollos de marihuana y el olor penetrante de la hierba invade las fosas nasales del guionista que no puede creer lo que está viendo. Acto seguido, el policía saca una lapicera y un papel del mismo bolsillo, vuelve a meter la marihuana, y mira al guionista a los ojos esperando que le dicte el número.

Un millón de frases irónicas, de chistecitos cínicos, se agolpan en la punta de la lengua de guionista pugnando por escapar. Cosas del tipo: “¡Qué bueno que trajo usted porque yo venía reeeeecareta!”.

–Equis, tres, nueve, seis, ocho, nueve, dos, ocho, efe de Francia –dice el guionista.

No cabe duda, ya es un señor maduro.
 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo La trepidante vida del guionista de cómic

Rito sagrado

Rito sagradoEstaba apurado por ser escritor. Ese era mi problema. Leía biografías de escritores, correspondencia de escritores, entrevistas a escritores. Quería absorber todo el conocimiento que hubiera disponible sobre el oficio. También leía las obras, por supuesto. Las leía para tacharlas de la lista de lo no leído. Porque lo no leído me jodía como una mosca detrás de la oreja. Escribir, lo que se dice escribir, casi no escribía. Pero fumaba negro por parecerme a Cortázar y a mi gato le había puesto Chejov.

Jamás había hecho un asado. En casa, los hacía mi viejo, pero para mí era como si se hicieran solos. Cuando me llamaban, dejaba el libro y me sentaba en la mesa. Deglutía y volvía al libro, sin consideraciones para nadie. No fuera cosa que se me escapara la literatura por hacer sobremesa.

Hasta que un día Cecilia me dijo:

–¿Y si hacés un asadito, que a papá le encanta?

Era nuestra primera noche en nuestra primera casa (comprada por mi suegro). Hacía calor y estábamos desnudos sobre un colchón que era el único mueble que teníamos en el dormitorio, además de una pila de libros que yo había puesto en un rincón para lograr el ambiente de bohemia adecuado.

Me dejó atónito la propuesta. Y me ofendió. Ella sabía perfectamente que yo no sabía asar. ¿Por qué me lo pedía? ¿Qué quería lograr? ¿Quería cambiarme? ¿Quería que fuera otro? Yo solo quería ser yo. Y yo no me sentía especialmente agradecido por la casa. Sabía que el regalo no me iba a salir gratis. Sabía que a cambio de ese techo iba a tener que escuchar todo lo que mi suegro tuviera para decir. Y mi suegro no era un hombre con pelos en la lengua.

–El día que se te pase el berretín, avisá –me decía.

Él había trabajado treinta años en el mismo banco, pasando por todos los puestos del escalafón, hasta llegar a ser gerente de una sucursal. Esa gerencia era una cumbre que estaba muy orgulloso de haber alcanzado. Hablaba de la sucursal como si hablara de un jardín hermoso que cultivaba con sus propias manos.

Yo no soportaba ese orgullo. Me parecía triste. Y más triste e insoportable me resultaba que quisiera darme un trabajo ahí. Porque ese era el plan de mi suegro: comprarme la casa, comprarme el traje y acomodarme en la sucursal.

No le contesté a Cecilia cuando me sugirió lo del asado. Me levanté, fui al baño, salí hablando de otra cosa. Es decir, me hice el boludo, sin gran esfuerzo porque en esa época me salía de forma muy natural.

Pero un par de días más tarde ella volvió sobre el tema.

–¿Pensaste lo del asadito?

Me puse duro como matambre de vaca vieja.

–Hace cinco años que estamos juntos, Ceci –le dije –. En todo ese tiempo, ¿alguna vez me viste asando algo?

La tensión de mi réplica la sorprendió, se lo noté en la cara.

–Hagamos unas pizzas –suavicé.

No contestó. Entró al baño y salió hablando de otra cosa. Así que una semana más tarde hice el primer asado de mi vida para lavar la culpa que sentía por haberle hablado mal a mi mujer.

Cuando llegaron los invitados, iba por el tercer intento infructuoso de prender el fuego. Tenía las manos y la cara negras de manipular el carbón y estaba a punto de sufrir un colapso nervioso. Mi suegro me arrebató de la mano una botella de alcohol metílico justo a tiempo para evitar que me quemara (involuntariamente) a lo bonzo. Después, hizo un bollo con papel de diario, levantó dos ramitas secas del suelo y unos minutos más tarde teníamos una pila de carbón ardiendo. Fue como ver un truco de magia.

Él se había criado en el campo. A los quince años ya era capaz de hacer un cordero a la cruz, con leña húmeda, en un día ventoso. Era natural que tomara posesión del asado. Y yo estaba tan angustiado que sentí un alivio enorme. Pero enseguida me di cuenta de que había quedado atrapado en una trampa peor. Tuve que hacerle de pinche. Me pasé una hora y media sirviéndole vino y escuchándolo hablar de los beneficios de trabajar en un banco.

Ya en la mesa, mi suegra tomó el relevo.

–Pensaba que hoy nos iban a dar una noticia –dijo, aprovechando un silencio que hubo durante los postres.

Entonces la que se enervó fue Cecilia, que en esa época trabajaba ocho horas por día en la administración de una fábrica de perfiles y de noche estudiaba medicina. No quería saber nada de bebés hasta tener el diploma en la mano.

–No empieces, mamá –rugió.

Pero mi suegra, que tampoco tenía pelos en la lengua, no dio un paso atrás y se trenzaron en una discusión a los gritos que ya se sabían de memoria.

–Voy a limpiar la parrilla –dijo mi suegro, que tenía clarísimo cuando era el momento de desaparecer

–De ninguna manera –dije yo, y lo seguí.

Mientras mi suegro frotaba la parrilla con papel de diario yo me puse a ordenar los alrededores. Empecé por la mesa auxiliar sobre la que había una botella de vino vacía, un trapo sucio, dos tenedores, un diario viejo, una caja fósforos y un paquetito que yo no había dejado ahí.

–¿Esto es tuyo? –le pregunté a mi suegro.

–Uy… –dijo–. Con el quilombo casi me olvido de dártelo.

Era un cuchillo verijero, encabado en asta de ciervo y alpaca, en su vaina de cuero repujado con mis iniciales. Una obra de arte.

Me ofendí de nuevo. Para mí, era todo parte del plan: la casa, el traje, la sucursal, el asado, el cuchillo de gaucho. Yo no era un gaucho. Aunque nunca lo hubiera confesado, la lectura del Martín Fierro me había dejado más frío que ese regalo.

–Muchas gracias – dije, tratando de disimular el disgusto.

–Dame una moneda –dijo él.

–¿Para? –pregunté.

Me miró entre sorprendido y fastidiado.

–Los cuchillos no se regalan –dijo–. ¿Cómo puede ser que no sepas nada de nada?

Ardiendo por dentro busqué en los bolsillos y encontré nada más que pelusas. Pensé que iba a quedar ahí la cosa, pero no fue así. Mi suegro insistió en que fuera a pedirle una moneda a Cecilia. Yo tuve ganas de clavarle el cuchillo en el cuello, pero le hice caso.

Adentro las mujeres ya habían terminado de gritarse y estaban levantando la mesa. Ninguna de las dos tenía una moneda. Entonces mi suegro insistió en que buscara por la casa. Abrí un par de cajones, di un par de vueltas fingiendo que buscaba por el suelo, entré en mi dormitorio, me senté un rato en la cama y volví diciendo que no había encontrado nada.

–Fijate en el coche –dijo mi suegro.

Salí a la calle cagándome en él y pensando que lo mejor era darle el gusto de una vez. Subí a mi coche y busqué en el cenicero. Había dos tornillos y ninguna moneda. Al lado de mi coche estaba el de mi suegro. Para descargar un poco de bronca le pegué una patada a la rueda y el pie me hizo un ruido seco, espeluznante. Volví a entrar en casa rengueando.

–Esto es mala suerte –dijo mi suegro, mirándome fijo antes de irse, sin moneda.

Mi pobre mujer tenía el aspecto de haber sobrevivido a una tragedia aérea cuando cerramos la puerta. Dijo que se iba a dormir y subió las escaleras arrastrando los pies. Yo no podía irme a dormir tan caliente como estaba. Necesitaba calmarme un poco, así que armé un porro, me preparé una bolsa de hielo para el pie y me tiré en el sillón a ver la tele.

Cuando el porro me hizo efecto y empecé a estar más relajado y permeable a la inspiración, me puse a pensar en la moneda que no había aparecido y hasta me la imaginé. Era una moneda sin ceca: de un lado tenía la cara de mi suegro y del otro tenía la mía.

El cuchillo había quedado sobre la mesa. Fui a buscarlo, pisando con dificultad, y volví al sillón. Lo saqué de la vaina y contemplé la hoja extasiado. “Acá hay un cuento”, recuerdo que pensé.

Parece mentira, pero en ese mismo instante apareció Chejov (mi gato) y se subió a mi regazo. Entonces me acordé de algo que Chejov (el escritor ruso) escribió en una carta y se convirtió en una especie de ley narrativa que se conoce con el nombre de “La pistola de Chejov”. Esa ley dice, más o menos, que si al principio de un cuento (novela, obra de teatro, lo que sea) aparece una pistola, esa pistola tiene que dispararse antes de que la historia termine. ¿Se entiende? Está mal que un escritor prometa cosas que no piensa cumplir.

También recordé las ganas que había sentido de clavarle el cuchillo en el cuello a mi suegro. Sin duda había un cuento ahí. Bajé al estudio que tenía en un rincón del garaje, prendí la computadora, abrí un documento de texto nuevo y me quedé mirando la pantalla en blanco. Estaba demasiado fumado para escribir.

Al día siguiente fui al médico porque no podía caminar. Tenía el meñique fracturado. Me enyesaron hasta el tobillo y me dieron una muleta. Un drama, porque en ese tiempo me sentía un frustrado y un mantenido y mi única válvula de escape era el fútbol. Jugaba con unos amigos, todos los jueves. Amaba ese fútbol, era mi oasis semanal. Lo necesitaba, así que aunque no podía jugar fui igual, a mirar, a estar ahí.

Era en una sociedad de fomento. A lado de la cancha había un quincho con su respectiva parrilla, y todos los jueves, religiosamente, después de jugar, comíamos asado. El asador designado era Juampi, un tipo afable, del tamaño de un oso, que prefería el fuego a la pelota.

–Tengo miedo de lastimar a alguien –decía siempre que tratábamos de hacerlo jugar.

Como el espectáculo deportivo, visto desde afuera, dejaba bastante que desear, ese jueves estuve tomando vino y charlando con Juampi al pie de la parrilla.

–¿Por qué te gusta hacer asado? –se me ocurrió preguntarle, ya con un par de vasos encima.

Juampi había desarmado el fuego y estaba acomodando las brasas. Empujó cada pedazo de carbón encendido, eligiendo exactamente el lugar donde lo quería. Este acá, este otro un poquito más allá. Cuando estuvo conforme, dejó el atizador y extendió una mano sobre la parrilla para medir el calor. Después buscó su vaso, tomó un trago y me miró.

–Me relaja –dijo.

Esa noche entendí el asado. Vi la pureza del rito sagrado, de fuego, carne, vino, tiempo y comunión, reflejada en la mirada serena de Juampi. A la epifanía ayudó, muy probablemente, que antes de salir de casa, para mitigar la amargura que me producía la lesión, me había fumado un porro entero.

–¿Me enseñás? –le pregunté a Juampi.

–Ta hecho, hermano –dijo.

No todo fue iluminación positiva. Cuidado. La verdad es que esa noche también alumbré la posibilidad de una venganza. Me imaginé sirviéndole a mi suegro un asado perfecto. Un asado que lo hiciera llorar de emoción. Un asado que lo hiciera caer de rodillas para pedirme perdón por haberse atrevido a decirme, en la que (aunque la hubiera pagado él) era mi propia casa, que no sabía nada de nada.

Juampi resultó ser un maestro excelente; claro en las consignas, atento a las dudas, paciente con los errores y exigente en los contenidos. Me enseñó que para el fuego el aire es igual de importante que el carbón y el calor. Me enseñó a desgrasar, a salar, a presentar. Me habló largo y tendido de cortes, de fibra, de grasa, de hueso. Y sobre todo, me enseñó a esperar.

–¿Qué apuro hay? –decía–. Esto no es McDonald’s.

Cuando me sacaron el yeso ya no tenía ganas de jugar al fútbol. Quería estar en la parrilla con Juampi. Ya tenía una responsabilidad: yo organizaba y hacía la compra, con la consigna de elegir siempre alguna cosa nueva, algún corte que no conociera. Y por iniciativa propia me encargaba también de elevar el presupuesto del asado. Llamaba a los comensales uno por uno a su casa para hacer campaña. Y me iba muy bien. Había acuñado una frase de entrada demoledora.

–¿Te comerías unas mollejitas este jueves?

Nadie decía que no. Y donde dice mollejitas podría decir entraña, arañita, ojo de bife, chinchulín de cordero, chivito, lo que fuera. Hasta un lechoncito mamón los hice comprar una vez. Juampi sabía hacer todo y estaba encantado de compartir conmigo sus conocimientos.

Un jueves, cuando llevaba más o menos tres meses de aprendiz, sin que yo me lo esperase para nada, me pasó el atizador y me dijo:

–Hoy lo hacés vos.

Chorizo, morcilla, riñón, vacío, asado y, de corte nuevo, picaña. Esa noche recibí mi primer aplauso para el asador, solicitado por mi mentor, nada menos. Volví a casa tan emocionado que desperté a Cecilia para contárselo.

–Qué bien, amor –dijo mi angelito– A ver cuándo hacés uno acá…

–El sábado –dije–. Y les decimos a tus viejos.

Estaba preparado para vengarme. Siendo realista, sabía que mi suegro no iba a caer de rodillas, no era su estilo, pero estaba seguro de que se iba a llevar una buena sorpresa. Quería ver su cara cuando me viera prender el fuego sin pastillas iniciadoras, usando un solo fósforo. Quería escucharlo decir “muy rico todo”. Quería verlo aplaudiéndome.

Me sentía seguro, pero de todas maneras fui conservador. Recurrí a la Santa Trinidad: chorizo, asado, vacío. Mi suegro llegó cuando ya tenía todo sobre la parrilla.

–Ah, bueno… –dijo–. Vamos mejorando.

No tuve tiempo de disfrutar ese mínimo triunfo. Como si fuera lo más natural del mundo, mi suegro se acercó a la mesita auxiliar, agarró un tenedor y empezó a mover la carne, acomodándola a su gusto. Después, agarró el atizador y agregó fuego.

–¿Y? –dijo, cuando estuvo satisfecho con el nuevo orden de las cosas– ¿No me vas servir un vino?

Yo no podía hablar. Estaba conmocionado. Algo adentro mío se retorcía y pugnaba por hacer erupción. En ese momento no lo tuve tan claro, pero hoy sé que era mi orgullo de asador. Por primera vez lo sentía presente. Lo había adquirido en mi debut del jueves, justo en el momento del aplauso, y mi suegro acababa de violarlo con alevosía.

No dije una sola palabra en la mesa. Comí mirando el plato mientras mi suegra volvía a la carga con su tema favorito y sacaba de quicio a mi mujer. Cuando terminamos de comer, mi suegro pidió el aplauso y lo arrancó el mismo, dedicándome una mirada condescendiente. Fue lo peor del ultraje. Los dos sabíamos que el asado lo había hecho él.

Esa noche, Chejov (mi gato) se robó el último pedazo de carne. Cuando salí a limpiar la parrilla me lo encontré en el medio de patio, mordiendo con desesperación una costilla para sacarle los últimos jirones.

–Buen provecho –le dije.

Y en vez de limpiar fui hasta el garaje y armé un porro. Después prendí la computadora y me puse a escribir. Escribí sin parar, sin pensar, con los dientes apretados, hasta que cuando iba por la cuarta página empecé a perder envión. Ya había descargado y tenía sueño.

Antes de apagar la computadora, releí. Era una porquería lo que había escrito. En los cientos de entrevistas a escritores que había leído, aparecía una y otra vez un mandamiento con el que estaban todos de acuerdo: no juzgarás a tus personajes. Lo que yo había escrito esa noche no era el comienzo de un cuento, era un vómito de bilis, una puteada de cuatro páginas contra el personaje del suegro, al que había juzgado y condenado a morir degollado.

Le di una piña al teclado y subí al dormitorio.

No quise prender la luz para no despertar a Cecilia que estaba durmiendo. Me desvestí en el pasillo y entré a ciegas. Y cuando uno está así, en una racha mala, con viento de cara, hasta acostarse se vuelve una tarea complicada y peligrosa. En la oscuridad, mi pie, el mismo que había tenido enyesado, se estrelló contra la pata de la cama. Sentí que un rayo de dolor entraba por el meñique, subía por la columna y estallaba en el bulbo raquídeo.

Caí sobre la cama llorando como un nene.

–¿Estás bien, amor? –dijo Cecilia.

No pude contestar, me estaba ahogando en lágrimas. Por señas le hice saber que me había vuelto a romper el meñique. Ella saltó de la cama, bajó a la cocina y volvió con unos cuantos hielos envueltos en un repasador. Me acarició, me abrazó, me besó, y como yo seguía llorando, me hizo el amor.

En esa época, ella no quería tomar pastillas y yo no quería usar forro, así que utilizábamos el método anticonceptivo más antiguo del mundo. Años habíamos estado practicándolo sin tener un solo susto. Yo era muy consciente y voluntarioso, sabía interrumpir en el momento exacto. Pero esa noche no estaba en mis cabales. No había podido terminar mi asado. No había podido terminar mi cuento. Necesitaba hacer algo hasta el final.

–¿Qué hiciste, pelotudo? –me gritó Cecilia.

Hoyo en uno, hice.

Quince días más tarde, un test de farmacia dio positivo. Cuando vio las dos rayitas, la que lloró fue ella. Lloró como nunca la vi llorar en nuestra vida. Lloró con hipo y espasmos y yo traté de consolarla pero no encontré las palabras. No sé cuánto tiempo lloró pero pareció una eternidad. Se fue calmando de a poco, muy gradualmente, como si el llanto se le estuviera acabando.

–¿Qué querés hacer? –le pregunté, mientras se enjugaba las lágrimas.

Me insultó con ferocidad, largo y florido, usando hasta subordinadas, y cuando terminó me abrazó con todas sus fuerzas. Yo sentí un calor muy intenso en el pecho, justo detrás del esternón, que enseguida identifiqué como un ataque de felicidad. Pero unos segundos después, cuando Cecilia me soltó, se me vino el mundo abajo. Sentí como una tonelada de responsabilidad caía sobre mis hombros y me vi entrando en la sucursal de impecable traje nuevo.

Para contribuir con la economía de la casa, al menos modestamente, yo daba clases de apoyo escolar. Lengua y Literatura, por supuesto, pero también un poco de Cívica e incluso de Historia. Hasta ese momento me lo tomaba con calma; la prioridad absoluta era preservar mi tiempo de escritura, que usaba, básicamente, para fumar porro y observar el hipnótico titilar del cursor sobre el blanco de la pantalla.

Al día siguiente de hacer el test salí a buscar alumnos como si el futuro de la educación dependiera solo de mí. Pegué cartelitos por todo el barrio, dejé un volante de fabricación casera debajo de cada puerta. No pasó nada. Hay que tener en cuenta que esto fue a finales del siglo pasado. No corrían buenos tiempos para nóveles emprendedores en el sector de la docencia. La gente ya se estaba yendo. Como Juampi, por ejemplo, que consiguió laburo en una parrilla de Oslo.

Fue pantagruélico el asado de despedida. Y así me convertí en el único asador del fútbol.

El jueves en que estrené la titularidad, llovía. La cancha era de baldosa y no tenía techo, así que mientras mis amigos hacían un número de patinaje esperpéntico, al reparo del quincho, es decir alrededor de la parrilla, se fueron amontonando los pibes que jugaban en el turno siguiente.

En un momento, se me acercó el más gordito

–¿Me vendés uno, maestro? –me preguntó, mirando fijamente los chorizos.

No se compraba de más en el fútbol. Había un chorizo por cabeza. Se lo expliqué y el gordito puso una cara de decepción tan conmovedora que tuve que regarle el mío. El chorizo tenía un dorado perfecto, se lo adivinaba jugoso y crujiente. Y ver cómo lo disfrutaba me cambió la vida.

Esa misma noche hablé con el bufetero, el único autorizado para vender comida dentro de la sociedad de fomento. Era un gallego jubilado que vivía de venderle alfajores a los chicos y caña a los viejos. Le propuse que me dejara explotar la parrilla a cambio de un porcentaje de las ganancias. Cinco minutos lo pensó, sin dejar de mirar la tele que tenía siempre prendida, y dijo que sí.

Y mientras todo alrededor se incendiaba, a mí me empezó a ir bien. Porque una crisis socioeconómica puede destruir un país, pero el fútbol y el chori son indestructibles. Además, ya se sabe que las criaturas vienen con un pan debajo del brazo.

Cecilia quiso esperar hasta la decimoquinta semana para darle la noticia a sus viejos. Quería estar segura.

–¿Te hacés un asadito? –me propuso.

–Claro, amor –dije yo, que había jurado para mis adentros no volver a hacerle un asado a mi suegro nunca más en la vida. Y lo dije con sinceridad, sereno, sin ánimo de revancha. Imaginé un asado sanador. Me vi delante del fuego, explicándole con dulzura a mi suegro que el asador, en mi casa, era yo.

Elegimos hacerlo un domingo al mediodía, con las dos familias al completo: mis suegros, mi cuñadito, mis viejos y mis dos hermanas. Yo ya era cliente al por mayor de la carnicería, así que conseguía buenos precios. Tiré la casa por la ventana. Armé una degustación de exquisiteces diseñada para trasmitirle a los comensales ese calor que había sentido en el pecho al enterarme de que iba a ser padre.

En pleno invierno, nos tocó un día hermoso, de sol radiante y cielo azul impoluto, ideal para celebrar buenas noticias. Mi suegros fueron los primeros en llegar. Mi suegra se quedó en la cocina, haciendo las ensaladas con Cecilia, y mi suegro salió al patio.

–¿Qué tal? –dijo.

Noté enseguida que algo le pasaba. Estaba mustio, apagado. Normalmente él se ocupaba de hablar, de hacer chanzas o dar consejos. Pero esta vez se quedó mirando la parrilla sin decir ni una palabra más, hasta que el silencio me puso incómodo.

–¿Un vinito? –ofrecí.

Me miró sorprendido, como si acabara de despertarse conmigo a lo pies de la cama.

–Cómo no –dijo.

Con la excusa de ir a buscar el vino entré en la cocina, le hice una seña a Cecilia para que me siguiera y subí al dormitorio para poder hablar sin que nos escucharan; le comenté que su viejo estaba raro y le pregunté si sabía qué le pasaba. Me dijo que no tenía idea pero iba a investigar. Después bajamos haciendo que hablábamos de un juego de llaves perdido.

De nuevo en la cocina, agarré una botella de vino y abrí el tercer cajón, el que guarda lo que se usa poco, para buscar el destapador. Ahí estaba el cuchillo verijero, desterrado desde que había jurado no volver a usarlo nunca más en mi vida, el mismo día en que había jurado no volver a hacerle un asado a mi suegro nunca más en mi vida. Lo saqué de la vaina, lo ensucié (a escondidas de mi suegra) con sangre que había quedado en una bolsa de la carnicería y salí al patio, con el cuchillo y la botella de vino, dispuesto a ser el mejor yerno del mundo.

Mi suegro volvía a estar en trance. Acariciaba a Chejov, que se había subido a la mesita auxiliar, con la mirada perdida en la enamorada del muro.

–Vinito –dije, apoyando la botella en la mesa.

Chejov saltó al suelo y mi suegro volvió a despertarse.

–¿Qué tal anda ese? –dijo, mirando el cuchillo que yo tenía en la mano.

–Un lujo –dije yo.

Mi suegro levantó la botella, sirvió dos vasos, y nos quedamos mirando como se hacía la carne, en silencio, dándole sorbos al vino.

El silencio era solo exterior, por supuesto, dentro de mi cabeza había un ruido infernal. Buscaba con desesperación un tema para sacar y solo se me ocurría uno: la sucursal. Pero proponer una charla sobre la sucursal era lo mismo que escupir mi propio asado. Daba por sentando que mi suegro, por mucho éxito comercial que yo pudiera tener vendiendo choripanes, jamás iba a cejar en su intento de convertirme en otro tipo.

Otro tipo. Otro tipo. Otro tipo. Entré en un bucle dañino. Mi suegro quería otro tipo para su hija. Empecé a pensar que estaba así, mustio, mal, por eso mismo. Cada vez que nos juntábamos mi suegra repetía lo de “Pensaba que hoy nos iban a dar una noticia”. La estaban esperando. No era difícil sospechar que si habíamos juntado a las dos familias enteras un domingo al mediodía era por algo. Empecé a pensar que mi suegro estaba mal porque sabía lo que estábamos a punto de anunciarle. Estaba mal porque ya no podía abrigar esperanzas de deshacerse de mí; su hija y yo estábamos unidos para siempre.

Todavía tenía el cuchillo en la mano y de repente noté que lo estaba apretando demasiado. Me di miedo a mí mismo. Respiré hondo. Tomé un trago de vino.

–¿Qué tal por la sucursal? –dije.

Mi suegro hizo como si no me hubiera escuchado. Se inclinó sobre la mesa auxiliar y agarró un tenedor.

–A ver cómo va esto –dijo, dando un paso hacia la parrilla con el tenedor en alto.

Fue un reflejo, no pude evitarlo. Lancé hacia adelante la mano del cuchillo y le di al tenedor, de plano, justo antes de que pinchara un pedazo de vacío. Chocaron los metales (Chin) y mi suegro me miró como si le hubiera clavado el cuchillo en la aorta.

–Es mi asado, suegro –le dije. La mano del cuchillo me temblaba.

No existe el asador que no haya sido menoscabado en sus inicios por otro más veterano, así que mi suegro me entendió. Vi en su ojos que reconocía el orgullo de asador herido.

–Perdón –dijo, flojito, como si se estuviera desangrando.

Después de comer, dimos la noticia (que fue celebradísima, por supuesto) y cuando todos se fueron, ya casi al final de la tarde, Cecilia me explicó lo que le pasaba a mi suegro.

–Lo prejubilan a la fuerza –dijo, con humedad en los ojos.

Había elegido el peor momento para acuchillarlo.

Me sentí tan culpable que en cuanto dejó de ir a la sucursal, lo convencí de venir a darme una mano en la sociedad de fomento. Y así empezamos. Después, con lo que le dio el banco, compramos el primer local, que no tenía salón, se comía al paso. Nos fue bien y un par de años más tarde abrimos en otro lugar, cerca, ya con diez mesas. Así fuimos creciendo, pasando de un lugar a otro, hasta que llegamos a donde estamos ahora, la gran esquina, con dos salones y el humo que jamás cesa: Parrilla El Verijero (Celebre aquí su banquete). Mi suegro ya andaba mal pero llegó a verlo, por suerte, antes de irse de gira, y también se dio el gusto de ver a su hija recibida de médico.

A mí nunca se me pasó el berretín. Pero se me hizo muy complicado desarrollarlo con tantas obligaciones. Por eso tardé una vida en escribir este cuento. Miento. En realidad lo escribí y lo reescribí mil veces, en mi cabeza, mientras hacía mil asados. Y cada vez que sentía el impulso de sentarme delante de la computadora, miraba el fuego, tomaba un trago de vino, me acordaba de mi maestro, Juampi, y pensaba: “¿Qué apuro hay?”

 
 
 

12 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Amistad de borrachera

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic.

La dictadura era una cosa del pasado para el guionista de cómic, algo que no podía volver a existir, como los dinosaurios, por decir algo. Pero hace unos seis o siete años cambió de idea.

Hace unos seis o siete años el guionista y su amigo Pato estaban en Mar del Plata, recién salidos de un boliche y todavía con mucho alcohol en sangre por quemar. Empezaba a amanecer y la gente se volvía a su casa. Ellos pululaban por ahí, mirando la escampada, luciendo unas espléndidas sonrisas etílicas.

En eso pasaron unas chicas seguidas por un flaco que las venía tratando de convencer de algo (no es difícil imaginar de qué). Las chicas caminaban con la vista al frente, impertérritas como si el flaco no existiese. La situación les causó gracia al guionista y a su amigo Pato. Algo le dijeron al flaco que, como también estaba borracho, se paró a charlar.

Y pintó amistad de borrachera. Ji, ji, ji. Ja, ja, ja. Ju, ju, ju.

–¿Y qué hacés por acá solo? –preguntó el guionista en un momento.
–Estoy en la base –dijo el flaco.

CHAN…

Esto era en la calle Alem, a escasas cuadras de la base naval del Mar del Plata. El flaco era alto, atlético y estaba rapado. Sin traicionarlo por fuera el guionista y su amigo entraron en modo defensivo. Pero se morían de curiosidad.

–¿Cómo te tratan ahí? –preguntó Pato.
–Bien, bien… –dijo el flaco– Está lleno de locos… pero yo hago la mía.
–¿Locos? –preguntaron al unísono Pato y el guionista.
–Sí… mis compañeros –dijo el flaco–. Están relocos… ¿Saben lo que cantan, a veces, cuando salimos?

El guionista de cómics y su amigo Pato le pidieron al pibe que por favor les cantara lo que cantaban sus compañeros, a veces, cuando salían. Y el flaco cantó:

Volveremos, volveremos
Volveremos otra vez
Volverán los Falcon verdes
como en el setenta y seis.

Después de despedirse del flaco, el guionista de cómic y su amigo Pato caminaron hasta la rambla y se sentaron a ver como el sol subía sobre el mar, hasta recuperar sus sonrisas etílicas.
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo La trepidante vida del guionista de cómic

Hijita & Hijito #1

La vida misma de lo que sería una familia
 


 

Hijita entra en un mega-supermercado en diciembre y, observando con la boca abierta la decoración y los productos, exclama:
– Aaahhhhh… ¡La Navidad estaba acá!

 


 

–¡Quiero sandía! –grita Hijita en la mesa.
–Bueno –dice Papá–. ¿Sabés las palabras mágicas?
–¡¿Um?! –dice Hijita abriendo mucho los ojos.
Está sorprendida por la invocación al ocultismo. Busca una explicación en la mirada de Mamá, pero Mamá se limita a sonreírle. Entonces vuelve a mirar a Papá y arriesga:
– ¿Mickey Mouse?

 


 

Los Reyes les traen regalos solo a los niños que se portaron bien, y a los que se portaron mal les traen carbón. Hijita se entera de este detalle justo en el anochecer del 5 de enero.
–¿Yo me porté bien? –quiere saber inmediatamente.

Su carita, que acaba de pasar de radiante a consternada, a decepcionada, a aterrada, delata que cree estar en problemas. Pero Papá la tranquiliza, le dice que, “en general”, se portó bien y eso es lo que cuenta.

Al día siguiente, Hijita descubre que los Reyes dejaron tres paquetes. Los dos primeros contienen juguetes. Fenomenal. Pero en el último paquete hay tres pequeñas piezas de carbón vegetal.

–Esto debe ser para vos –dice Hijita, mirando a Papá. Y agrega–: Para el asado.

 


 

Hijito ya tiene más de dos años. Oficialmente, ya no es un bebé. Es un nene y está muy feliz con su nuevo estatus. Tan feliz que, para reforzar el logro, para que a nadie se le ocurra discutírselo, está empeñado en demostrar que puede valerse por sí mismo.

–Yo solo –reclama, ante la tarea que sea– ¡Yo solo!

Y pobre del desprevenido que intente ayudarlo a subir a la silla, a poner chocolate en la leche o a lavarse la cabeza. Pobre de ese buen samaritano. Porque Hijito tiene el poder del Chillido Infernal y no hay tímpano que aguante sus pataletas.

–¡YO SOLOOOOOOOOOOOOOOOO!

Por eso ahora la familia llega a todos lados treinta y siete minutos tarde, que es el tiempo que tarda un bebé en ponerse los calzoncillos al revés.

 


 

La calesita de la República de los Niños gira más rápido que la de la plaza de Turdera. Y el caballo no se queda quieto, sube y baja, sube y baja. Hijito está francamente nervioso con estas novedades. Se agarra del brazo de Papá, tenso, y cuando ya no aguanta más, grita:
–¡Aballo no!
–Canguro entonces, que no se mueve –sugiere Papá. Y sin esperar respuesta, levanta a Hijito y lo deposita sobre un marsupial verde con pintas amarillas.
–¡Gancuro no! –grita Hijito con el gesto contraído, al borde del llanto.
Papá alza a Hijito en brazos y señala una calesita menor, de esas de volante, que hay sobre la calesita mayor, que sigue girando.
–¡Los dos ahí! –exclama.
Hijito acepta aliviado que Papá lo instale en la calesita menor. Y acto seguido, Papá descubre que él no cabe.
Pero sube igual. Se convierte en un ovillo ridículo, con el culo en el aire, y aguanta así media vuelta, hasta que decide buscar una opción menos dañina para su espalda y su dignidad. Estira una pierna hacia afuera. Busca hacer pie en el suelo de madera del la calesita mayor, pero tanto giro sobre giro, ha trastocado su sentido de la orientación. El suelo ya no está ahí.
Papá no sabe qué está pasando. O mejor dicho, lo sabe pero no puede creerlo.

“¿Me estoy cayendo de la calesita?”, se pregunta, azorado, antes del impacto.

 


 

Hijita empieza a contar.

–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, catorce, cincuenta, noventa, ochenta…

Hijito corre a toda velocidad y se sienta detrás de una planta que oculta una parte ridículamente escasa de su redondita anatomía. Es un mal escondite, pero eso no le importa porque sabe un truco fenomenal. Conoce el secreto de la desmaterialización. Sabe desaparecer.

–¡Ahí voy! –grita su hermana, desde la piedra.

Sentado detrás de la planta, Hijito inclina la cabeza hacia adelante y se tapa los ojos con las manos.

 


 

–¡Mirá! ¡Maquita Sanatonio! ¡Mirá! ¡Mirá! ¡Mirá! ¡Maquita Sanatonio, Papá! ¡Maquita Sanatonio! –grita, señalando a un coleóptero.

Nadie aprecia como Hijito los pequeños detalles de la vida.

 


 

Ruta y campo infinito a los costados. Hijita mira por la ventanilla del coche y ve unas vacas echadas al pie de un molino.

–Puede ser que el molino sea el ventilador de la vacas –reflexiona en voz alta.

 


 

Hijita señala el cadáver de un lechoncito mamón, que cuelga de un gancho, abierto en canal.

–¡Pobre chanchito! ¡Lo mataron! –dice.

Papá quiere regresar diez minutos hacia el pasado, al momento en que tuvo la genial idea de pedirle a una nena de cuatro años que lo acompañe a la carnicería.

 


 

Un coche puede ser cánguelo. Un meteorito puede ser cánguelo. También pueden ser cánguelos un gatito de cerámica, una araña y un sillón. Hasta la abuela puede ser cánguelo.

Cánguelo es una gran palabra. Sirve para todo. Hace un mes que Mamá y Papá se mueren por saber qué significa.

–Cánguelo e… ¡cánguelo! –contesta Hijito cada vez que le preguntan.

 


 

Ni bien sale de la juguetería, Hijita clava el mentón en el pecho y enarca la cejas.

–Yo no quería regalarle eso –dice, aludiendo al kit de arte que compraron para el cumple de Amiguita.

–Pero si te pregunté… –se excusa Papá, angustiado –. ¿Por qué me dijiste que sí?

–¡PORQUE VOS QUERÍAS, TONTO! –estalla Hijita, más furiosa de lo que ya estaba por tener que andar explicando obviedades.

–¿Y que querías regalarle? –interviene Mamá, que esperaba afuera con Hijito.

–Algo más distinguido –dice Hijita,

–¿Cómo es algo más distinguido? –quiere saber Papá, mientras se pregunta de dónde diantres habrá sacado Hijita el adjetivo.

Hijita se desinfla. Exhala la furia con un suspiro de resignación. Y dice:

–Algo de princesas…

 


 

–¿Jugamos a la secretaría? –propone Hijita.

–¿Secretaría de qué? –pregunta Papá, perplejo ante el insospechado y precoz perfil burocrático que manifiesta su primogénita.

–Es así –explica Hijita– Uno le dice un secreto a otro, y otro a otro y a otro, y el último lo dice.

 


 

–Es lindo ser viejo, porque tenés la piel finiiiiita y llena de arrugas. Y de las arrugas salen ideas. Pero para que salgan tenés que creer mucho y estar siempre cerca de tu huerto –dice Hijita.

 


 

–Mañana es un día de las Islas Malvinas. Son dos pedacitos de tierra así –dice Hijita, a la salida del jardín, mostrándole a Papá los dedos índice y pulgar de su mano derecha separados por apenas un centímetro–. Pero otro planeta los quiso… ¡Y se armó una guerra! Y los pedacitos se cayeron al mar.

 


 

–¡Vos sos un catástrofe! Sos un lío para usarte como hermano –amonesta Hijita a Hijito.

 


 

Hijita se viste sin consultar ni pedir ayuda: medibacha rosa pálido, minifalda verde con flores amarillas, blusa blanca con volados, cangurito de plush en rosa estridente, zapatos a juego y, colgando con elegancia de un hombro, la cartera de cuero negro que le regaló la tía. Así baja de su habitación, lista para ir al museo a ver esqueletos de dinosaurios.

Dicen las seños que la sala de cuatro es la adolescencia del jardín.

 


 

–No sabía que McDonald’s era tan cortito. ¡Es solo un restaurant con un pelotero! –dice Hijita.

 


 

Había una vez unos bomberos que tenían un jefe. Y le dieron de comer muuuuuucho, muuuuuucho al jefe. Y se le puso la panza goooorda, gooooorda, y después de un tiempo, nació un bebé bombero. Y le dieron el unifooooorme, las booootas, el caaaaaasco. ¡Y aprendió a usar la manguera!

“Un cuento de bomberos”. (Contado por Hijita contado a Papá horas después de visitar el cuartel)

 


 

“¡Manuel Belgrano! ¡Manuel Belgrano! ¡Manuel Belgrano! Es lo único que dicen. Todas las seños están enamoradas de Manuel Belgrano! Pero no hay un Manuel Belgrano para cada una”, comenta Hijita fastidiada.

Se adivinan intensos los preparativos para la fiesta del día de la bandera.

 


 
–Papá… ¿Sabés qué se puede hacer con un papel?

–¿Qué, Hijita?

–Arte.

 


 

“Cuando vos te muras, voy a caminar por la calle solo”, dice Hijito, con una chispita de ansiedad en los ojos.

 


 

Hijito le pone los puntos a Mamá: “Tu papá no es mi abuelito. Mi abuelito es tu papá”

 


 

“¡Fue sin querer! ¡Fue sin querer!”, se desgañita Hijita para que su descargo se oiga sobre el llanto de su hermano. “Él vino con una cara de malhumor horrible y yo no me pude aguantar y le pegué”

 


 

Hijito está pitando la boquilla de un inflador.

–¡Fumás como una niña! –le grita Hijita–. ¡Tenés que fumar como un hombre!

Queda cancelado el proyecto de sustitución de la insufrible Casita de Mikey Mouse por aquellos buenos viejos cortos clásicos.

 


 

“¿Todo todo todo todo todo todo todo tooooooooodo tiene nombre? ¿O hay algo que no tenga nombre?”, pregunta Hijita.

 


 

–¿Estás nervioso?

–Un poco, la verdad.

–Cuando estás nervioso tenés que relajarte.

–Me encantaría, Hijita, pero no puedo porque tengo que estar acá luchando con ustedes para que se laven los dientes, se pongan el pijama y se metan en la cama.

–¡Ah, claro! Tendrías que haber aprovechado para relajarte cuando no tenías hijos.

 


 

–¿Por qué al nacimiento de Jesús le dan tanta importancia y al resto no?

–Porque dicen, dicen, que Jesús fue muy bueno y por eso se hizo muy famoso. Pero no estoy seguro de que sea verdad, Hijita. Es más, sospecho que es mentira.
–¡A mí lo que me parece mentira es que los padres vivan en un establo con un buey y una vaca!

 


 

–¿Cómo es? Explicame –dice Hijito.

–Bueno. ¿Viste cuando mamá dice que hizo milanesas de cerdo? En realidad eso es un cerdo que lo mataron, le sacaron la piel y la carne, lo destrozaron todo chiquito y se lo dieron al supermercado. Entonces van las personas y lo compran para hacer la comida –dice Hijita.

–¿Por qué matan al cerdo? –se intriga Hijito.

–Bueno. Porque hay animales que ya no nos interesan mucho y entonces podemos cazarlos y sacarles la carne, la piel y los huesos y todo –expone Hijita.

–¡Yo quiero cazar un cerdo! –se emociona Hijito.

–Si querés, cuando seamos grandes, casarnos no porque los besos en la boca no me gustan, pero podemos ser novios y salir a cazar cerdos juntos –concede Hijita.

 


 

–¿Quién quiere churros?

–¡YOOOO! –grita Hijito, levantando la mano todo lo que puede. Y sin bajar la mano, agrega– ¿Qué es churros?

 


 

–Me gustaría tener un pedazo de persona muerta para investigarlo –comenta Hijita.

 


 

En el parque hay unos grandulones (de seis y siete años) que no lo dejan tranquilo.

–¡Ya van a ver! –les grita Hijito con el ceño fruncido y el índice en alto– ¡Los dibujaré tristes!

 


 

Hoy Hijito tiene puesto un traje rojo y azul, con capa, y un triángulo amarillo en el pecho.

–¡Soy Queso, el superhéroe! – grita marcando pectorales.

 



 

2 comentarios

Archivado bajo Hijita & Hijito