Archivo de la categoría: La trepidante vida del guionista de cómic

Villanos de siete

En el parque del pueblito catalán, hay dos niños de siete años que eligen la senda del mal; uno, el jefe, porque cree que así obtendrá la atención que sus padres no pueden darle. El otro, fiel esbirro, porque seguir a su amigo le evita la fatiga de pensar por sí mismo. El jefe está siempre acompañado por su abuelo, que se siente explotado y trabaja a reglamento; vigila lo justo mientras charla de fútbol con quien se acerque (con el guionista de cómic siempre habla de Messi, ese otro argentino). El fiel esbirro va al parque con su madre, que tiene un bebé y una adicción al tabaco que acaparan toda su atención. El dúo de villanos opera a gusto; su arma es la pelota de fútbol y su ataque preferido consiste en pegarle pelotazos a los que no saben o no pueden devolverlos, categoría que incluye a la hija mayor y al hijo mediano del guionista de cómic.

La consorte del guionista intenta dialogar en varias ocasiones con los villanos. No atienden argumentos positivos así que llega, incluso, a amenazar al jefe con elevar el caso a sus ausentes padres. “¿Y a mí qué? ¿Y a mí qué?” contesta el jefe desafiante, con una sonrisita de mala leche. Entonces llega el día en que, tras un ataque especialmente cruel (con arena, no pelota) la consorte de guionista pierde la paciencia. Grita. “Si has gritado por algo será” la apoya la madre del esbirro para evitar la fatiga de retar ella misma a su hijo. “Son cosas de críos” opina el abuelo del jefe. Queda claro que no se puede contar con los tutores para solucionar el conflicto.

Los ataques siguen y un viernes, el día que todo el pueblo confluye en el parque a la salida de la escuela, el guionista de cómic decide tomar cartas en el asunto. Pero nada de estrategias dialoguistas; a su entender, los villanos necesitan un tratamiento de shock que los rehabilite de golpe. ¡BANZAI! El guionista ataca por sorpresa mientras los villanos juegan al fútbol; roba la pelota con los pies y gambetea sus esfuerzos por recuperarla. “Como a ustedes les gusta tanto molestar a los chiquitos”, les informa, “yo los voy a molestar un rato a ustedes”. Lamentablemente, su habilidad con la esfera es tan escasa que el castigo dura poco; el jefe de los villanos (curtido futbolista infantil) le saca pronto la pelota. Pero a último momento el guionista logra puntearla, enviándola relativamente lejos. “¿A que jode?” pregunta con una sonrisa de mala leche.

¡JA! Vuelve triunfal el guionista a la zona del parque donde se agrupan los adultos. Ancho de satisfacción, le informa a su consorte que la operación ha sido un éxito: el mensaje fue transmitido con la mayor claridad. Pero… dura apenas un minuto el embriagador aroma de los laureles. Transcurrido ese tiempo, el guionista nota que el abuelo del jefe de los villanos viene caminando directo hacia él. Ay, ay, ay. ¿Lo habrá visto actuar? ¿Se enfrenta a una escalada a nivel adulto del conflicto? ¿Será señalado por las calles del pueblo, a partir de ahora, como el imbécil que se mete con los niños? No puede ser; la operación fue discreta; un juego, vista de afuera. El abuelo, además, no parece enojado; avanza con andar distendido y una media sonrisa en la cara. No viene a decirle, en su acento castizo, que es un gilipollas de cuidado. Que no cunda el pánico.

“¿Qué pasó anoche con Argentina?” pregunta el abuelo, ya frente al guionista, mateniendo la media sonrisa. El guionista sufre un instante de desconcierto antes de darse cuenta de qué habla: anoche Argentina perdió tres a cero contra Brasil por las eliminatorias del mundial. Resopla, el guionista, para expresar que no tiene palabras que expliquen la mentada desgracia futbolística. Entonces la media sonrisa del abuelo comienza a crecer; crece, crece y crece hasta transformarse en una sonrisota de mala leche.

 
 
 

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Pulpo en el patiecito

Tiene un particular pasatiempo el guionista de cómic; consiste en aguantar la respiración debajo del agua. Los sábados por la mañana, con obsesiva regularidad, acude a un punto muy específico del mar que llama el patiecito y realiza un ritual siempre idéntico: baja hasta al fondo; aguanta; sube; recupera; vuelve a bajar.
 
En esta ocasión, hay un pulpo en el patiecito; intenta ocultarse en una roca, rodeada de arena y sin huecos, que le da muy pocas garantías. El octópodo, por supuesto, es consciente de su precaria situación; por eso observa con espanto la llegada al fondo de un mamífero de tamaño amenazante. Pero, en principio, no tiene nada que temer: el guionista de cómic ama a los octópodos; se identifica tanto con ellos que su contraseña de Dropbox comienza así: pulpode
 
Baja; aguanta; sube; recupera; baja. Y si bien el pulpo nunca deja de vigilarlo atentamente, el espanto de su mirada se atempera; no puede sospechar que muy cerca se mueven tres pescadores submarinos (¡Armados con letales arpones que se disparan con un sistema de gomas!). Mucho menos puede imaginarse el pulpo que el guionista de cómic, un poco harto ya de la soledad de su ritual (que va por su tercer año), fantasea con tener un grupo de amigos del mar que sean de su misma especie.
 
¿Y si lo entrego? Eso sería entrar a lo grande en su nuevo entorno social. Ya se ve compartiendo cervezas y anécdotas marinas con los pescadores mientras disfrutan de un exquisito pulpo a la gallega. ¡Ay, ay, ay! Qué encrucijada. Porque todo sea dicho: el guionista ama a los octópodos y jamás matará a uno con sus propias manos; pero, cuando los encuentra sobre un plato, ya muertos y rebanados, les entra con afán insuperable.
 
–Ey, qué tal –saluda de pronto uno de los pescadores, de paso por el patiecito, sacando al guionista de su red de pensamientos.
 
–Qué tal –devuelve el saludo el guionista y hace la reglamentaria pregunta de camaradería–: ¿Hubo suerte?
 
–Nada –dice el pescador–. ¿Tu has visto algo?
 
¡Ay, ay, ay!
 
Un rato más tarde, ya acabado el ritual, mientras come una manzana sentado sobre las rocas de la costa, más solo que loco malo, el guionista de cómic se pregunta qué especie será la suya.

 
 
 

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Desafío a muerte en el bosque

Hay una bolsa de plástico azul enredada en una rama caída, en el bosque. El guionista de cómic piensa que quizás debería recogerla y trasladarla hasta un contenedor de basura, pero no lo hace; sigue corriendo. La escena se repite puntualmente dos veces por semana, y en algún momento el guionista empieza a preguntarse cuánto tiempo puede durar la bolsa enredada en esa rama sin que el viento, alguien más preocupado que él por el medio ambiente o un jabalí con extravagantes costumbres alimentarias la haga desaparecer. El pensamiento se transforma en un juego: ¿estará o no estará? se pregunta el guionista cada vez que sale a correr por el bosque; y apuesta siempre en contra del plástico.
 
Pasan dos años y la bolsa azul sigue ahí, haciendo inevitable que un lúgubre y obvio interrogante se instale en la mente de nuestro héroe: ¿y si yo desaparezco antes? El juego es ahora un desafío a muerte en el cual, dada su constitución biodegradable, tiene todas las de perder.
 
 
 

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Un señor disfrazado

Un nuevo espisodio de la trepidante vida del guionista de cómic

Ya cumplió cuarenta el guionista de cómic; es un señor maduro. Por eso mismo, calcula, el policía lo selecciona entre los candidatos. Porque… ¿Qué hace un señor maduro bajando de un tren a media mañana, ataviado con unos vaqueros gastados y una gorra de béisbol? ¿Por qué no está en la oficina o detrás del mostrador de su comercio como el resto de los señores maduros? Y sobre todo, ¿qué lleva en esa sospechosa mochilita? Un ladrillo de hachís, como mínimo. Los señores maduros que no se dedican al tráfico de drogas o similares felonías no usan mochilita.

–Me permite la documentación, caballero.

El guionista de cómic está bajando del tren justamente para ir a recuperar sus documentos y los de su consorte que, por esas cosas de la vida, están en la camioneta de su suegro.

–Em… no tengo nada.

A continuación, y a pedido del policía, el guionista de cómic se embarca en la explicación de porqué no tiene los documentos y, todo sea dicho, le sale demasiado desordenada para tratarse de alguien que se dedica profesionalmente a contar historias.

–Permítame la mochila por favor.

–Toda suya.

Mientras el servidor de la ley revuelve sus efectos personales, el guionista (que por fuera es un ciudadano perplejo y ansioso por colaborar con la justicia) se pregunta por dentro si es legal (o de buen gusto) que un señor disfrazado ande tocando sus cosas.

El policía saca de la mochila un carnet de Banfield, un DNI y un registro de conducir; toda documentación caduca, expedida hace más de veinte años en Argentina (estamos en Mataró, provincia de Barcelona), que el guionista no recordaba tener porque hace siglos que no usa esa mochila.

Sin duda, el sujeto es cada vez más sospechoso.

–¿Algún problema con la policía en el pasado? –pregunta el agente.

La mente del guionista entra en flashback. Recuerda, en sepia, la caricia de una tonfa policial sobre su lomo y el posterior traslado a la comisaría de Temperley, sentado sobre el regazo de otro disconforme y beodo detenido (porque el patrullero ya estaba lleno). También recuerda sus dedos manchados de tinta negra y pegajosa, después tocar el pianito. Todo, por hablar de más.

“¿Cruzarán datos la Bonaerense y los Mossos?”, llega a preguntarse. ¡Ja! Cada ocurrencia tiene el guionista.

–No, ningún problema en el pasado –dice. Y luego propone:– ¿Le digo mi DNI de aquí? –. (Por DNI quiere decir NIE: Número de Identificación de Extranjeros).

–Por favor.

El policía lleva una mano al bolsillo de su camisa, saca una bolsita con dos cogollos de marihuana y el olor penetrante de la hierba invade las fosas nasales del guionista que no puede creer lo que está viendo. Acto seguido, el policía saca una lapicera y un papel del mismo bolsillo, vuelve a meter la marihuana, y mira al guionista a los ojos esperando que le dicte el número.

Un millón de frases irónicas, de chistecitos cínicos, se agolpan en la punta de la lengua de guionista pugnando por escapar. Cosas del tipo: “¡Qué bueno que trajo usted porque yo venía reeeeecareta!”.

–Equis, tres, nueve, seis, ocho, nueve, dos, ocho, efe de Francia –dice el guionista.

No cabe duda, ya es un señor maduro.
 
 
 

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Amistad de borrachera

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic.

La dictadura era una cosa del pasado para el guionista de cómic, algo que no podía volver a existir, como los dinosaurios, por decir algo. Pero hace unos seis o siete años cambió de idea.

Hace unos seis o siete años el guionista y su amigo Pato estaban en Mar del Plata, recién salidos de un boliche y todavía con mucho alcohol en sangre por quemar. Empezaba a amanecer y la gente se volvía a su casa. Ellos pululaban por ahí, mirando la escampada, luciendo unas espléndidas sonrisas etílicas.

En eso pasaron unas chicas seguidas por un flaco que las venía tratando de convencer de algo (no es difícil imaginar de qué). Las chicas caminaban con la vista al frente, impertérritas como si el flaco no existiese. La situación les causó gracia al guionista y a su amigo Pato. Algo le dijeron al flaco que, como también estaba borracho, se paró a charlar.

Y pintó amistad de borrachera. Ji, ji, ji. Ja, ja, ja. Ju, ju, ju.

–¿Y qué hacés por acá solo? –preguntó el guionista en un momento.
–Estoy en la base –dijo el flaco.

CHAN…

Esto era en la calle Alem, a escasas cuadras de la base naval del Mar del Plata. El flaco era alto, atlético y estaba rapado. Sin traicionarlo por fuera el guionista y su amigo entraron en modo defensivo. Pero se morían de curiosidad.

–¿Cómo te tratan ahí? –preguntó Pato.
–Bien, bien… –dijo el flaco– Está lleno de locos… pero yo hago la mía.
–¿Locos? –preguntaron al unísono Pato y el guionista.
–Sí… mis compañeros –dijo el flaco–. Están relocos… ¿Saben lo que cantan, a veces, cuando salimos?

El guionista de cómics y su amigo Pato le pidieron al pibe que por favor les cantara lo que cantaban sus compañeros, a veces, cuando salían. Y el flaco cantó:

Volveremos, volveremos
Volveremos otra vez
Volverán los Falcon verdes
como en el setenta y seis.

Después de despedirse del flaco, el guionista de cómic y su amigo Pato caminaron hasta la rambla y se sentaron a ver como el sol subía sobre el mar, hasta recuperar sus sonrisas etílicas.
 
 

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No es lindo de ver

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic.

Dos años y medio con gorra. A todas partes, a toda hora, con gorra. Cenas familiares, actos escolares, presentaciones de libros, asados, partidos de fútbol, cine, teatro y cumpleaños. Hasta sale a sacar la basura con gorra. Dos años y medio rogando no tener un casamiento, un velorio o un bautismo porque por ahí pasan las coordenadas de su límite: de traje, ante un cajón o en una iglesia, considera el guionista de cómic, no se puede usar gorra.

Del “secreto” que oculta la gorra ya escribió en varias ocasiones así que lo resumiremos bien resumido para no aburrir: cuando se pone loco, en lugar de saltarle la térmica, le salta el cabello. Actualmente la parte de atrás de su cabeza luce como uno de esos campos ingleses que los extraterrestres usan de pista de aterrizaje. No es lindo de ver. Hasta su mujer, persona poco dada a dejarse llevar por las apariencias, le recomienda con gesto compasivo: “Ponete la gorra”.

Hay solo dos lugares, dos santuarios, en que el guionista de cómic se permite circular a cabeza descubierta: su casa y la casa de su madre. Pasa mucho tiempo con sus hijos en la casa de su madre. En verano, arma una pileta en el parque porque en su propia casa no hay lugar para hacerlo. Es un verano hermoso. Lo pasa con su cachorros retozando en el agua, ajenos los tres a lo que sucede más allá de la reja que separa el parque del mundo. Un reja que, por cierto, está convenientemente cegada por una lona, para preservar la privacidad.

Y unos cuantos meses después de aquel verano, recibe un mail perturbador. “¿Viste que salís en el Street View?”, le pregunta por escrito su prima, y precisa: “En el parque de la casa de tu mamá”. Con pulso tembloroso el guionista escribe la dirección en la casilla de búsqueda. Baja, de la estratósfera a Adrogué. Enfoca el frente de la casa. Es verdad. Ahí está, caminando hacia el interior y por lo tanto de espaldas al periscopio del cochecito de Google, mostrándole sus peladas al mundo entero.
 
 

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No creo que pueda

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic.
 
–Hay que hospitalizarla.
 
Upalalá. El guionista de cómic sintió una puntada simultánea en la billetera y el pecho, pero mantuvo la compostura y realizó los trámites correspondientes.
 
–Si quiere venir a verla esta tarde avíseme por teléfono –dijo la veterinaria cuando el guionista ya se retiraba, muy rudo él, sin despedirse de la paciente.
 
El guionista pensó: “Tremenda pelotudez sería visitar a un gato en el hospital”, y dijo:
 
–No creo que pueda.
 
Esto empezó hace más de un década. Él no quería. Bueno. En realidad, más que no querer no necesitaba. Ni siquiera comprendía por qué alguien mayor de ocho años podía desear una mascota. Él estaba muy feliz con su vida de joven cínico y narcisista. Pero su novia sí quería.
 
Al primero, el gato, lo fueron a buscar al refugio de animales. La gata hospitalizada llegó segunda. La compró el guionista mismo, un año más tarde, por veinte euros, como regalo para su novia que andaba diciendo que cuando son dos se entretienen entre ellos.
 
Y haciendo la historia corta, un día la novia se fue y no se llevó a los mininos.
 
El guionista de cómic afrontó entonces una nueva vida, lastrada por dos felinos comunes europeos. Se emborrachó en bares para olvidar mientras los gatos dormían en su cama, llenándola de pelos. Comenzó más tarde una nueva relación, con los gatos como silentes testigos. Se volvió a su país con los gatos en la bodega del avión. Se casó, tuvo hijos, y volvió a mudarse dos veces más de un país a otro con los gatos a cuestas, llegando sembrar la mierda del macho sobre la cinta de un escáner del aeropuerto de Barajas.
 
En todo ese tiempo, siguió diciendo que no quería gatos. Por no decir que no quería a sus gatos.
 
Hasta que Gilda dejó de comer y se puso amarilla.
 
Ya solo, en el coche, regresando a su casa del hospital veterinario, el guionista de cómic empezó a pensar que su gata estaba viviendo sus últimas horas. Esa gata que tanto le había roto las pelotas pidiendo caricias que jamás iba a darle, desgarrando sillones, desparramando basura, cagándose en el pasillo, maullando su celo a las tres de la mañana. Esa gata, su gata, se iba a morir sola en un desangelado cubículo hospitalario, sin ver un rostro conocido antes de enfrentarse al abismo. ¿Pero qué podía hacer ahora? Ya era demasiado tarde para empezar a quererla.
 
Y además ya había dicho: “No creo que pueda”.
 
Apenas entró en su casa, levantó el teléfono, marcó el número de la veterinaria, se identificó como el dueño de Gilda y dijo:
 
–Al final voy a pasar esta tarde porque mis hijos quieren verla.
 
 

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Pensamiento nacional

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic

Más o menos un mes antes de subirse al avión, empieza a mirarla. Una vez al día, en medio del febril acontecer doméstico-laboral, hace una pausa para dedicarle cuatro a cinco minutos de contemplación intensa. A la segunda semana de repetir el hábito y faltando dos para la partida, el guionista de cómic no tiene más remedio que aceptar que va a extrañar mucho a su parrilla.

En la casa donde vivirá, allende el Atlántico, hay un hogar donde se cocinaron infinitas paellas. Es hermoso; da el cobijo de una madre; su fuego calienta cuerpo y alma y hasta se puede asar en él, con gran comodidad, un buen pedazo de carne. El guionista de cómic sabe todo esto por experiencia, porque se calentó y asó en ese hogar al que quiere muchísimo. Pero no tanto como a su parrilla.

Modestita es. Hierro sobre ladrillo, abierta al cielo. Al costado tiene una mesadita preciosa, decorada con cerámica partida, obra de su consorte. Y pegado a la mesada crece el limonero más precoz y fecundo de todo el Gran Buenos Aires. El guionista memoriza el conjunto sabiendo que es irrepetible. Debe resignarse. Debe despedirse y lo hace, con bife de chorizo y tira de asado.

Basta de nostalgia decide unos días antes de subir al avión. Vamos para adelante. Tiene una idea que corre a comentarle a su consorte: construirá una parrilla en la casa de allende el Atlántico. Lo hará con sus propias y torpes manos de pianista que jamás han mezclado cemento. Buscará un tutorial en Youtube. Está hecho.
–¿Dónde de la casa? –se interesa su consorte.

“¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?” se fustiga y pincha los ravioles del avión que se alzan en bloque, como un blancuzco ladrillo. ¿Dónde? Se desespera hasta quedarse dormido. Y no sueña, pero bien podría haberlo hecho, con los recovecos de la casa allende el Atlántico, que fue construida por el abuelo de su consorte, que sí sabía mezclar cemento, y que ha estado habitada durante los últimos dos años, lo que son casualidades, por un inquilino argentino completamente desconocido para el guionista de cómic.

Y entonces el refucilo de un pensamiento brillante lo despierta en las heladas alturas de la oscura noche oceánica: “Ya sé”, piensa, “La pongo entre la escalera de afuera y el lateral de la cocina”. Es perfecto. El lugar tiene su privacidad y por la ventana de la cocina todo le puede ser alcanzado. Está tan feliz con su pensamiento que despierta a su cosorte para compartirlo. Y ella, mire qué ternura, en vez de insultarlo le autoriza la obra y le festeja el entusiasmo.

Finalmente llegan. Y apenas después de apoyar la valijas en el suelo, frente a la puerta de entrada, sin todavía haber puesto un pie adentro, el guionista da la vuelta a la casa para observar si el rincón elegido sigue tal cual lo recuerda.

Y no. No está igual. En el rincón ahora hay una parrilla, modestita, apenas hierro y ladrillo, construída por el inquilino anterior, el argentino desconocido.
 

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Puede haber un problema

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic

Una vez, cuando era adolescente, el guionista de cómic lloró en un estadio cordobés porque Banfield había errado dos penales seguidos en una definición por el ascenso. Pero al final Banfield ascendió, y el guionista, que se hizo adulto (o algo parecido) no volvió a sufrir colapsos emocionales relacionados con el deporte rey. Hasta una madrugada de domingo, en Barcelona, en que vio, a través de un sitio ilegal de streaming, a un pixelado Banfield salir campeón de la primera división del fútbol argentino por primera vez en su historia. Esa noche volvió a llorar, pero bajito, porque sobre su regazo dormía su hijita recién nacida. Y el arrebato no quedó ahí. Al día siguiente, el guionista llamó su amigosocio, hincha y residente de Banfield, para encargarle que comprara una casaca del campeón de talle infantil.

Cuatro años y pico más tarde, en Argentina, un sábado por la mañana, su hijita decidió vestir esa camiseta sin tener idea de que esa misma tarde Banfield, nuevamente descendido, podía volver a primera. El guionista observó la coincidencia y sonrió para adentro. Después, toda la familia subió al coche, en el que partieron hacia el Club Temperley para que la niña asistiera a su clase semanal de natación.

–No puede entrar con esa camiseta –dijo el señor de la puerta del Club Temperley.

El guionista de cómic soltó un risita, festejando la humorada.

–No… En serio te digo –dijo el señor con gesto compungido–. Puede haber un problema… Adentro hay un cartel y todo.

El guionista le sacó la camiseta a su hijita (que afortunadamente llevaba una segunda capa de ropa debajo) y volvió al coche para guardarla mientras el resto de la familia ingresaba al club.

“Si pregunta, ¿qué le digo?”, se preguntó el guionista de cómic, al verse depositando la camiseta en el baúl, para esconderla de los ojos de posibles ofendidos agresores. Ensayó mentalmente una respuesta: “Mirá, hija, lo que pasa es que los seres humanos, a veces, somos una manga de energúmenos hijos de puta capaces de usar cualquier excusa para odiarnos, no importa lo estúpida que sea… Por eso no pudiste entrar acá con tu camiseta”

– ¡Y menos con esa! –acentuó el señor de la puerta, haciendo referencia a la supuesta rivalidad propia de los vecinos futbolísticos, cuando vio pasar de nuevo al guionista.

“Ah… me olvidaba, hija. Sobre todo, sobre todo todo todo… nos gusta inventar excusas para odiar a los que tenemos más cerca, porque se parecen demasiado a nosotros y eso, ya que estamos hablando de fútbol, nos rompe soberanamente las pelotas”

Por suerte para el guionista, su hijita ya solo pensaba en nadar cuando se reencontraron. No hizo preguntas.

Esa tarde Banfield ascendió a primera y al guionista de cómic no se le cayó ni una lagrimita.


 

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El brillo perfecto

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic


Durante toda su juventud, el guionista de cómic consideró que lavar el coche era un desperdicio de precioso tiempo vital, algo que solo hacen los viejos para amenizar la espera de la muerte. Para solucionar el problema higiénico que tal creencia comportaba, muy de vez en cuando, dos o tres veces por año digamos, el guionista acudía a un lavadero comercial. Este truco le evitaba la sensación de estar desperdiciando vida ya que, mientras un grupo de excelsos profesionales lavaban su coche, en el bar contiguo, el guionista invertía su tiempo en la imprescindible lectura de alguna historieta.

Mas la fortuita combinación de dos factores hizo que lo impensable sucediera: a una mala racha económica, que convirtió en lujo el lavado profesional, se sumó a una funesta racha mecánica que hizo que el guionista comenzara a pensar que su coche necesitaba un poco de amor de dueño. Entonces, como ritual de sanación, el guionista aspiró los millones de migas de galletitas que sus crías habían regado en el interior del sufrido sedán; quitó el polvo a los infinitos recovecos del tablero; lavó las alfombras; y bañó con detergente y esponja el exterior de la carcaza, para luego secarlo con suma dedicación. Finalmente, el guionista utilizó un lustramuebles siliconado en aerosol, que era lo que tenía a mano, para darle a su coche un brillo profesional, por fuera y por dentro.

Las desgracias mecánicas dejaron de acontecer. Sin embargo, el guionista continuó realizando el ritual, cada vez con mayor frecuencia, a pesar incluso de haber experimentado una leve mejora económica que le hubiera permitido recurrir a los profesionales. “Me estoy poniendo viejo”, pensó una tarde del pasado verano, al darse cuenta de que no solo estaba lavando el coche sino que además lo estaba disfrutando.

Porque así era, ¡disfrutaba! Del proceso y sobre todo del gran final: ese primer paseo en un vehículo brillante y perfumado con el delicioso y dañino aroma químico del lustramuebles siliconado. Ese aroma que simbolizaba el triunfo de la voluntad, ¡su voluntad!

Y movido por tanto gozo, el guionista comenzó a utilizar cantidades cada vez mayores del producto abrillantador, hasta llegar a una tarde en que gastó un aerosol entero en conseguir el brillo perfecto.

A la mañana siguiente de aquel glorioso lavado, el guionista de cómic no pudo disfrutar del aroma de sus tostadas porque aún llevaba pegado en la nariz el penetrante perfume del lustramuebles. Entonces, como iluminado por un relámpago de cordura (o demencia ¿quién sabe?), comprendió que, más que viejo, se había vuelto adicto a la química.

Y se puso contento.
 

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