Archivo de la categoría: Escritura automática

Lo que sale, como sale, en el momento en que sale.

Alta definición

Tengo un amigo que para ver el mundial se compró el televisor más grande y con mayor definición que el mercado puede ofrecer. Tanta definición tiene el aparato que, durante la ceremonia inaugural, mi amigo alcanzó a ver el alma de la FIFA reflejada en los ojitos de Joseph Blatter. ¡La descompostura que se agarró! Estuvo dos rondas enteras en el baño y cuando al fin salió tiró el televisor a la basura porque le daba miedo volver a encenderlo. Se quedó sin tele y sin mundial el pobre. Le quedó, de recuerdo, la deuda en cuotas que va a terminar de pagar cuando empiece Rusia 2018.
 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Escritura automática

Velocistas de la vaina

(cumbia)

Letra: Amétrico Sordera
Música: “No me arrepiento de este amor”, de Gilda.

 

Me corre con la vaina el seguro.
Me corre con la vaina la prepaga.
Me corren con la vaina y yo procuro
perder esa triste carrera aciaga.

Me corre con la vaina la garita
Me corre con la vaina el noticiero
Me corren con la vaina, piden guita.
Ávidos cuervos de fatal agüero.

Velocistas de la vaina,
su energía nunca amaina,
pero a mí me chupa un reverendo bledo.
Cuando quiero comprar miedo,
compro uno de Stephen King
y voy de rojo a la popu de Racíng.
 

(repite vueltas a gusto)

 


 

Deja un comentario

Archivado bajo Escritura automática

La secretaría

 
–¿Jugamos a la secretaría? –propone Hijita.
–¿Secretaría de qué? –pregunta Papá, perplejo ante el insospechado y precoz perfil burocrático que manifiesta su primogénita.
–Es así –explica Hijita– Uno le dice un secreto a otro, y otro a otro y a otro, y el último lo dice.
 

Deja un comentario

Archivado bajo Escritura automática

Capítulo quichicientosuno

de las Crónicas de la Alopesía Areata

–¡Phosphorus! Gran remedio –dice el Doc a modo de despedida.

Lo encargo esa misma tarde y al día siguiente comienzo tomarlo en la dosis indicada. Diez bolitas, todas las noches, antes de dormir. Religiosamente. Con fe.

Pasan algunos días y no es que pierda la fe, pero empiezo a preguntarme si debería sentir algo. El ruido del pelo creciendo, por ejemplo. O algún tipo de picazón, en el cuero cabelludo o en el espíritu.

No siento nada.

Hasta que, a dos semanas de iniciado el tratamiento, me miro a la cara en el espejo del baño y, en un arrebato, me rapo a cero. Descubro mis peladas. Las acaricio. Sospecho que estoy haciendo un ritual de renovación, pero no puedo asegurarlo.

–No te va gustar –dice mi consorte, cuando finalmente acepta tomar una foto de la parte posterior de mi cabeza–. Es el mapa de Europa.

Tiene razón. No me gusta.

Pero un día más tarde, mirando nuevamente la foto, caigo en que el mapa no es de Europa. Mis peladas son islas. Forman un archipiélago. El mapa es de Oceanía.

Y siento ganas tatuarme la cara al estilo maorí y dedicarme a la pesca del tiburón. Hasta me veo capaz de convencer a mi consorte de mudar la familia a la Polinesia.

¡Phosphorus! Gran remedio.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Escritura automática

Capítulo quichicientos

de las Crónicas de la Alopesía Areata

Desahuciado por la medicina occidental, me vuelco a oriente. Mi consorte consigue el dato: hay un homeópata buenísimo acá al lado, en Burzaco. Pido turno y asisto con esperanza pero sin comprar milagros por adelantado.

–¿Qué pasó? –inquiere el doctor, después de ofrecerme asiento.

Para mi sorpresa no se parece en nada a un faquir, ni a un monje shaolin, ni a un hippie. Es un señor atildado, de pelo blanco y diplomas en la pared, que me trata de usted.

–Eeeemmm–digo, porque no sé por dónde empezar. Y como una imagen vale más que mil palabras, me saco la gorra, le muestro la pelada grande y agrego–: Vine por esto.

Y empiezo a contarle mi relación con la calvicie espontánea. La primera vez fue, más o menos, máaaaas o menos, cuando tenía trece años. Una pelada chiquita. Una risa comparada con la actual. Y no tengo idea de por qué apareció. Y bla bla bla bla.

El doctor escucha. Mete preguntas acá y allá. De vez en cuando, tira de un hilo que le interesa. Me deja hablar. Y parece que es justo lo que necesito porque vomito décadas de vida sobre el escritorio, casi sin tomar aire.

–¿Es caluroso o friolento? –me sorprende en una pausa.
–Diría que ni lo uno ni lo otro –dudo.
–¿Transpira mucho?
–Como un chancho envuelto en plástico –digo.
–Bien –dice–, preparándose para escribir en su recetario–. Esto se cura.
–Es la primera vez que me lo dicen –digo.

Y ya me cae tan bien el Doc que termino de abrirme como una tierna florecita con la primera caricia del sol.

–Me gusta estar bajo el agua –confieso–. Práctico buceo en apnea.

Le cuento un poco de qué va la cosa porque quiero darle todas las claves para curarme. Y hablar sobre mi pequeña perversión me produce cierto orgullo deportivo. Pero temo que el doctor, al imaginarme sentado en el fondo de la pileta de un club de barrio, lastrado con plomo, concluya que soy un loco peligroso y me entregue a las autoridades competentes.

–Lo entiendo perfectamente. Yo desde chico practico la apnea –dice el doctor, cuando me callo. Y precisa–: Pero en seco.

Costó, pero encontré a mi médico de cabecera.
 

Deja un comentario

Archivado bajo Escritura automática

El adjetivo

 
Ni bien salen de la juguetería, Hijita clava el mentón en el pecho y enarca la cejas.

–Yo no quería regalarle eso –dice, aludiendo al kit de arte que compraron para el cumple de Amiguita.

–Pero si te pregunté… –se excusa Papá, angustiado –. ¿Por qué me dijiste que sí?

–¡PORQUE VOS QUERÍAS, TONTO! –estalla Hijita, más furiosa de lo que ya estaba por tener que andar explicando obviedades.

–¿Y que querías regalarle? –interviene Mamá, que esperaba afuera con Hijito.

–Algo más distinguido –dice Hijita.

–¿Cómo es algo más distinguido? –quiere saber Papá, mientras se pregunta de dónde diantres habrá sacado Hijita el adjetivo.

Hijita se desinfla. Exhala la furia con un suspiro de resignación. Y dice:

–Algo de princesas…

 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Escritura automática

Tienes un e-mail

Tienes-un-e-mailPrimero quisiera aclarar que esto pasó hace muchos años, cuando el correo electrónico todavía conservaba algo de la dignidad heredada de la carta tradicional. Recuerdo que escribí el mail en la oficina, clandestinamente, porque en casa no tenía conexión a Internet.

Había pasado toda la noche anterior discutiendo con mi conciencia, intentando hacerle entender que era lo mejor para todos. Pero no había logrado convencerla y la discusión había terminado a los gritos. Estábamos peleados a muerte. Sin embargo, antes de hacer el clic irreversible, me hice un café, y mientras lo tomaba a sorbitos cortos, volví a sacar el tema.

Mi conciencia fue tajante:

–No podés ser tan cagón.

A la Destinataria, la había conocido en un bar. Después, habíamos salido juntos unas cinco veces, siempre dentro de un tradicional y rígido esquema de cine y cena. Nada demasiado jugado. Nada que implicara ser nosotros mismos. El problema era que en un par de esas ocasiones, después del cine, en mi departamento, habíamos alcanzado un nivel de intimidad que según mi conciencia demandaba, sí o sí, una ruptura cara a cara.

Pero yo estaba convencido, o al menos intentaba estarlo, de que mi voz interior se aferraba a una forma antigua de hacer las cosas. A una forma obsoleta. Si la tecnología me ofrecía una manera moderna, veloz y discreta de solucionar el problema, ¿por qué iba a hacerlo de manera lenta y trabajosa, citando a la Destinataria en un bar solo para decirle adiós? ¿Por qué no ahorrarle el viaje, el mal momento en público, el amargo regreso a casa?

–Si yo estuviera en su lugar –argumenté– preferiría que fuera así.

–¡Mentira, forro! –dijo mi conciencia, intratable.

Y yo lo había dicho seriamente, porque estaba seguro de que la Destinataria no sentía por mí más de lo que yo sentía por ella. Un aprecio. Un sentimiento que estaba apenas por encima de la empatía natural que todo ser humano debería despertarnos. De hecho, estaba convencido de ser un mero paliativo en su historial amoroso. Un objeto –o sujeto en este caso– de transición, como las mantitas que usan los bebés para dormir sin extrañar la teta.

–Es tan cálido, musical… –había elogiado ella mi acento, en una de nuestras salidas.

Acto seguido, se había puesto a hablar de una forma demasiado intensa de su exnovio, un tipo con el que, sospechosamente, yo compartía la condición de extranjero, la nacionalidad y, por supuesto, el deje.

Pero no era solo esa condición de sustituto la que me había llevado a tomar la decisión. Además, la Destinataria y yo siempre salíamos del cine con opiniones enfrentadas de la película. Y por si eso fuera poco, yo llevaba doce horas enamorado de otra mujer, la que había dormido plácidamente a mi lado esa noche, por primera vez, mientras me peleaba con mi conciencia. Era una compañera de trabajo que, en ese mismo momento, me sonreía desde su puesto ubicado a escasos metros del mío.

–Quiero hacer lo más sano –dije.

–¡Querés hacer lo más fácil, maldita alimaña sin agallas! –me escupió mi conciencia a la cara–. Al menos tené la decencia de llamarla por teléfono

La mera sugerencia me pareció indecente. Imaginé la fría comunicación a través de una línea telefónica. Mis lamentables balbuceos. El torpe recitado de una palabras ensayadas previamente. Nada que ver con el cálido y extenso mensaje de correo electrónico que había escrito, rebosante de ternura, en el que exaltaba las maravillosas virtudes de la Destinataria, le agradecía por haberme permitido ser parte de su vida, y cargaba sobre mis hombros toda la responsabilidad del fracaso.

–¿Sabés qué? –le dije a mi conciencia, cansado ya de su actitud– ¡Andá un rato a la concha de tu madre!
 
Y sin volver a pensarlo, hice clic en Enviar.

Me arrepentí diez minutos más tarde, cuando mi teléfono celular empezó a saltar y hacer ruido sobre el escritorio. Era un modelo viejo, sin identificador de llamadas. Pero no me hacía falta ninguna tecnología para saber quién me reclamaba. Me quedé mirando como el aparatito se desplazaba sobre el linóleo, hasta chocar contra la taza de café ya vacía.
 
–¿No vas atender? –preguntó mi conciencia.
 
Su voz ya no tenía el tono belicoso de antes, sonaba seria, distante y helada. Entendí que me estaba dando la última oportunidad, que estábamos a un tris de separarnos para siempre. Y atendí el llamado, mientras la mujer que había dormido conmigo, la compañera de trabajo que acaba de ascender a compañera a secas, me miraba a los ojos y volvía a sonreír.
 
Esperaba una catarata de insultos, un fusilamiento con mierda sin rastro de honor. Pero lo que pasó fue mucho peor.
 
–¡Che, boludo! ¿Cine y cena esta noche? –dijo la Destinataria, imitando mal mi acento, con un chorro de voz alegre y cristalino que me dejó clarísimo que todavía no había leído el mail.
 
Entonces, la hija de mil putas de mi conciencia estalló en una carcajada estruendosa. Y yo empecé balbucear…
 

1 comentario

Archivado bajo Escritura automática

4×4 a full full

huellasEra un día hermoso. El sol brillaba en el cielo y en la radio sonaba una tonada alegre. Manejaba tarareando, con el codo apoyado en la ventanilla, feliz y canchero. La vida era una fiesta dentro de mi viejo sedán cuatro puertas. Pero…

De golpe el sol desapareció. Una siniestra sombra se me echó encima y un frío sobrenatural hizo que se me contrajeran el alma y los esfínteres. Avanzando hacia mí sin vacilación venía la camioneta 4×4 más grande que había visto jamás. Sobre la parrilla delantera, que tenía más o menos el tamaño de un pizarrón escolar, llevaba una placa con la marca: KRAKEN.

Frenamos al mismo tiempo, exactamente a mitad de cuadra. La calle era lo suficientemente amplia como para que dos coches (de tamaño normal) pudieran cruzarse sin problemas, pero la Kraken ocupaba todo el ancho, de cordón a cordón. Estábamos trabados. Uno de los dos iba a tener que retroceder.

Le metí una buena piña a la bocina.

El monstruo no contestó a mi aullido de furia. Tampoco se movió. Ni siquiera hizo unas tibias luces. Ni el más mínimo signo de vida se adivinó detrás de su parabrisas ilegalmente polarizado, grande como una pantalla de cine. Simplemente se quedó ahí, haciendo regular su silencioso y (pre)potente motor de gama estratosférica.

Asumí el silencio como un insulto. Para mí, me estaba diciendo:

«Movete, gil. ¿No ves que no valés ni un bocinazo».

Y entonces sentí que era mi destino asumir un rol histórico: yo iba a ser el primer héroe o el primer mártir de la resistencia a la invasión de las 4×4.

Salí del coche, me trepé al techo para darle el necesario aire teatral al asunto y, frente a las fauces mismas de la bestia, inicié un discurso en nombre de todos los conductores de vehículos de tamaño normal.

Dije, más o menos, algo así:

«Conozco a las de tu especie. ¡Oh, sí! Las conozco desde el principio. Las vi llegar. Las vi meterse por el boquete que la década maldita abrió en nuestro sentido común. Fui testigo de cómo sedujeron primero a los futbolistas de élite y a las estrellas de TV, aprovechándose sin escrúpulos de su permeabilidad a todo lo superfluo. Asombrado, presencié la evolución hacia el lujo obsceno que les permitió conquistar a la clase alta; vi crecer tapizados de cuero sobre la tela y la cuerina; vi brotar climatizadores donde había aires acondicionados. Las ví, después, disfrazarse de económicas para instigar el vano deseo de ascenso social de una clase media siempre ansiosa por endeudarse. Y vi como le robaron, descaradamente, el otrora dignísimo apodo de chata a sus parientes laburantes.

»¡Oh, sí! Las conozco. Sé que su diabólico encanto es capaz de convencer incluso a personas razonables de que necesitan tracción en las cuatro ruedas para ir al supermercado. Pero sepan que existimos otras personas inmunes a sus hechizos. Existimos otras personas que seremos fieles hasta a la muerte a nuestros sedanes, a nuestras cupés, a nuestros modestos utilitarios. Y sobre ellos, daremos pelea.

»Porque ustedes quieren las calles, la autopistas, los caminos de ripio, la rutas provinciales y nacionales. Quieren todos los estacionamientos, los pasos bajo nivel, los puentes, las rectas, las curvas y hasta los lomos de burro. Quieren las rotondas, los cruces y los vados. Quieren todo el mundo para ustedes; quieren dejar la marca de sus neumáticos premium en cada uno de sus rincones y chuparse todo su petróleo. Si hasta se hacen llamar Todo Terreno, admitiendo cínicamente ese afán expansionista.

»¡Todo Terreno las bolas! El terreno no se vende, no se entrega, no se negocia. Para conquistarlo todo, antes tendrán que pasar por encima de nuestras humildes carrocerías».

Llegado este punto levanté el mentón, saqué pecho, y, seguro de estar escribiendo una página gloriosa de la historia vial que los conductores principiantes del futuro estudiarían con emoción, pronuncié las siguientes palabras:

«Hacé marcha atrás o aplastame».

La Kraken rugió como un león ofendido; sus neumáticos giraron sobre sí mismos, a infinitas revoluciones por minuto, rechinando de forma ensordecedora y empezando a cavar dos surcos en el pavimento.

En ese instante sentí la súbita necesidad de revisar mi voluntad y le descubrí un montón de grietas. Para mi asombro, resultó que estaba mucho más aferrado a la vida de lo que mi boca imaginaba. Pegué entonces un salto olímpico hacia la calle tras el cual hilvané un estilizado clavado hacia la zona más verde y segura de la vereda.

Con la cara hundida en el pasto, escuché como mi coche crujía bajo el peso del Leviatán. Supongo que entonces me desmayé.

 

Abrí los ojos. El sol brillaba otra vez. No había sido real. Había sido un sueño, una pesadilla. Seguramente alguien me había puesto algo en la Coca-Cola. ¡Malditos traficantes de droga! Eran ellos los culpables de la horrible alucinación que acababa de sufrir. Eso lo explicaba todo, menos al bombero que intentaba ponerme un cuello ortopédico.

–Naciste de nuevo, macho –me dijo.

En el medio de la calle había otro bombero. En cuclillas, estudiaba fascinado el cadáver de mi automóvil que había quedado chatito como queda Willy Coyote cuando lo agarra la topadora.

–No hay duda –dijo, palpando la marca indeleble que los neumáticos agresores habían dejado sobre mi pobre sedán–: son huellas de Kraken.

–¿Ves? Naciste de nuevo –insistió el bombero que me socorría, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer mi suerte–. La Kraken full full viene con licencia para matar.

–¡Qué chata! –celebró el otro.

 
 

1 comentario

Archivado bajo Escritura automática