Archivo de la categoría: Cuentos

Viejo careta

Rembrandt_The_Artist_in_his_studioA mis cincuenta y tantos, había ganado un par de premios, exponía bastante, vendía con cierta frecuencia, daba charlas en universidades, era apreciado por mis colegas y respetado por la crítica. Tenía una casa modesta, pero amplia y luminosa, con jardín y taller al fondo. Alquilaba un atelier en un barrio bacán, para dar clases; me cogía a todas las alumnas que se ponían a tiro.

Pintaba todos los días, de nueve a una, abusando del mate y la marihuana. Me consideraba dueño de un arte verdadero al que le dedicaba la vida. Creía, sin fisuras, que para mí no había nada más importante que mi arte. No tenía la menor sospecha de que era un farsante.

Como no podía pintar sin fumar, cultivaba mi propia hierba. Sembraba cinco o seis plantas en primavera, en un rinconcito discreto pero soleado del fondo, y las cosechaba al final del verano. Cuidaba a mis plantas como no cuidaba a nada ni a nadie en el mundo. “Buen día, chicas”, les decía cada mañana, antes de revisarlas.

No eran lo único que tenía en el fondo. También había un jazmín, una lavanda, un laurel, un gomero, una rosa china, un par de líneas de flores y un naranjo precioso. Hacer un par horitas de jardinería por semana ayudaba a despejarme.

Lo que no me gustaba era cortar el pasto, una tarea demasiado mecánica y sobre todo demasiado física para mí. Pero no quería contratar un jardinero, por las chicas. Ellas eran mi secreto; apenas un par de amigos sabían que existían. El pasto siempre estaba alto porque yo estiraba lo más posible el momento de cortarlo.

Una noche, al principio del verano, vino una de mis alumnas a casa. Era una antropóloga de cuarenta y algo, divorciada, que trabajaba para la secretaría de cultura de la provincia. Pintaba en mi atelier, dos horas, los sábados a la mañana, y se quedaba a dormir en casa un par de veces por semana.

Se llamaba Silvia, y esa noche, después de desnudarse, se quedó mirando el jardín a través de la ventana de mi dormitorio.

–Tenés el pasto alto –dijo–. Te voy a mandar a mi nene para que lo corte.

Esquivé el ofrecimiento. Dije que no hacía falta y le pellizqué el culo como invitación a pasar al siguiente tema. Pero al otro día, Silvia, que normalmente se hacía un café en la cocina y se iba a trabajar sin hacer ruido, me despertó con una caricia en la sien.

–Le digo al nene que pase a las diez –dijo.

Quise repetir que no hacía falta, pero no tenía voz; me salió un ronquido cavernoso y cuando terminé de aclararme la garganta Silvia ya no estaba. Así que me levanté, desayuné, revisé a las chicas que crecían espléndidas en su rincón, y me metí en el taller.

Si alguien tocaba el timbre, yo no tenía forma de saberlo mientras estaba en el taller. Cuando estaba ahí, no quería saber nada del resto del mundo. Ahí no había teléfono de línea y jamás llevaba el celular. Era mi cueva; pasaba la mañana entera metido ahí adentro, sin hablar con nadie, concentrado en el trabajo, saliendo solamente para fumar porque prefería no tener el ambiente lleno de humo.

En una de esas salidas, me encontré a David; lo vi cuando levanté el mentón para exhalar, después de encender el porro y darle una chupada larga.

El fondo y el frente de la casa estaban comunicados por un pasillo externo que comenzaba en una puerta cerrada con llave; David dijo que la había saltado, después de tocar varias veces el timbre, para ver cuánto trabajo había. No le creí, pero me pareció que ignorando el allanamiento íbamos a terminar antes; le dije que no podía atenderlo porque estaba trabajando, que su madre y yo nos habíamos entendido mal.

David se quedó mirándome sin mostrar la menor intención de moverse.

–¿Me das un seca? –preguntó.

Le dije que se las tomara rapidito.

Unos días más tarde vino Silvia a cenar. Ni bien cruzó la puerta, noté que estaba particularmente contenta, exaltada casi. Después de la cena, como era costumbre, pasamos al sofá y serví dos vasos de whisky.

–Ay –dijo Silvia –. No tendría que decirte esto…

Pensé que me iba a hablar de sentimientos, que iba a tener que ponerle los puntos y que esa noche me quedaba sin coger. Pero estaba errado. Silvia me contó que su jefe, el secretario de cultura, le había encargado un proyecto que la tenía entusiasmada: la creación de un premio anual para una figura destacada de la cultura provincial.

–Músicos, escritores, cineastas, pintores… –dijo

Quise mostrarme lo menos interesado que fuera posible. Así que la felicité reglamentariamente, me levanté del sillón, puse música y antes de volver a sentarme, bien pegado a ella, maté el whisky de un par de tragos.

A la mañana siguiente, me desperté con Silvia sacudiéndome.

–¿Qué hizo David? –me preguntó. Tenía una cara que jamás le había visto; estaba transfigurada–. ¿Por qué no cortó el pasto?

David no le había hablado de nuestro encuentro, así que tuve que hablarle yo; se lo conté tal cual había sucedido, omitiendo el detalle del porro.

Cuando terminé, Silvia parecía más vieja.

–Te juro que ya no sé qué hacer con él –dijo–. Ahora no me habla.

David tenía quince años; había estado a punto de ser expulsado del colegio por romper una ventana de una piña y se había llevado todas las materias a marzo. Silvia lo había castigado, dejándolo sin vacaciones y obligándolo a hacer trabajitos para sus amigos y conocidos.

–¿Le puedo decir que vuelva? –me suplicó, llorando.

David vino al día siguiente; llegó una hora y media tarde, con cara de dormido. Le dije dónde estaban la máquina y el alargue, y después le pedí que me acompañara hasta el rincón de las chicas, que seguían creciendo sanas. Todavía no tenían una altura considerable ni la resistencia de la caña, un jardinero adolescente con sueño podía ser letal para ellas.

–Ojo con estas –le dije, señalándolas mientras lo amenazaba de muerte con la mirada.

Tardó una hora en cortar el pasto; lo hizo bien, con prolijidad, sin causar daños y, lo más importante, sin molestarme. Estaba empapado en transpiración cuando terminó, así que lo llevé a la cocina y le di un vaso de agua fría.

Busqué la billetera y le alargué un par de papeles.

–Mi vieja no quiere que agarre plata –dijo.

–Entonces que quede entre nosotros –dije yo. Y agarró.

A la semana siguiente, cuando Silvia me preguntó si quería que mandara al nene, le dije que sí. Superados los miedos, me había resultado muy cómodo que me cortaran el pasto.

El pibe empezó venir todos los jueves. Y lo que había pasado el primer día, se hizo regla; llegaba a cualquier hora, pero era callado y prolijo. Sacaba y guardaba solo la máquina, sin que yo tuviera que decirle nada. Me interrumpía solamente cuando terminaba y yo le daba un par de billetes.

–¿Puedo ver tus cuadros? –me preguntó un día, después de agarrar la plata.

Por aquella época me había encontrado unos carteles de inmobiliaria, dentro de un contenedor; eran cinco chapas grandes, muy deterioradas. De una de ellas, ahí mismo, en la calle, había visto surgir la cara de una mujer; eso me había dado la idea de hacer una serie de rostros. Estaba trabajando sobre las chapas tal cual las había encontrado, aprovechando a veces zonas del color original, agujeros, texturas del óxido.

Hice pasar a David al taller, que hedía fuerte a marihuana porque los días que él cortaba el pasto yo fumaba adentro, y le mostré lo que estaba haciendo.

–Está bueno –dijo.

Silvia vino a casa un par de días más tarde. Apenas abrí la puerta me abrazó y besó en la boca, cuando lo normal era que los besos empezaran recién después de la cena.

–Gracias –dijo– por el gesto que tuviste con David.

No supe a qué gesto se refería.

–¡Meterlo en tu estudio! ¡Mostrarle tu obra! –dijo Silvia, con una efusividad que me pareció sobreactuada.

No estaba feliz porque lo que yo había hecho, sino porque el pibe se lo había contado; su hijo se había dignado a dirigirle la palabra.

No me gustó nada el color que tomaba el asunto y pensé que había sido un gran error darle cabida al pibe; sin darme cuenta había sido bueno con el hijo de una mujer que me admiraba, y de la que yo solo pretendía una cosa. Pensé que lo mejor era cortar por lo sano, antes de tener problemas. Pero esa noche Silvia estuvo especialmente fogosa.

El jueves siguiente, David llegó un poco menos tarde que de costumbre. Esa mañana, yo estaba empezando la quinta chapa, la última. Alguien le había volcado solvente encima; tenía una gran mancha en el centro donde se mezclaban los colores. De ahí había visto asomar la cara de un viejo y estaba trabajando para sacarla.

David golpeó la puerta del taller y cuando le abrí me mostró un gusano verde que caminaba sobre su dedo índice; dijo que lo había encontrado en las plantas.

No me inspiró confianza que el pibe anduviera mirando mis plantas de tan cerca; lo dejé pasar porque en ese momento lo que más me preocupaba era la salud de las chicas. Fuimos juntos a verlas y David encontró dos gusanos más. Esa misma tarde compré un producto para tratarlas y una lupa para revisarlas porque había dejado de confiar en mi vista.

Después de aquel episodio, David estuvo tres semanas sin venir. Silvia se fue de vacaciones a Brasil, y el pibe, que seguía castigado, pasó ese tiempo en la casa del padre, en la zona oeste. Fueron tres jueves en los que llegué extrañarlo; me había acostumbrado a tener el césped prolijo.

Silvia estaba preciosa cuando volvió; tenía la piel tostada y eso le daba un aire juvenil. Pasamos directamente al dormitorio. Cuando terminamos, ella se acurrucó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Era la primera vez que lo hacía; me molestó muchísimo y me escapé de la cama con la excusa de ir al baño.

Cuando volví, Silvia tenía un paquetito en la mano. Ella misma lo abrió, supongo que para sacarle peso al hecho de que me estaba haciendo un regalo. Era uno de esos móviles que suenan con el viento; una pieza de madera de la que colgaban siete tubos metálicos de diferentes largos.

–Es un espanta espíritus –dijo.

Después se acercó a la ventana y se quedó mirando el jardín. Esperé un comentario sobre el pasto, alto, que me sirviera para saber cuándo iba disponer nuevamente de los servicios de David. Pero Silvia, sin decir palabra, abrió la ventana, trepó al marco y saltó al jardín. Completamente desnuda, caminó hasta el naranjo y colgó el espanta espíritus de una rama baja.

Estaba seguro de no haberle dado Silvia la confianza suficiente para decorar mi casa. Y además, el gesto me pareció falsamente espontáneo, calculado. No dije nada, pero me ocupé de mostrarme hosco durante el resto del encuentro como para señalar que se había pasado.

Pero Silvia no se dio por enterada. Insistió en invitarme a cenar en una pizzería del barrio y mientras comíamos me contó sus vacaciones con lujo de detalles, riéndose de sus propias anécdotas.

–Quiero que la próxima vengas a casa –dijo, a la altura del postre.

Era la señal. Tuve clarísimo que lo nuestro se tenía que terminar, que iba a lamentar cada minuto de más.

–De paso, invito a Mariano y cenamos –siguió Silvia–, así se conocen.

Mariano era su jefe, el secretario de cultura de la provincia.

 

El jueves siguiente, David apareció con un cartel de venta inmobiliaria, de chapa, como los que yo había encontrado; tenía varios bollos y el óxido empezaba a comerse un vértice. Cuando le pregunté de dónde lo había sacado, dijo que lo había visto tirado en un baldío.

Me venía al pelo la chapa. Por un lado, llevaba tiempo pensando que cinco obras eran pocas para armar un serie de peso. Por otro, el viejo se me estaba resistiendo mucho; se me escondía; me iba a venir bien dejarlo descansar y trabajar mientras tanto en otra cosa.

Ese día le di un billete extra a David.

Y el jueves siguiente, cayó con dos carteles. Tenían la chapa sana, nada de agujeros ni óxido, y los colores algo quemados por el sol pero intactos. Era evidente que todavía no habían cumplido su ciclo, así que no le pregunté de dónde los había sacado.

Mojé los carteles, le di una mano de removedor y los dejé a la intemperie para que fueran ganando textura. Lo hice todo en el momento, por esquivar el trabajo creativo. El plan de empezar obra nueva no estaba funcionando; se me estaba haciendo muy complicado trabajar con el viejo ahí, en un rincón; era una sombra que me clavaba la vista en la nuca.

Llegué tarde a la cena que organizó Silvia, intencionalmente. Ella me lo recriminó en broma, con una sonrisa espléndida. Se había maquillado y tenía puesto un vestido entallado que resaltaba su figura. La vi tan hermosa que perdí la reticencia con la que había llegado a su casa, que no era poca.

Silvia me dio un pico muy discreto y fuimos hasta el living, donde habían un hombre y una mujer tomando mojitos. Me sentí desconcertado por unos breves instantes, hasta que comprendí que el secretario de cultura había venido con su esposa. No estaba en una cena laboral, como yo pensaba, estaba en una cena de parejas.

Después de las presentaciones, me senté en un sillón individual. Silvia me sirvió un mojito y se sentó con mucha elegancia en mi apoyabrazos; anunció que íbamos a cenar sushi, excusándose por no habernos consultado el menú. El secretario y su mujer aplaudieron y yo pensé que el vino tinto que había llevado iba a quedar como el culo con el pescado crudo.

Siguió un silencio incómodo, del que quiso salvarnos la esposa del secretario.

–¿Soy muy chusma si les pregunto cómo se conocieron? –preguntó.

Silvia soltó una risita y contó que toda su vida había tenido ganas de pintar, pero nunca se había animado. Dijo que una amiga le había hablado de mi atelier. Confesó que hasta el momento de entrar, no conocía mi obra. Entonces la esposa del secretario aprovechó para confesar que tampoco conocía mi obra. El secretario le dio un trago al mojito y no dijo nada, de lo cual deduje que tampoco conocía mi obra.

Durante la cena el secretario y su mujer comentaron el crucero por el Mediterráneo que acababan de hacer, cuidad por ciudad, espectáculo por espectáculo. Silvia habló de Brasil y cuando la esposa del secretario le preguntó por David dijo que estaba encerrado en la casa de su padre, estudiando para rendir en marzo. Dijo que le sacaba canas verdes, y también dijo que yo era el único adulto al que su hijo respetaba.

Tuve que preguntarle por qué lo decía.

–Las madres sabemos cosas –dijo–, aunque no nos hablen.

Después de cenar, el secretario sacó un paquete de cigarros turcos y me ofreció uno. Salimos a fumar al patio, a solas.

–Me comentó Silvia –dijo el secretario, después de darme fuego y encender también su cigarro– que el proyecto te interesa.

Dije que en realidad sabía muy poco del tema. Entonces el secretario dijo que Silvia le había propuesto armar una exposición que recorriera todas las provincias e incluso algunos países limítrofes, y acompañarla de una serie de conferencias magistrales.

–Además del premio en metálico –dijo, y me informó la cifra que estaban manejando.

Era plata como para comprar el atelier y pasar tranquilo un par de años, incluso sin vender nada.

–A eso, restale el diez del retorno –dijo el secretario.

No fue fácil volver al trabajo con esas palabras en la cabeza. En cuanto me distraía, me descubría armando mentalmente una gran retrospectiva de mi obra o calculando cuánto podían pedirme por el atelier. Para colmo, el viejo seguía enrocado; le hablaba; lo insultaba a los gritos, pero no lograba nada.

Los únicos momentos de paz que tenía me los daban las chicas; estaban altas, haciendo buenos cogollos. Una mañana, cuando salí a revisarlas, noté que el pasto estaba demasiado alto y me di cuenta de que ya era viernes y David no había aparecido. Sentí cierta preocupación por el pibe, pero no tanta como para llamar a la madre e interesarme por él.

Esa misma noche sonó el timbre y cuando abrí la puerta me encontré a Silvia con los ojos hinchados.

–David quiere vivir con el padre –dijo; se me tiró encima para que la abrazara y empezó a llorar.

La llevé hasta el sofá y le serví un whisky.

–¿Qué hice mal para que prefiera a ese hijo de puta? –decía, y otras cosas por el estilo, entre ahogos y suspiros.

El llanto se me hizo insoportable. Tuve ganas de decirle que no me interesaban sus asuntos familiares, de echarla de mi casa. Pero en lugar de eso, me senté a su lado, la abracé y empecé a consolarla usando los lugares comunes: es un adolescente; ya se le va a pasar.

Cuando logré calmarla, preparé la cena; miramos televisión y nos metimos en la cama. Esa noche hacía mucho calor y, mientras cogíamos, pensé que lo primero que iba a hacer, antes de comprar el atelier, era poner aire acondicionado en mi habitación.

–¿Hablarías con David? –me preguntó Silvia cuando terminamos, con la cabeza apoyada en mi pecho.

Le dije que contara conmigo.

A la mañana siguiente Silvia se fue sin despertarme, pero me dejó en la cocina, debajo del mate, un papel donde había anotado el número del celular de David. Me lo metí en el bolsillo y lo paseé todo el día. Recién a la noche se me ocurrió una forma de encararlo; lo llamé y le dije que si no iba a venir más lo manifestara claramente porque, en ese caso, yo necesitaba contratar a otro jardinero. Picó de inmediato.

–Paso mañana –dijo.

Al día siguiente, estaba sentado frente al viejo, pensando en darme por vencido, cuando escuché el ruido de la máquina. Me pareció que el tiempo había pasado demasiado rápido esa mañana y miré el reloj. Recién eran las diez; David había llegado temprano. Me asomé discretamente al jardín por la ventana del taller y vi, apoyada sobre el tronco del naranjo, una nueva chapa de inmobiliaria.

Se sorprendió cuando lo invité a tomar unos mates, con razón, porque yo nunca le había ofrecido otra cosa que no fuera el vaso de agua del final y los billetes. Entró en el taller con cautela, como oliéndose la trampa; le ofrecí el banquito que estaba frente al viejo y yo me senté en una silla, junto a la mesita donde tenía el termo, el mate y un cenicero sobre el que había apoyado un porro recién armado.

Para romper el hielo le pregunté cómo iban los exámenes.

–Mal –dijo–. No me interesa lo que enseñan en el colegio.

Cambié de conversación; empecé a interrogarlo sobre su vida; le pregunté si le gustaba la música, si le gustaba el cine, si tenía novia, cosas así. Y David arrancó tenso, pero de a poco se fue aflojando. Cuando ya no quedaba agua en el termo, me dijo que estaba pensando en pintar.

Se hizo un silencio porque no supe qué decirle.

–¿Puedo? –me preguntó David, señalando el porro que estaba sobre el cenicero.

–Dale –dije.

Lo dejé con el porro y me fui a la cocina con la excusa de ir a calentar agua. Quería dejar pasar el tema de la pintura; se me hizo demasiado jugarle con eso. Esperé unos veinte minutos en la cocina, y cuando volví con el agua caliente, el interior del taller estaba lleno de humo.

David estaba sentado en el banquito, mirando fijamente al viejo, con los ojos muy rojos y una mueca agria en la cara. Entre los dedos de una mano tenía el porro, consumido casi por completo.

––Viejo careta –dijo –. Mi mamá te mandó a ser bueno conmigo

Se levantó del banquito y salió del taller, pasando por delante mío sin mirarme a la cara. Lo seguí hasta la puerta de calle, diciéndole que había fumado demasiado, que el porro lo había puesto paranoico, pero no sirvió de nada.

Pasé el resto del día en el taller, mirando al viejo y pensado en plata.

Silvia apareció cuando empezaba a oscurecer. Estaba desesperada; David no había vuelto a la casa del padre ni contestaba el teléfono.

–¿Pasó por acá? –me preguntó–. ¿Le hablaste?

Le dije que lo había intentado pero el pibe se lo había tomado a mal.

–¿Por qué no me avisaste antes? –me dijo, llevando la voz a un tono que me hizo perder los estribos.

Le pedí de muy mala manera que no me metiera en sus temas familiares, que volviera cuando los tuviera resueltos.

Silvia dejó de ser la madre de David y volvió a ser la mujer que se metía conmigo en la cama; me miró a los ojos queriendo descubrir si lo que acababa de escuchar había sido una mera torpeza de mi parte, un exabrupto derivado de la tensión del momento, o se trataba de mi verdadera voluntad.

Le confirmé con la mirada que la estaba echando de mi casa y me dio vuelta la cara de un cachetazo. Después se fue, diciendo que yo era un desalmado hijo de puta y que no quería volver a verme nunca más.

Lo único que sentí fue alivio; no sentí pena ni arrepentimiento, ni por lo hecho a Silvia ni por la plata que acababa de evaporarse.

Cené solo, frente al televisor, y después me tomé mi whisky disfrutando cada sorbo, feliz de no tener que hablar con nadie. Me acosté bien ancho en mi cama, y cuando escuché sonar el espanta espíritus, me reconfortó pensar que ya podía sacarlo de mi naranjo.

Con esa idea salí al jardín, a primera hora de la mañana, pero el móvil ya no colgaba de la rama, estaba tirado al pie del árbol. La chapa que David había traído el día anterior estaba embutida dentro de la rosa china; una de las chapas que yo había dejado afuera, ganando textura, aplastaba la lavanda; la otra había ido a parar al gomero, que tenía varias ramas partidas.

Las chicas habían sido arrancadas de raíz y estaban desaparecidas.

Me faltó el aire y pensé que me iba a al suelo. A los tumbos, entré en el taller y me senté en el banquito. Quedé doblado sobre mí mismo, jadeando como un perro.

Cuando al fin logré recuperar el aliento, levanté la vista y ahí estaba el viejo, mirándome a los ojos, nítidamente revelado; tenía el gesto patético de un mentiroso, en el preciso momento de ser descubierto.

 

  La obra que ilustra este cuento es El pintor en su estudio, de Rembrandt.

 

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Fiel compañero

gato 3Usted pensará que estoy loco, apareciéndome así en su casa, a esta hora del todo inconveniente. Le aseguro que no lo estoy y le imploro, vecino, sepa dispensar la molestia.

Vengo, en primer lugar, a disculparme por el lamentable incidente que vivimos semanas atrás. Quería venir antes, vecino, le doy mi palabra, pero el trabajo y la demandante situación de mi tía me lo impidieron. Acepte por favor mis disculpas en nombre de ella y tenga por seguro que, en plena posesión de sus facultades, mi tía jamás hubiera tenido aquellas durísimas palabras para con usted.

En segundo lugar, vecino, vengo a pedirle un favor. Un favor inmenso que nuestra relación, si bien cordial y de larguísima data, no me otorga derecho a solicitarle. Por esta razón, antes de pedírselo, necesito referirle cuál es la desesperada situación en la que me encuentro. Le ruego me escuche con el corazón lo más abierto que le sea posible.

Usted conoce a mi gato, Hércules; es el blanco, con una mancha negra en el ojo que parece un parche de pirata. Se habla mucho del carácter sibilino, mezquino, de los gatos; le puedo asegurar que es una gran injusticia. Hércules es un amigo, un fiel compañero que me ha velado en la enfermedad, durmiendo sobre mi pecho, y ha estado a mi lado en los días más aciagos. Estamos juntos hace dieciocho años, vecino. Era un bebé cuando mi tía me lo trajo.

También tiene sus defectos, por supuesto, como todo el mundo; el más notorio es que siempre le gustó la farra. Ya de chiquito se pasaba noches enteras afuera. Pero aparecía a la mañana siguiente, sin falta, en cuanto yo abría la puerta y lo chiflaba; normalmente sucio, lastimado y con un hambre de tigre.

Imagínese cómo me puse cuando una mañana, hará aproximadamente un lustro, lo chiflé y no vino. Loco me puse. Porque, para mayor angustia mía, Hércules recién había salido de una ictericia que casi le cuesta la vida; estaba medicado. Lo busqué por todo el barrio, chiflando y chiflando, pero no lo encontré por ninguna parte.

Qué sinvivir, vecino; no se lo deseo a nadie. Me lo imaginaba en el fondo de un pozo, reventado por un coche, destripado por un perro; todo lo peor imaginaba. No podía pensar en otra cosa. No podía dormir. No comía. En la oficina no daba pie con bola. “¿Qué te pasa, Oscar?”, me decían mis compañeros, “Estás desconocido”. Y yo no les contaba por miedo a ponerme a llorar.

Al quinto día saqué su plato, que siempre estaba en la cocina, al pie de la mesa. Lo escondí porque ya no podía verlo más; me lastimaba. Y le juro que fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida; desgarrador fue, vecino.

Y más desgarrador todavía era no tenerlo; no poder enterrarlo en el fondo, al pie del ciruelo donde le gusta afilarse las uñas. Porque yo necesitaba algún tipo de ceremonia, vecino. Necesitaba poder decirle: “Chau, Hércules, gracias por todo”.

Primero pensé en plantar algo en su memoria, flores, un rosal que me sirviera para recordarlo. Pero después me pareció que no iba a ser suficiente, vecino. Eso era demasiado íntimo y Hércules se merecía que todo el mundo supiera lo buen compañero que había sido y lo mucho que lo iba a extrañar.

No sé cuán familiarizado estará usted con las redes sociales; déjeme contarle que, para asuntos como el que describo, prestan un servicio excepcional.

Abrí el Facebook, llorando a mares como un niño perdido, y escribí un texto de despedida. Lo escribí como si le estuviera hablando a él, recordando con él los buenos momentos, alguno malo, y las anécdotas más divertidas, como cuando me lo encontré colgado de una tricota que me había tejido la tía, que a su vez colgaba del ténder.

Le juro que cada palabra que escribí me salió de las entrañas. Y después me fui a dormir en paz, por primera vez en cinco días.

Cuando estaba empezando a conciliar el sueño, vecino, me pareció escuchar un maullido muy pero muy lejano.

Pensé que era un sueño de duermevela. Prendí la luz y fui al baño, tratando de no ponerme nervioso, tratando de pensar que Hércules, sin importar lo que le hubiera pasado, estaba en un lugar mejor. Pero cuando me volví a meter en la cama estaba tan angustiado que no me podía dormir.

Entonces volví a escuchar el maullido. Le juro que era como si Hércules me estuviera llamando desde el más allá.

La intensidad del maullido fue aumentando hasta que, en cierto momento, me di cuenta de que venía de la calle. Me tiré de la cama y levanté la persiana con tanto ímpetu que se me quedó el rollo trabado arriba. Entonces lo escuché bien claro; era un típico maullido de hambre, como entrecortado, lastimero.

Salí a la calle en calzoncillos. No se veía nada porque era una noche sin luna y la lámpara del alumbrado, para variar, estaba quemada; créame que esto era una boca de lobo, vecino. Me quedé atento a los sonidos nocturnos, descalzo sobre el empedrado, hasta que volví a escuchar el maullido e identifiqué que provenía de la casa abandonada.

Siempre le tuve terror a la casa abandonada, vecino. Recuerdo que de pibe, cuando la dueña era recién difunta y mi tía iba todas las noches a llevarle leche y comida al gaterío que había quedado huérfano, yo me negaba a acompañarla.

Jamás había puesto un pie adentro, pero tuve que hacer de tripas corazón.

–¿Hércules? –le pregunté a la oscuridad, asomando apenas la nariz al interior.

Entonces volví a escuchar el maullido, pero ya bien cercano, bien real, y lo vi salir de la negrura, flaco, sucio y lastimado.

Imagine la dicha que sentí al verlo resucitar, vecino. Lo llevé en brazos hasta casa, saqué su plato de donde lo había escondido y le puse triple ración. Nunca lo había visto comer con tantas ganas. Me quedé sentado a su lado, en el suelo, mirando fascinado como masticaba hasta el último bocado.

Del Facebook me acordé recién a la mañana siguiente, mientras me bañaba para ir a la oficina. Lo que es la vida, vecino. De golpe, el texto que me había hecho tanto bien, que había sentido tanto, se me tornó ridículo, hasta patético le diría. Y supe que en cuanto avisara que Hércules estaba vivo, lo mismo le iba a pasar los demás. Con un matiz: para los demás, el que se iba a tornar patético era yo, no el texto.

Salí corriendo del baño y prendí la computadora pensando que podía escribir algo para minimizar el papelón, o por lo menos borrar el panegírico para que lo viera la menor cantidad de gente posible.

Ya era tarde, vecino; había muchos comentarios. Y entre los comentarios que había, la mayoría de compañeros de la primaria y la secundaria, todos muy afectuosos por cierto, había uno de Delia. “Hermoso escrito, Oscar”, decía, “Te acompaño en el sentimiento”.

Ahora voy a entrar en un terreno muy íntimo, vecino, pero le aseguro que todo lo que voy a referirle va en función de plantearle nítidamente mi desesperada situación.

Ya unos cuantos años atrás, estaba en la oficina, un día como cualquier otro, enfrascado en mis tareas y rodeado de mis compañeros de contabilidad, cuando de pronto entró el jefe de personal seguido de un ángel.

–Les presento a Delia –dijo–, se suma hoy al equipo de administración.

“Radiante”, diría, vecino, si tuviera que describirla con una sola palabra; una de esas criaturas a las que se les nota en la cara que saben ser felices, que para ellas vivir es una actividad agradable y no una lucha.

–Encantada –dijo, sonriendo como jamás se había sonreído en contabilidad.

Me enamoré en ese mismo instante, a primera vista, como dice la expresión. Lo cual, le aclaro, es lo normal en mí. Le digo más, nunca me enamoré de otra manera. Desde la primera vez, le estoy hablando de cuando cursaba el cuarto grado de primaria, hasta Delia, fue siempre así. Y puedo jurarle por lo más sagrado que en todos los casos estuve dispuesto a entregar mi alma, vecino, pero en ninguno me atreví a manifestarlo.

Imagínese un pez tropical, de hermosos colores brillantes, nadando en una fosa abisal infestada de tiburones grises. En ese pez se convirtió Delia, vecino, en cuanto se supo que era soltera. De repente, todos los hombres de la oficina, incluyendo a los casados, se bañaban diariamente y usaban colonia. Y bastaba que ella entrase en una dependencia, en la cocina o donde fuese, para que todos se volvieran espléndidos compañeros, amables, simpáticos, solidarios.

Cuando ella no andaba cerca seguían siendo la manada de neandertales repugnantes de siempre, por supuesto. Para peor, excitados. La vulgaridad de los comentarios que hacían sobre ella, vecino, sonrojaría a un bucanero. A mí me hacía un daño casi físico le diría. No podía soportar que se la mancillase de aquella manera. Y me sentía un cobarde por no atreverme a alzar la voz y acabar con tanto ultraje.

Hasta que me atreví. O exploté, mejor dicho.

Un día, a la vuelta del almuerzo, los encontré a todos arremolinados alrededor del escritorio de Rinaldi. Estaban a las carcajadas, lo cual es normal porque Rinaldi es el gracioso de la oficina, tiene alma de payaso.

Yo los ignoré, como siempre hice, y me senté en mi puesto.

Normalmente escucho música mientras trabajo, vecino, pero ese día me había olvidado los auriculares en casa y quedé a merced del ruido ambiente. Entonces, entre risotada y risotada, empezaron a llegar a mis oídos procacidades indignantes. No la mencionaban por su nombre, pero de inmediato identifiqué que hablaban de Delia; se referían a su busto con tropos zafios.

–Vení, Oscar, no te pierdas esto –me llamó Rinaldi.

Jamás participaba en sus bromas yo, vecino. Imagínese que menos pensaba participar en una que tuviera como blanco a Delia. Pero cuando giré la cabeza para mirar a Rinaldi y declinar la invitación, vi que estaba señalando la pantalla de su computadora, y en la pantalla, a pesar de mi avanzada miopía, identifiqué la sonrisa de Delia.

Me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía Rinaldi con una foto de Delia? Lo primero que se me cruzó por la cabeza es que había algo entre ellos. Casi me desmorono ahí mismo, figúrese; casi me caigo de la silla.

Me acerqué con pánico al escritorio de Rinaldi, como si me estuviera acercando a un abismo que pudiera tragarme para siempre.

En la foto, Delia estaba con Lulú, su gatita; sonreía, con la cara pegada a la del animalito. Tenía puesta una prenda de verano, escotada, y la imagen estaba tomada desde arriba, de ahí la excitación de los neandertales, vecino.

–¿No te harías flor de rancho en ese valle, Oscar? –me preguntó Rinaldi; cito las palabras textuales con vergüenza, vecino, solo para que se haga una idea cabal del nivel de imbecilidad con el que me tocaba lidiar.

Estalló una risotada coral y yo me sentí asqueado. Sentí que solo por estar parado ahí, escuchando a Rinaldi, estaba ensuciando a Delia.

–Manga de pajeros –les dije, en sus caras. Dispense la grosería, vecino, se la refiero solo para que pueda figurarse la intensidad del asco que sentía.

Y mire lo que son las cosas: este incidente tan desagradable fue el principio de lo mejor que me pasó en la vida.

Por un lado, en el exabrupto se transparentó mi devoción por Delia, y Rinaldi, que puede ser un imbécil pero de lerdo no tiene un pelo, lo notó. Entonces, como se había quedado ofendidísimo, quiso utilizar su descubrimiento en mi contra y empezó a hacerme chanzas cada vez que ella estaba cerca; cosas dignas de niños de primaria que se ríen del compañerito enamorado, vecino.

Según la propia Delia, figúrese, las chanzas infantiles de Rinaldi hicieron que notara mi existencia.

Por otro lado, gracias a aquel incidente, me inicié en el Facebook; porque luego me enteré de que Rinaldi me había mostrado una foto de perfil, como se dice, seleccionada por la propia Delia.

Qué maravilla Facebook, vecino; si lo hubiera visto antes en una película de ciencia ficción, no me lo hubiera creído. Es un lugar donde uno puede comunicarse, participar, compartir, todo sin la terrible incomodidad de hacerlo de cuerpo presente. Para mí, que soy del tipo de personas que no sabe dar charla en los ascensores y sufre en las fiestas, fue como descubrir un nuevo mundo.

Nuevo y al mismo tiempo viejo, porque ahí me reencontré con mis compañeros de la primaria y la secundaria. A la gran mayoría de ellos los consideraba estúpidos irredentos y estaba convencido de que me odiaban. Qué cosa asombrosa es el barniz del tiempo, vecino; resultó que todos se habían convertido en personas más o menos normales y estaban encantados de saber de mí.

Pero no le voy a mentir: yo había entrado en Facebook para buscar a Delia. Y la encontré enseguida, pero no me atreví a dar el siguiente paso. Solicitar su amistad sin haber tenido más relación previa que el esporádico hola y adiós laboral me pareció fuera de lugar. Así que por un largo tiempo tuve que conformarme con observarla en silencio, con saber que se había levantado contenta, que le había pasado tal o cual cosa en el colectivo o que había ido a cenar con una amiga.

Le juro que no lo hacía por espiarla; lo hacía por saber algo más de ella, por sentirme cerca.

Entonces sucedió un milagro. Ariel Peletino, uno de mis compañeros de secundaria, subió una foto grupal de quinto año ocupándose de identificar, “etiquetar” se dice, a todas las personas que aparecíamos en la imagen. Y como suele pasar en estos casos, vecino, la gente se volcó a realizar comentarios jocosos.

Yo estaba a punto de hacer mi aporte a aquella distendida jauja cuando descubrí un comentario de Delia. “¡Qué peluca, Ari!”, decía, refiriéndose al abultado peinado que Peletino lucía en quinto año.

Azorado quedé, vecino, completamente descolocado por el salto mágico que Delia acababa de dar entre el universo laboral y el universo de mi pasado escolar. No pude escribir nada.

Recién al día siguiente, mientras desayunaba, se me ocurrió un comentario muy gracioso y a la vez amable que hacer sobre la foto. En un arrebato, encendí la computadora y lo escribí.

Esa misma tarde, en la oficina, me crucé a Delia en un pasillo.

–No sabía que eras amigo de Ariel. ¡Me maté de risa con tu comentario! –me dijo, con la vitalidad que la caracteriza.

Resultó ser prima de la mujer de Peletino; figúrese lo que son las casualidades, vecino.

Aquella noche, cuando llegué a casa, haciendo acopio de arrojo, le envié la solicitud de amistad. Delia tardó las dos horas más largas de mi vida en aceptarla; tuve tiempo de arrepentirme cientos de veces de haber enviado aquella bendita solicitud.

La cuestión es que comenzamos a ser amigos en Facebook. Y tímidamente, vecino, yo empecé a manifestar mi aprobación, mi gusto, por todo lo que ella vertía en aquel medio. Esta situación se alargó un cierto tiempo, ya no sé cuánto, y entonces sucedió lo de Hércules y yo escribí el panegírico.

Me figuro que usted puede considerar ridículo que se llore tanto a un animal. Son formas de ver las cosas; cada cuál con la suya. Desde mi punto de vista, Delia, con su comentario, que para alguien más puede sonar a fórmula de cortesía, me ofrecía su total comprensión. Porque “te acompaño en el sentimiento” es algo que se dice cuando se muere una persona, vecino. Ella sabía exactamente como me sentía; habíamos conectado en lo más profundo.

Al día siguiente de la publicación del panegírico, Delia apareció en contabilidad, a primera mañana, y se acercó a mi escritorio.

–¿Cómo estás, Oscar? –me preguntó, poniéndome una mano en el hombro que me hizo temblar, vecino.

Aquí es cuando no fui estoico. No dije la verdad por miedo a destruir esa conexión hermosa, sagrada, largamente deseada y basada en un sentimiento puro, verdadero por donde se lo mire, que no cambiaba en nada por el hecho de que Hércules en realidad no estuviera muerto. Fue un gran error, vecino, quizás el más grande de mi vida.

Sintiendo el calor de su mano en mi hombro, la miré a los ojos, sin poder articular palabra, y de la emoción se me escapó una lágrima.

Ella se inclinó sobre mí y me abrazó. Era un sueño, vecino, así que cerré los ojos para retenerlo. Unos segundos más tarde, ella me soltó y su vista fue a dar a mi pantalla.

––¡Mirá que piratita hermoso! –dijo, porque yo tenía una foto de Hércules como fondo de escritorio; algo que a Rinaldi, por cierto, le parecía comiquísimo.

Entonces Delia abrió su cartera y me mostró una impresión de aquella foto con su gatita que había desatado la lascivia de mis compañeros.

–Esta era Lulú –dijo.

Y luego rompió en un llanto desconsolado, vecino, porque dos semanas atrás a Lulú la había atropellado un remís con fatales consecuencias.

No lo pensé, me levanté de la silla y la abracé con todo mi ser, sin esconder nada de lo que sentía por ella. Qué sensación hermosa es la de poder consolar a alguien, más a la persona amada, vecino.

Delia lloró sobre mi pecho varios minutos. Mi abrazo la exprimió, le permitió sacar el inmenso dolor que llevaba acumulado en el alma.

–¿Querés ir a tomar un café cuando salgamos? –me preguntó, cuando logró calmarse.

Yo tenía los ojos abiertos pero el sueño seguía, vecino. No lo podía creer. Figúrese a qué nivel me costaba creerlo que miré a Rinaldi como buscando la confirmación de que aquello era real. Y la cara de Rinaldi me lo confirmó: nos miraba sin ningún disimulo, fijamente, con la boca torcida en un gesto casi de locura le diría; estaba tan pálido que por un instante pensé que había muerto de estupefacción.

Fue tan hermoso nuestro comienzo, vecino. Todo el primer año es un álbum de fotos preciosas que atesoro en la memoria. Todos los días, cuando salíamos de la oficina, nos íbamos a tomar algo; un submarino en invierno o un helado, en verano. Después íbamos al cine, al teatro, o simplemente paseábamos por su barrio.

Delia vive en Capital, en un departamento modesto pero muy arregladito, cerca de la oficina. Cuando empezamos a compartir algunas noches, lo natural, lo cómodo, fue que yo me quedara a dormir en su casa. Y si bien ella manifestaba, muy de vez en cuando, cierta curiosidad por conocer mi hogar, y sobre todo por conocer a mi tía, yo estaba siempre atento para cambiar de tema.

Éramos muy felices. Tanto que, la noche en que celebramos nuestro primer aniversario, Delia me pidió que me fuera a vivir con ella. Figúrese la emoción que sentí, vecino, al enterarme de que la mujer que adoraba quería compartir sus días, de principio a fin, conmigo. Sentí un deseo imperioso de gritar de alegría, tomarla en mis brazos y hacerle el amor, pero tuve que reprimirlo, por supuesto. ¿Qué iba a hacer con Hércules si me iba a vivir con ella?

Podía dejarlo con mi tía, claro, que todavía andaba bien en aquel momento, pero se me partía el corazón de pensar en separarme de él. Con gran disgusto, créame, vecino, tuve que usar la avanzada edad de mi tía como excusa; le dije a Delia que me parecía un riesgo demasiado grande dejarla sola; le rogué que tuviera paciencia.

Delia comprendió, por supuesto, pero quedó muy dolida, angustiada. Porque si bien la posibilidad de que ella dejara su departamento, tan arregladito y cercano al trabajo, para venirse a vivir a casa conmigo y mi tía, era algo incómoda, seguía siendo una opción que yo no le ofrecí.

Casi un año pasamos así, con la sombra de aquella frustración acechando lo nuestro. Tuve que redoblar mis esfuerzos por demostrarle a Delia, día a día, la naturaleza profunda de mis sentimientos. Y lo hice con gusto. Pero de todas maneras fue un calvario aquel año, vecino. No hubo día en el que no temiese que Delia me dejara.

Aquella tensión tan grande se cortó de inmediato cuando mi tía tuvo su primer episodio grave. No sé si usted se habrá llegado a enterar: salió para ir a la carnicería de acá la vuelta y no volvió; la encontró la policía, seis horas más tarde, en Luis Guillón, donde antaño vivía su hermana, que por aquel entonces ya estaba largamente fallecida.

La sombra que nos sobrevolaba se esfumó. Delia volvió a ser la alegre y arrolladora fuerza de la naturaleza que había sido. Y eso, tan positivo a primera vista, fue también un problema porque Delia se empeñó en darme una mano. Se le ocurrió la idea de venir a pasar acá lo fines de semana, para estar conmigo y ayudarme con mis nuevas tareas de enfermería.

Intenté por todos los medios que desistiera, vecino. Pero insistió tanto que tuve que aceptar; estoy seguro de que no hacerlo hubiera sido catastrófico.

Compré una jaula de esas que sirven para transportar perros, una de las más grandes, y la instalé en un cuarto del fondo de la casa abandonada. Hace prácticamente un año que Hércules pasa ahí todos los fines de semana, con comida de sobra, agua y su manta preferida, por supuesto, pero encerrado en la maldita jaula.

Delia se viene conmigo los viernes, después del trabajo, así que dedico las noches de los jueves, hasta las dos o tres de la mañana, a limpiar mi casa de rastros de pelos. Un sinvivir, vecino. Cada vez que mi tía pregunta por Hércules estando Delia presente, lo achaco a su enfermedad sintiéndome un canalla. Y como si todo esto fuera poco, los viernes, sábados y domingos por la noche, acostado junto a Delia en la cama, no puedo dormir porque escucho a mi amigo maullar en su prisión.

Esta es la desesperada situación en la que me encuentro.

Llevaba muchos meses dándole vueltas y vueltas en mi cabeza, volcado al análisis de posibles soluciones sin importar lo descabelladas o rocambolescas que pudieran parecer, cuando tuvimos el incidente; cuando usted, vecino, pasó por la puerta de casa y mi tía le refirió aquel rosario de insultos.

Ese día perdí los estribos. El dolor que me provocó escuchar a mi tía proferir todas esas barbaridades, creo yo, me trastornó. La reté con una furia desproporcionada, olvidando que en realidad era la cochina enfermedad la culpable de todo.

Hice llorar a mi tía, vecino. Casi me muero del disgusto conmigo mismo, figúrese.

Inmediatamente, al verla tan afectada, empecé a rogarle con desesperación que me perdonase. Entonces ella dejó de llorar y se enfureció. Comenzó a gritar que no pensaba perdonarme, porque yo estaba de su parte, vecino. Que todos éramos sus cómplices gritaba; que usted lo había hecho porque el barrio entero se lo había pedido, y que ya era tarde para pedir perdón porque quedaba solamente uno.

Primero pensé que desvariaba, vecino, pero luego recordé la noche en que mi tía apareció con Hércules; yo era un adolescente.

Ella fue a llevar leche y comida a la casa abandonada y volvió con un gatito, que era apenas un pomponcito acurrucado contra su pecho; lo envolvió en una manta, lo dejó sobre mi regazo y se sirvió un vaso de ginebra. Estaba pálida y temblaba.

Mi tía acaba de fallecer, vecino. Hace un rato la encontré en su cama, con una paz de angelito dormido en el gesto. Es mejor así; que descanse, se lo merece.

Y figúrese que Delia, después de tanto tiempo, ya no va a aceptar más excusas. Por otro lado, yo tampoco me las puedo inventar, vecino. Estoy exhausto, no tengo más fuerzas para seguir con esta locura que no puede terminar en nada bueno. Es hora de empezar una nueva vida.

Pero no puedo abandonar a Hércules, vecino. Se me partiría el corazón si tuviera que dejarlo en manos ajenas. No puedo hacerle eso. El pobre ya está ciego de un ojo, tiene el hígado graso y la cadera endeble.

Si usted me hace el inmenso favor, vecino, preferiría tenerlo al pie del ciruelo. Así podría visitarlo los fines de semana; porque planeo conservar mi casa, aunque me vaya a vivir a Capital con Delia.
 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos

Bichos raros

bichos raros1Mi viejo se comunicaba con silencios. Para saber qué opinaba de algo, había que prestar atención a lo que no decía. Cuando mamá empezó yoga, después meditación y después se hizo vegetariana, por ejemplo, mi viejo no dijo nada. Y ese silencio significó que no la comprendía pero la respetaba. Muchas milanesas de soja se comió mi viejo sin decir una sola palabra mientras yo pataleaba reclamando unas milanesas de verdad.

Otro silencio era el que usaba en la cancha, con el pelado de la heladería; ese era el silencio de desaprobar. “Ocho, ¡se te ve el hilito del tampón!”, gritaba el pelado de la heladería si el ocho del equipo contrario no ponía fuerte la pierna. “Ocho, te espera tu familia para hacer la losa”, gritaba si el otro equipo era pobre. O gritaba “Ocho, metete en el área que hay postres”, si el ocho tenía unos kilos de más o “Sacate las cadenas”, si el ocho era negro.

Íbamos siempre al mismo lugar de la cancha; a un rincón de la cabecera, bien arriba, donde en verano se disfrutaba de un cuadradito de sombra que proyectaba la torre de transmisión abandonada. Y la gente que nos rodeaba era la misma en todos los partidos. No había asientos marcados, eran escalones de cemento, pero todos sabíamos perfectamente cuál era nuestro lugar. El pelado de la heladería estaba dos escalones por arriba nuestro. Todo el mundo le festejaba las ocurrencias, menos mi viejo, que hacía silencio.

Así fui haciéndome la idea de que mi viejo respetaba por igual a todas las personas. Por eso me desarmó tanto cuando puteó a Angulo.

Angulo había sido el misterio de la temporada. Venía de un club ignoto de La Paz, de donde lo había traído nuestro técnico, el Pata Gutiérrez. Tenía pinta de quechua Angulo; era bajito, fornido, trigueño, y lo habían presentado como a un diez fino, habilidoso, inteligente, repartidor de juego. Y antes de que su relación con la tribuna desbarrancara del todo, algo había demostrado de esas supuestas habilidades. Había metido alguna que otra pelota de gol, linda, precisa. Pero en seguida se empezó a notar que tenía el pecho más frío que las profundidades del Titicaca.

Nadie podía entender por qué el Pata Gutierrez, que se había formado en el club y, antes de irse a Bolivia, había sido el capitán del plantel más glorioso de nuestra historia, nos había traído semejante muerto. “¿Qué le vio el Pata a Angulo?”, se preguntaba todo el mundo en el cuadradito y más allá. Hasta que una tarde, después de un entrenamiento, el utilero los enganchó acaramelados en el cuartito donde guardaba las pelotas.

Los secretos no duraban nada en mi barrio, así que a los pocos días ya lo sabíamos todos. Igual, la gente intentaba ser cautelosa; cuando alguien lo contaba, decía “no lo comentes” o “en realidad no se sabe” o se mentaba a las malas lenguas. El Pata era un héroe y nadie quería lastimarlo. Se colgaba una bandera con su cara en el alambre, en todos lo partidos, un privilegio que normalmente está reservado para los muertos.

Pero los resultados no acompañaban. La segunda ronda fue para el olvido; un desastre, no jugábamos a nada. Tuvimos una racha de siete derrotas consecutivas. Después empatamos dos, sin goles. Y después perdimos el clásico, de locales, por goleada. En el momento en que el referí pitó el final, la barra arrancó con un canto sobre el Pata y Angulo. La rima estaba regalada.

Así de calentito estaba el ambiente cuando, tres semanas más tarde, nos encontramos en la disyuntiva de tener que ganar o ganar para mantener la categoría. Fue un partido horrible; tenso, trabado. Se notaba que la mayor preocupación de los jugadores era cómo iban a salir de la cancha si empataban o perdían. Y la barra, con la orquesta de bombos, redoblantes y vientos, a pleno, no paraba de escupir veneno contra el Pata y Angulo.

A los noventa y dos minutos, con el partido cero a cero, aún no se sabe si movido por la inocencia, la estupidez o por un billete entregado en sombras, el tres de ellos agarró de la camiseta a nuestro nueve en una jugada intrascendente, pero dentro del área. El nueve se tiró a la pileta y el referí dio penal. El encargado de patear todas las pelotas detenidas de mitad de cancha para adelante, incluidos los penales, era Angulo.

Apenas se escuchó el silbato la barra arrancó con un canto buena onda, de apoyo a los colores; un clásico de la cancha que se cantaba sobre una melodía de Los Aunténticos; un intento desesperado de borrar de la memoria de Angulo, en segundos, los insultos que venía sufriendo hacía meses. Insultos que Angulo no había dado señales de escuchar hasta que, después de acomodar la pelota en el punto del penal, se irguió, sacó pecho y señaló al corazón de la tribuna cabecera como diciendo: “Para ustedes”.

Jamás hizo declaraciones al respecto así que solo él sabe lo que quiso hacer. La mayoría de la gente piensa que nos tiró al bombo, lisa y llanamente, para vengarse de las humillaciones. Yo creo otra cosa. Estoy de acuerdo en que fue una venganza, pero creo que quiso llevarla a cabo de una manera mucho más hermosa; creo que quiso hacer un gol que no se borrara jamás de la cabeza de todos los que se habían burlado de él y del hombre que amaba.

La cuestión es que la picó, suavecito, al medio. El arquero ni siquiera tuvo que tirarse, levantó una mano y la bajó, como si estuviera arrancando una manzana de un árbol. Yo no lo vi. Estaba de espaldas al pasto, porque en esa época me ponía tan nerviosa que no podía mirar los penales. Pero sentí que la realidad del descenso se hacía insoportable. Fue como si alguien hubiera bajado una tapa sobre la cancha, dejándonos sin aire y a oscuras. Entonces cerré los ojos con fuerza y escuché clara, recortada de todas las demás voces, la voz de mi viejo, cargada de bronca.

–Boliviano puto.

En ese mismo momento el descenso se transformó en una estupidez insignificante.

Esa semana yo había besado por primera vez a una chica. Se llamaba Manuela y tenía quince años, igual que yo. Estaba tan enamorada de ella que no concebía la posibilidad de ocultarlo por mucho tiempo. O por decirlo de otra manera, estaba dispuesta a gritárselo en la cara al mundo entero. Y como me imaginaba que el mundo no se lo iba a tomar del todo bien, contaba con mi viejo para darle batalla.

Además, sospechaba que la batalla iba a empezar por casa. Porque mamá, antes de empezar yoga, después meditación y después hacerse vegetariana, había sido siempre bastante tradicional, clásica. No le gustaba nada que mi viejo me llevara a la cancha, por ejemplo, aunque con el tiempo se había resignado. Ella quería que yo fuera una señorita. Por eso me había anotado en piano, donde conocí a Manuela.

Fue en mi primera clase. Cuando llegué, la profesora me hizo pasar a un saloncito que usaba de sala de espera.

–Estoy con otra alumna –me dijo–. Ya terminamos.

Había un revistero y me puse a investigarlo por hacer tiempo. Casi me muero cuando vi las revistas que había: eran todas en blanco y negro, sobre música clásica contemporánea y cosas así. Tuve ganas de salir corriendo. La verdad es que no escuchaba mucha música a esa edad, pero me gustaba pensar que era rockera. “Esta es mi primera y última clase”, recuerdo que pensé mientras desde el salón grande, puerta de por medio, me llegaba el sonido del piano. Alguien estaba haciendo escalas a toda velocidad y de repente empezó a tocar la música más hermosa que había escuchado en mi vida. Después supe que era la sonata para piano número doce de Mozart.

Cuando se abrió la puerta, me hice la que estaba leyendo, pero moría de intriga por saber quién era la otra alumna. Nunca había visto a una chica como Manuela. Parecía de otra época. Estaba vestida con una pollera gris, una camisa de cuello redondo y un chaleco bordado. Tenía el pelo larguísimo, atado en una cola de caballo, y su cara, redonda y blanca, parecía hecha de porcelana. Pasó caminando detrás de la profesora, sin mirarme.

Fui a la siguiente clase solo para verla a ella. No era una atracción física, eso vino después. Manuela me intrigaba. Era diferente a todas las demás chicas de nuestra edad, igual que yo. Porque las dos éramos bichos raros. Ella interpretaba a Mozart y se vestía como si viviera en el siglo diecinueve, yo usaba camisetas de fútbol y recitaba formaciones de memoria.

En mi segunda clase, otra vez esperé en la salita y otra vez pasó sin mirarme, detrás de la profesora. Así que volví una tercera y tomé la iniciativa. Me quedé en la esquina, esperando a que saliera, para cruzarla en la vereda.

–Hola –le dije, al paso.

–Hola –dijo, en un susurro.

La carita de porcelana se le puso roja de vergüenza y
entonces me di cuenta de que, al contrario de lo que yo pensaba, ella sabía de mi existencia. Sin mirarme, me había visto en la sala de espera. En ese instante decidí que no iba a entrar a mi clase de piano. Dejé que se alejara un poco y empecé a seguirla. Lo hice sin pensar. Quería saber dónde vivía, simplemente por saber algo más de ella.

Entró en una casa del barrio, cercana a la cancha. Era una de esas casas antiguas, con dos ventanas enormes sobre la línea de la vereda. Yo me quedé enfrente, sentada en el cordón, fingiendo para los que pasaban que me ataba las zapatillas. No tardó nada en empezar a sonar la música. Era un pieza clásica, pero no la sonata dulce que Manuela practicaba en las clases. Era otra cosa. Sonaba como si un alma atormentada estuviera cagando a trompadas a un piano.

No pude aguantar la curiosidad. Crucé la calle y me acerqué de a poco, sigilosamente, a la ventana de la que salía la música, que estaba abierta de par en par porque esta historia de amor empezó al final de la primavera.

Todo lo que había en la habitación a la que me asomé parecía de otra época, como Manuela. Había una araña de cristal en el techo, carpetas de croché por todos lados, cortinas de encaje y un reloj de pie. Manuela estaba sentada frente a un piano vertical y ya no se parecía en nada a la mojigata que yo había saludado antes. Tenía el pelo suelto, caído sobre la cara, y se sacudía como poseída.

Al otro lado de la ventana, casi al alcance de mi mano, sobre una mesita preciosa de madera, había un teléfono de cable, negro, enorme y recién lustrado, que parecía salido de una película de Gardel. Yo estaba tan embobada que no lo vi hasta que sonó. Tenía un timbre horrible, agudo y tan estridente que se escuchó clarísimo sobre el piano.

Manuela levantó las manos de las teclas, giró la cabeza hacia el teléfono y me vio. Yo estaba agarrada a la reja de la ventana con las dos manos, llorando a moco tendido. Entonces, mientras la chicharra espantosa del teléfono de Gardel seguía repicando, ella acomodó detrás de las orejas el pelo que tenía en la cara, se levantó del taburete, y empezó a caminar hacia mí con la vista clavada en la alfombra. Yo quise correr pero no pude soltar la reja.

Llegó hasta el teléfono sin volver a mirarme.

–Diga… –, le dijo al auricular. Hizo un pausa para escuchar y después dijo–: Sí… un momentito, por favor.

Separó el auricular de la oreja, tapó el micrófono con la mano libre y me miró a los ojos por primera vez. Tenía dos círculos de un rojo incandescente en las mejillas.

–Es para mí abuela –dijo.

Entonces sí que salí corriendo. Corrí sin parar las siete cuadras que había hasta mi casa. Y había quedado tan atolondrada que entré y me tiré en la cama a pensar en Manuela. Enseguida apareció mamá preguntando por qué no estaba en mi clase de piano. Me quedé en blanco.

–Si no querés ir, no vayas más, pero no seas tan tonta de hacerme tirar la plata –dijo mamá, interpretando que lo mío era rebeldía.

La idea de perder la excusa para ver a Manuela me despejó el cerebro enseguida. Le dije a mamá que me dolía la cabeza, le juré que no iba a volver a faltar, y agregué, como para dejarla bien tranquila, que cada vez me gustaba más la música clásica.

La noche anterior a la siguiente clase, no dormí. Era una bola de nervios. De inseguridades, mejor dicho, porque no sabía nada. No sabía con qué cara la iba a mirar cuando la cruzara en la salita de espera. No sabía qué cara iba a poner ella. No sabía si tenía que pedirle perdón por haberla seguido o si tenía que mandar a la mierda la clase de piano y volver a seguirla. Lo único que sabía era que necesitaba verla.

Como para tener algo a que agarrarme, me puse la camiseta del plantel glorioso, la misma que usaba para que me diera suerte en los exámenes del colegio y para ir a la cancha.

La profesora me abrió y me hizo pasar a la sala de espera. Había dejado abierta la puerta del salón del piano y pude ver que Manuela, sentada en el taburete, me estaba mirando. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas, ella desvió la suya y la clavó en la teclas. Se me llenó el pecho de angustia y sentí que se me humedecían los ojos. Pero, mientras la profesora me explicaba una vez más que estaba retrasada, Manuela empezó a tocar la melodía buena onda de Los Auténticos, la que se cantaba en la cancha.

Cuando salió, pasó de nuevo sin mirarme, pero yo ya había entendido el mensaje. Después de mi clase fui directo a su casa y toqué el timbre. Salió la abuela, y recién en el momento en que me preguntó a quién buscaba me di cuenta de que no sabía su nombre.

–Hacela pasar –escuché que decía desde adentro de la casa –. Es una amiga mía.

A partir de ese día fuimos inseparables. Pasábamos todas las tardes juntas. Mirábamos la tele, estudiábamos, tocábamos el piano, merendábamos, paseábamos por el barrio. A veces yo iba a su casa y otras veces ella venía a la mía. Mamá estaba encantada con mi nueva amiga.

–Es un amor… –decía–. Es tan modosita.

Tenía razón. Manuela era modosita y tímida hasta la exasperación. Hasta conmigo hablaba lo justo y le escapaba al contacto físico. Me saludaba siempre de palabra, ni la mano daba. Hasta que me exasperé. Ella estaba sentada al piano, mostrándome como se tocaba la melodía de Los Auténticos y yo la miraba embobada.

–¿Me seguís? –me dijo en un momento, levantando la vista de las teclas sin parar de tocar.

No pude aguantar más y le metí un beso. Sostuve su cabeza con las dos manos y luché para que mi lengua venciera la resistencia de sus labios cerrados. Gané. Y esa tarde la dedicamos, prácticamente entera, a besarnos.

El siguiente fin de semana fue lo de Angulo.

–Boliviano puto –, dijo mi viejo.

Para ser franca, lo de “boliviano” ni lo escuché. O no le sentí la carga, mejor dicho. Para mí, Angulo había nacido en Bolivia, y punto. Pero lo de “puto” se me clavó en el alma. Me sentí traicionada y me enojé muchísimo con mi viejo. Muchísimo.

En la cena de esa noche no podía mirarlo a los ojos.

–¿Te pasa algo, hija? –me preguntó.

–El descenso… –dije.

–No puede ser que te amargues así por una estupidez –dijo mamá –. ¿Qué vas a hacer cuando te pase algo triste de verdad?

Me agarró una angustia incontrolable y me fui llorando a mi habitación.

Al ratito apareció mamá. Venía suavecita. Abrió la puerta apenas lo suficiente para meter la cabeza y pidió permiso para entrar. Tenía en la voz una dulzura que hacía mucho tiempo no le escuchaba; una dulzura de madre total; la que usaba para consolarme cuando se me pinchaba un globo a los cinco años.

Entró sin prender la luz, se sentó en la cama y me acarició la cabeza.

–Vos siempre fuiste muy intuitiva…–dijo–. En eso saliste a mí.

–No sé de qué estás hablando, ma–, dije yo.

–De que no estás así por el descenso.

Pensé que de alguna manera había descubierto lo de Manuela.
Primero entré en pánico y después me sentí liberada de un peso asfixiante, todo en la misma milésima de segundo.

Y entonces mamá dijo:

–Estás así porque intuís que papá y yo no estamos bien.

Ni puta idea tenía yo de que no estaban bien. Jamás en mi vida le había dedicado un pensamiento a la relación de pareja de mis viejos. Hasta esa noche, claro. Mamá dijo que teníamos que hablar de las vacaciones. Hizo tres tés de tilo y nos sentamos, ella, mi viejo y yo, alrededor de la mesa redonda de la cocina.

Resultó que había un plan preparado para las vacaciones que no se parecía en nada a ir un mes a la costa, que era lo que habíamos hecho toda la vida. El dos de enero, yo iba a partir con mamá hacia Córdoba, para pasar con ella dos semanas en un camping al pie de las sierras. Después de esas dos semanas, yo iba tomarme un micro para encontrarme con mi viejo, que iba a estar visitando a su hermano, en Mendoza. Pero lo más curioso era lo de mamá, que iba a seguir viaje hacia el norte, haciendo miles de kilómetros por tierra, para llegar a Bolivia.

–Siempre tuve el sueño de conocer la Isla del Sol –dijo.

–No sabía nada –dije yo.

–Yo tampoco –dijo mi viejo.

De más está decir que yo no quería ir a ningún lado. Quería quedarme en mi barrio para besarme todo el verano con mi amor secreto. Pero no había escapatoria. Estaban los dos de acuerdo y yo no tenía excusa ni edad para quedarme sola en casa.

Otra noche sin dormir fue esa.

Pero al día siguiente se lo conté a Manuela y ella me dijo que también se iba de vacaciones todo enero. Ahí me calmé. Si ella no estaba, lo mejor que podía pasarme era estar en otro lado con la cabeza ocupada en otra cosa, aunque esa cosa fuera la relación de mis viejos.

Nos matamos a besos durante lo que quedaba de diciembre. Y el primero de enero, cuando nos separamos, ella me dio el número de teléfono del lugar donde iba a estar, una colonia para chicas con inclinaciones musicales, en el campo.

Así fue como salí con mamá para Córdoba, segura de que no iba a tener un solo minuto de felicidad durante un mes entero. Pero estaba muy equivocada. El camping donde mamá me llevó resultó ser una especie de santuario de vida sana. Estaban todos en la onda de la meditación y el yoga. Se respiraba una paz increíble y había un millón de cosas para hacer. Mamá estaba desatada, quería hacerlas todas.

Pasamos los días haciendo excursiones, nadando en el río, dándonos baños de lodo y aprendiendo a hacer masajes con piedras calientes. Las dueñas del lugar eran dos mujeres, más o menos de la edad de mamá. Una noche nos invitaron a cenar a su cabaña. Mamá tomó vino y hasta me sirvió un vaso a mí. Una de las mujeres era una experta contadora de cuentos cordobeses. Nunca había escuchado a mamá reírse de la manera que se rió esa noche.

Había un pueblo cerca del camping, al que íbamos a pasear y hacer compras de vez en cuando. Tenía videojuegos y locutorio. Así que una tarde le dije a mamá que iba a jugar a los videos, me escabullí, y llamé al número de teléfono que me había dado Manuela.

Pregunté por ella y la fueron a buscar.

–Hola –dijo su voz.

–Hola –dije yo.

Después vino un silencio largo.

–¿Todo bien? –dije yo–. ¿Qué hacías?

–Sí… –dijo ella –. Estaba ensayando.

–¿Qué? –dije yo.

–La sonata para piano y violín número cinco de Beethoven –dijo ella.

–Ah… ¿Y quién toca el violín? –le pregunté, por hacer conversación.

–Regina –dijo.

–¿Quién es Regina? –dije.

–Mi compañera de cuarto –dijo.

Después de eso ni los masajes con piedras calientes fueron capaces de relajarme. Pero mamá, que normalmente tenía bastante ojo para mis estados de ánimo, no se dio cuenta. Estaba en una nube, parecía otra persona. Y así llegó el día en que nos despedimos en la terminal, ella siguió su camino hacia la Isla del Sol y yo fui para Mendoza a encontrarme con mi viejo.

La segunda parte de las vacaciones la pasé en la granja de mi tío. El lugar no estaba nada mal. Había caballos y un río cerca. Íbamos a pescar todos los días con mi viejo. Era una costumbre de vacaciones que había empezado cuando yo tenía seis años. Del mes que normalmente pasábamos en la costa, faltábamos al muelle solamente los días de mucha lluvia. A mí me encantaba estar sentada al lado de mi viejo mirando el mar, sin hablar, durante horas. Era nuestro silencio de charlar. Porque dentro de mi cabeza yo hablaba todo el tiempo; le comentaba lo que me estaba pasando, y me imaginaba que él hacía lo mismo.

Ya el primer día en que fuimos a pescar al río, el silencio de charlar se me hizo insoportable. Porque ya no había charla, quedaba nada más que el silencio, y para peor era un silencio incómodo. Además yo pensaba casi todo el tiempo en Manuela. No sé por qué, me castigaba imaginándola a los besos con su compañera de cuarto; me regocijaba en odiar a la violinista con toda el alma.

Y había tanto tiempo para pensar que también empecé a darle vueltas a lo que les estaba pasando a mamá y a mi viejo. La comparación estaba servida en bandeja. Por un lado estaba mamá, risueña y enérgica, con ganas de hacer cosas nuevas y conocer el mundo; por el otro, mi viejo, amargado y mudo, aferrándose a las rutinas con los dientes, ya fuera pescar o ir a la cancha.

–¿Se van a separar? –le pregunté un día, de la nada, mientras pescábamos.

–No lo sé, hija –contestó.

Eso no fue lo peor, sin embargo. Lo peor fue que había un solo teléfono en la casa de mi tío y estaba en el comedor, donde siempre había alguien. Estuve días buscando el momento oportuno, el claro, para poder llamar a Manuela sin testigos. Quería decirle que la amaba y que por favor no se enamorara de Regina. Cuando por fin logré llamar, me atendió una señora y me dijo que Manuela se había ido de excursión a la laguna.

–¿Sola? –pregunté. Se me escapó, no pude evitarlo.

–No –dijo la señora–, con una compañera.

El viaje en micro de vuelta fue un calvario; con mi viejo, el silencio más largo y triste de nuestra vida; dentro de mi cabeza, una peli de amor a orillas de la laguna, musicalizada por la sonata para piano y violín número cinco de Beethoven, en versión inventada por mí misma.

Apenas llegamos a casa, salí corriendo para lo de Manuela. No podía soportar el silencio ni un segundo más, menos en esa casa con olor a humedad, en la que la ausencia de mamá, que iba a seguir de vacaciones hasta el final de febrero, pesaba más que una montaña.

Manuela había llegado esa misma mañana. Ya empezaba a anochecer y estaba disfrutando el reencuentro con su piano. Tocaba una pieza bastante alegre y dulce cuando me asomé a la ventana. Yo sentía la necesidad de tenerla, de que fuera solamente para mí por un rato. Me moría de celos. Quería borrar de la historia todas esas noches que había pasado durmiendo cerca de otra.

–¿Querés quedarte a dormir en casa esta noche? –le pregunté.

–Tengo que pedirle permiso a mi abuela –dijo.

La abuela dijo que sí.

Yo, a mi viejo, todavía no le había dicho nada, pero estaba segura que no iba a haber problemas. De todas maneras, se lo pregunté delante de Manuela para no correr riesgos.

–Claro que puede, hija –contestó.

Cenamos pizza y mi viejo le armó una cama a Manuela, al lado de la mía, con un colchón sobre el suelo. Esa noche hablamos dos o tres horas, primero de las vacaciones y después de la vida en general. Hasta que no pude aguantar más y le pregunté si podía bajar a su cama. Entonces dejamos de hablar y empezaron los besos.

Otra de las rutinas de mi viejo era levantarse a hacer pis a la noche. Yo, como soy de sueño liviano, lo escuchaba todo; los pasos por el pasillo, la puerta del baño, el chorrito cayendo y la cadena. Siempre, después de hacer pis pasaba por mi habitación a verme. Yo nunca abría los ojos, pero sabía que él me estaba mirando, cuidando, y lo disfrutaba.

Esa noche, por supuesto, no lo escuché. Esa noche el tacto había anulado al resto de los sentidos. Había un zumbido en mis oídos, una especie de ruido blanco. Cuando mi viejo abrió la puerta y asomó la cabeza, estábamos las dos enroscadas en las sábanas, agitadas, transpirando. Manuela lo vio primero y dio un gritito ahogado.

Yo giré la cabeza hacia la puerta y llegué a ver el desconcierto en los ojos de mi viejo. No le duró nada. Enseguida bajó la vista al suelo y dijo:

–Perdón, hija.

Después, cerró la puerta.

Manuela quería salir corriendo para su casa ahí mismo, en plena madrugada. Para convencerla de que no pasaba nada, le hablé de la cancha, del cuadradito de sombra debajo de la torre de transmisión abandonada, del pelado de la heladería y de mi viejo, que era el único que no le festejaba las salidas. Por supuesto que no mencioné el episodio de Angulo, pero no por mentirle. Ya no existía ese episodio; mi viejo me había pedido perdón y yo lo había perdonado.

Al día siguiente, nos levantamos sobre el mediodía. Mientras Manuela se lavaba los dientes yo fui a la cocina y me encontré con mi viejo. Estaba leyendo el diario. Le di los buenos días y me serví un vaso de agua.

–¿Se puede quedar a almorzar? –pregunté con la vista clavada en los azulejos que tenía enfrente.

Mi viejo me dio plata y total libertad para elegir el menú. Elegí milanesas, de carne, con papas fritas, y helado de postre. Fuimos las dos juntas a hacer las compras. No podíamos ser más felices.

La verdulería estaba hermosa. Brillaban los morrones y las naranjas bajo el sol del verano. Adentro sonaba una tonada del altiplano, tocada con quena, y Manuela se puso tararearla bajito. Entonces, del cuartito de atrás, en vez de salir Edwin, el dueño de la verdulería, que normalmente atendía a todo el mundo, siempre con una sonrisa, salió una chica que yo no había visto jamás.

Yo estaba tan contenta que tenía ganas de ser buena persona.

–¿Está enfermo Edwin? –le pregunté a la chica, mientras nos pesaba las papas.

–No –dijo la chica–. Está en Bolivia de vacaciones. Vuelve al final de febrero.

Salí con la cabeza a mil de la verdulería. No podía creer que todo hubiera pasado delante de mis narices sin que me enterara: mamá, con ganas de probar cosas nuevas, haciéndose vegetariana; Edwin vendiéndole la verdura con una sonrisa; mi viejo, hosco como el solo, en casa, mirando fútbol; Angulo y Edwin, los dos bajitos, fornidos, trigueños y bolivianos.

A la media cuadra, la única duda que me quedaba era cómo se había enterado mi viejo. Pero tampoco era un gran misterio porque, como ya conté, en mi barrio los secretos no duraban nada.

Detrás del mostrador de la heladería estaba el pelado. Cuando me vio entrar puso una sonrisa caída, como de compasión o algo así.

–¿Qué les sirvo, chicas? –dijo.

–Nada –, le contesté.

Agarré a Manuela de la mano y tiré para llevármela. Y en la vereda, segura de que el pelado nos estaba mirando, le metí un beso que casi la asfixio a la pobrecita.

 
 
 
 

Deja un comentario

Archivado bajo Cuentos

Rito sagrado

Rito sagradoEstaba apurado por ser escritor. Ese era mi problema. Leía biografías de escritores, correspondencia de escritores, entrevistas a escritores. Quería absorber todo el conocimiento que hubiera disponible sobre el oficio. También leía las obras, por supuesto. Las leía para tacharlas de la lista de lo no leído. Porque lo no leído me jodía como una mosca detrás de la oreja. Escribir, lo que se dice escribir, casi no escribía. Pero fumaba negro por parecerme a Cortázar y a mi gato le había puesto Chejov.

Jamás había hecho un asado. En casa, los hacía mi viejo, pero para mí era como si se hicieran solos. Cuando me llamaban, dejaba el libro y me sentaba en la mesa. Deglutía y volvía al libro, sin consideraciones para nadie. No fuera cosa que se me escapara la literatura por hacer sobremesa.

Hasta que un día Cecilia me dijo:

–¿Y si hacés un asadito, que a papá le encanta?

Era nuestra primera noche en nuestra primera casa (comprada por mi suegro). Hacía calor y estábamos desnudos sobre un colchón que era el único mueble que teníamos en el dormitorio, además de una pila de libros que yo había puesto en un rincón para lograr el ambiente de bohemia adecuado.

Me dejó atónito la propuesta. Y me ofendió. Ella sabía perfectamente que yo no sabía asar. ¿Por qué me lo pedía? ¿Qué quería lograr? ¿Quería cambiarme? ¿Quería que fuera otro? Yo solo quería ser yo. Y yo no me sentía especialmente agradecido por la casa. Sabía que el regalo no me iba a salir gratis. Sabía que a cambio de ese techo iba a tener que escuchar todo lo que mi suegro tuviera para decir. Y mi suegro no era un hombre con pelos en la lengua.

–El día que se te pase el berretín, avisá –me decía.

Él había trabajado treinta años en el mismo banco, pasando por todos los puestos del escalafón, hasta llegar a ser gerente de una sucursal. Esa gerencia era una cumbre que estaba muy orgulloso de haber alcanzado. Hablaba de la sucursal como si hablara de un jardín hermoso que cultivaba con sus propias manos.

Yo no soportaba ese orgullo. Me parecía triste. Y más triste e insoportable me resultaba que quisiera darme un trabajo ahí. Porque ese era el plan de mi suegro: comprarme la casa, comprarme el traje y acomodarme en la sucursal.

No le contesté a Cecilia cuando me sugirió lo del asado. Me levanté, fui al baño, salí hablando de otra cosa. Es decir, me hice el boludo, sin gran esfuerzo porque en esa época me salía de forma muy natural.

Pero un par de días más tarde ella volvió sobre el tema.

–¿Pensaste lo del asadito?

Me puse duro como matambre de vaca vieja.

–Hace cinco años que estamos juntos, Ceci –le dije –. En todo ese tiempo, ¿alguna vez me viste asando algo?

La tensión de mi réplica la sorprendió, se lo noté en la cara.

–Hagamos unas pizzas –suavicé.

No contestó. Entró al baño y salió hablando de otra cosa. Así que una semana más tarde hice el primer asado de mi vida para lavar la culpa que sentía por haberle hablado mal a mi mujer.

Cuando llegaron los invitados, iba por el tercer intento infructuoso de prender el fuego. Tenía las manos y la cara negras de manipular el carbón y estaba a punto de sufrir un colapso nervioso. Mi suegro me arrebató de la mano una botella de alcohol metílico justo a tiempo para evitar que me quemara (involuntariamente) a lo bonzo. Después, hizo un bollo con papel de diario, levantó dos ramitas secas del suelo y unos minutos más tarde teníamos una pila de carbón ardiendo. Fue como ver un truco de magia.

Él se había criado en el campo. A los quince años ya era capaz de hacer un cordero a la cruz, con leña húmeda, en un día ventoso. Era natural que tomara posesión del asado. Y yo estaba tan angustiado que sentí un alivio enorme. Pero enseguida me di cuenta de que había quedado atrapado en una trampa peor. Tuve que hacerle de pinche. Me pasé una hora y media sirviéndole vino y escuchándolo hablar de los beneficios de trabajar en un banco.

Ya en la mesa, mi suegra tomó el relevo.

–Pensaba que hoy nos iban a dar una noticia –dijo, aprovechando un silencio que hubo durante los postres.

Entonces la que se enervó fue Cecilia, que en esa época trabajaba ocho horas por día en la administración de una fábrica de perfiles y de noche estudiaba medicina. No quería saber nada de bebés hasta tener el diploma en la mano.

–No empieces, mamá –rugió.

Pero mi suegra, que tampoco tenía pelos en la lengua, no dio un paso atrás y se trenzaron en una discusión a los gritos que ya se sabían de memoria.

–Voy a limpiar la parrilla –dijo mi suegro, que tenía clarísimo cuando era el momento de desaparecer

–De ninguna manera –dije yo, y lo seguí.

Mientras mi suegro frotaba la parrilla con papel de diario yo me puse a ordenar los alrededores. Empecé por la mesa auxiliar sobre la que había una botella de vino vacía, un trapo sucio, dos tenedores, un diario viejo, una caja fósforos y un paquetito que yo no había dejado ahí.

–¿Esto es tuyo? –le pregunté a mi suegro.

–Uy… –dijo–. Con el quilombo casi me olvido de dártelo.

Era un cuchillo verijero, encabado en asta de ciervo y alpaca, en su vaina de cuero repujado con mis iniciales. Una obra de arte.

Me ofendí de nuevo. Para mí, era todo parte del plan: la casa, el traje, la sucursal, el asado, el cuchillo de gaucho. Yo no era un gaucho. Aunque nunca lo hubiera confesado, la lectura del Martín Fierro me había dejado más frío que ese regalo.

–Muchas gracias – dije, tratando de disimular el disgusto.

–Dame una moneda –dijo él.

–¿Para? –pregunté.

Me miró entre sorprendido y fastidiado.

–Los cuchillos no se regalan –dijo–. ¿Cómo puede ser que no sepas nada de nada?

Ardiendo por dentro busqué en los bolsillos y encontré nada más que pelusas. Pensé que iba a quedar ahí la cosa, pero no fue así. Mi suegro insistió en que fuera a pedirle una moneda a Cecilia. Yo tuve ganas de clavarle el cuchillo en el cuello, pero le hice caso.

Adentro las mujeres ya habían terminado de gritarse y estaban levantando la mesa. Ninguna de las dos tenía una moneda. Entonces mi suegro insistió en que buscara por la casa. Abrí un par de cajones, di un par de vueltas fingiendo que buscaba por el suelo, entré en mi dormitorio, me senté un rato en la cama y volví diciendo que no había encontrado nada.

–Fijate en el coche –dijo mi suegro.

Salí a la calle cagándome en él y pensando que lo mejor era darle el gusto de una vez. Subí a mi coche y busqué en el cenicero. Había dos tornillos y ninguna moneda. Al lado de mi coche estaba el de mi suegro. Para descargar un poco de bronca le pegué una patada a la rueda y el pie me hizo un ruido seco, espeluznante. Volví a entrar en casa rengueando.

–Esto es mala suerte –dijo mi suegro, mirándome fijo antes de irse, sin moneda.

Mi pobre mujer tenía el aspecto de haber sobrevivido a una tragedia aérea cuando cerramos la puerta. Dijo que se iba a dormir y subió las escaleras arrastrando los pies. Yo no podía irme a dormir tan caliente como estaba. Necesitaba calmarme un poco, así que armé un porro, me preparé una bolsa de hielo para el pie y me tiré en el sillón a ver la tele.

Cuando el porro me hizo efecto y empecé a estar más relajado y permeable a la inspiración, me puse a pensar en la moneda que no había aparecido y hasta me la imaginé. Era una moneda sin ceca: de un lado tenía la cara de mi suegro y del otro tenía la mía.

El cuchillo había quedado sobre la mesa. Fui a buscarlo, pisando con dificultad, y volví al sillón. Lo saqué de la vaina y contemplé la hoja extasiado. “Acá hay un cuento”, recuerdo que pensé.

Parece mentira, pero en ese mismo instante apareció Chejov (mi gato) y se subió a mi regazo. Entonces me acordé de algo que Chejov (el escritor ruso) escribió en una carta y se convirtió en una especie de ley narrativa que se conoce con el nombre de “La pistola de Chejov”. Esa ley dice, más o menos, que si al principio de un cuento (novela, obra de teatro, lo que sea) aparece una pistola, esa pistola tiene que dispararse antes de que la historia termine. ¿Se entiende? Está mal que un escritor prometa cosas que no piensa cumplir.

También recordé las ganas que había sentido de clavarle el cuchillo en el cuello a mi suegro. Sin duda había un cuento ahí. Bajé al estudio que tenía en un rincón del garaje, prendí la computadora, abrí un documento de texto nuevo y me quedé mirando la pantalla en blanco. Estaba demasiado fumado para escribir.

Al día siguiente fui al médico porque no podía caminar. Tenía el meñique fracturado. Me enyesaron hasta el tobillo y me dieron una muleta. Un drama, porque en ese tiempo me sentía un frustrado y un mantenido y mi única válvula de escape era el fútbol. Jugaba con unos amigos, todos los jueves. Amaba ese fútbol, era mi oasis semanal. Lo necesitaba, así que aunque no podía jugar fui igual, a mirar, a estar ahí.

Era en una sociedad de fomento. A lado de la cancha había un quincho con su respectiva parrilla, y todos los jueves, religiosamente, después de jugar, comíamos asado. El asador designado era Juampi, un tipo afable, del tamaño de un oso, que prefería el fuego a la pelota.

–Tengo miedo de lastimar a alguien –decía siempre que tratábamos de hacerlo jugar.

Como el espectáculo deportivo, visto desde afuera, dejaba bastante que desear, ese jueves estuve tomando vino y charlando con Juampi al pie de la parrilla.

–¿Por qué te gusta hacer asado? –se me ocurrió preguntarle, ya con un par de vasos encima.

Juampi había desarmado el fuego y estaba acomodando las brasas. Empujó cada pedazo de carbón encendido, eligiendo exactamente el lugar donde lo quería. Este acá, este otro un poquito más allá. Cuando estuvo conforme, dejó el atizador y extendió una mano sobre la parrilla para medir el calor. Después buscó su vaso, tomó un trago y me miró.

–Me relaja –dijo.

Esa noche entendí el asado. Vi la pureza del rito sagrado, de fuego, carne, vino, tiempo y comunión, reflejada en la mirada serena de Juampi. A la epifanía ayudó, muy probablemente, que antes de salir de casa, para mitigar la amargura que me producía la lesión, me había fumado un porro entero.

–¿Me enseñás? –le pregunté a Juampi.

–Ta hecho, hermano –dijo.

No todo fue iluminación positiva. Cuidado. La verdad es que esa noche también alumbré la posibilidad de una venganza. Me imaginé sirviéndole a mi suegro un asado perfecto. Un asado que lo hiciera llorar de emoción. Un asado que lo hiciera caer de rodillas para pedirme perdón por haberse atrevido a decirme, en la que (aunque la hubiera pagado él) era mi propia casa, que no sabía nada de nada.

Juampi resultó ser un maestro excelente; claro en las consignas, atento a las dudas, paciente con los errores y exigente en los contenidos. Me enseñó que para el fuego el aire es igual de importante que el carbón y el calor. Me enseñó a desgrasar, a salar, a presentar. Me habló largo y tendido de cortes, de fibra, de grasa, de hueso. Y sobre todo, me enseñó a esperar.

–¿Qué apuro hay? –decía–. Esto no es McDonald’s.

Cuando me sacaron el yeso ya no tenía ganas de jugar al fútbol. Quería estar en la parrilla con Juampi. Ya tenía una responsabilidad: yo organizaba y hacía la compra, con la consigna de elegir siempre alguna cosa nueva, algún corte que no conociera. Y por iniciativa propia me encargaba también de elevar el presupuesto del asado. Llamaba a los comensales uno por uno a su casa para hacer campaña. Y me iba muy bien. Había acuñado una frase de entrada demoledora.

–¿Te comerías unas mollejitas este jueves?

Nadie decía que no. Y donde dice mollejitas podría decir entraña, arañita, ojo de bife, chinchulín de cordero, chivito, lo que fuera. Hasta un lechoncito mamón los hice comprar una vez. Juampi sabía hacer todo y estaba encantado de compartir conmigo sus conocimientos.

Un jueves, cuando llevaba más o menos tres meses de aprendiz, sin que yo me lo esperase para nada, me pasó el atizador y me dijo:

–Hoy lo hacés vos.

Chorizo, morcilla, riñón, vacío, asado y, de corte nuevo, picaña. Esa noche recibí mi primer aplauso para el asador, solicitado por mi mentor, nada menos. Volví a casa tan emocionado que desperté a Cecilia para contárselo.

–Qué bien, amor –dijo mi angelito– A ver cuándo hacés uno acá…

–El sábado –dije–. Y les decimos a tus viejos.

Estaba preparado para vengarme. Siendo realista, sabía que mi suegro no iba a caer de rodillas, no era su estilo, pero estaba seguro de que se iba a llevar una buena sorpresa. Quería ver su cara cuando me viera prender el fuego sin pastillas iniciadoras, usando un solo fósforo. Quería escucharlo decir “muy rico todo”. Quería verlo aplaudiéndome.

Me sentía seguro, pero de todas maneras fui conservador. Recurrí a la Santa Trinidad: chorizo, asado, vacío. Mi suegro llegó cuando ya tenía todo sobre la parrilla.

–Ah, bueno… –dijo–. Vamos mejorando.

No tuve tiempo de disfrutar ese mínimo triunfo. Como si fuera lo más natural del mundo, mi suegro se acercó a la mesita auxiliar, agarró un tenedor y empezó a mover la carne, acomodándola a su gusto. Después, agarró el atizador y agregó fuego.

–¿Y? –dijo, cuando estuvo satisfecho con el nuevo orden de las cosas– ¿No me vas servir un vino?

Yo no podía hablar. Estaba conmocionado. Algo adentro mío se retorcía y pugnaba por hacer erupción. En ese momento no lo tuve tan claro, pero hoy sé que era mi orgullo de asador. Por primera vez lo sentía presente. Lo había adquirido en mi debut del jueves, justo en el momento del aplauso, y mi suegro acababa de violarlo con alevosía.

No dije una sola palabra en la mesa. Comí mirando el plato mientras mi suegra volvía a la carga con su tema favorito y sacaba de quicio a mi mujer. Cuando terminamos de comer, mi suegro pidió el aplauso y lo arrancó el mismo, dedicándome una mirada condescendiente. Fue lo peor del ultraje. Los dos sabíamos que el asado lo había hecho él.

Esa noche, Chejov (mi gato) se robó el último pedazo de carne. Cuando salí a limpiar la parrilla me lo encontré en el medio de patio, mordiendo con desesperación una costilla para sacarle los últimos jirones.

–Buen provecho –le dije.

Y en vez de limpiar fui hasta el garaje y armé un porro. Después prendí la computadora y me puse a escribir. Escribí sin parar, sin pensar, con los dientes apretados, hasta que cuando iba por la cuarta página empecé a perder envión. Ya había descargado y tenía sueño.

Antes de apagar la computadora, releí. Era una porquería lo que había escrito. En los cientos de entrevistas a escritores que había leído, aparecía una y otra vez un mandamiento con el que estaban todos de acuerdo: no juzgarás a tus personajes. Lo que yo había escrito esa noche no era el comienzo de un cuento, era un vómito de bilis, una puteada de cuatro páginas contra el personaje del suegro, al que había juzgado y condenado a morir degollado.

Le di una piña al teclado y subí al dormitorio.

No quise prender la luz para no despertar a Cecilia que estaba durmiendo. Me desvestí en el pasillo y entré a ciegas. Y cuando uno está así, en una racha mala, con viento de cara, hasta acostarse se vuelve una tarea complicada y peligrosa. En la oscuridad, mi pie, el mismo que había tenido enyesado, se estrelló contra la pata de la cama. Sentí que un rayo de dolor entraba por el meñique, subía por la columna y estallaba en el bulbo raquídeo.

Caí sobre la cama llorando como un nene.

–¿Estás bien, amor? –dijo Cecilia.

No pude contestar, me estaba ahogando en lágrimas. Por señas le hice saber que me había vuelto a romper el meñique. Ella saltó de la cama, bajó a la cocina y volvió con unos cuantos hielos envueltos en un repasador. Me acarició, me abrazó, me besó, y como yo seguía llorando, me hizo el amor.

En esa época, ella no quería tomar pastillas y yo no quería usar forro, así que utilizábamos el método anticonceptivo más antiguo del mundo. Años habíamos estado practicándolo sin tener un solo susto. Yo era muy consciente y voluntarioso, sabía interrumpir en el momento exacto. Pero esa noche no estaba en mis cabales. No había podido terminar mi asado. No había podido terminar mi cuento. Necesitaba hacer algo hasta el final.

–¿Qué hiciste, pelotudo? –me gritó Cecilia.

Hoyo en uno, hice.

Quince días más tarde, un test de farmacia dio positivo. Cuando vio las dos rayitas, la que lloró fue ella. Lloró como nunca la vi llorar en nuestra vida. Lloró con hipo y espasmos y yo traté de consolarla pero no encontré las palabras. No sé cuánto tiempo lloró pero pareció una eternidad. Se fue calmando de a poco, muy gradualmente, como si el llanto se le estuviera acabando.

–¿Qué querés hacer? –le pregunté, mientras se enjugaba las lágrimas.

Me insultó con ferocidad, largo y florido, usando hasta subordinadas, y cuando terminó me abrazó con todas sus fuerzas. Yo sentí un calor muy intenso en el pecho, justo detrás del esternón, que enseguida identifiqué como un ataque de felicidad. Pero unos segundos después, cuando Cecilia me soltó, se me vino el mundo abajo. Sentí como una tonelada de responsabilidad caía sobre mis hombros y me vi entrando en la sucursal de impecable traje nuevo.

Para contribuir con la economía de la casa, al menos modestamente, yo daba clases de apoyo escolar. Lengua y Literatura, por supuesto, pero también un poco de Cívica e incluso de Historia. Hasta ese momento me lo tomaba con calma; la prioridad absoluta era preservar mi tiempo de escritura, que usaba, básicamente, para fumar porro y observar el hipnótico titilar del cursor sobre el blanco de la pantalla.

Al día siguiente de hacer el test salí a buscar alumnos como si el futuro de la educación dependiera solo de mí. Pegué cartelitos por todo el barrio, dejé un volante de fabricación casera debajo de cada puerta. No pasó nada. Hay que tener en cuenta que esto fue a finales del siglo pasado. No corrían buenos tiempos para nóveles emprendedores en el sector de la docencia. La gente ya se estaba yendo. Como Juampi, por ejemplo, que consiguió laburo en una parrilla de Oslo.

Fue pantagruélico el asado de despedida. Y así me convertí en el único asador del fútbol.

El jueves en que estrené la titularidad, llovía. La cancha era de baldosa y no tenía techo, así que mientras mis amigos hacían un número de patinaje esperpéntico, al reparo del quincho, es decir alrededor de la parrilla, se fueron amontonando los pibes que jugaban en el turno siguiente.

En un momento, se me acercó el más gordito

–¿Me vendés uno, maestro? –me preguntó, mirando fijamente los chorizos.

No se compraba de más en el fútbol. Había un chorizo por cabeza. Se lo expliqué y el gordito puso una cara de decepción tan conmovedora que tuve que regarle el mío. El chorizo tenía un dorado perfecto, se lo adivinaba jugoso y crujiente. Y ver cómo lo disfrutaba me cambió la vida.

Esa misma noche hablé con el bufetero, el único autorizado para vender comida dentro de la sociedad de fomento. Era un gallego jubilado que vivía de venderle alfajores a los chicos y caña a los viejos. Le propuse que me dejara explotar la parrilla a cambio de un porcentaje de las ganancias. Cinco minutos lo pensó, sin dejar de mirar la tele que tenía siempre prendida, y dijo que sí.

Y mientras todo alrededor se incendiaba, a mí me empezó a ir bien. Porque una crisis socioeconómica puede destruir un país, pero el fútbol y el chori son indestructibles. Además, ya se sabe que las criaturas vienen con un pan debajo del brazo.

Cecilia quiso esperar hasta la decimoquinta semana para darle la noticia a sus viejos. Quería estar segura.

–¿Te hacés un asadito? –me propuso.

–Claro, amor –dije yo, que había jurado para mis adentros no volver a hacerle un asado a mi suegro nunca más en la vida. Y lo dije con sinceridad, sereno, sin ánimo de revancha. Imaginé un asado sanador. Me vi delante del fuego, explicándole con dulzura a mi suegro que el asador, en mi casa, era yo.

Elegimos hacerlo un domingo al mediodía, con las dos familias al completo: mis suegros, mi cuñadito, mis viejos y mis dos hermanas. Yo ya era cliente al por mayor de la carnicería, así que conseguía buenos precios. Tiré la casa por la ventana. Armé una degustación de exquisiteces diseñada para trasmitirle a los comensales ese calor que había sentido en el pecho al enterarme de que iba a ser padre.

En pleno invierno, nos tocó un día hermoso, de sol radiante y cielo azul impoluto, ideal para celebrar buenas noticias. Mi suegros fueron los primeros en llegar. Mi suegra se quedó en la cocina, haciendo las ensaladas con Cecilia, y mi suegro salió al patio.

–¿Qué tal? –dijo.

Noté enseguida que algo le pasaba. Estaba mustio, apagado. Normalmente él se ocupaba de hablar, de hacer chanzas o dar consejos. Pero esta vez se quedó mirando la parrilla sin decir ni una palabra más, hasta que el silencio me puso incómodo.

–¿Un vinito? –ofrecí.

Me miró sorprendido, como si acabara de despertarse conmigo a lo pies de la cama.

–Cómo no –dijo.

Con la excusa de ir a buscar el vino entré en la cocina, le hice una seña a Cecilia para que me siguiera y subí al dormitorio para poder hablar sin que nos escucharan; le comenté que su viejo estaba raro y le pregunté si sabía qué le pasaba. Me dijo que no tenía idea pero iba a investigar. Después bajamos haciendo que hablábamos de un juego de llaves perdido.

De nuevo en la cocina, agarré una botella de vino y abrí el tercer cajón, el que guarda lo que se usa poco, para buscar el destapador. Ahí estaba el cuchillo verijero, desterrado desde que había jurado no volver a usarlo nunca más en mi vida, el mismo día en que había jurado no volver a hacerle un asado a mi suegro nunca más en mi vida. Lo saqué de la vaina, lo ensucié (a escondidas de mi suegra) con sangre que había quedado en una bolsa de la carnicería y salí al patio, con el cuchillo y la botella de vino, dispuesto a ser el mejor yerno del mundo.

Mi suegro volvía a estar en trance. Acariciaba a Chejov, que se había subido a la mesita auxiliar, con la mirada perdida en la enamorada del muro.

–Vinito –dije, apoyando la botella en la mesa.

Chejov saltó al suelo y mi suegro volvió a despertarse.

–¿Qué tal anda ese? –dijo, mirando el cuchillo que yo tenía en la mano.

–Un lujo –dije yo.

Mi suegro levantó la botella, sirvió dos vasos, y nos quedamos mirando como se hacía la carne, en silencio, dándole sorbos al vino.

El silencio era solo exterior, por supuesto, dentro de mi cabeza había un ruido infernal. Buscaba con desesperación un tema para sacar y solo se me ocurría uno: la sucursal. Pero proponer una charla sobre la sucursal era lo mismo que escupir mi propio asado. Daba por sentando que mi suegro, por mucho éxito comercial que yo pudiera tener vendiendo choripanes, jamás iba a cejar en su intento de convertirme en otro tipo.

Otro tipo. Otro tipo. Otro tipo. Entré en un bucle dañino. Mi suegro quería otro tipo para su hija. Empecé a pensar que estaba así, mustio, mal, por eso mismo. Cada vez que nos juntábamos mi suegra repetía lo de “Pensaba que hoy nos iban a dar una noticia”. La estaban esperando. No era difícil sospechar que si habíamos juntado a las dos familias enteras un domingo al mediodía era por algo. Empecé a pensar que mi suegro estaba mal porque sabía lo que estábamos a punto de anunciarle. Estaba mal porque ya no podía abrigar esperanzas de deshacerse de mí; su hija y yo estábamos unidos para siempre.

Todavía tenía el cuchillo en la mano y de repente noté que lo estaba apretando demasiado. Me di miedo a mí mismo. Respiré hondo. Tomé un trago de vino.

–¿Qué tal por la sucursal? –dije.

Mi suegro hizo como si no me hubiera escuchado. Se inclinó sobre la mesa auxiliar y agarró un tenedor.

–A ver cómo va esto –dijo, dando un paso hacia la parrilla con el tenedor en alto.

Fue un reflejo, no pude evitarlo. Lancé hacia adelante la mano del cuchillo y le di al tenedor, de plano, justo antes de que pinchara un pedazo de vacío. Chocaron los metales (Chin) y mi suegro me miró como si le hubiera clavado el cuchillo en la aorta.

–Es mi asado, suegro –le dije. La mano del cuchillo me temblaba.

No existe el asador que no haya sido menoscabado en sus inicios por otro más veterano, así que mi suegro me entendió. Vi en su ojos que reconocía el orgullo de asador herido.

–Perdón –dijo, flojito, como si se estuviera desangrando.

Después de comer, dimos la noticia (que fue celebradísima, por supuesto) y cuando todos se fueron, ya casi al final de la tarde, Cecilia me explicó lo que le pasaba a mi suegro.

–Lo prejubilan a la fuerza –dijo, con humedad en los ojos.

Había elegido el peor momento para acuchillarlo.

Me sentí tan culpable que en cuanto dejó de ir a la sucursal, lo convencí de venir a darme una mano en la sociedad de fomento. Y así empezamos. Después, con lo que le dio el banco, compramos el primer local, que no tenía salón, se comía al paso. Nos fue bien y un par de años más tarde abrimos en otro lugar, cerca, ya con diez mesas. Así fuimos creciendo, pasando de un lugar a otro, hasta que llegamos a donde estamos ahora, la gran esquina, con dos salones y el humo que jamás cesa: Parrilla El Verijero (Celebre aquí su banquete). Mi suegro ya andaba mal pero llegó a verlo, por suerte, antes de irse de gira, y también se dio el gusto de ver a su hija recibida de médico.

A mí nunca se me pasó el berretín. Pero se me hizo muy complicado desarrollarlo con tantas obligaciones. Por eso tardé una vida en escribir este cuento. Miento. En realidad lo escribí y lo reescribí mil veces, en mi cabeza, mientras hacía mil asados. Y cada vez que sentía el impulso de sentarme delante de la computadora, miraba el fuego, tomaba un trago de vino, me acordaba de mi maestro, Juampi, y pensaba: “¿Qué apuro hay?”

 
 
 

12 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Volverse invisible

Volverse-invisibleLos chicos dicen que fue una traición lo de Pinnueve. No sé. Ellos lo vivieron así. De hecho, no volvieron a hablarle nunca más. Incluso ahora, que ya corrió mucha agua bajo el puente y estamos grandes, cuando nos juntamos a comer algo y sale el tema, se ponen como locos. Se amargan de verdad. Pero “traición” suena demasiado fuerte para mí. “Desilusión” diría yo. Una desilusión enorme.

Recuerdo que estábamos a mitad de tercer año. Un día como cualquier otro, entró la preceptora al aula seguida por un pibe alto, flaco, pálido y desgarbado. En el medio de la cara tenía una cosa que se parecía más al pico de un basilisco que a una nariz humana.

–Les presento a Ricardo, su nuevo compañero –dijo la preceptora.

–¡Bienvenido, Pinnueve! –gritó Osorio desde el fondo.

Se hizo un silencio total y todos, incluida la preceptora, miramos para el fondo esperando una explicación. Osorio dejó pasar unos segundos, como para disfrutar el momento de gloria, y con una sonrisa ladeada, dijo:

–Es el hermano mayor de Pinocho.

El aula estalló en una carcajada bestial y a Osorio le pusieron cinco amonestaciones.

Era jodido Osorio. Porque no solo era cruel y artero para poner apodos, también era enorme. Era una mole que le sacaba una cabeza al resto del colegio. Nadie sabía cuántas veces había repetido. Nadie se atrevía preguntar. Tenía una bandita de esbirros que lo seguía a todas partes. Robaban insignias de los coches de los profesores, hacían saltar los tapones al menos una vez por semana y en todos los recreos jugaban al fútbol con una pelota hecha de medias.

El mismo día que llegó Pinnueve, en el primer recreo, hubo un lesionado grave en el partido de Osorio. Se escuchó un grito y uno de los arqueros salió corriendo para el baño con un manantial de sangre brotando de la nariz. El patio enmudeció. Y entonces, Osorio, como si no hubiera pasado nada, le gritó a Pinnueve, que estaba en un rincón comiéndose un alfajor:

–Che, Pinnueve, entrá vos.

Supongo que la intención de Osorio era meterle una patada en la tráquea en la primera jugada, a modo de bienvenida y agradecimiento por las amonestaciones. Fuera cual fuera la intención, todos sabíamos que Pinnueve tenía que elegir entre eso o la muerte. Todos menos él, Pinnueve.

–No me gusta el fútbol –dijo, levantando apenas la voz, sin moverse del rincón.

Ahí quedó clarísimo que el pibe era un inadaptado social que desconocía las reglas básicas de supervivencia. Me acuerdo patente que yo estaba con los chicos, jugando al Magic en nuestro banco de siempre, y les dije:

–Muchachos, este es de los nuestros.

Osorio estuvo suave esa vez. Apenas le aplastó el alfajor en la cara.

Al día siguiente reclutamos a Pinnueve. Porque a nosotros nos convenía ser más, ganar cuerpo, pero también por solidaridad. Sabíamos que por su cuenta, solo, a la buena de Dios, no iba a llegar sano al final de la secundaria. Nos necesitaba para que le enseñásemos cómo contestar con la evasiva correcta, cómo adular a Osorio si era necesario, cómo volverse invisible. Rulemán se encargó de hacer el primer contacto porque era el más simpático del grupo, el que tenía algo que, de lejos, se podía confundir con don de gentes.

Resultó perfecto para nosotros Pinnueve. No sabía jugar al Magic pero enseguida se compró un mazo y aprendió. Además, se interesaba por todo. Dejaba que Rulemán le quemara la cabeza con la numismática, era capaz de estar horas hablando de astronomía con Chichón y a mí me pedía prestado un cómic atrás de otro. De apelativo le quedó Pinnueve. Porque los apodos que ponía Osorio, que nos había rebautizado a todos, eran tan despiadados como certeros. Se te clavaban para siempre.

Lo de Pinnueve eran los rompecabezas. “Puzzles” decía él, y le tuvimos que advertir que jamás usara esa palabra en la escuela ni confesara su afición. Soñaba con ir a un campeonato que se celebra en Estados Unidos, una especie mundial del rompecabezas. Hacía trabajitos de jardinería desde los nueve años y ahorraba todo lo que podía para el viaje. Solo gastaba en rompecabezas y en su otra pasión: los alfajores Teniente Sideral; se comía uno en cada recreo, escondido en el baño, sentado arriba de un inodoro y con las piernas recogidas para que nadie pudiera verlo por abajo de la puerta, como le enseñamos.

Una día, al final de tercer año, Pinnueve nos invitó a su casa para mostrarnos un rompecabezas de seis mil piezas que acababa de terminar. Según él, había tardado un tiempo récord en armarlo. A nosotros, francamente, nos chupaba un huevo el rompecabezas. Pero él estaba tan orgulloso que necesitaba compartirlo. Fuimos todos juntos, un viernes, a la salida del colegio.

Vivía en una caserón antiguo, venido a menos, con paredes grises, agrietadas y ganadas por una enredadera descontrolada. No tenía padre y la madre parecía su abuela, estaba más arruinada que la casa. Le temblaba el pulso mientras nos servía la merienda y casi no hablaba. Era como un fantasmita.

Cuando terminamos de merendar, Pinnueve nos llevó a una habitación de la casa en la que solamente había una mesa. Arriba de la mesa estaba el rompecabezas, armado sobre un cartón. Era una pintura de la batalla de Lepanto; decenas de barcos y cientos de diminutos marineros muriendo y matando. El trabajo de alguien verdaderamente perturbado. Estuvimos todos de acuerdo en que era impresionante y Pinnueve se puso ancho. Sonrió incluso. Creo que fue la única vez que lo vi sonreír.

Justo en ese momento entró el hermano. Lo conocíamos porque también iba al colegio, pero era un año más chico que nosotros.

–¿Todavía no lo sacaste, pelotudo? –le dijo a Pinnueve. Así, a quemarropa, con cara de estar retando a un perro y como si nosotros no existiéramos.

Pinnueve miró al suelo.

–Pará –dijo.

–Las bolas pará –dijo el hermano –. En un rato llegan mis amigos.

–Pará –volvió a decir Pinnueve.

–Sacalo ya o lo saco yo –dijo el hermano.

Pinnueve levantó la vista y vi que tenía los ojos vidriosos.

–Pará, pelotudo –dijo.

El hermano dio los tres pasos que lo separaban de la mesa, agarró con las dos manos el cartón sobre el que estaba armado el rompecabezas y lo revoleó por el aire. Las seis mil piezas de la batalla de Lepanto llovieron sobre nosotros.

–Te avisé –dijo el hermano. Y se fue.

Pinnueve estaba más pálido que de costumbre, por un momento pensé que se iba a desmayar. Pero se agachó y empezó a juntar las piezas.

–Necesita la mesa –dijo.

Lo ayudamos a juntar y nos fuimos horrorizados.

Pero yo me quedé tan mal que al día siguiente, sábado, volví para ver cómo andaba Pinnueve.

–Pasá, pasá –me dijo la madre –Ricardito recién volvió de trabajar, está en el fondo.

Tuve que cruzar el caserón entero, y cuando pasé por delante de la habitación del conflicto, vi que en la mesa habían improvisado una red de ping-pong.

El fondo era enorme, como la casa, y tenía una vegetación salvaje que casi no dejaba ver las medianeras. Al fondo del fondo había una especie de cobertizo, y como a Pinnueve no se lo veía por ninguna parte, pensé que debía estar ahí. Pero a medio camino escuché un ruido que venía de las plantas, de un gomero para ser más preciso. Pinnueve estaba en cuclillas, adentro de la cueva que formaban las ramas.

Se me ocurrió una sola explicación posible para su actitud: que estuviera cagando. ¿Por qué iba a estar cagando en una planta cuando tenía su baño a menos de quince metros? Eso no lo pensé. Pero pensé que cortarle la inspiración con un susto iba a ser desopilante.

–¡Bu! –le grité casi en la nuca.

Se paró como impulsado por un resorte, se golpeó contra una rama del gomero, y mientras se restregaba la cabeza me insultó con una furia que no le conocía hasta el momento. No había mierda en el suelo. Había una palita de jardinero, un pocito y una lata de galletas holandesas.

Tuve que rogarle y jurarle por la salud de mis cómics que no le iba a decir nada a nadie para que me mostrara lo que había adentro de la lata: rollos de billetes. Muchos. Todo lo que había ahorrado cortando pasto desde que tenía nueve años.

–Sos la única persona que sabe esto, Cebolla –me dijo–. Si algún día me pasa algo, contale a mi vieja no a mi hermano.

No sé bien por qué lo dijo. Si por hacerse el dramático o porque tenía una sospecha real. Pero me quedó grabado en el cerebro. Sobre todo porque consideraba que el hermano de Pinnueve era un psicópata capaz de hacer cualquier barbaridad, lo que quedó ampliamente demostrado un poco más tarde.

Promediaba cuarto año recuerdo. Osorio recién había descubierto que Pinnueve tenía un hermano menor. Natural, porque en el colegio Pinnueve y su hermano no se hablaban ni andaban nunca juntos. Supongo que por ser consistente con la joda, Osorio le decía Pinocho al hermano menor de Pinnueve.

–¡Pinocho, el culo te abrocho! –le gritaba cada vez que lo veía, y la corte de esbirros adulones que lo seguía a todas partes se reía a carcajadas.

Calculo que él, Osorio, no podía verlo. Pero nosotros sí veíamos como la furia se iba acumulando en el gesto del enfermo de Pinocho.

Explotó en un recreo como no podía ser de otra manera.

–¡Pelea! –gritó uno– ¡Pelea!

Estábamos en nuestro banco, jugando al Magic, y vimos a Osorio rodando por el patio entrelazado con alguien. Pinnuneve se puso pálido como la vez del rompecabezas.

–Es mi hermano –dijo.

Rodaron para un lado. Rodaron para el otro. Y cuando se separaron, vimos claramente que Pinocho tenía la boca ensangrentada. Todos pensamos que no le quedaban más dientes. Pero entonces Osorio dio un grito desgarrador. Tenía una mano bañada en sangre y el dedo meñique colgando de un hilito de carne.

A Pinocho lo expulsaron del colegio y Osorio no volvió a poner un sobrenombre.

Con todos estos antecedentes, ¿qué íbamos a pensar cuando a Pinnueve se lo tragó la tierra?

Habíamos terminado la secundaria hacía una semana y andábamos con esa angustia y esa nostalgia anticipada del “que no se corte”. Nos juntábamos a jugar al Magic todas las tardes en un banco de la plaza que está enfrente del colegio.

Y un día Pinnueve no vino, al día siguiente tampoco, y al siguiente tampoco. Al cuarto día fuimos hasta un teléfono público y llamamos a la casa. Atendió Pinocho.

–Se fue de campamento –dijo–. No sé cuándo vuelve.

Si nos hubiera dicho que lo había abducido una nave extraterrestre proveniente de NGC 6822 hubiera sonado más creíble. Pinnueve pasaba todo su tiempo libre encerrado en su casa armando rompecabezas. Era jardinero y sin embargo estaba blanco como un vampiro. Detestaba el sol. Para trabajar se ponía la protección solar más alta que existe y se tapaba de pies a cabeza. Y también detestaba los bichos. Detestaba a la naturaleza en general. Por no mencionar otro detalle: ¿con quién se había ido de campamento? Nosotros éramos los únicos amigos que tenía. Y sobre todo: ¿Por qué no nos había avisado?

Me pareció pertinente romper la promesa que le había hecho a Pinnueve. Les conté a los chicos el episodio de la lata y el sugerente pedido que me había hecho de no confiar en su hermano. Estuvimos toda la tarde dándole vueltas al asunto y cuando empezó a oscurecer ya no teníamos dudas de que estábamos ante un fratricidio. Juramos por nuestra amistad que no íbamos a descansar hasta hacer justicia.

Al día siguiente llamamos a la casa de Pinnueve seis veces, con intervalos de una hora. Las seis veces atendió Pinocho y las seis veces cortamos sin decir nada. Enseguida empezamos a manejar la hipótesis del doble asesinato. En el fondo de ese caserón había lugar y privacidad de sobra para enterrar dos cuerpos. Pinnueve había caído con su pobre madre.

Chichón, que estaba afectadísimo, a punto de ponerse a llorar, dijo que su cuñado era policía y se ofreció a comentarle el tema. Lo pensamos un rato y llegamos a la conclusión de que era lo más sensato. Dado que estábamos tratando con un demente de alto riesgo, lo mejor era dejar el tema en manos profesionales. Chichón aseguró que esa misma noche hablaría con su cuñado porque el tipo iba todas los días a cenar a su casa, y quedamos de encontrarnos al día siguiente ahí, en el banco de la plaza, para comentar la respuesta de la ley.

–Dijo que soy un boludo que mira demasiadas series policiales –nos informó al otro día Chichón que había dicho su cuñado –. Y que todavía no es policía, está en la escuela de cadetes.

Ahí quedó claro que íbamos a tener que trabajar solos en pos de la justicia. Entonces, como Chichón había sacado a colación lo de las series, me acordé de una cosa que había escuchado cuando era chico no sé si en Kojak o en Las calles de San Francisco: si no hay móvil, no hay crimen. Y me vino a la cabeza la lata de galletas holandesas. Si no estaba debajo del gomero, ya podíamos olvidarnos de volver a ver a nuestro amigo.

A media cuadra de la casa de Pinnueve había un kiosco con unas mesitas en la vereda. Nos instalamos ahí a esperar que Pinocho saliera. Llevamos las cartas de Magic, para fingir que jugábamos, y al final terminamos jugando de verdad porque tres horas más tarde Pinocho no había salido. Estar, estaba, eso lo habíamos comprobado con uno de nuestros llamados anónimos. Era cuestión de tener paciencia, y de consumir de vez en cuando para contentar al kiosquero que cada vez nos miraba con más cara de culo.

Confieso que estaba muerto miedo. Como el plan se me había ocurrido a mí y además era el más ágil del grupo, me tocaba hacer la incursión. Cuando Pinocho saliera, yo iba a saltar la ligustrina, iba avanzar a gachas unos veinte metros por el pasillo lateral del caserón, y me iba a internar en ese fondo tétrico hasta alcanzar el gomero, bajo el cual, en vez de la lata, esperaba encontrar enterrado a Pinnueve.

Recuerdo que me paré para comprar una Coca-Cola con los últimos pesos que nos quedaban y vi la sorpresa en la cara de Rulemán.

–¡La madre! –gritó para adentro.

El fantasmita había salido del caserón y venía directo hacia nosotros. Nos quedamos helados. De los nervios nos olvidamos que se suponía que estábamos jugando al Magic. La mujer cruzó la calle a un paso de una lentitud exasperante, pasó por al lado nuestro sin vernos o reconocernos, quién sabe, y compró seis alfajores Teniente Sideral en el kiosco.

Ahí descartamos la hipótesis del doble homicidio y empezamos a construir la del secuestro puertas adentro. Dos horas de debate más tarde estábamos convencidos de que al pobre Pinnueve lo tenían encadenado a la pared del sótano y la madre, cómplice pero madre al fin, le llevaba sus alfajores favoritos.

¿Cuál era el móvil de este nuevo crimen? Surgieron dos hipótesis. Rulemán defendía que Pinocho había descubierto que su hermano guardaba un tesoro, pero no el lugar donde estaba oculto. Ergo, planeaba mantenerlo prisionero hasta conseguir, seguramente mediante torturas, que le revelara la localización. Chichón, por otro lado, se decantaba por lo que llamaba el “típico secuestro de enfermito sádico”.

–Como esos alemanes que tienen a una piba treinta años en el sótano –argumentaba–. El móvil es la pura maldad, así que torturarlo, lo tortura fijo.

La buena noticia era que Pinnueve estaba vivo. La mala era que en cualquier momento podía dejar de estarlo, por lo tanto, urgía una acción drástica de rescate.

El plan se me ocurrió otra vez a mí. Lo primero era conseguir algunos rompecabezas, lo cual ya estaba hecho porque lo único que el fanático de Pinnueve regalaba para los cumpleaños eran rompecabezas. Después íbamos a montar guardia frente al caserón nuevamente, hasta que Pinocho saliera. Y con Pinocho afuera, tocábamos el timbre y le decíamos a la madre que veníamos a devolver los rompecabezas. Así tenía que abrir la puerta sí o sí, para agarrar las cajas. Y con la puerta abierta, uno pedía permiso para ir al baño y se metía en la casa de prepo mientras los otros entretenían a la vieja o hacían lo que podían con ella.

Era un plan de mierda pero no teníamos otro.

Otra vez usamos el kiosco como puesto de vigilancia. Cuando nos vio llegar, el kiosquero nos asesinó con la mirada, pero hicimos una primera consumición fuerte de papas fritas y Coca-Cola que lo dejó calmado. Sacamos las cartas de Magic y nos pusimos a jugar. A jugar de verdad, porque esperábamos que la cosa fuera para largo.

Entonces pasó algo con lo que no contábamos: la partida se puso demasiado entretenida. Más que entretenida, emocionante. Si la hubiéramos podido terminar, sin duda hubiera sido la mejor de nuestras vidas como jugadores de Magic. Pero no pudimos porque nos interrumpió Pinocho.

–¿Qué hacen acá? –dijo. Estaba parado al lado nuestro y ninguno lo había visto llegar.

El mundo se detuvo.

–Jugamos –dije –después de un silencio demasiado largo.

Pinocho nos estudió unos segundos con desconfianza. Quedó claro que nuestra presencia ahí no le cerraba para nada. Después nos dio la espalda, se acercó a kiosco y pidió un paquete de chicles.

–¿No querés los alfajores de tu hermano? –preguntó el kiosquero.

Pinocho nos miró de soslayo, midiendo si habíamos escuchado.

–Mi hermano está de campamento –dijo. Pagó y empezó a caminar hacia el caserón sin decirnos ni chau.

Entonces Chichón dejó las cartas sobre la mesa y se levantó de la silla. Estaba llorando.

–¡Pinocho! –gritó.

Pinocho ya cruzaba la calle y giró para mirarnos con fuego en los ojos.

–¡El culo te abrocho! –gritó Chichón. Y antes antes de salir corriendo a todo lo que le daban las piernas perseguido por Pinocho, nos dijo por lo bajo– Sáquenlo como sea muchachos.

Rulemán me hizo pie para saltar la ligustrina. Corrí por el pasillo lateral y llegué al fondo con las pulsaciones a mil. En la parte de atrás, el caserón tenía una galería vidriada, con un par de sillas de alambre, una jaula con tres canarios y una antigua pileta para lavar la ropa. Ahí estaba Pinnueve, de frente a mí, abstraído en hacer rebotar una pelotita de ping-pong sobre una paleta. No era la actitud de un prisionero. Pero tenía un gran apósito sobre la cara que le cubría la nariz y los pómulos, y sombras moradas alrededor de los ojos. Era evidente que le habían pegado.

Estaba a punto de golpear el vidrio para avisarle que había llegado la caballería cuando se le cayó la pelotita. La persiguió por el suelo, la levantó y volvió a empezar el juego, pero esta vez ofreciéndome el perfil. Entonces noté que el pico de basilisco había desaparecido.

Golpeé el vidrio desesperado.

–¿Qué hiciste, Pinnueve? –grité –¿Qué hiciste?

Se me quedó mirando, sorprendido pero sereno, como si estuviera ante el fantasma de alguien querido. Abrió la puerta de la galería y salió.

–¡Tu sueño era ir al mundial de rompecabezas, Pinnueve! –le reclamé.

–Te pido un favor, Cebolla –dijo, sin mirarme a los ojos–. A partir hoy decime Ricardo.

 
 
 

2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Yerno perfecto

yerno-perfectoUno quiere lo mejor para su hija. Eso está fuera de la discusión. ¿Qué es lo mejor? Ni puta idea tiene uno. Pero eso no lo exime del deber de opinar. Cuando aparece un candidato, uno baja o sube el pulgar. Y es una decisión que hay tomar sorprendido y mal informado. Porque nadie te avisa. Nadie te dice: “Ojo, que mañana se te aparece con un pibe de la mano. Te paso la ficha para que la vayas leyendo”

Es fácil equivocarse. Sin ir más lejos, cuando Mariela era adolescente, salgo a buscar el diario un domingo a la mañana y me encuentro a uno en el jardín de casa, durmiendo la mona adentro de una planta de lavanda. Lo eché a patadas en el culo. ¿Cómo iba a saber yo que en el futuro ese chico iba a ser dueño de una concesionaria? Era un esperpento, indistinguible de lo que habían pasado antes y de los que vinieron después.

Es que Mariela siempre tuvo debilidad por los vagos. Dos o tres músicos trajo y hasta un poeta. Todos con olor a marihuana. Por eso, cuando apareció Julio, yo no lo podía creer. Un día abrí la puerta de casa y me encontré con un pibe erguido, atildado. Tenía un ramo de flores en la mano.

–Buenas tardes, señor –me dijo–. Vine a ver a su hija.

Olor a perfume tenía, calzaba mocasines y llevaba la camisa puesta adentro del pantalón. Por un momento pensé que se había equivocado de casa. Cómo habrá sido mi gesto de incredulidad que él también lo pensó.

–¿Usted no es el padre de Mariela? –me preguntó. Medio asustado parecía.

Hacía una semana que Mariela no salía de su habitación. Estaba con gripe, llena de mocos y lagañas. Hecha un monstruo estaba. Cuando le avisé que había un chico esperándola en el living se puso pálida como si hubiera visto un fantasma.

–¡Le dije que no viniera! –me gritó, como echándome a mí la culpa del arrebato del pibe. Y ni tiempo a defenderme me dio: salió corriendo por el pasillo, se metió en el baño, y escuché que empezaba a correr el agua de la ducha.

Me quería matar yo. Sabía que Mariela tenía para, mínimo, media hora. Y como mi mujer estaba en lo de su hermana, no había nadie para salvarme. Iba a tener que fumarme yo la vigilia con el candidato. Ofrecerle algo para tomar, sacarle temas, todo eso. Y aunque Julio me había entrado bien, no tenía ganas de atravesar semejante rotura de pelotas. Antes de que sonara el timbre, estaba pensando en abrir un vinito, cortar un salame y leer el suplemento deportivo.

¿Qué iba a hacer? Respiré hondo y me jodí.

Cuando volví al living me encontré a Julio mirando el banderín firmado por los campeones del ascenso, el que tengo colgado arriba del hogar. Y me asusté, porque estaba demasiado cerca, tenía la nariz casi pegada a la tela.

–Esto es un tesoro –me dijo.

Sentí que se me humedecían los ojos y tuve que meterme rápido en la cocina para que no me viera lagrimear. Al fin tenía reconocimiento la lucha salvaje que había mantenido contra mi mujer y mi hija para darle a mi joya el lugar de privilegio que se merecía. No pudo elegir mejor las palabras el hijo de un cargamento de putas.

Sentí alivio. Porque mi temor más grande era que Mariela me trajera a uno de ellos. Estaba dispuesto a darle mi bendición al poeta hincha de la marihuana antes que a uno de esos culo roto. Esto no lo digo muy seguido porque todo el mundo, empezando por mi mujer, dice que soy un energúmeno. Pero son mala gente. Y no estoy hablando de fútbol, estoy hablando de la vida. Son los que engañan a su mujer, lo que no cuidan a su madre, los que no pagan sus deudas. Lo tengo comprobadísimo. Algo tienen esos colores de mierda que atraen a miserables, ventajeros y mezquinos.

En realidad, sentí algo más que alivio. Alivio hubiera sido que me trajera uno de Mandiyú de Corrientes. Un neutral. Un suizo cualquiera. Pero este era de los nuestros y además usaba la camisa adentro del pantalón. Me había hecho feliz mi hija.

Corté el salame, abrí el vinito, lo invité a sentarse conmigo, y estuvimos hablando cuarenta minutos seguidos, sin pausas ni silencios incómodos. Sabía todo el turro. Hasta sabía cosas del ascenso, de cuando él todavía no había nacido. Se quedó boquiabierta Mariela cuando al fin apareció. Ya éramos como chanchos.

No tiene nombre lo que cinché por Julio. Porque Mariela siempre fue medio veleta con los pibes, hoy te quiero, mañana no, y dale que dale. Así que desde el principio le demostré de todas las formas posibles que lo aprobaba. Porque yo tengo la suerte de llevarme bien con mi hija. Ella siempre escuchó lo que tengo para decir, siempre me hizo caso, incluso cuando era adolescente.

A instancias de un servidor, Julio cenaba en casa un par de noches por semana. Se quedaba a dormir en el cuarto de Mariela sin que yo levantara una ceja. Si era necesario hasta usaba mi coche para salir a pasear. Y el pibe era el yerno perfecto. Nunca caía sin flores, sin vino, sin postre. Horas se quedaba haciendo sobremesa conmigo, hablando de fútbol.

Fue en una de esas sobremesas que empecé a pensar en decirle de ir a la cancha juntos. Hacía mil años que no iba yo. Desde que se murió mi viejo, para ser más preciso. No encontré otro compañero y como ir a la cancha solo es más triste que pegarle a la madre, perdí el hábito. Empecé a ver los partidos por la tele, cuando se podía, y cuando no a escucharlos por la radio.

Pero en ese momento me pareció demasiado decirle a Julio. Porque una cosa es cinchar por un candidato y otra es ponerte de novio vos. Ir con él a la cancha era hacerlo de la familia y apenas llevaba medio año saliendo con Mariela. Me aguanté las ganas.

Y entonces justo fue lo de la otra piba.

Una noche estamos cenando y tocan el timbre. Me paro, caliente, porque no hay nada que rompa más las pelotas que la gente que te cae a la hora de cenar, y cuando abro la puerta, dispuesto a sacar cagando al Santo Pontífice si fuera necesario, me encuentro una piba bañada en llanto.

–Dígale a ese hijo de puta que salga –me dice–. Dígale que lo vi entrar.

Quilombo total. Más llanto. De la piba, de Mariela, de mi mujer. Gritos. Puteadas. En un momento la piba hasta manoteó un vaso y se lo revoleó por la cabeza a Julio. Se agachó justo. El vaso se estrelló contra un hipocampo que teníamos arriba de la repisa, recuerdo de unas vacaciones en Miramar. Lo hizo mierda.

Terminé la noche llevando a la piba a su casa. Había pasado tantos nervios la pobrecita que se me durmió en el coche. Tuve que tocar el timbre y explicarle todo a los padres. Una gente de primera por suerte. Hasta me sirvieron un cafecito. Y ahí me desayuné de que la piba y Julio eran novios hacía seis años.

Lo quería matar. No exagero. Matarlo a golpes quería. Si me lo hubiera cruzado cuando salí de la casa de esa gente, le hubiera partido la cabeza con la llave cruz o alguna barbaridad así. Por suerte, cuando llegué a casa ya se había ido. Mariela estaba con un ataque de nervios que le duró una semana.

La manejó bien el guacho. Se llamó a silencio y esperó un tiempo prudencial. Hasta que una tarde apareció por la ferretería cuando estaba cerrando. Me impresionó que fuera tan guapo de venir a encararme a mí, así que me aguanté las ganas de clavarle un destornillador en el ojo y lo hice pasar. Bajé del todo la persiana y lo atendí en penumbras para meterle un poco de cagazo.

–Ante todo –fue lo primero que dijo–, quiero que sepas que a tu hija la amo.

Después me dijo que había dejado a la otra piba. Dijo que era algo que él quería hacer desde que había empezado con Mariela, pero que le había resultado muy difícil cortar una relación de tantos años. Dijo que asumía el error y que iba a hacer lo imposible por repararlo. Dijo que no había querido lastimar a nadie. Y me rogó que hablara con mi hija, que no le atendía el teléfono.

A todo esto, Mariela, que en su perra vida había llorado a un novio, andaba hecha un trapo de piso. Se ponía a llorar en la mesa. Salía de la cama solamente para ir a la facultad y volvía arrastrando los pies, con los ojos rojos de llorar en el colectivo. Se me partía el corazón. Yo sabía que en el fondo tenía ganas de perdonarlo.

Hablé con ella. Le conté que Julio había venido a verme. Al día siguiente volví de la ferre y los encontré tirados en el sillón, meta hacerse arrumacos.

Y bueno. Volvieron las sobremesas de fútbol. Vimos incluso un par de partidos juntos por la tele. Andábamos bien ese año. Recién llegaba el Bichito Carranza que hacía cada quilombo en el área. La pisaba y la pisaba. Los volvía pelotudos. Eso había que verlo bien. Había que vivirlo. Así que un domingo me decidí y le dije de ir a la cancha.

–¡Sería un honor! –tiró el pedazo de mierda.

Pero dijo que no podía porque era el cumpleaños de su vieja y quería llevarle unas flores al cementerio. Dijo que la madre estaba en Chascomús, de donde era él, y que entre ida y vuelta eran cuatro horas de viaje. Me conmovió tanto que me ofrecí a llevarlo y no acepté un no por respuesta.

Fue un lindo viaje. Fuimos primero al cementerio y yo lo esperé en la puerta para dejarlo solo. El compró unas flores y se metió. Habrá estado una media hora adentro. Después comimos un picada en un bolichito frente a la laguna y volvimos escuchando el partido por la radio.

Al domingo siguiente volví a decirle de ir a la cancha y me dijo que tenía un cumpleaños, y al siguiente del siguiente, me dijo que tenía un reencuentro con los compañeros de la secundaria. Así que no le dije más. Me pareció que ya era rogarle.

Habrá pasado casi un año calculo. Una madrugada, serían las dos o las tres, me despierta un ruido. Sonaba un teléfono que no conocía. Apagado sonaba, como lejano. Sonaba, sonaba y sonaba. Se cortaba y volvía a sonar. Me volví pelotudo buscando hasta que lo encontré metido entre los almohadones del sillón. “Número desconocido” decía la pantalla. No paraba de sonar.

Esa noche Julio había estado en el sillón con Mariela, mirando un película, y después se había ido para su casa. Pero yo estaba tan dormido que no caí en eso. Atendí para que dejara de sonar.

Escuché una respiración entrecortada, como si alguien se estuviera ahogando.

–Hijo… –dijo una voz de mujer–, me muero.

Así me enteré que la madre de Julio no estaba muerta en Chascomús. Estaba viva, a veinte cuadras de mi casa. Viva hasta esa noche pobrecita. Porque aunque llamé al hospital y salí cagando para la dirección que me dio, no se pudo hacer nada. Cuando llegué ya estaba la ambulancia y había un remolino de vecinos en la puerta. En un momento, un camillero preguntó si había algún familiar de la mujer y yo dije que el hijo era mi yerno, pero no lo había podido ubicar.

Cuando se la llevaron se me acercó una viejita.

–Dígale a ese que no tiene perdón de Dios –me dijo–. Y dígale que su madre lo siguió adorando, aunque él se haya olvidado de que existía.

De ahí me fui derecho para la casa de Julio con la firme intención de cagarlo bien a trompadas. Recién cuando me abrió la puerta y lo vi con cara de dormido y en pijama, frágil digamos, me di cuenta de que antes de romperle los dientes tenía que darle el pésame.

Terminé llevándolo a hospital para hacerse cargo del asunto de la madre. Estuvimos dos horas sentados en la puerta de la morgue esperando que lo hicieran pasar a verla. Me dijo que no era como había dicho la viejita, que no se había olvidado de que su madre existía. Que de chico la madre tomaba y lo fajaba. Que a los catorce años lo había echado de la casa por repetir y él la había dado por muerta. Que la había ido a ver una semana atrás porque le habían avisado que estaba en las últimas, pero la vieja no le había abierto. Que hasta le había pasado una nota por abajo de la puerta, con su teléfono, rogándole que lo llame.

Lloró como una Magdalena. Y yo, boludazo inocente, le creí.

Pero la novela de la madre borracha no explicaba por qué carajo me había hecho llevarle flores a Chascomús. Me dijo que eso había sido un mentira piadosa que se le había ido de las manos. Que lo había hecho para no ir conmigo a la cancha.

–Es que en la cancha me transformo –me dijo.

Le dejé bien clarito que si no aclaraba todo el asunto de la madre con Mariela no entraba más a mi casa.

Al día siguiente vuelvo de la ferre y me encuentro a mi mujer y a mi hija llorando abrazadas. Julio le había propuesto casamiento a Mariela.

Estuvieron un año preparando la fiesta. Mariela se conformaba con algo chico, familiar, pero Julio quería que fuera a todo culo. De mala conciencia supongo. Probaron un millón de entradas, dos millones de platos principales y tres millones de postres. Encargaron los centros de mesa con rosas rococó cultivadas en invernadero. Cuarteto de cuerdas y entrada en carruaje. Show de magia. Barra libre de primeras marcas. Torta de cinco pisos. Luna de miel en Cancún.

Me lo sé de memoria porque yo pagué la cuenta. Fue la tercera que me hizo Julio. Y de lo que más me arrepiento en esta vida es de que no haya sido la vencida.

Salgo una mañana para la ferre y en la vereda me encuentro al vecino de enfrente.

–Hay gente que no tiene códigos –me dice, negando con la cabeza y mirando algo que estaba a mis espaldas.

Me doy vuelta y veo, escrito con aerosol en la pared del frente de mi casa:

JULIO SORETE PAGÁ LO QUE DEBÉS

Faltaba una semana para que se casaran. Mariela no estaba por suerte. Se había ido dos días a las cataratas con las amigas, de despedida de soltera.

Tenía una explicación él, por supuesto. Que le pidió a un amigo. Que el amigo se quedó sin laburo. Que al final no era tan amigo y la mar en coche. Pero a esa altura a mí ya me importaba un carajo lo que tuviera para decirme. Lo hice pintar la pared a patadas en el culo. Y para que Mariela no se enterara de nada pagué la deuda, la fiesta y la luna de miel.

Después del casamiento anduvo calmado. Estuvo bastante tiempo haciendo buena letra. Al principio, apenas le hablaba yo. Lo trataba lo justo para que Mariela no sospeche nada raro. Pero como que me fui olvidando de las cagadas que se había mandado. De a poco volvimos a hablar de fútbol. Vimos algún partido en la tele. El Bichito Carranza ya no era el mismo pero, de vez en cuando, hacía una de las suyas.

Un día, le digo:

–El domingo vamos a la cancha. Me lo debés.

Asintió con la cabeza y no dijo nada. Quedamos que me pasaba a buscar él con su coche porque el mío estaba en el taller.

Llegó el domingo y yo tenía una ansiedad tremenda. No solo iba a ir a la cancha después de mil años, además jugábamos contra los culo roto. Ni me acordaba ya cuándo había sido mi último clásico. Parecía un nene yo. Una emoción tenía. Hasta revolví todo el armario buscando un gorrito que había comprado cuando el ascenso. Volteaba el olor a humedad que tenía el gorrito, pero me lo puse igual. Y me senté en la puerta a esperar.

Media hora después de la hora a la que habíamos quedado, cuando yo ya lo estaba puteando hasta en arameo y le había hecho cinco llamadas que no atendió, me llama Julio.

–Me dejó el coche –dice– Estoy esperando a la grúa.

No podía ni hablar yo de la calentura que tenía. Le corté sin decir nada. Y de golpe me sentí un pelotudo atómico ahí sentado, en la puerta de mi casa, con el gorrito puesto. Me tuve que tomar una botella de vino para resignarme a ver el partido por la tele después de la ilusión que me había hecho.

Pero fue hermoso. A los quince minutos del primer tiempo ya ganábamos dos a cero. Los culo roto no entendían qué carajo estaba pasando. Estaban serios como perro en bote. Se les veía en la cara que se querían ir a su casita. En un momento, hay un córner para nosotros y lo va a patear el Bichito Carranza. Acomoda la bocha el Bichito, y cuando da los pasos para atrás, bajo una lluvia de escupidas porque era contra la cabecera de ellos el córner, lo veo a Julio. Estaba agarrado del alambre, rojo como un tomate, gargajeando y puteando al Bichito a repetición, como una ametralladora.

Primero dudé. Pensé que no se puede ser tan hijo de puta en la vida. Pero no había mucho lugar para la duda porque tenía puesta la camiseta de ellos. Era verdad que se transformaba en la cancha. Debe haber sido la única verdad que salió de la boca de ese tremebundo culo roto.

Fue como si me sacaran una losa de encima. Ni bien terminó el partido empecé la campaña y no paré hasta que se divorciaron.
 
 
 

6 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Sin modelo

 
solero1El día que vine a ver la casa por primera vez, dije que no era buena idea comprar sobre una avenida. Pero mi difunto esposo, Dios lo tenga en la gloria, era terco como una mula y ya estaba decidido.
 
–¿Por qué te creés que está barata? –me dijo.
 
Una semana después de mudarnos, salió apurado para la oficina y lo agarró un camión. Le partió la cabeza. Al final no la tenía tan dura como yo pensaba el pobrecito.
 
El nene recién había cumplido los dos años. Al principio preguntó, pero no tardó mucho en olvidarse. Las criaturas son así, se acostumbran enseguida a las cosas, a los cambios. Y yo estaba tan triste que no podía ni hablar del fallecido. El nene sabía que a su papá lo había pisado un camión y poco más. No supe cuidarle el recuerdo y me creció sin modelo.
 
Que Dios me perdone.
 
Pero nunca, jamás de los jamases, y que me caiga muerta ahora mismo si miento, le dije lo que yo sentía, lo que deseaba desde que tenía cinco años y jugaba con las muñecas de trapo.
 
–¿Te gustaría que yo fuera nena, mami? –me preguntó una vez.
 
Tenía cuatro años. ¿Podés creer? En el momento pensé que lo decía por decir, que estaba repitiendo algo que había escuchado por ahí o en la televisión. Pero un tiempo más tarde descubrí que era un pensamiento propio.
 
No me olvido más. Le había tocado hacer de San Martín en una obra de la escuela y tenía puesto un gorro de general, hermoso, que yo le había hecho en cartón. Estábamos en la mesa de la cocina, él merendando y yo cosiéndole charreteras a una chaquetita que había cortado en raso.
 
Lo vi caiducho, tristón, y para levantarle el ánimo le comenté que le había tocado el mejor papel.
 
–Hubiera preferido hacer de dama antigua, mami –me dijo–.Para que me cosieras un vestidito.
 
Me quedé helada. No supe qué decir. Hice como si no lo hubiera escuchado. Recién a la noche, metida en cama, que es donde yo pienso, se me ocurrió lo que tendría que haber dicho. Que yo era feliz cosiendo charreteras para mi hijo, que no podía ser más feliz cosiendo volados. Las madres tenemos derecho a una mentirita piadosa de vez en cuando.
 
Fue un error terrible quedarme callada, el más grande de mi vida. No hay día que no me arrepienta. Porque después el nene empezó a crecer rapidísimo y cuando quise acordar ya era un adolescente. Ya no me hablaba. Los varones son así; se ponen parcos, ariscos. Andaba todo el día afuera y en casa lo único que hacía era escuchar música con los auriculares.
 
Muchos años tuve clavada la espinita de ese silencio. Tantos que cuando volvió a salir el tema ya la tenía hecha carne. Ni me acordaba que estaba ahí.
 
Había una clienta mía, la señora de Ponto, que todos los años, más o menos en noviembre, me encargaba un solero para el verano. Era gente de plata. Vivían acá a la vuelta en un chalet divino. Viven, mejor dicho, porque siguen ahí los Ponto. Nunca supe qué negocios tenía el marido. Jamás pregunté. Pero la cuestión es que el hombre viajaba mucho por Asia y traía unas telas preciosas. Era un placer trabajar esos géneros.
 
Al nene siempre le llamaron la atención esas telas. Porque él siempre tuvo buen gusto. Siempre supo apreciar las cosas bellas. De chico las miraba y las miraba. Hacia preguntas que yo, con todo el dolor del mundo, no le podía contestar. Porque yo apenas terminé la primaria y nunca salí del país. ¿Qué voy a saber de Asia?
 
Cuestión que, un noviembre, la señora me trae una seda japonesa maravillosa. Una fortuna debía valer ese pedazo de tela. Era tan delicada que daba miedo tocarla. Siempre fui muy cuidadosa, puntillosa, con el trabajo, y esa vez lo fui más que nunca. No solamente por la clienta, por mí también. Sabía que ese era el trabajo de mi vida. Quería hacerlo perfecto.
 
Modestia aparte, creo que lo logré. Porque cuando terminé el solero y lo extendí sobre mi cama, no podía dejar de mirarlo. Me acuerdo que era un domingo porque salí del encantamiento cuando escuché las campanas de la misa de doce.
 
Hacía un calor sofocante ese noviembre, incluso adentro de la iglesia que suele estar fresquita. Y yo no había desayunado por darle los últimos detalles al solero, así que a medio sermón, sentí que me desmayaba. La cuestión es que por no irme al piso mientras el cura hablaba, saqué fuerzas de flaqueza y me fui para casa, caminando despacito por la sombra.
 
El nene no me escuchó llegar porque andaba con los auriculares. Cuando entré a la cocina, me lo encontré de frente, como a una aparición. Y casi me caigo redonda ahí nomás.
 
Tenía puesto el solero.
 
¿Podés creer que parecía hecho a medida? Le quedaba hermoso. Lo quise tanto en ese instante. Se me llenó el pecho de una congoja terrible. Y después, con todo el dolor del mundo, le di vuelta la cara de un cachetazo.
 
No medí que tenía una taza en la manos.
 
Era café, nada menos. Le hizo una mancha terrible sobre el busto, y como el nene salió corriendo y se encerró en su habitación, no puede agarrarla a tiempo.
 
Llorando le llevé el solero a la señora. Le eché la culpa a un sobrinito, que no tenía, y a un descuido mío. Le rogué que me dejara hacerle una blusa o unos almohadones. Pero se enojó tanto que me hizo un desprecio feísimo.
 
–Lléveselo –me dijo–. No quiero nada.
 
Ahí lo empecé a perder al nene. Yo lo perdoné, porque una madre es incondicional, perdona siempre. Pero él nunca me perdonó la cachetada. Al poco tiempo, aprovechó la excusa de la universidad y se fue a vivir al centro. Y me quedé sola. Resignadamente, porque así son las cosas. Juro que no esperaba nada más de la vida.
 
Creo que tu llegada fue un milagro. Debe ser una herejía lo que voy a decir, que Dios se apiade de mí, pero a veces pienso que te trajo el ángel Gabriel. Un día estabas ahí, en la puerta, tiritando de frío. Eras tan chiquita. Me necesitabas.
 
Esa misma noche, llamó el nene y le conté.
 
–Es bueno que tengas compañía, mami –me dijo.
 
Venía todos los domingos a almorzar en esa época. A la siesta mirábamos algo en la tele y después salíamos a caminar por el barrio. Fue tan hermoso verlo jugar con vos. También te acarició un rato largo, mientras yo cocinaba, y después te tuvo aúpa mientras veíamos un programa sobre la vida de los millonarios. Vos no te acordás porque eras una gurrumina. Ni nombre te había puesto todavía, te decía Pichi, Puchi o algo así.
 
Esa tarde salimos los tres juntos a dar el paseo. Nos sentamos en un banco de la plaza. Estaba chocha yo. Una felicidad que ni recién casada tenía. Y en eso pasa rodando una pelota y vos te vas disparada atrás. Derechito para la calle te ibas. A mí se me vino el alma al cuello, pero el nene reaccionó rapidísimo; te alcanzó en cuatro zancadas y te trajo de vuelta.
 
Todavía no me habían bajado las palpitaciones cuando apareció un mocosito con la pelota abajo del brazo.
 
–¿Puedo acariciarlo? –me preguntó, señalándote.
 
Yo sabía que el pobre mocosito no tenía la culpa de nada pero me había asustado tanto que estaba enojadísima.
 
–Acariciarla –le dije, de mal modo.
 
Y ahí, el nene, el mío, giró la cabeza de golpe y me miró de una manera que no me voy a olvidar en la vida. No dijo nada, pero me estrujó el corazón esa mirada.
 
Al domingo siguiente no vino. Llamó por teléfono y dijo que tenía trabajo. Le dije que se quedara tranquilo, que yo iba a estar entretenida porque tenía mucho para coser. Pero era mentira porque no tenía nada. Ya casi no tenía clientas. Así que comí un poco de fiambre, porque no me gusta cocinar para mí sola, y me puse a ver el programa de los millonarios.
 
Esta vez era sobre una mujer. Una millonaria norteamericana que vivía en una casa inmensa, ella sola, con siete caniches. La mujer mostraba la casa. Esta es la cocina, este es comedor, el living; así con todos lo ambientes. Todo primoroso. Era una cosa que daba más gusto que envidia. Y de repente abre una puerta y dice:
 
–Este es el guardarropa de los bebés –. Porque ella le decía bebés a los caniches.
 
Virgen santa. Era un sueño lo que había ahí adentro. Me causó una impresión tan grande. A mí jamás se me hubiera ocurrido que podía existir algo así. Se me puso la piel de gallina y sentí un calor acá adentro, en el pecho. Ni siquiera terminé de ver el programa. Me puse a trabajar como una loca. Ni cené esa noche. Ya eran como la una de la mañana cuando terminé el vestidito.
 
Al día siguiente lo estrenamos. Salimos a caminar por el barrio y dimos cinco vueltas a la plaza. No hubo vecina que no me comentara lo hermosa que estabas.
 
Salvo la de Ponto, claro, que se hizo la que no nos había visto. Ya la tengo perdonada a esa pobre mujer. Cuando la desgracia es tan grande no deja lugar para el odio. Ella misma vino a decirme que ese domingo había visto pasar al nene por la puerta de su casa. Lo que no me dijo es que había hablado con él. Pero me hice la tonta. ¿Qué sentido tenía recriminarle?
 
Pasó todo rapidísimo. Estaba cocinando, escuché un portazo, y cuando me asomé al comedor lo vi al nene, desencajado, bañado en lágrimas.
 
–¿Le hiciste un vestido a la perra con la tela del solero? –me preguntó.
 
Y a mí me sonó tan feo.
 
–Hijo –le dije –por favor no le digas perra.
 
Le quise comentar que ya te había encontrado nombre. O mejor dicho una forma de llamarte que me salía natural, porque en ese momento todavía no sabía que te iba a quedar para siempre. Pero no me dio tiempo el nene. Se dio media vuelta y salió ligerísimo para afuera.
 
A Dios pongo por testigo de que toda la vida estuve pendiente de la puerta de calle. Cuando el nene era chico, la cerraba siempre con llave aunque saliera dos minutos a tirar la basura. Pero ese maldito día salí atrás de él, desesperada, porque sabía que si lo dejaba ir lo iba a perder del todo, y me dejé la puerta abierta.
 
Justo cuando el nene empezó a cruzar la avenida, sentí tus ladridos. Ya estabas casi en la esquina, persiguiendo a un gato roñoso que andaba en ese tiempo por la cuadra.
 
–¡Nena, volvé! –te grité, con una fuerza, con una angustia tan grande; de lo ovarios me salió el grito.
 
Los que lo vieron, los vecinos, dicen que de golpe el nene se quedó parado en el medio de la avenida y se dio vuelta para mirarme. Pero gracias a Dios misericordioso, yo no vi nada porque estaba de espaldas, corriendo para la esquina.
 
Fue calcado a lo del padre, pero con un colectivo en vez de un camión. ¿Podés creer lo que tira la figura paterna?

 
 

6 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Cambiar nada

cambiar-nada-bTres horas peleando, sin salir de la cocina. Y yo no había logrado entender nada, es más, ya me había olvidado de por qué habíamos empezado. Qué angustia, mamita querida. Qué agonía. Campaneaba el reloj de pared cada vez que podía. ¿Viste que cuando la estás pasando mal el tiempo camina lento? Ese día era un liebre el hijo de puta.

Cuando sonaron los timbrazos de Ferchu, dos largos y uno corto, yo estaba pálido y transpirando a chorros. Y me figuro que esa fragilidad mía la conmovió a ella, porque de repente dejó de querer matarme. Me miró como si tuviera algo incurable y dijo:

–Andá.

No te imaginás el esfuerzo de voluntad que tuve que hacer para no salir corriendo en ese instante sin decir ni una palabra más.

–No –le digo.

–Andá –me dice, ya más secamente.

–Así no –le digo.

–Andá –dice ella, empezando a levantar temperatura de nuevo.

Qué desesperación. Sabía que no iba a tener otra oportunidad de huir. Pero también sabía que si quería volver, tenía que irme con un mínimo de estilo. Y ahí me vino una idea de animal acorralado. Me la jugué al ataque. Puse trompita y le pedí que me diera un besito.

Me lo dio helado y en la comisura, más que nada porque ya estaba cansada de pelear creo yo. Fue una mierda de beso, pero cumplió muy bien sus dos funciones: pude retirarme con decoro, llevándome el mensaje de que la charla aún no había terminado.

En fin.

Ganamos uno a cero, en el alargue, con nueve hombres. Qué epopeya, mamita querida. Y qué manera de sufrir. Porque éramos horribles. Lo único que teníamos era al Ñato Barea, que movía los hilos en el medio y hacía jugar a los diez troncos que salían con él a la cancha. Esa tarde, encima, jugaron todos para nosotros. Con Ferchu, cuando hicimos las cuentas, casi nos desmayamos. Matemáticamente, podíamos soñar con la clasificación.

Qué alegría. Pero qué poco me duró. Se evaporó en cuanto me acordé de la charla que tenía pendiente en casa. Y ahí, Ferchu vio que se me alargaba la cara y entró a preguntarme qué me pasaba.

No hablábamos intimidades. Éramos amigos de cancha, o por ahí un poco más. Pero la epopeya que acabábamos de vivir nos había hermanado, y yo necesitaba descargar, así que le conté qué había estado a punto de perderme el partido y me había salvado por un besito.

Abrió los ojos como dos huevos fritos, más de susto que de asombro.

–Ahora te lo tiene que dar siempre –me dice–. No hay que cambiar nada.

En fin.

Milagrosamente, no hubo más pelea ese domingo. A la noche, miramos la tele cada uno en su punta del sillón y después nos metimos en la cama con cuidado de no rozarnos.

Con el laburo y el cansancio, sobraron las excusas para esquivar el bulto, así que la tensa calma duró toda la semana. Incluso se fue relajando. Y me confié. Como un boludo, dejé de prestar atención y el sábado se me escapó un comentario desafortunado sobre una ópera que a ella estaba mirando. No me lo contestó, pero enseguida me di cuenta de que la tensión había empezado a subir de nuevo y, en algún momento, ese comentario me iba a explotar en la cara.

Fue como una maldición que se repite. El domingo, cuando sonaron los tres timbrazos de Ferchu, dos largos y uno corto, yo estaba de nuevo atrapado en la cocina, transpirando a chorros y campaneando el reloj bajo una lluvia de furia.

Ella se me quedó mirando, sin decir nada. Estaba esperando que tomara la decisión correcta. Y yo quería tomarla, pero necesitaba un poquito de ayuda. No podía enfrentar a Ferchu en ese momento.

–Haceme un favor –le digo a ella–, salí y decile que estoy enfermo.

Todavía no entiendo cómo no me mandó al carajo.

Y casi se me caen los calzones cuando la vi volver a entrar con un ramo de flores, seguida por Ferchu.

–Mirá lo que me trajo Ferchu –me dice.

Me miraba, seria, como preguntándome qué carajo le pasaba al infeliz de mi amigo.

–Por el triunfo de la semana pasada –dice Ferchu.

Yo, por supuesto, no le había hablado del tema del besito ni pensaba hacerlo. Así que cuando ella me volvió a mirar pidiéndome una explicación con los ojos, le hice el gesto de que yo tampoco entendía nada. Me hice bien el pelotudo. Y contuve las ganas de meterle a Ferchu una patada en el ojete que lo mandara volando a la cancha.

–Ferchu, sabés que no me siento bien –arranco a decirle para despacharlo–. Pero no me dejó terminar.

–¡Ah! –me interrumpe, señalando la caja del DVD que ella había estado mirando el sábado, que andaba tirada por ahí–. Acá alguien tiene buen gusto para la ópera.

Qué sorpresa, mamita querida. Qué sorpresa fue que Ferchu, que en la cancha se comportaba como un energúmeno, que le rajaba a propios y ajenos las puteadas más ordinarias y crueles que yo había escuchado en toda mi vida de hincha, tuviera un amor oculto por el canto lírico. Qué sorpresa.

Como por arte de magia le cambió la cara a ella. Y ahí nomás se pusieron a charlar sobre tenores y sopranos. Veinte minutos deben haber estado hablando sin parar, o media hora, hasta que Ferchu miró el reloj y dijo, en un tono como de actor malo:

–¡Qué lástima! Me encantaría seguir pero se nos hace tarde para la cancha.

Ella se quedó medio cortada porque de repente se acordó de que me quería matar. Pero no quiso hacer quilombo adelante de Ferchu.

–Vayan, vayan… –dice. Y cuando la miré a los ojos, me hizo que sí con la cabeza, como diciéndome que estaba todo bien.

Pero yo no le creí que estaba todo bien. Me quedé patitieso, congelado por el terror. Estaba seguro de que si salía por la puerta lo iba a pagar carísimo pero… Qué tentación. Y para colmo, para hacer todo mucho más complicado, Ferchu, a espaldas de ella, me ponía trompita para recordarme que no podíamos irnos sin lo suyo.

Se hizo un silencio incómodo y ella, creo yo, olió mi miedo y quiso calmarme. Quiso zanjar. Dio dos pasos hacia mí, se puso en puntas de pie y me dio un besito en la comisura, feo, pero no tanto como el primero.

En fin.

Ganamos de nuevo. Dos a cero, al segundo de la tabla. Qué fiesta, mamita querida. A un punto de la clasificación quedamos. Había que mantenerse ahí. Ahí, había que mantenerse.

Esa noche, en casa, no hubo tensa calma. Hubo otra cosa, un aire que no pude identificar, raro pero agradable. Hasta charlamos en la cena. Me preguntó por el partido. Increíble. Y salió el tema de Ferchu. Yo temblé porque me veía venir una pregunta sobre las flores y no me parecía buena idea confesarle que mi amigote la usaba de cábala.

Pero no preguntó por las flores.

–¿Por qué no le decís a Ferchu que venga almorzar el domingo, antes de la cancha? –me dice–. Así podemos charlar bien.

Listo, pensé. Esta es la mía. Invitar a Ferchu a morfar era la forma perfecta de romper la maldición. Si ella se entretenía hablando con él sobre cantantes obesas, yo no iba a terminar acorralado en la cocina. Así que le dije a Ferchu, y también lo apalabré para que no mencionara lo del besito ni hiciera alguna pelotudez.

El domingo, sus tres timbrazos, dos largos y uno corto, me sonaron a salvación.

Cayó con un ramo de flores.

–No hay que cambiar nada –me dice, cuando le abro la puerta, con su cara de susto.

Qué embole me comí ese almuerzo. Dos horas estuve escuchándolos, con mi mejor cara, sin meter ni un monosílabo. Qué aburrimiento. Pero valió la pena. A la hora de salir para la cancha, ella estaba tan dulce que me dio el besito de lleno en la boca.

En fin.

Los almuerzos líricos con Ferchu se convirtieron en una costumbre. Él llegaba con las flores. Ella las ponía en un florero. Nos sentábamos a comer y le daban a la lengua duro y parejo. Se reían. Se emocionaban. La pasaban bomba. Y yo, calladito, masticaba pensando en la zurda mágica del Ñato Barea.

Claro, ahora, con el diario del lunes, es fácil verla venir. Pero, en ese momento, a mí lo único que me importaba era que ella ya no quería matarme. Y sí, también que los besitos seguían saliendo.

Porque es creer o reventar, pero no perdimos más. Empatamos tres seguidos, ganamos uno, y llegamos a la última fecha todavía con chances de clasificar. Qué emoción, mamita querida. Hasta ahí, nunca habíamos jugado la copa. Nunca habíamos salido del país. Jugar la Copa, para nosotros, significaba entrar en la historia del fútbol internacional. Internacional.

Qué nervios tuve toda la semana previa. Dependíamos de nosotros, pero había que ganar. Qué ansiedad, mamita querida. No podía pensar en otra cosa. Estaba como loco. Tan loco que cuando me enteré de que el Ñato Barea se había lesionado en un entrenamiento, casi me pongo a llorar. De verdad. Se me humedecieron los ojos. Estaba en el laburo y me tuve que ir. Metí la primera excusa que me vino a la cabeza. Dije que me sentía mal y salí disparado.

Y cuando el bondi pasó por la puerta de la casa de Ferchu, me tiré instintivamente. La pena era tan grande que necesitaba compartirla.

Puso los ojos de susto, de huevo frito, Ferchu, cuando me vio.

–Se lesionó el Ñato –le digo.

–Ya sé –me dice.

–Hacete unos mates –le digo.

–Me estaba yendo –me dice.

–Necesito unos mates, la puta que te parió –le digo.

Y lo vi muy nervioso. Mientras preparaba el mate tiró al suelo el paquete de yerba. Un desastre hizo, y después, llenando el termo, se quemó con el agua. Pero me pareció normal, dadas las circunstancias. Sin el Ñato estábamos jodidos.

Habíamos tomado apenas un par de amargos cuando sonaron los timbrazos, dos largos y uno corto.

Fue como un chispazo que me hizo el cerebro. De repente me di cuenta de que Ferchu estaba recién bañado y bien vestido; de que la casa, que normalmente era una ratonera, estaba limpia; de que en algún lado había un sahumerio prendido y de que teníamos música de fondo. Canto lírico.

–Sos un pelotudo –le digo–. ¿No era que no había que cambiar nada?

–Te juro que fue sin querer –me dice–, con los ojos de huevo frito llenos de angustia.

En fin.

Para que ella no me viera, tuve que saltar por la tapia del fondo.

 
 

2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

Gesto impecable

regaloMario vive poniendo el hombro. Si hay que estar, está. Es de fierro. No esquiva ni las mudanzas. Es un ángel. Cuando ve vacío el plato de un amigo, se saca el pan de la boca para llenarlo. Mario contagia dicha de vivir. Siempre tiene una sonrisa. Todo el mundo quiere a Mario. Y para todo el mundo, yo soy el enfermo que quiso cagarlo a trompadas en su casamiento.

Estuve mal, no lo discuto. La violencia siempre está de más, sobre todo en la casa de Dios. Pero créanme que el enfermo es él. Es necesario que el mundo lo sepa: debajo del tipazo se oculta un piscópata.

Esto empezó el día que cumplí treinta años. Me había dejado una novia, estaba pasando un mal momento laboral y encima era domingo, así que la crisis de las tres décadas me pegó mal. Muy mal. No quise hacer ni unos choripanes para la familia. Me encerré en casa a ver películas y apagué el teléfono.

Tipo cinco de la tarde, sonó el timbre.

No pensaba abrirle ni a mi hermana, pero no pude aguantar la tentación de espiar por el ojo de la cerradura. Ahí estaba Mario, recién bañado y con un paquetito primorosamente rematado en un moño rojo. Era tan tierna la imagen que me ablandé. Lo hice pasar y le metí un abrazo largo.

Cuando lo solté, me dio el regalo y dijo:

–Ojalá que te guste –. Tuve que hacer fuerza para no llorar mientras rompía el papel y descubría el estuche.

Adentro había un reloj demasiado caro para una amistad sentida pero de segundo grado como la nuestra, y demasiado formal para un tipo como yo que vive en jeans y zapatillas de lona. Un tipo que, de esto me sobran los testigos, en su puta vida usó reloj.

Campeé el pasmo como pude y se lo agradecí fingiéndome encantado. Incluso me puse el reloj y lo usé mientras duró su visita que, todo sea dicho, logró levantarme el ánimo.

Unos días más tarde llegué al fútbol de los jueves cagado de frío, con las manos en los bolsillos de la campera.

–Eh, amigo –gritó Mario, sonriente, apenas me vio llegar– ¿Tenés hora?

No registré la alusión al reloj que dormía en el cajón de mi mesa de luz. Pensé que me recriminaba una llegada tardía y consulté la hora en el celular.

–Son menos cuarto –le dije –estamos bien.

La sonrisa de Mario había desaparecido cuando levanté la vista. Era tan evidente su gesto de decepción que me vi en la necesidad de justificarme.

–Marito –dije–, lo que me regalaste es una joya para ocasiones especiales. ¡No lo voy a traer al fútbol!

Tengo una teoría. Creo que Mario exageró con la bondad. Creo que para contener sus impulsos negativos construyó un dique que tarde o temprano tenía que rajarse. Creo que Mario tenía ganas de que ese dique se rajara y usó lo del reloj como excusa.

Empezó a mostrarme su cara oculta. Literalmente, porque hasta cambió la forma en que me miraba: siempre de soslayo, con una intensidad desmesurada, como acechándome y temiéndome al mismo tiempo. Lo más perturbador fue comprobar que con el resto del mundo seguía siendo el ángel de la eterna sonrisa. Toda la podredumbre que Mario había juntado en su dique estaba reservada exclusivamente para mí.

Enseguida arrancó el acoso. Si estábamos en grupo, tomaba forma de chanza.

–¿Tenés hora, amigo? –me preguntaba en cada reunión en la que nos encontrábamos, y después me apuñalaba con su mirada de loco malo.

Si nos cruzábamos en la calle o en la panadería, sin conocidos a la vista, me presionaba sin siquiera saludarme antes:

–¿Y el reloj?

–Marito –repetía yo–, es para ocasiones especiales.

Juro que estiré hasta el límite la paciencia porque me sentía culpable. Al final de cuentas, Mario había pifiado mal en el regalo, pero el gesto había sido impecable. Tan culpable me sentía que incluso saqué un par de veces el reloj del cajón, lo sostuve, y medité seriamente la idea de convertirme en esa persona diferente, extraña, que lo llevaría puesto.

No pude hacerlo.

La paciencia se me acabó en un asado, con todo el grupo de amigos presente. Estaba charlando con el parrillero y sentí que alguien me tocaba el hombro.

–¿Tenés hora, amigo? –dijo la voz de Mario a mis espaldas.

Giré hecho un demonio y le grité en la cara:

–¡Ocasiones especiales, pelotudo! ¿Qué parte no entendiste?

Se hizo un silencio insoportable y todos me miraron esperando una explicación. Quise darla. Nervioso y gesticulante, tartamudo de la bronca, empecé a exponer el conflicto. Pero enseguida, por la forma en que se fueron congelando las miradas, me di cuenta de que era un error. Para todo el mundo, me estaba quejando de que un amigo me había hecho un regalo.

Esa noche me fui sin comer asado.

Me exilié de la vida social. Me recluí durante una eternidad de ocho meses en casa, para no cruzármelo a él ni a nadie. Falté a todos los cumpleaños y no fui más a jugar a la pelota. Así, de a poco, logré licuar la rabia que tenía adentro.

Y la verdad es que me alegré cuando volví a ver a Mario a través del ojo de la cerradura. Estaba con mi hermana, lo que me hizo pensar que venía a firmar la paz y la había elegido como mediadora. La elección me pareció perfecta porque, de esto también me sobran los testigos, adoro a mi hermana.

Se sentaron en el sillón de dos cuerpos, demasiado juntos.

–Tenemos que contarte algo –dijo ella, tomándolo de la mano.

La misma noche del asado en que exploté, se habían quedado hablando hasta tarde del incidente, de lo mucho que me querían, del alma humana, de la vida. Llevaban ocho meses viéndose a escondidas. Querían casarse.

Mientras mi hermana hablaba, el Mario que me miraba a los ojos era el de antes, el bueno.

–Queremos que seas el padrino –me dijo sonriendo.

Los preparativos del casamiento duraron un año, en que ni Mario ni yo volvimos a mencionar el tema del reloj. Por eso, cinco minutos antes de salir para iglesia, lo saqué del cajón y me lo puse. Era una ocasión especial, y con mi hermosa ofrenda de buena voluntad, pretendía cerrar la herida para siempre, sin necesidad de que mediasen palabras.

–¿Tenés hora, amigo? –me susurró el maldito loco al oído, mientras le pasaba el anillo.

 

6 comentarios

Archivado bajo Cuentos