Viejo careta

Rembrandt_The_Artist_in_his_studioA mis cincuenta y tantos, había ganado un par de premios, exponía bastante, vendía con cierta frecuencia, daba charlas en universidades, era apreciado por mis colegas y respetado por la crítica. Tenía una casa modesta, pero amplia y luminosa, con jardín y taller al fondo. Alquilaba un atelier en un barrio bacán, para dar clases; me cogía a todas las alumnas que se ponían a tiro.

Pintaba todos los días, de nueve a una, abusando del mate y la marihuana. Me consideraba dueño de un arte verdadero al que le dedicaba la vida. Creía, sin fisuras, que para mí no había nada más importante que mi arte. No tenía la menor sospecha de que era un farsante.

Como no podía pintar sin fumar, cultivaba mi propia hierba. Sembraba cinco o seis plantas en primavera, en un rinconcito discreto pero soleado del fondo, y las cosechaba al final del verano. Cuidaba a mis plantas como no cuidaba a nada ni a nadie en el mundo. “Buen día, chicas”, les decía cada mañana, antes de revisarlas.

No eran lo único que tenía en el fondo. También había un jazmín, una lavanda, un laurel, un gomero, una rosa china, un par de líneas de flores y un naranjo precioso. Hacer un par horitas de jardinería por semana ayudaba a despejarme.

Lo que no me gustaba era cortar el pasto, una tarea demasiado mecánica y sobre todo demasiado física para mí. Pero no quería contratar un jardinero, por las chicas. Ellas eran mi secreto; apenas un par de amigos sabían que existían. El pasto siempre estaba alto porque yo estiraba lo más posible el momento de cortarlo.

Una noche, al principio del verano, vino una de mis alumnas a casa. Era una antropóloga de cuarenta y algo, divorciada, que trabajaba para la secretaría de cultura de la provincia. Pintaba en mi atelier, dos horas, los sábados a la mañana, y se quedaba a dormir en casa un par de veces por semana.

Se llamaba Silvia, y esa noche, después de desnudarse, se quedó mirando el jardín a través de la ventana de mi dormitorio.

–Tenés el pasto alto –dijo–. Te voy a mandar a mi nene para que lo corte.

Esquivé el ofrecimiento. Dije que no hacía falta y le pellizqué el culo como invitación a pasar al siguiente tema. Pero al otro día, Silvia, que normalmente se hacía un café en la cocina y se iba a trabajar sin hacer ruido, me despertó con una caricia en la sien.

–Le digo al nene que pase a las diez –dijo.

Quise repetir que no hacía falta, pero no tenía voz; me salió un ronquido cavernoso y cuando terminé de aclararme la garganta Silvia ya no estaba. Así que me levanté, desayuné, revisé a las chicas que crecían espléndidas en su rincón, y me metí en el taller.

Si alguien tocaba el timbre, yo no tenía forma de saberlo mientras estaba en el taller. Cuando estaba ahí, no quería saber nada del resto del mundo. Ahí no había teléfono de línea y jamás llevaba el celular. Era mi cueva; pasaba la mañana entera metido ahí adentro, sin hablar con nadie, concentrado en el trabajo, saliendo solamente para fumar porque prefería no tener el ambiente lleno de humo.

En una de esas salidas, me encontré a David; lo vi cuando levanté el mentón para exhalar, después de encender el porro y darle una chupada larga.

El fondo y el frente de la casa estaban comunicados por un pasillo externo que comenzaba en una puerta cerrada con llave; David dijo que la había saltado, después de tocar varias veces el timbre, para ver cuánto trabajo había. No le creí, pero me pareció que ignorando el allanamiento íbamos a terminar antes; le dije que no podía atenderlo porque estaba trabajando, que su madre y yo nos habíamos entendido mal.

David se quedó mirándome sin mostrar la menor intención de moverse.

–¿Me das un seca? –preguntó.

Le dije que se las tomara rapidito.

Unos días más tarde vino Silvia a cenar. Ni bien cruzó la puerta, noté que estaba particularmente contenta, exaltada casi. Después de la cena, como era costumbre, pasamos al sofá y serví dos vasos de whisky.

–Ay –dijo Silvia –. No tendría que decirte esto…

Pensé que me iba a hablar de sentimientos, que iba a tener que ponerle los puntos y que esa noche me quedaba sin coger. Pero estaba errado. Silvia me contó que su jefe, el secretario de cultura, le había encargado un proyecto que la tenía entusiasmada: la creación de un premio anual para una figura destacada de la cultura provincial.

–Músicos, escritores, cineastas, pintores… –dijo

Quise mostrarme lo menos interesado que fuera posible. Así que la felicité reglamentariamente, me levanté del sillón, puse música y antes de volver a sentarme, bien pegado a ella, maté el whisky de un par de tragos.

A la mañana siguiente, me desperté con Silvia sacudiéndome.

–¿Qué hizo David? –me preguntó. Tenía una cara que jamás le había visto; estaba transfigurada–. ¿Por qué no cortó el pasto?

David no le había hablado de nuestro encuentro, así que tuve que hablarle yo; se lo conté tal cual había sucedido, omitiendo el detalle del porro.

Cuando terminé, Silvia parecía más vieja.

–Te juro que ya no sé qué hacer con él –dijo–. Ahora no me habla.

David tenía quince años; había estado a punto de ser expulsado del colegio por romper una ventana de una piña y se había llevado todas las materias a marzo. Silvia lo había castigado, dejándolo sin vacaciones y obligándolo a hacer trabajitos para sus amigos y conocidos.

–¿Le puedo decir que vuelva? –me suplicó, llorando.

David vino al día siguiente; llegó una hora y media tarde, con cara de dormido. Le dije dónde estaban la máquina y el alargue, y después le pedí que me acompañara hasta el rincón de las chicas, que seguían creciendo sanas. Todavía no tenían una altura considerable ni la resistencia de la caña, un jardinero adolescente con sueño podía ser letal para ellas.

–Ojo con estas –le dije, señalándolas mientras lo amenazaba de muerte con la mirada.

Tardó una hora en cortar el pasto; lo hizo bien, con prolijidad, sin causar daños y, lo más importante, sin molestarme. Estaba empapado en transpiración cuando terminó, así que lo llevé a la cocina y le di un vaso de agua fría.

Busqué la billetera y le alargué un par de papeles.

–Mi vieja no quiere que agarre plata –dijo.

–Entonces que quede entre nosotros –dije yo. Y agarró.

A la semana siguiente, cuando Silvia me preguntó si quería que mandara al nene, le dije que sí. Superados los miedos, me había resultado muy cómodo que me cortaran el pasto.

El pibe empezó venir todos los jueves. Y lo que había pasado el primer día, se hizo regla; llegaba a cualquier hora, pero era callado y prolijo. Sacaba y guardaba solo la máquina, sin que yo tuviera que decirle nada. Me interrumpía solamente cuando terminaba y yo le daba un par de billetes.

–¿Puedo ver tus cuadros? –me preguntó un día, después de agarrar la plata.

Por aquella época me había encontrado unos carteles de inmobiliaria, dentro de un contenedor; eran cinco chapas grandes, muy deterioradas. De una de ellas, ahí mismo, en la calle, había visto surgir la cara de una mujer; eso me había dado la idea de hacer una serie de rostros. Estaba trabajando sobre las chapas tal cual las había encontrado, aprovechando a veces zonas del color original, agujeros, texturas del óxido.

Hice pasar a David al taller, que hedía fuerte a marihuana porque los días que él cortaba el pasto yo fumaba adentro, y le mostré lo que estaba haciendo.

–Está bueno –dijo.

Silvia vino a casa un par de días más tarde. Apenas abrí la puerta me abrazó y besó en la boca, cuando lo normal era que los besos empezaran recién después de la cena.

–Gracias –dijo– por el gesto que tuviste con David.

No supe a qué gesto se refería.

–¡Meterlo en tu estudio! ¡Mostrarle tu obra! –dijo Silvia, con una efusividad que me pareció sobreactuada.

No estaba feliz porque lo que yo había hecho, sino porque el pibe se lo había contado; su hijo se había dignado a dirigirle la palabra.

No me gustó nada el color que tomaba el asunto y pensé que había sido un gran error darle cabida al pibe; sin darme cuenta había sido bueno con el hijo de una mujer que me admiraba, y de la que yo solo pretendía una cosa. Pensé que lo mejor era cortar por lo sano, antes de tener problemas. Pero esa noche Silvia estuvo especialmente fogosa.

El jueves siguiente, David llegó un poco menos tarde que de costumbre. Esa mañana, yo estaba empezando la quinta chapa, la última. Alguien le había volcado solvente encima; tenía una gran mancha en el centro donde se mezclaban los colores. De ahí había visto asomar la cara de un viejo y estaba trabajando para sacarla.

David golpeó la puerta del taller y cuando le abrí me mostró un gusano verde que caminaba sobre su dedo índice; dijo que lo había encontrado en las plantas.

No me inspiró confianza que el pibe anduviera mirando mis plantas de tan cerca; lo dejé pasar porque en ese momento lo que más me preocupaba era la salud de las chicas. Fuimos juntos a verlas y David encontró dos gusanos más. Esa misma tarde compré un producto para tratarlas y una lupa para revisarlas porque había dejado de confiar en mi vista.

Después de aquel episodio, David estuvo tres semanas sin venir. Silvia se fue de vacaciones a Brasil, y el pibe, que seguía castigado, pasó ese tiempo en la casa del padre, en la zona oeste. Fueron tres jueves en los que llegué extrañarlo; me había acostumbrado a tener el césped prolijo.

Silvia estaba preciosa cuando volvió; tenía la piel tostada y eso le daba un aire juvenil. Pasamos directamente al dormitorio. Cuando terminamos, ella se acurrucó a mi lado y apoyó la cabeza sobre mi pecho. Era la primera vez que lo hacía; me molestó muchísimo y me escapé de la cama con la excusa de ir al baño.

Cuando volví, Silvia tenía un paquetito en la mano. Ella misma lo abrió, supongo que para sacarle peso al hecho de que me estaba haciendo un regalo. Era uno de esos móviles que suenan con el viento; una pieza de madera de la que colgaban siete tubos metálicos de diferentes largos.

–Es un espanta espíritus –dijo.

Después se acercó a la ventana y se quedó mirando el jardín. Esperé un comentario sobre el pasto, alto, que me sirviera para saber cuándo iba disponer nuevamente de los servicios de David. Pero Silvia, sin decir palabra, abrió la ventana, trepó al marco y saltó al jardín. Completamente desnuda, caminó hasta el naranjo y colgó el espanta espíritus de una rama baja.

Estaba seguro de no haberle dado Silvia la confianza suficiente para decorar mi casa. Y además, el gesto me pareció falsamente espontáneo, calculado. No dije nada, pero me ocupé de mostrarme hosco durante el resto del encuentro como para señalar que se había pasado.

Pero Silvia no se dio por enterada. Insistió en invitarme a cenar en una pizzería del barrio y mientras comíamos me contó sus vacaciones con lujo de detalles, riéndose de sus propias anécdotas.

–Quiero que la próxima vengas a casa –dijo, a la altura del postre.

Era la señal. Tuve clarísimo que lo nuestro se tenía que terminar, que iba a lamentar cada minuto de más.

–De paso, invito a Mariano y cenamos –siguió Silvia–, así se conocen.

Mariano era su jefe, el secretario de cultura de la provincia.

 

El jueves siguiente, David apareció con un cartel de venta inmobiliaria, de chapa, como los que yo había encontrado; tenía varios bollos y el óxido empezaba a comerse un vértice. Cuando le pregunté de dónde lo había sacado, dijo que lo había visto tirado en un baldío.

Me venía al pelo la chapa. Por un lado, llevaba tiempo pensando que cinco obras eran pocas para armar un serie de peso. Por otro, el viejo se me estaba resistiendo mucho; se me escondía; me iba a venir bien dejarlo descansar y trabajar mientras tanto en otra cosa.

Ese día le di un billete extra a David.

Y el jueves siguiente, cayó con dos carteles. Tenían la chapa sana, nada de agujeros ni óxido, y los colores algo quemados por el sol pero intactos. Era evidente que todavía no habían cumplido su ciclo, así que no le pregunté de dónde los había sacado.

Mojé los carteles, le di una mano de removedor y los dejé a la intemperie para que fueran ganando textura. Lo hice todo en el momento, por esquivar el trabajo creativo. El plan de empezar obra nueva no estaba funcionando; se me estaba haciendo muy complicado trabajar con el viejo ahí, en un rincón; era una sombra que me clavaba la vista en la nuca.

Llegué tarde a la cena que organizó Silvia, intencionalmente. Ella me lo recriminó en broma, con una sonrisa espléndida. Se había maquillado y tenía puesto un vestido entallado que resaltaba su figura. La vi tan hermosa que perdí la reticencia con la que había llegado a su casa, que no era poca.

Silvia me dio un pico muy discreto y fuimos hasta el living, donde habían un hombre y una mujer tomando mojitos. Me sentí desconcertado por unos breves instantes, hasta que comprendí que el secretario de cultura había venido con su esposa. No estaba en una cena laboral, como yo pensaba, estaba en una cena de parejas.

Después de las presentaciones, me senté en un sillón individual. Silvia me sirvió un mojito y se sentó con mucha elegancia en mi apoyabrazos; anunció que íbamos a cenar sushi, excusándose por no habernos consultado el menú. El secretario y su mujer aplaudieron y yo pensé que el vino tinto que había llevado iba a quedar como el culo con el pescado crudo.

Siguió un silencio incómodo, del que quiso salvarnos la esposa del secretario.

–¿Soy muy chusma si les pregunto cómo se conocieron? –preguntó.

Silvia soltó una risita y contó que toda su vida había tenido ganas de pintar, pero nunca se había animado. Dijo que una amiga le había hablado de mi atelier. Confesó que hasta el momento de entrar, no conocía mi obra. Entonces la esposa del secretario aprovechó para confesar que tampoco conocía mi obra. El secretario le dio un trago al mojito y no dijo nada, de lo cual deduje que tampoco conocía mi obra.

Durante la cena el secretario y su mujer comentaron el crucero por el Mediterráneo que acababan de hacer, cuidad por ciudad, espectáculo por espectáculo. Silvia habló de Brasil y cuando la esposa del secretario le preguntó por David dijo que estaba encerrado en la casa de su padre, estudiando para rendir en marzo. Dijo que le sacaba canas verdes, y también dijo que yo era el único adulto al que su hijo respetaba.

Tuve que preguntarle por qué lo decía.

–Las madres sabemos cosas –dijo–, aunque no nos hablen.

Después de cenar, el secretario sacó un paquete de cigarros turcos y me ofreció uno. Salimos a fumar al patio, a solas.

–Me comentó Silvia –dijo el secretario, después de darme fuego y encender también su cigarro– que el proyecto te interesa.

Dije que en realidad sabía muy poco del tema. Entonces el secretario dijo que Silvia le había propuesto armar una exposición que recorriera todas las provincias e incluso algunos países limítrofes, y acompañarla de una serie de conferencias magistrales.

–Además del premio en metálico –dijo, y me informó la cifra que estaban manejando.

Era plata como para comprar el atelier y pasar tranquilo un par de años, incluso sin vender nada.

–A eso, restale el diez del retorno –dijo el secretario.

No fue fácil volver al trabajo con esas palabras en la cabeza. En cuanto me distraía, me descubría armando mentalmente una gran retrospectiva de mi obra o calculando cuánto podían pedirme por el atelier. Para colmo, el viejo seguía enrocado; le hablaba; lo insultaba a los gritos, pero no lograba nada.

Los únicos momentos de paz que tenía me los daban las chicas; estaban altas, haciendo buenos cogollos. Una mañana, cuando salí a revisarlas, noté que el pasto estaba demasiado alto y me di cuenta de que ya era viernes y David no había aparecido. Sentí cierta preocupación por el pibe, pero no tanta como para llamar a la madre e interesarme por él.

Esa misma noche sonó el timbre y cuando abrí la puerta me encontré a Silvia con los ojos hinchados.

–David quiere vivir con el padre –dijo; se me tiró encima para que la abrazara y empezó a llorar.

La llevé hasta el sofá y le serví un whisky.

–¿Qué hice mal para que prefiera a ese hijo de puta? –decía, y otras cosas por el estilo, entre ahogos y suspiros.

El llanto se me hizo insoportable. Tuve ganas de decirle que no me interesaban sus asuntos familiares, de echarla de mi casa. Pero en lugar de eso, me senté a su lado, la abracé y empecé a consolarla usando los lugares comunes: es un adolescente; ya se le va a pasar.

Cuando logré calmarla, preparé la cena; miramos televisión y nos metimos en la cama. Esa noche hacía mucho calor y, mientras cogíamos, pensé que lo primero que iba a hacer, antes de comprar el atelier, era poner aire acondicionado en mi habitación.

–¿Hablarías con David? –me preguntó Silvia cuando terminamos, con la cabeza apoyada en mi pecho.

Le dije que contara conmigo.

A la mañana siguiente Silvia se fue sin despertarme, pero me dejó en la cocina, debajo del mate, un papel donde había anotado el número del celular de David. Me lo metí en el bolsillo y lo paseé todo el día. Recién a la noche se me ocurrió una forma de encararlo; lo llamé y le dije que si no iba a venir más lo manifestara claramente porque, en ese caso, yo necesitaba contratar a otro jardinero. Picó de inmediato.

–Paso mañana –dijo.

Al día siguiente, estaba sentado frente al viejo, pensando en darme por vencido, cuando escuché el ruido de la máquina. Me pareció que el tiempo había pasado demasiado rápido esa mañana y miré el reloj. Recién eran las diez; David había llegado temprano. Me asomé discretamente al jardín por la ventana del taller y vi, apoyada sobre el tronco del naranjo, una nueva chapa de inmobiliaria.

Se sorprendió cuando lo invité a tomar unos mates, con razón, porque yo nunca le había ofrecido otra cosa que no fuera el vaso de agua del final y los billetes. Entró en el taller con cautela, como oliéndose la trampa; le ofrecí el banquito que estaba frente al viejo y yo me senté en una silla, junto a la mesita donde tenía el termo, el mate y un cenicero sobre el que había apoyado un porro recién armado.

Para romper el hielo le pregunté cómo iban los exámenes.

–Mal –dijo–. No me interesa lo que enseñan en el colegio.

Cambié de conversación; empecé a interrogarlo sobre su vida; le pregunté si le gustaba la música, si le gustaba el cine, si tenía novia, cosas así. Y David arrancó tenso, pero de a poco se fue aflojando. Cuando ya no quedaba agua en el termo, me dijo que estaba pensando en pintar.

Se hizo un silencio porque no supe qué decirle.

–¿Puedo? –me preguntó David, señalando el porro que estaba sobre el cenicero.

–Dale –dije.

Lo dejé con el porro y me fui a la cocina con la excusa de ir a calentar agua. Quería dejar pasar el tema de la pintura; se me hizo demasiado jugarle con eso. Esperé unos veinte minutos en la cocina, y cuando volví con el agua caliente, el interior del taller estaba lleno de humo.

David estaba sentado en el banquito, mirando fijamente al viejo, con los ojos muy rojos y una mueca agria en la cara. Entre los dedos de una mano tenía el porro, consumido casi por completo.

––Viejo careta –dijo –. Mi mamá te mandó a ser bueno conmigo

Se levantó del banquito y salió del taller, pasando por delante mío sin mirarme a la cara. Lo seguí hasta la puerta de calle, diciéndole que había fumado demasiado, que el porro lo había puesto paranoico, pero no sirvió de nada.

Pasé el resto del día en el taller, mirando al viejo y pensado en plata.

Silvia apareció cuando empezaba a oscurecer. Estaba desesperada; David no había vuelto a la casa del padre ni contestaba el teléfono.

–¿Pasó por acá? –me preguntó–. ¿Le hablaste?

Le dije que lo había intentado pero el pibe se lo había tomado a mal.

–¿Por qué no me avisaste antes? –me dijo, llevando la voz a un tono que me hizo perder los estribos.

Le pedí de muy mala manera que no me metiera en sus temas familiares, que volviera cuando los tuviera resueltos.

Silvia dejó de ser la madre de David y volvió a ser la mujer que se metía conmigo en la cama; me miró a los ojos queriendo descubrir si lo que acababa de escuchar había sido una mera torpeza de mi parte, un exabrupto derivado de la tensión del momento, o se trataba de mi verdadera voluntad.

Le confirmé con la mirada que la estaba echando de mi casa y me dio vuelta la cara de un cachetazo. Después se fue, diciendo que yo era un desalmado hijo de puta y que no quería volver a verme nunca más.

Lo único que sentí fue alivio; no sentí pena ni arrepentimiento, ni por lo hecho a Silvia ni por la plata que acababa de evaporarse.

Cené solo, frente al televisor, y después me tomé mi whisky disfrutando cada sorbo, feliz de no tener que hablar con nadie. Me acosté bien ancho en mi cama, y cuando escuché sonar el espanta espíritus, me reconfortó pensar que ya podía sacarlo de mi naranjo.

Con esa idea salí al jardín, a primera hora de la mañana, pero el móvil ya no colgaba de la rama, estaba tirado al pie del árbol. La chapa que David había traído el día anterior estaba embutida dentro de la rosa china; una de las chapas que yo había dejado afuera, ganando textura, aplastaba la lavanda; la otra había ido a parar al gomero, que tenía varias ramas partidas.

Las chicas habían sido arrancadas de raíz y estaban desaparecidas.

Me faltó el aire y pensé que me iba a al suelo. A los tumbos, entré en el taller y me senté en el banquito. Quedé doblado sobre mí mismo, jadeando como un perro.

Cuando al fin logré recuperar el aliento, levanté la vista y ahí estaba el viejo, mirándome a los ojos, nítidamente revelado; tenía el gesto patético de un mentiroso, en el preciso momento de ser descubierto.

 

  La obra que ilustra este cuento es El pintor en su estudio, de Rembrandt.

 

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