Fiel compañero

gato 3Usted pensará que estoy loco, apareciéndome así en su casa, a esta hora del todo inconveniente. Le aseguro que no lo estoy y le imploro, vecino, sepa dispensar la molestia.

Vengo, en primer lugar, a disculparme por el lamentable incidente que vivimos semanas atrás. Quería venir antes, vecino, le doy mi palabra, pero el trabajo y la demandante situación de mi tía me lo impidieron. Acepte por favor mis disculpas en nombre de ella y tenga por seguro que, en plena posesión de sus facultades, mi tía jamás hubiera tenido aquellas durísimas palabras para con usted.

En segundo lugar, vecino, vengo a pedirle un favor. Un favor inmenso que nuestra relación, si bien cordial y de larguísima data, no me otorga derecho a solicitarle. Por esta razón, antes de pedírselo, necesito referirle cuál es la desesperada situación en la que me encuentro. Le ruego me escuche con el corazón lo más abierto que le sea posible.

Usted conoce a mi gato, Hércules; es el blanco, con una mancha negra en el ojo que parece un parche de pirata. Se habla mucho del carácter sibilino, mezquino, de los gatos; le puedo asegurar que es una gran injusticia. Hércules es un amigo, un fiel compañero que me ha velado en la enfermedad, durmiendo sobre mi pecho, y ha estado a mi lado en los días más aciagos. Estamos juntos hace dieciocho años, vecino. Era un bebé cuando mi tía me lo trajo.

También tiene sus defectos, por supuesto, como todo el mundo; el más notorio es que siempre le gustó la farra. Ya de chiquito se pasaba noches enteras afuera. Pero aparecía a la mañana siguiente, sin falta, en cuanto yo abría la puerta y lo chiflaba; normalmente sucio, lastimado y con un hambre de tigre.

Imagínese cómo me puse cuando una mañana, hará aproximadamente un lustro, lo chiflé y no vino. Loco me puse. Porque, para mayor angustia mía, Hércules recién había salido de una ictericia que casi le cuesta la vida; estaba medicado. Lo busqué por todo el barrio, chiflando y chiflando, pero no lo encontré por ninguna parte.

Qué sinvivir, vecino; no se lo deseo a nadie. Me lo imaginaba en el fondo de un pozo, reventado por un coche, destripado por un perro; todo lo peor imaginaba. No podía pensar en otra cosa. No podía dormir. No comía. En la oficina no daba pie con bola. “¿Qué te pasa, Oscar?”, me decían mis compañeros, “Estás desconocido”. Y yo no les contaba por miedo a ponerme a llorar.

Al quinto día saqué su plato, que siempre estaba en la cocina, al pie de la mesa. Lo escondí porque ya no podía verlo más; me lastimaba. Y le juro que fue una de las cosas más difíciles que hice en mi vida; desgarrador fue, vecino.

Y más desgarrador todavía era no tenerlo; no poder enterrarlo en el fondo, al pie del ciruelo donde le gusta afilarse las uñas. Porque yo necesitaba algún tipo de ceremonia, vecino. Necesitaba poder decirle: “Chau, Hércules, gracias por todo”.

Primero pensé en plantar algo en su memoria, flores, un rosal que me sirviera para recordarlo. Pero después me pareció que no iba a ser suficiente, vecino. Eso era demasiado íntimo y Hércules se merecía que todo el mundo supiera lo buen compañero que había sido y lo mucho que lo iba a extrañar.

No sé cuán familiarizado estará usted con las redes sociales; déjeme contarle que, para asuntos como el que describo, prestan un servicio excepcional.

Abrí el Facebook, llorando a mares como un niño perdido, y escribí un texto de despedida. Lo escribí como si le estuviera hablando a él, recordando con él los buenos momentos, alguno malo, y las anécdotas más divertidas, como cuando me lo encontré colgado de una tricota que me había tejido la tía, que a su vez colgaba del ténder.

Le juro que cada palabra que escribí me salió de las entrañas. Y después me fui a dormir en paz, por primera vez en cinco días.

Cuando estaba empezando a conciliar el sueño, vecino, me pareció escuchar un maullido muy pero muy lejano.

Pensé que era un sueño de duermevela. Prendí la luz y fui al baño, tratando de no ponerme nervioso, tratando de pensar que Hércules, sin importar lo que le hubiera pasado, estaba en un lugar mejor. Pero cuando me volví a meter en la cama estaba tan angustiado que no me podía dormir.

Entonces volví a escuchar el maullido. Le juro que era como si Hércules me estuviera llamando desde el más allá.

La intensidad del maullido fue aumentando hasta que, en cierto momento, me di cuenta de que venía de la calle. Me tiré de la cama y levanté la persiana con tanto ímpetu que se me quedó el rollo trabado arriba. Entonces lo escuché bien claro; era un típico maullido de hambre, como entrecortado, lastimero.

Salí a la calle en calzoncillos. No se veía nada porque era una noche sin luna y la lámpara del alumbrado, para variar, estaba quemada; créame que esto era una boca de lobo, vecino. Me quedé atento a los sonidos nocturnos, descalzo sobre el empedrado, hasta que volví a escuchar el maullido e identifiqué que provenía de la casa abandonada.

Siempre le tuve terror a la casa abandonada, vecino. Recuerdo que de pibe, cuando la dueña era recién difunta y mi tía iba todas las noches a llevarle leche y comida al gaterío que había quedado huérfano, yo me negaba a acompañarla.

Jamás había puesto un pie adentro, pero tuve que hacer de tripas corazón.

–¿Hércules? –le pregunté a la oscuridad, asomando apenas la nariz al interior.

Entonces volví a escuchar el maullido, pero ya bien cercano, bien real, y lo vi salir de la negrura, flaco, sucio y lastimado.

Imagine la dicha que sentí al verlo resucitar, vecino. Lo llevé en brazos hasta casa, saqué su plato de donde lo había escondido y le puse triple ración. Nunca lo había visto comer con tantas ganas. Me quedé sentado a su lado, en el suelo, mirando fascinado como masticaba hasta el último bocado.

Del Facebook me acordé recién a la mañana siguiente, mientras me bañaba para ir a la oficina. Lo que es la vida, vecino. De golpe, el texto que me había hecho tanto bien, que había sentido tanto, se me tornó ridículo, hasta patético le diría. Y supe que en cuanto avisara que Hércules estaba vivo, lo mismo le iba a pasar los demás. Con un matiz: para los demás, el que se iba a tornar patético era yo, no el texto.

Salí corriendo del baño y prendí la computadora pensando que podía escribir algo para minimizar el papelón, o por lo menos borrar el panegírico para que lo viera la menor cantidad de gente posible.

Ya era tarde, vecino; había muchos comentarios. Y entre los comentarios que había, la mayoría de compañeros de la primaria y la secundaria, todos muy afectuosos por cierto, había uno de Delia. “Hermoso escrito, Oscar”, decía, “Te acompaño en el sentimiento”.

Ahora voy a entrar en un terreno muy íntimo, vecino, pero le aseguro que todo lo que voy a referirle va en función de plantearle nítidamente mi desesperada situación.

Ya unos cuantos años atrás, estaba en la oficina, un día como cualquier otro, enfrascado en mis tareas y rodeado de mis compañeros de contabilidad, cuando de pronto entró el jefe de personal seguido de un ángel.

–Les presento a Delia –dijo–, se suma hoy al equipo de administración.

“Radiante”, diría, vecino, si tuviera que describirla con una sola palabra; una de esas criaturas a las que se les nota en la cara que saben ser felices, que para ellas vivir es una actividad agradable y no una lucha.

–Encantada –dijo, sonriendo como jamás se había sonreído en contabilidad.

Me enamoré en ese mismo instante, a primera vista, como dice la expresión. Lo cual, le aclaro, es lo normal en mí. Le digo más, nunca me enamoré de otra manera. Desde la primera vez, le estoy hablando de cuando cursaba el cuarto grado de primaria, hasta Delia, fue siempre así. Y puedo jurarle por lo más sagrado que en todos los casos estuve dispuesto a entregar mi alma, vecino, pero en ninguno me atreví a manifestarlo.

Imagínese un pez tropical, de hermosos colores brillantes, nadando en una fosa abisal infestada de tiburones grises. En ese pez se convirtió Delia, vecino, en cuanto se supo que era soltera. De repente, todos los hombres de la oficina, incluyendo a los casados, se bañaban diariamente y usaban colonia. Y bastaba que ella entrase en una dependencia, en la cocina o donde fuese, para que todos se volvieran espléndidos compañeros, amables, simpáticos, solidarios.

Cuando ella no andaba cerca seguían siendo la manada de neandertales repugnantes de siempre, por supuesto. Para peor, excitados. La vulgaridad de los comentarios que hacían sobre ella, vecino, sonrojaría a un bucanero. A mí me hacía un daño casi físico le diría. No podía soportar que se la mancillase de aquella manera. Y me sentía un cobarde por no atreverme a alzar la voz y acabar con tanto ultraje.

Hasta que me atreví. O exploté, mejor dicho.

Un día, a la vuelta del almuerzo, los encontré a todos arremolinados alrededor del escritorio de Rinaldi. Estaban a las carcajadas, lo cual es normal porque Rinaldi es el gracioso de la oficina, tiene alma de payaso.

Yo los ignoré, como siempre hice, y me senté en mi puesto.

Normalmente escucho música mientras trabajo, vecino, pero ese día me había olvidado los auriculares en casa y quedé a merced del ruido ambiente. Entonces, entre risotada y risotada, empezaron a llegar a mis oídos procacidades indignantes. No la mencionaban por su nombre, pero de inmediato identifiqué que hablaban de Delia; se referían a su busto con tropos zafios.

–Vení, Oscar, no te pierdas esto –me llamó Rinaldi.

Jamás participaba en sus bromas yo, vecino. Imagínese que menos pensaba participar en una que tuviera como blanco a Delia. Pero cuando giré la cabeza para mirar a Rinaldi y declinar la invitación, vi que estaba señalando la pantalla de su computadora, y en la pantalla, a pesar de mi avanzada miopía, identifiqué la sonrisa de Delia.

Me pudo la curiosidad. ¿Qué hacía Rinaldi con una foto de Delia? Lo primero que se me cruzó por la cabeza es que había algo entre ellos. Casi me desmorono ahí mismo, figúrese; casi me caigo de la silla.

Me acerqué con pánico al escritorio de Rinaldi, como si me estuviera acercando a un abismo que pudiera tragarme para siempre.

En la foto, Delia estaba con Lulú, su gatita; sonreía, con la cara pegada a la del animalito. Tenía puesta una prenda de verano, escotada, y la imagen estaba tomada desde arriba, de ahí la excitación de los neandertales, vecino.

–¿No te harías flor de rancho en ese valle, Oscar? –me preguntó Rinaldi; cito las palabras textuales con vergüenza, vecino, solo para que se haga una idea cabal del nivel de imbecilidad con el que me tocaba lidiar.

Estalló una risotada coral y yo me sentí asqueado. Sentí que solo por estar parado ahí, escuchando a Rinaldi, estaba ensuciando a Delia.

–Manga de pajeros –les dije, en sus caras. Dispense la grosería, vecino, se la refiero solo para que pueda figurarse la intensidad del asco que sentía.

Y mire lo que son las cosas: este incidente tan desagradable fue el principio de lo mejor que me pasó en la vida.

Por un lado, en el exabrupto se transparentó mi devoción por Delia, y Rinaldi, que puede ser un imbécil pero de lerdo no tiene un pelo, lo notó. Entonces, como se había quedado ofendidísimo, quiso utilizar su descubrimiento en mi contra y empezó a hacerme chanzas cada vez que ella estaba cerca; cosas dignas de niños de primaria que se ríen del compañerito enamorado, vecino.

Según la propia Delia, figúrese, las chanzas infantiles de Rinaldi hicieron que notara mi existencia.

Por otro lado, gracias a aquel incidente, me inicié en el Facebook; porque luego me enteré de que Rinaldi me había mostrado una foto de perfil, como se dice, seleccionada por la propia Delia.

Qué maravilla Facebook, vecino; si lo hubiera visto antes en una película de ciencia ficción, no me lo hubiera creído. Es un lugar donde uno puede comunicarse, participar, compartir, todo sin la terrible incomodidad de hacerlo de cuerpo presente. Para mí, que soy del tipo de personas que no sabe dar charla en los ascensores y sufre en las fiestas, fue como descubrir un nuevo mundo.

Nuevo y al mismo tiempo viejo, porque ahí me reencontré con mis compañeros de la primaria y la secundaria. A la gran mayoría de ellos los consideraba estúpidos irredentos y estaba convencido de que me odiaban. Qué cosa asombrosa es el barniz del tiempo, vecino; resultó que todos se habían convertido en personas más o menos normales y estaban encantados de saber de mí.

Pero no le voy a mentir: yo había entrado en Facebook para buscar a Delia. Y la encontré enseguida, pero no me atreví a dar el siguiente paso. Solicitar su amistad sin haber tenido más relación previa que el esporádico hola y adiós laboral me pareció fuera de lugar. Así que por un largo tiempo tuve que conformarme con observarla en silencio, con saber que se había levantado contenta, que le había pasado tal o cual cosa en el colectivo o que había ido a cenar con una amiga.

Le juro que no lo hacía por espiarla; lo hacía por saber algo más de ella, por sentirme cerca.

Entonces sucedió un milagro. Ariel Peletino, uno de mis compañeros de secundaria, subió una foto grupal de quinto año ocupándose de identificar, “etiquetar” se dice, a todas las personas que aparecíamos en la imagen. Y como suele pasar en estos casos, vecino, la gente se volcó a realizar comentarios jocosos.

Yo estaba a punto de hacer mi aporte a aquella distendida jauja cuando descubrí un comentario de Delia. “¡Qué peluca, Ari!”, decía, refiriéndose al abultado peinado que Peletino lucía en quinto año.

Azorado quedé, vecino, completamente descolocado por el salto mágico que Delia acababa de dar entre el universo laboral y el universo de mi pasado escolar. No pude escribir nada.

Recién al día siguiente, mientras desayunaba, se me ocurrió un comentario muy gracioso y a la vez amable que hacer sobre la foto. En un arrebato, encendí la computadora y lo escribí.

Esa misma tarde, en la oficina, me crucé a Delia en un pasillo.

–No sabía que eras amigo de Ariel. ¡Me maté de risa con tu comentario! –me dijo, con la vitalidad que la caracteriza.

Resultó ser prima de la mujer de Peletino; figúrese lo que son las casualidades, vecino.

Aquella noche, cuando llegué a casa, haciendo acopio de arrojo, le envié la solicitud de amistad. Delia tardó las dos horas más largas de mi vida en aceptarla; tuve tiempo de arrepentirme cientos de veces de haber enviado aquella bendita solicitud.

La cuestión es que comenzamos a ser amigos en Facebook. Y tímidamente, vecino, yo empecé a manifestar mi aprobación, mi gusto, por todo lo que ella vertía en aquel medio. Esta situación se alargó un cierto tiempo, ya no sé cuánto, y entonces sucedió lo de Hércules y yo escribí el panegírico.

Me figuro que usted puede considerar ridículo que se llore tanto a un animal. Son formas de ver las cosas; cada cuál con la suya. Desde mi punto de vista, Delia, con su comentario, que para alguien más puede sonar a fórmula de cortesía, me ofrecía su total comprensión. Porque “te acompaño en el sentimiento” es algo que se dice cuando se muere una persona, vecino. Ella sabía exactamente como me sentía; habíamos conectado en lo más profundo.

Al día siguiente de la publicación del panegírico, Delia apareció en contabilidad, a primera mañana, y se acercó a mi escritorio.

–¿Cómo estás, Oscar? –me preguntó, poniéndome una mano en el hombro que me hizo temblar, vecino.

Aquí es cuando no fui estoico. No dije la verdad por miedo a destruir esa conexión hermosa, sagrada, largamente deseada y basada en un sentimiento puro, verdadero por donde se lo mire, que no cambiaba en nada por el hecho de que Hércules en realidad no estuviera muerto. Fue un gran error, vecino, quizás el más grande de mi vida.

Sintiendo el calor de su mano en mi hombro, la miré a los ojos, sin poder articular palabra, y de la emoción se me escapó una lágrima.

Ella se inclinó sobre mí y me abrazó. Era un sueño, vecino, así que cerré los ojos para retenerlo. Unos segundos más tarde, ella me soltó y su vista fue a dar a mi pantalla.

––¡Mirá que piratita hermoso! –dijo, porque yo tenía una foto de Hércules como fondo de escritorio; algo que a Rinaldi, por cierto, le parecía comiquísimo.

Entonces Delia abrió su cartera y me mostró una impresión de aquella foto con su gatita que había desatado la lascivia de mis compañeros.

–Esta era Lulú –dijo.

Y luego rompió en un llanto desconsolado, vecino, porque dos semanas atrás a Lulú la había atropellado un remís con fatales consecuencias.

No lo pensé, me levanté de la silla y la abracé con todo mi ser, sin esconder nada de lo que sentía por ella. Qué sensación hermosa es la de poder consolar a alguien, más a la persona amada, vecino.

Delia lloró sobre mi pecho varios minutos. Mi abrazo la exprimió, le permitió sacar el inmenso dolor que llevaba acumulado en el alma.

–¿Querés ir a tomar un café cuando salgamos? –me preguntó, cuando logró calmarse.

Yo tenía los ojos abiertos pero el sueño seguía, vecino. No lo podía creer. Figúrese a qué nivel me costaba creerlo que miré a Rinaldi como buscando la confirmación de que aquello era real. Y la cara de Rinaldi me lo confirmó: nos miraba sin ningún disimulo, fijamente, con la boca torcida en un gesto casi de locura le diría; estaba tan pálido que por un instante pensé que había muerto de estupefacción.

Fue tan hermoso nuestro comienzo, vecino. Todo el primer año es un álbum de fotos preciosas que atesoro en la memoria. Todos los días, cuando salíamos de la oficina, nos íbamos a tomar algo; un submarino en invierno o un helado, en verano. Después íbamos al cine, al teatro, o simplemente paseábamos por su barrio.

Delia vive en Capital, en un departamento modesto pero muy arregladito, cerca de la oficina. Cuando empezamos a compartir algunas noches, lo natural, lo cómodo, fue que yo me quedara a dormir en su casa. Y si bien ella manifestaba, muy de vez en cuando, cierta curiosidad por conocer mi hogar, y sobre todo por conocer a mi tía, yo estaba siempre atento para cambiar de tema.

Éramos muy felices. Tanto que, la noche en que celebramos nuestro primer aniversario, Delia me pidió que me fuera a vivir con ella. Figúrese la emoción que sentí, vecino, al enterarme de que la mujer que adoraba quería compartir sus días, de principio a fin, conmigo. Sentí un deseo imperioso de gritar de alegría, tomarla en mis brazos y hacerle el amor, pero tuve que reprimirlo, por supuesto. ¿Qué iba a hacer con Hércules si me iba a vivir con ella?

Podía dejarlo con mi tía, claro, que todavía andaba bien en aquel momento, pero se me partía el corazón de pensar en separarme de él. Con gran disgusto, créame, vecino, tuve que usar la avanzada edad de mi tía como excusa; le dije a Delia que me parecía un riesgo demasiado grande dejarla sola; le rogué que tuviera paciencia.

Delia comprendió, por supuesto, pero quedó muy dolida, angustiada. Porque si bien la posibilidad de que ella dejara su departamento, tan arregladito y cercano al trabajo, para venirse a vivir a casa conmigo y mi tía, era algo incómoda, seguía siendo una opción que yo no le ofrecí.

Casi un año pasamos así, con la sombra de aquella frustración acechando lo nuestro. Tuve que redoblar mis esfuerzos por demostrarle a Delia, día a día, la naturaleza profunda de mis sentimientos. Y lo hice con gusto. Pero de todas maneras fue un calvario aquel año, vecino. No hubo día en el que no temiese que Delia me dejara.

Aquella tensión tan grande se cortó de inmediato cuando mi tía tuvo su primer episodio grave. No sé si usted se habrá llegado a enterar: salió para ir a la carnicería de acá la vuelta y no volvió; la encontró la policía, seis horas más tarde, en Luis Guillón, donde antaño vivía su hermana, que por aquel entonces ya estaba largamente fallecida.

La sombra que nos sobrevolaba se esfumó. Delia volvió a ser la alegre y arrolladora fuerza de la naturaleza que había sido. Y eso, tan positivo a primera vista, fue también un problema porque Delia se empeñó en darme una mano. Se le ocurrió la idea de venir a pasar acá lo fines de semana, para estar conmigo y ayudarme con mis nuevas tareas de enfermería.

Intenté por todos los medios que desistiera, vecino. Pero insistió tanto que tuve que aceptar; estoy seguro de que no hacerlo hubiera sido catastrófico.

Compré una jaula de esas que sirven para transportar perros, una de las más grandes, y la instalé en un cuarto del fondo de la casa abandonada. Hace prácticamente un año que Hércules pasa ahí todos los fines de semana, con comida de sobra, agua y su manta preferida, por supuesto, pero encerrado en la maldita jaula.

Delia se viene conmigo los viernes, después del trabajo, así que dedico las noches de los jueves, hasta las dos o tres de la mañana, a limpiar mi casa de rastros de pelos. Un sinvivir, vecino. Cada vez que mi tía pregunta por Hércules estando Delia presente, lo achaco a su enfermedad sintiéndome un canalla. Y como si todo esto fuera poco, los viernes, sábados y domingos por la noche, acostado junto a Delia en la cama, no puedo dormir porque escucho a mi amigo maullar en su prisión.

Esta es la desesperada situación en la que me encuentro.

Llevaba muchos meses dándole vueltas y vueltas en mi cabeza, volcado al análisis de posibles soluciones sin importar lo descabelladas o rocambolescas que pudieran parecer, cuando tuvimos el incidente; cuando usted, vecino, pasó por la puerta de casa y mi tía le refirió aquel rosario de insultos.

Ese día perdí los estribos. El dolor que me provocó escuchar a mi tía proferir todas esas barbaridades, creo yo, me trastornó. La reté con una furia desproporcionada, olvidando que en realidad era la cochina enfermedad la culpable de todo.

Hice llorar a mi tía, vecino. Casi me muero del disgusto conmigo mismo, figúrese.

Inmediatamente, al verla tan afectada, empecé a rogarle con desesperación que me perdonase. Entonces ella dejó de llorar y se enfureció. Comenzó a gritar que no pensaba perdonarme, porque yo estaba de su parte, vecino. Que todos éramos sus cómplices gritaba; que usted lo había hecho porque el barrio entero se lo había pedido, y que ya era tarde para pedir perdón porque quedaba solamente uno.

Primero pensé que desvariaba, vecino, pero luego recordé la noche en que mi tía apareció con Hércules; yo era un adolescente.

Ella fue a llevar leche y comida a la casa abandonada y volvió con un gatito, que era apenas un pomponcito acurrucado contra su pecho; lo envolvió en una manta, lo dejó sobre mi regazo y se sirvió un vaso de ginebra. Estaba pálida y temblaba.

Mi tía acaba de fallecer, vecino. Hace un rato la encontré en su cama, con una paz de angelito dormido en el gesto. Es mejor así; que descanse, se lo merece.

Y figúrese que Delia, después de tanto tiempo, ya no va a aceptar más excusas. Por otro lado, yo tampoco me las puedo inventar, vecino. Estoy exhausto, no tengo más fuerzas para seguir con esta locura que no puede terminar en nada bueno. Es hora de empezar una nueva vida.

Pero no puedo abandonar a Hércules, vecino. Se me partiría el corazón si tuviera que dejarlo en manos ajenas. No puedo hacerle eso. El pobre ya está ciego de un ojo, tiene el hígado graso y la cadera endeble.

Si usted me hace el inmenso favor, vecino, preferiría tenerlo al pie del ciruelo. Así podría visitarlo los fines de semana; porque planeo conservar mi casa, aunque me vaya a vivir a Capital con Delia.
 
 
 

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