Bichos raros

bichos raros1Mi viejo se comunicaba con silencios. Para saber qué opinaba de algo, había que prestar atención a lo que no decía. Cuando mamá empezó yoga, después meditación y después se hizo vegetariana, por ejemplo, mi viejo no dijo nada. Y ese silencio significó que no la comprendía pero la respetaba. Muchas milanesas de soja se comió mi viejo sin decir una sola palabra mientras yo pataleaba reclamando unas milanesas de verdad.

Otro silencio era el que usaba en la cancha, con el pelado de la heladería; ese era el silencio de desaprobar. “Ocho, ¡se te ve el hilito del tampón!”, gritaba el pelado de la heladería si el ocho del equipo contrario no ponía fuerte la pierna. “Ocho, te espera tu familia para hacer la losa”, gritaba si el otro equipo era pobre. O gritaba “Ocho, metete en el área que hay postres”, si el ocho tenía unos kilos de más o “Sacate las cadenas”, si el ocho era negro.

Íbamos siempre al mismo lugar de la cancha; a un rincón de la cabecera, bien arriba, donde en verano se disfrutaba de un cuadradito de sombra que proyectaba la torre de transmisión abandonada. Y la gente que nos rodeaba era la misma en todos los partidos. No había asientos marcados, eran escalones de cemento, pero todos sabíamos perfectamente cuál era nuestro lugar. El pelado de la heladería estaba dos escalones por arriba nuestro. Todo el mundo le festejaba las ocurrencias, menos mi viejo, que hacía silencio.

Así fui haciéndome la idea de que mi viejo respetaba por igual a todas las personas. Por eso me desarmó tanto cuando puteó a Angulo.

Angulo había sido el misterio de la temporada. Venía de un club ignoto de La Paz, de donde lo había traído nuestro técnico, el Pata Gutiérrez. Tenía pinta de quechua Angulo; era bajito, fornido, trigueño, y lo habían presentado como a un diez fino, habilidoso, inteligente, repartidor de juego. Y antes de que su relación con la tribuna desbarrancara del todo, algo había demostrado de esas supuestas habilidades. Había metido alguna que otra pelota de gol, linda, precisa. Pero en seguida se empezó a notar que tenía el pecho más frío que las profundidades del Titicaca.

Nadie podía entender por qué el Pata Gutierrez, que se había formado en el club y, antes de irse a Bolivia, había sido el capitán del plantel más glorioso de nuestra historia, nos había traído semejante muerto. “¿Qué le vio el Pata a Angulo?”, se preguntaba todo el mundo en el cuadradito y más allá. Hasta que una tarde, después de un entrenamiento, el utilero los enganchó acaramelados en el cuartito donde guardaba las pelotas.

Los secretos no duraban nada en mi barrio, así que a los pocos días ya lo sabíamos todos. Igual, la gente intentaba ser cautelosa; cuando alguien lo contaba, decía “no lo comentes” o “en realidad no se sabe” o se mentaba a las malas lenguas. El Pata era un héroe y nadie quería lastimarlo. Se colgaba una bandera con su cara en el alambre, en todos lo partidos, un privilegio que normalmente está reservado para los muertos.

Pero los resultados no acompañaban. La segunda ronda fue para el olvido; un desastre, no jugábamos a nada. Tuvimos una racha de siete derrotas consecutivas. Después empatamos dos, sin goles. Y después perdimos el clásico, de locales, por goleada. En el momento en que el referí pitó el final, la barra arrancó con un canto sobre el Pata y Angulo. La rima estaba regalada.

Así de calentito estaba el ambiente cuando, tres semanas más tarde, nos encontramos en la disyuntiva de tener que ganar o ganar para mantener la categoría. Fue un partido horrible; tenso, trabado. Se notaba que la mayor preocupación de los jugadores era cómo iban a salir de la cancha si empataban o perdían. Y la barra, con la orquesta de bombos, redoblantes y vientos, a pleno, no paraba de escupir veneno contra el Pata y Angulo.

A los noventa y dos minutos, con el partido cero a cero, aún no se sabe si movido por la inocencia, la estupidez o por un billete entregado en sombras, el tres de ellos agarró de la camiseta a nuestro nueve en una jugada intrascendente, pero dentro del área. El nueve se tiró a la pileta y el referí dio penal. El encargado de patear todas las pelotas detenidas de mitad de cancha para adelante, incluidos los penales, era Angulo.

Apenas se escuchó el silbato la barra arrancó con un canto buena onda, de apoyo a los colores; un clásico de la cancha que se cantaba sobre una melodía de Los Aunténticos; un intento desesperado de borrar de la memoria de Angulo, en segundos, los insultos que venía sufriendo hacía meses. Insultos que Angulo no había dado señales de escuchar hasta que, después de acomodar la pelota en el punto del penal, se irguió, sacó pecho y señaló al corazón de la tribuna cabecera como diciendo: “Para ustedes”.

Jamás hizo declaraciones al respecto así que solo él sabe lo que quiso hacer. La mayoría de la gente piensa que nos tiró al bombo, lisa y llanamente, para vengarse de las humillaciones. Yo creo otra cosa. Estoy de acuerdo en que fue una venganza, pero creo que quiso llevarla a cabo de una manera mucho más hermosa; creo que quiso hacer un gol que no se borrara jamás de la cabeza de todos los que se habían burlado de él y del hombre que amaba.

La cuestión es que la picó, suavecito, al medio. El arquero ni siquiera tuvo que tirarse, levantó una mano y la bajó, como si estuviera arrancando una manzana de un árbol. Yo no lo vi. Estaba de espaldas al pasto, porque en esa época me ponía tan nerviosa que no podía mirar los penales. Pero sentí que la realidad del descenso se hacía insoportable. Fue como si alguien hubiera bajado una tapa sobre la cancha, dejándonos sin aire y a oscuras. Entonces cerré los ojos con fuerza y escuché clara, recortada de todas las demás voces, la voz de mi viejo, cargada de bronca.

–Boliviano puto.

En ese mismo momento el descenso se transformó en una estupidez insignificante.

Esa semana yo había besado por primera vez a una chica. Se llamaba Manuela y tenía quince años, igual que yo. Estaba tan enamorada de ella que no concebía la posibilidad de ocultarlo por mucho tiempo. O por decirlo de otra manera, estaba dispuesta a gritárselo en la cara al mundo entero. Y como me imaginaba que el mundo no se lo iba a tomar del todo bien, contaba con mi viejo para darle batalla.

Además, sospechaba que la batalla iba a empezar por casa. Porque mamá, antes de empezar yoga, después meditación y después hacerse vegetariana, había sido siempre bastante tradicional, clásica. No le gustaba nada que mi viejo me llevara a la cancha, por ejemplo, aunque con el tiempo se había resignado. Ella quería que yo fuera una señorita. Por eso me había anotado en piano, donde conocí a Manuela.

Fue en mi primera clase. Cuando llegué, la profesora me hizo pasar a un saloncito que usaba de sala de espera.

–Estoy con otra alumna –me dijo–. Ya terminamos.

Había un revistero y me puse a investigarlo por hacer tiempo. Casi me muero cuando vi las revistas que había: eran todas en blanco y negro, sobre música clásica contemporánea y cosas así. Tuve ganas de salir corriendo. La verdad es que no escuchaba mucha música a esa edad, pero me gustaba pensar que era rockera. “Esta es mi primera y última clase”, recuerdo que pensé mientras desde el salón grande, puerta de por medio, me llegaba el sonido del piano. Alguien estaba haciendo escalas a toda velocidad y de repente empezó a tocar la música más hermosa que había escuchado en mi vida. Después supe que era la sonata para piano número doce de Mozart.

Cuando se abrió la puerta, me hice la que estaba leyendo, pero moría de intriga por saber quién era la otra alumna. Nunca había visto a una chica como Manuela. Parecía de otra época. Estaba vestida con una pollera gris, una camisa de cuello redondo y un chaleco bordado. Tenía el pelo larguísimo, atado en una cola de caballo, y su cara, redonda y blanca, parecía hecha de porcelana. Pasó caminando detrás de la profesora, sin mirarme.

Fui a la siguiente clase solo para verla a ella. No era una atracción física, eso vino después. Manuela me intrigaba. Era diferente a todas las demás chicas de nuestra edad, igual que yo. Porque las dos éramos bichos raros. Ella interpretaba a Mozart y se vestía como si viviera en el siglo diecinueve, yo usaba camisetas de fútbol y recitaba formaciones de memoria.

En mi segunda clase, otra vez esperé en la salita y otra vez pasó sin mirarme, detrás de la profesora. Así que volví una tercera y tomé la iniciativa. Me quedé en la esquina, esperando a que saliera, para cruzarla en la vereda.

–Hola –le dije, al paso.

–Hola –dijo, en un susurro.

La carita de porcelana se le puso roja de vergüenza y
entonces me di cuenta de que, al contrario de lo que yo pensaba, ella sabía de mi existencia. Sin mirarme, me había visto en la sala de espera. En ese instante decidí que no iba a entrar a mi clase de piano. Dejé que se alejara un poco y empecé a seguirla. Lo hice sin pensar. Quería saber dónde vivía, simplemente por saber algo más de ella.

Entró en una casa del barrio, cercana a la cancha. Era una de esas casas antiguas, con dos ventanas enormes sobre la línea de la vereda. Yo me quedé enfrente, sentada en el cordón, fingiendo para los que pasaban que me ataba las zapatillas. No tardó nada en empezar a sonar la música. Era un pieza clásica, pero no la sonata dulce que Manuela practicaba en las clases. Era otra cosa. Sonaba como si un alma atormentada estuviera cagando a trompadas a un piano.

No pude aguantar la curiosidad. Crucé la calle y me acerqué de a poco, sigilosamente, a la ventana de la que salía la música, que estaba abierta de par en par porque esta historia de amor empezó al final de la primavera.

Todo lo que había en la habitación a la que me asomé parecía de otra época, como Manuela. Había una araña de cristal en el techo, carpetas de croché por todos lados, cortinas de encaje y un reloj de pie. Manuela estaba sentada frente a un piano vertical y ya no se parecía en nada a la mojigata que yo había saludado antes. Tenía el pelo suelto, caído sobre la cara, y se sacudía como poseída.

Al otro lado de la ventana, casi al alcance de mi mano, sobre una mesita preciosa de madera, había un teléfono de cable, negro, enorme y recién lustrado, que parecía salido de una película de Gardel. Yo estaba tan embobada que no lo vi hasta que sonó. Tenía un timbre horrible, agudo y tan estridente que se escuchó clarísimo sobre el piano.

Manuela levantó las manos de las teclas, giró la cabeza hacia el teléfono y me vio. Yo estaba agarrada a la reja de la ventana con las dos manos, llorando a moco tendido. Entonces, mientras la chicharra espantosa del teléfono de Gardel seguía repicando, ella acomodó detrás de las orejas el pelo que tenía en la cara, se levantó del taburete, y empezó a caminar hacia mí con la vista clavada en la alfombra. Yo quise correr pero no pude soltar la reja.

Llegó hasta el teléfono sin volver a mirarme.

–Diga… –, le dijo al auricular. Hizo un pausa para escuchar y después dijo–: Sí… un momentito, por favor.

Separó el auricular de la oreja, tapó el micrófono con la mano libre y me miró a los ojos por primera vez. Tenía dos círculos de un rojo incandescente en las mejillas.

–Es para mí abuela –dijo.

Entonces sí que salí corriendo. Corrí sin parar las siete cuadras que había hasta mi casa. Y había quedado tan atolondrada que entré y me tiré en la cama a pensar en Manuela. Enseguida apareció mamá preguntando por qué no estaba en mi clase de piano. Me quedé en blanco.

–Si no querés ir, no vayas más, pero no seas tan tonta de hacerme tirar la plata –dijo mamá, interpretando que lo mío era rebeldía.

La idea de perder la excusa para ver a Manuela me despejó el cerebro enseguida. Le dije a mamá que me dolía la cabeza, le juré que no iba a volver a faltar, y agregué, como para dejarla bien tranquila, que cada vez me gustaba más la música clásica.

La noche anterior a la siguiente clase, no dormí. Era una bola de nervios. De inseguridades, mejor dicho, porque no sabía nada. No sabía con qué cara la iba a mirar cuando la cruzara en la salita de espera. No sabía qué cara iba a poner ella. No sabía si tenía que pedirle perdón por haberla seguido o si tenía que mandar a la mierda la clase de piano y volver a seguirla. Lo único que sabía era que necesitaba verla.

Como para tener algo a que agarrarme, me puse la camiseta del plantel glorioso, la misma que usaba para que me diera suerte en los exámenes del colegio y para ir a la cancha.

La profesora me abrió y me hizo pasar a la sala de espera. Había dejado abierta la puerta del salón del piano y pude ver que Manuela, sentada en el taburete, me estaba mirando. En el momento en que se cruzaron nuestras miradas, ella desvió la suya y la clavó en la teclas. Se me llenó el pecho de angustia y sentí que se me humedecían los ojos. Pero, mientras la profesora me explicaba una vez más que estaba retrasada, Manuela empezó a tocar la melodía buena onda de Los Auténticos, la que se cantaba en la cancha.

Cuando salió, pasó de nuevo sin mirarme, pero yo ya había entendido el mensaje. Después de mi clase fui directo a su casa y toqué el timbre. Salió la abuela, y recién en el momento en que me preguntó a quién buscaba me di cuenta de que no sabía su nombre.

–Hacela pasar –escuché que decía desde adentro de la casa –. Es una amiga mía.

A partir de ese día fuimos inseparables. Pasábamos todas las tardes juntas. Mirábamos la tele, estudiábamos, tocábamos el piano, merendábamos, paseábamos por el barrio. A veces yo iba a su casa y otras veces ella venía a la mía. Mamá estaba encantada con mi nueva amiga.

–Es un amor… –decía–. Es tan modosita.

Tenía razón. Manuela era modosita y tímida hasta la exasperación. Hasta conmigo hablaba lo justo y le escapaba al contacto físico. Me saludaba siempre de palabra, ni la mano daba. Hasta que me exasperé. Ella estaba sentada al piano, mostrándome como se tocaba la melodía de Los Auténticos y yo la miraba embobada.

–¿Me seguís? –me dijo en un momento, levantando la vista de las teclas sin parar de tocar.

No pude aguantar más y le metí un beso. Sostuve su cabeza con las dos manos y luché para que mi lengua venciera la resistencia de sus labios cerrados. Gané. Y esa tarde la dedicamos, prácticamente entera, a besarnos.

El siguiente fin de semana fue lo de Angulo.

–Boliviano puto –, dijo mi viejo.

Para ser franca, lo de “boliviano” ni lo escuché. O no le sentí la carga, mejor dicho. Para mí, Angulo había nacido en Bolivia, y punto. Pero lo de “puto” se me clavó en el alma. Me sentí traicionada y me enojé muchísimo con mi viejo. Muchísimo.

En la cena de esa noche no podía mirarlo a los ojos.

–¿Te pasa algo, hija? –me preguntó.

–El descenso… –dije.

–No puede ser que te amargues así por una estupidez –dijo mamá –. ¿Qué vas a hacer cuando te pase algo triste de verdad?

Me agarró una angustia incontrolable y me fui llorando a mi habitación.

Al ratito apareció mamá. Venía suavecita. Abrió la puerta apenas lo suficiente para meter la cabeza y pidió permiso para entrar. Tenía en la voz una dulzura que hacía mucho tiempo no le escuchaba; una dulzura de madre total; la que usaba para consolarme cuando se me pinchaba un globo a los cinco años.

Entró sin prender la luz, se sentó en la cama y me acarició la cabeza.

–Vos siempre fuiste muy intuitiva…–dijo–. En eso saliste a mí.

–No sé de qué estás hablando, ma–, dije yo.

–De que no estás así por el descenso.

Pensé que de alguna manera había descubierto lo de Manuela.
Primero entré en pánico y después me sentí liberada de un peso asfixiante, todo en la misma milésima de segundo.

Y entonces mamá dijo:

–Estás así porque intuís que papá y yo no estamos bien.

Ni puta idea tenía yo de que no estaban bien. Jamás en mi vida le había dedicado un pensamiento a la relación de pareja de mis viejos. Hasta esa noche, claro. Mamá dijo que teníamos que hablar de las vacaciones. Hizo tres tés de tilo y nos sentamos, ella, mi viejo y yo, alrededor de la mesa redonda de la cocina.

Resultó que había un plan preparado para las vacaciones que no se parecía en nada a ir un mes a la costa, que era lo que habíamos hecho toda la vida. El dos de enero, yo iba a partir con mamá hacia Córdoba, para pasar con ella dos semanas en un camping al pie de las sierras. Después de esas dos semanas, yo iba tomarme un micro para encontrarme con mi viejo, que iba a estar visitando a su hermano, en Mendoza. Pero lo más curioso era lo de mamá, que iba a seguir viaje hacia el norte, haciendo miles de kilómetros por tierra, para llegar a Bolivia.

–Siempre tuve el sueño de conocer la Isla del Sol –dijo.

–No sabía nada –dije yo.

–Yo tampoco –dijo mi viejo.

De más está decir que yo no quería ir a ningún lado. Quería quedarme en mi barrio para besarme todo el verano con mi amor secreto. Pero no había escapatoria. Estaban los dos de acuerdo y yo no tenía excusa ni edad para quedarme sola en casa.

Otra noche sin dormir fue esa.

Pero al día siguiente se lo conté a Manuela y ella me dijo que también se iba de vacaciones todo enero. Ahí me calmé. Si ella no estaba, lo mejor que podía pasarme era estar en otro lado con la cabeza ocupada en otra cosa, aunque esa cosa fuera la relación de mis viejos.

Nos matamos a besos durante lo que quedaba de diciembre. Y el primero de enero, cuando nos separamos, ella me dio el número de teléfono del lugar donde iba a estar, una colonia para chicas con inclinaciones musicales, en el campo.

Así fue como salí con mamá para Córdoba, segura de que no iba a tener un solo minuto de felicidad durante un mes entero. Pero estaba muy equivocada. El camping donde mamá me llevó resultó ser una especie de santuario de vida sana. Estaban todos en la onda de la meditación y el yoga. Se respiraba una paz increíble y había un millón de cosas para hacer. Mamá estaba desatada, quería hacerlas todas.

Pasamos los días haciendo excursiones, nadando en el río, dándonos baños de lodo y aprendiendo a hacer masajes con piedras calientes. Las dueñas del lugar eran dos mujeres, más o menos de la edad de mamá. Una noche nos invitaron a cenar a su cabaña. Mamá tomó vino y hasta me sirvió un vaso a mí. Una de las mujeres era una experta contadora de cuentos cordobeses. Nunca había escuchado a mamá reírse de la manera que se rió esa noche.

Había un pueblo cerca del camping, al que íbamos a pasear y hacer compras de vez en cuando. Tenía videojuegos y locutorio. Así que una tarde le dije a mamá que iba a jugar a los videos, me escabullí, y llamé al número de teléfono que me había dado Manuela.

Pregunté por ella y la fueron a buscar.

–Hola –dijo su voz.

–Hola –dije yo.

Después vino un silencio largo.

–¿Todo bien? –dije yo–. ¿Qué hacías?

–Sí… –dijo ella –. Estaba ensayando.

–¿Qué? –dije yo.

–La sonata para piano y violín número cinco de Beethoven –dijo ella.

–Ah… ¿Y quién toca el violín? –le pregunté, por hacer conversación.

–Regina –dijo.

–¿Quién es Regina? –dije.

–Mi compañera de cuarto –dijo.

Después de eso ni los masajes con piedras calientes fueron capaces de relajarme. Pero mamá, que normalmente tenía bastante ojo para mis estados de ánimo, no se dio cuenta. Estaba en una nube, parecía otra persona. Y así llegó el día en que nos despedimos en la terminal, ella siguió su camino hacia la Isla del Sol y yo fui para Mendoza a encontrarme con mi viejo.

La segunda parte de las vacaciones la pasé en la granja de mi tío. El lugar no estaba nada mal. Había caballos y un río cerca. Íbamos a pescar todos los días con mi viejo. Era una costumbre de vacaciones que había empezado cuando yo tenía seis años. Del mes que normalmente pasábamos en la costa, faltábamos al muelle solamente los días de mucha lluvia. A mí me encantaba estar sentada al lado de mi viejo mirando el mar, sin hablar, durante horas. Era nuestro silencio de charlar. Porque dentro de mi cabeza yo hablaba todo el tiempo; le comentaba lo que me estaba pasando, y me imaginaba que él hacía lo mismo.

Ya el primer día en que fuimos a pescar al río, el silencio de charlar se me hizo insoportable. Porque ya no había charla, quedaba nada más que el silencio, y para peor era un silencio incómodo. Además yo pensaba casi todo el tiempo en Manuela. No sé por qué, me castigaba imaginándola a los besos con su compañera de cuarto; me regocijaba en odiar a la violinista con toda el alma.

Y había tanto tiempo para pensar que también empecé a darle vueltas a lo que les estaba pasando a mamá y a mi viejo. La comparación estaba servida en bandeja. Por un lado estaba mamá, risueña y enérgica, con ganas de hacer cosas nuevas y conocer el mundo; por el otro, mi viejo, amargado y mudo, aferrándose a las rutinas con los dientes, ya fuera pescar o ir a la cancha.

–¿Se van a separar? –le pregunté un día, de la nada, mientras pescábamos.

–No lo sé, hija –contestó.

Eso no fue lo peor, sin embargo. Lo peor fue que había un solo teléfono en la casa de mi tío y estaba en el comedor, donde siempre había alguien. Estuve días buscando el momento oportuno, el claro, para poder llamar a Manuela sin testigos. Quería decirle que la amaba y que por favor no se enamorara de Regina. Cuando por fin logré llamar, me atendió una señora y me dijo que Manuela se había ido de excursión a la laguna.

–¿Sola? –pregunté. Se me escapó, no pude evitarlo.

–No –dijo la señora–, con una compañera.

El viaje en micro de vuelta fue un calvario; con mi viejo, el silencio más largo y triste de nuestra vida; dentro de mi cabeza, una peli de amor a orillas de la laguna, musicalizada por la sonata para piano y violín número cinco de Beethoven, en versión inventada por mí misma.

Apenas llegamos a casa, salí corriendo para lo de Manuela. No podía soportar el silencio ni un segundo más, menos en esa casa con olor a humedad, en la que la ausencia de mamá, que iba a seguir de vacaciones hasta el final de febrero, pesaba más que una montaña.

Manuela había llegado esa misma mañana. Ya empezaba a anochecer y estaba disfrutando el reencuentro con su piano. Tocaba una pieza bastante alegre y dulce cuando me asomé a la ventana. Yo sentía la necesidad de tenerla, de que fuera solamente para mí por un rato. Me moría de celos. Quería borrar de la historia todas esas noches que había pasado durmiendo cerca de otra.

–¿Querés quedarte a dormir en casa esta noche? –le pregunté.

–Tengo que pedirle permiso a mi abuela –dijo.

La abuela dijo que sí.

Yo, a mi viejo, todavía no le había dicho nada, pero estaba segura que no iba a haber problemas. De todas maneras, se lo pregunté delante de Manuela para no correr riesgos.

–Claro que puede, hija –contestó.

Cenamos pizza y mi viejo le armó una cama a Manuela, al lado de la mía, con un colchón sobre el suelo. Esa noche hablamos dos o tres horas, primero de las vacaciones y después de la vida en general. Hasta que no pude aguantar más y le pregunté si podía bajar a su cama. Entonces dejamos de hablar y empezaron los besos.

Otra de las rutinas de mi viejo era levantarse a hacer pis a la noche. Yo, como soy de sueño liviano, lo escuchaba todo; los pasos por el pasillo, la puerta del baño, el chorrito cayendo y la cadena. Siempre, después de hacer pis pasaba por mi habitación a verme. Yo nunca abría los ojos, pero sabía que él me estaba mirando, cuidando, y lo disfrutaba.

Esa noche, por supuesto, no lo escuché. Esa noche el tacto había anulado al resto de los sentidos. Había un zumbido en mis oídos, una especie de ruido blanco. Cuando mi viejo abrió la puerta y asomó la cabeza, estábamos las dos enroscadas en las sábanas, agitadas, transpirando. Manuela lo vio primero y dio un gritito ahogado.

Yo giré la cabeza hacia la puerta y llegué a ver el desconcierto en los ojos de mi viejo. No le duró nada. Enseguida bajó la vista al suelo y dijo:

–Perdón, hija.

Después, cerró la puerta.

Manuela quería salir corriendo para su casa ahí mismo, en plena madrugada. Para convencerla de que no pasaba nada, le hablé de la cancha, del cuadradito de sombra debajo de la torre de transmisión abandonada, del pelado de la heladería y de mi viejo, que era el único que no le festejaba las salidas. Por supuesto que no mencioné el episodio de Angulo, pero no por mentirle. Ya no existía ese episodio; mi viejo me había pedido perdón y yo lo había perdonado.

Al día siguiente, nos levantamos sobre el mediodía. Mientras Manuela se lavaba los dientes yo fui a la cocina y me encontré con mi viejo. Estaba leyendo el diario. Le di los buenos días y me serví un vaso de agua.

–¿Se puede quedar a almorzar? –pregunté con la vista clavada en los azulejos que tenía enfrente.

Mi viejo me dio plata y total libertad para elegir el menú. Elegí milanesas, de carne, con papas fritas, y helado de postre. Fuimos las dos juntas a hacer las compras. No podíamos ser más felices.

La verdulería estaba hermosa. Brillaban los morrones y las naranjas bajo el sol del verano. Adentro sonaba una tonada del altiplano, tocada con quena, y Manuela se puso tararearla bajito. Entonces, del cuartito de atrás, en vez de salir Edwin, el dueño de la verdulería, que normalmente atendía a todo el mundo, siempre con una sonrisa, salió una chica que yo no había visto jamás.

Yo estaba tan contenta que tenía ganas de ser buena persona.

–¿Está enfermo Edwin? –le pregunté a la chica, mientras nos pesaba las papas.

–No –dijo la chica–. Está en Bolivia de vacaciones. Vuelve al final de febrero.

Salí con la cabeza a mil de la verdulería. No podía creer que todo hubiera pasado delante de mis narices sin que me enterara: mamá, con ganas de probar cosas nuevas, haciéndose vegetariana; Edwin vendiéndole la verdura con una sonrisa; mi viejo, hosco como el solo, en casa, mirando fútbol; Angulo y Edwin, los dos bajitos, fornidos, trigueños y bolivianos.

A la media cuadra, la única duda que me quedaba era cómo se había enterado mi viejo. Pero tampoco era un gran misterio porque, como ya conté, en mi barrio los secretos no duraban nada.

Detrás del mostrador de la heladería estaba el pelado. Cuando me vio entrar puso una sonrisa caída, como de compasión o algo así.

–¿Qué les sirvo, chicas? –dijo.

–Nada –, le contesté.

Agarré a Manuela de la mano y tiré para llevármela. Y en la vereda, segura de que el pelado nos estaba mirando, le metí un beso que casi la asfixio a la pobrecita.

 
 
 
 

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