Un señor disfrazado

Un nuevo espisodio de la trepidante vida del guionista de cómic

Ya cumplió cuarenta el guionista de cómic; es un señor maduro. Por eso mismo, calcula, el policía lo selecciona entre los candidatos. Porque… ¿Qué hace un señor maduro bajando de un tren a media mañana, ataviado con unos vaqueros gastados y una gorra de béisbol? ¿Por qué no está en la oficina o detrás del mostrador de su comercio como el resto de los señores maduros? Y sobre todo, ¿qué lleva en esa sospechosa mochilita? Un ladrillo de hachís, como mínimo. Los señores maduros que no se dedican al tráfico de drogas o similares felonías no usan mochilita.

–Me permite la documentación, caballero.

El guionista de cómic está bajando del tren justamente para ir a recuperar sus documentos y los de su consorte que, por esas cosas de la vida, están en la camioneta de su suegro.

–Em… no tengo nada.

A continuación, y a pedido del policía, el guionista de cómic se embarca en la explicación de porqué no tiene los documentos y, todo sea dicho, le sale demasiado desordenada para tratarse de alguien que se dedica profesionalmente a contar historias.

–Permítame la mochila por favor.

–Toda suya.

Mientras el servidor de la ley revuelve sus efectos personales, el guionista (que por fuera es un ciudadano perplejo y ansioso por colaborar con la justicia) se pregunta por dentro si es legal (o de buen gusto) que un señor disfrazado ande tocando sus cosas.

El policía saca de la mochila un carnet de Banfield, un DNI y un registro de conducir; toda documentación caduca, expedida hace más de veinte años en Argentina (estamos en Mataró, provincia de Barcelona), que el guionista no recordaba tener porque hace siglos que no usa esa mochila.

Sin duda, el sujeto es cada vez más sospechoso.

–¿Algún problema con la policía en el pasado? –pregunta el agente.

La mente del guionista entra en flashback. Recuerda, en sepia, la caricia de una tonfa policial sobre su lomo y el posterior traslado a la comisaría de Temperley, sentado sobre el regazo de otro disconforme y beodo detenido (porque el patrullero ya estaba lleno). También recuerda sus dedos manchados de tinta negra y pegajosa, después tocar el pianito. Todo, por hablar de más.

“¿Cruzarán datos la Bonaerense y los Mossos?”, llega a preguntarse. ¡Ja! Cada ocurrencia tiene el guionista.

–No, ningún problema en el pasado –dice. Y luego propone:– ¿Le digo mi DNI de aquí? –. (Por DNI quiere decir NIE: Número de Identificación de Extranjeros).

–Por favor.

El policía lleva una mano al bolsillo de su camisa, saca una bolsita con dos cogollos de marihuana y el olor penetrante de la hierba invade las fosas nasales del guionista que no puede creer lo que está viendo. Acto seguido, el policía saca una lapicera y un papel del mismo bolsillo, vuelve a meter la marihuana, y mira al guionista a los ojos esperando que le dicte el número.

Un millón de frases irónicas, de chistecitos cínicos, se agolpan en la punta de la lengua de guionista pugnando por escapar. Cosas del tipo: “¡Qué bueno que trajo usted porque yo venía reeeeecareta!”.

–Equis, tres, nueve, seis, ocho, nueve, dos, ocho, efe de Francia –dice el guionista.

No cabe duda, ya es un señor maduro.
 
 
 

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Archivado bajo La trepidante vida del guionista de cómic

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