Hijita & Hijito #1

La vida misma de lo que sería una familia
 


 

Hijita entra en un mega-supermercado en diciembre y, observando con la boca abierta la decoración y los productos, exclama:
– Aaahhhhh… ¡La Navidad estaba acá!

 


 

–¡Quiero sandía! –grita Hijita en la mesa.
–Bueno –dice Papá–. ¿Sabés las palabras mágicas?
–¡¿Um?! –dice Hijita abriendo mucho los ojos.
Está sorprendida por la invocación al ocultismo. Busca una explicación en la mirada de Mamá, pero Mamá se limita a sonreírle. Entonces vuelve a mirar a Papá y arriesga:
– ¿Mickey Mouse?

 


 

Los Reyes les traen regalos solo a los niños que se portaron bien, y a los que se portaron mal les traen carbón. Hijita se entera de este detalle justo en el anochecer del 5 de enero.
–¿Yo me porté bien? –quiere saber inmediatamente.

Su carita, que acaba de pasar de radiante a consternada, a decepcionada, a aterrada, delata que cree estar en problemas. Pero Papá la tranquiliza, le dice que, “en general”, se portó bien y eso es lo que cuenta.

Al día siguiente, Hijita descubre que los Reyes dejaron tres paquetes. Los dos primeros contienen juguetes. Fenomenal. Pero en el último paquete hay tres pequeñas piezas de carbón vegetal.

–Esto debe ser para vos –dice Hijita, mirando a Papá. Y agrega–: Para el asado.

 


 

Hijito ya tiene más de dos años. Oficialmente, ya no es un bebé. Es un nene y está muy feliz con su nuevo estatus. Tan feliz que, para reforzar el logro, para que a nadie se le ocurra discutírselo, está empeñado en demostrar que puede valerse por sí mismo.

–Yo solo –reclama, ante la tarea que sea– ¡Yo solo!

Y pobre del desprevenido que intente ayudarlo a subir a la silla, a poner chocolate en la leche o a lavarse la cabeza. Pobre de ese buen samaritano. Porque Hijito tiene el poder del Chillido Infernal y no hay tímpano que aguante sus pataletas.

–¡YO SOLOOOOOOOOOOOOOOOO!

Por eso ahora la familia llega a todos lados treinta y siete minutos tarde, que es el tiempo que tarda un bebé en ponerse los calzoncillos al revés.

 


 

La calesita de la República de los Niños gira más rápido que la de la plaza de Turdera. Y el caballo no se queda quieto, sube y baja, sube y baja. Hijito está francamente nervioso con estas novedades. Se agarra del brazo de Papá, tenso, y cuando ya no aguanta más, grita:
–¡Aballo no!
–Canguro entonces, que no se mueve –sugiere Papá. Y sin esperar respuesta, levanta a Hijito y lo deposita sobre un marsupial verde con pintas amarillas.
–¡Gancuro no! –grita Hijito con el gesto contraído, al borde del llanto.
Papá alza a Hijito en brazos y señala una calesita menor, de esas de volante, que hay sobre la calesita mayor, que sigue girando.
–¡Los dos ahí! –exclama.
Hijito acepta aliviado que Papá lo instale en la calesita menor. Y acto seguido, Papá descubre que él no cabe.
Pero sube igual. Se convierte en un ovillo ridículo, con el culo en el aire, y aguanta así media vuelta, hasta que decide buscar una opción menos dañina para su espalda y su dignidad. Estira una pierna hacia afuera. Busca hacer pie en el suelo de madera del la calesita mayor, pero tanto giro sobre giro, ha trastocado su sentido de la orientación. El suelo ya no está ahí.
Papá no sabe qué está pasando. O mejor dicho, lo sabe pero no puede creerlo.

“¿Me estoy cayendo de la calesita?”, se pregunta, azorado, antes del impacto.

 


 

Hijita empieza a contar.

–Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, catorce, cincuenta, noventa, ochenta…

Hijito corre a toda velocidad y se sienta detrás de una planta que oculta una parte ridículamente escasa de su redondita anatomía. Es un mal escondite, pero eso no le importa porque sabe un truco fenomenal. Conoce el secreto de la desmaterialización. Sabe desaparecer.

–¡Ahí voy! –grita su hermana, desde la piedra.

Sentado detrás de la planta, Hijito inclina la cabeza hacia adelante y se tapa los ojos con las manos.

 


 

–¡Mirá! ¡Maquita Sanatonio! ¡Mirá! ¡Mirá! ¡Mirá! ¡Maquita Sanatonio, Papá! ¡Maquita Sanatonio! –grita, señalando a un coleóptero.

Nadie aprecia como Hijito los pequeños detalles de la vida.

 


 

Ruta y campo infinito a los costados. Hijita mira por la ventanilla del coche y ve unas vacas echadas al pie de un molino.

–Puede ser que el molino sea el ventilador de la vacas –reflexiona en voz alta.

 


 

Hijita señala el cadáver de un lechoncito mamón, que cuelga de un gancho, abierto en canal.

–¡Pobre chanchito! ¡Lo mataron! –dice.

Papá quiere regresar diez minutos hacia el pasado, al momento en que tuvo la genial idea de pedirle a una nena de cuatro años que lo acompañe a la carnicería.

 


 

Un coche puede ser cánguelo. Un meteorito puede ser cánguelo. También pueden ser cánguelos un gatito de cerámica, una araña y un sillón. Hasta la abuela puede ser cánguelo.

Cánguelo es una gran palabra. Sirve para todo. Hace un mes que Mamá y Papá se mueren por saber qué significa.

–Cánguelo e… ¡cánguelo! –contesta Hijito cada vez que le preguntan.

 


 

Ni bien sale de la juguetería, Hijita clava el mentón en el pecho y enarca la cejas.

–Yo no quería regalarle eso –dice, aludiendo al kit de arte que compraron para el cumple de Amiguita.

–Pero si te pregunté… –se excusa Papá, angustiado –. ¿Por qué me dijiste que sí?

–¡PORQUE VOS QUERÍAS, TONTO! –estalla Hijita, más furiosa de lo que ya estaba por tener que andar explicando obviedades.

–¿Y que querías regalarle? –interviene Mamá, que esperaba afuera con Hijito.

–Algo más distinguido –dice Hijita,

–¿Cómo es algo más distinguido? –quiere saber Papá, mientras se pregunta de dónde diantres habrá sacado Hijita el adjetivo.

Hijita se desinfla. Exhala la furia con un suspiro de resignación. Y dice:

–Algo de princesas…

 


 

–¿Jugamos a la secretaría? –propone Hijita.

–¿Secretaría de qué? –pregunta Papá, perplejo ante el insospechado y precoz perfil burocrático que manifiesta su primogénita.

–Es así –explica Hijita– Uno le dice un secreto a otro, y otro a otro y a otro, y el último lo dice.

 


 

–Es lindo ser viejo, porque tenés la piel finiiiiita y llena de arrugas. Y de las arrugas salen ideas. Pero para que salgan tenés que creer mucho y estar siempre cerca de tu huerto –dice Hijita.

 


 

–Mañana es un día de las Islas Malvinas. Son dos pedacitos de tierra así –dice Hijita, a la salida del jardín, mostrándole a Papá los dedos índice y pulgar de su mano derecha separados por apenas un centímetro–. Pero otro planeta los quiso… ¡Y se armó una guerra! Y los pedacitos se cayeron al mar.

 


 

–¡Vos sos un catástrofe! Sos un lío para usarte como hermano –amonesta Hijita a Hijito.

 


 

Hijita se viste sin consultar ni pedir ayuda: medibacha rosa pálido, minifalda verde con flores amarillas, blusa blanca con volados, cangurito de plush en rosa estridente, zapatos a juego y, colgando con elegancia de un hombro, la cartera de cuero negro que le regaló la tía. Así baja de su habitación, lista para ir al museo a ver esqueletos de dinosaurios.

Dicen las seños que la sala de cuatro es la adolescencia del jardín.

 


 

–No sabía que McDonald’s era tan cortito. ¡Es solo un restaurant con un pelotero! –dice Hijita.

 


 

Había una vez unos bomberos que tenían un jefe. Y le dieron de comer muuuuuucho, muuuuuucho al jefe. Y se le puso la panza goooorda, gooooorda, y después de un tiempo, nació un bebé bombero. Y le dieron el unifooooorme, las booootas, el caaaaaasco. ¡Y aprendió a usar la manguera!

“Un cuento de bomberos”. (Contado por Hijita contado a Papá horas después de visitar el cuartel)

 


 

“¡Manuel Belgrano! ¡Manuel Belgrano! ¡Manuel Belgrano! Es lo único que dicen. Todas las seños están enamoradas de Manuel Belgrano! Pero no hay un Manuel Belgrano para cada una”, comenta Hijita fastidiada.

Se adivinan intensos los preparativos para la fiesta del día de la bandera.

 


 
–Papá… ¿Sabés qué se puede hacer con un papel?

–¿Qué, Hijita?

–Arte.

 


 

“Cuando vos te muras, voy a caminar por la calle solo”, dice Hijito, con una chispita de ansiedad en los ojos.

 


 

Hijito le pone los puntos a Mamá: “Tu papá no es mi abuelito. Mi abuelito es tu papá”

 


 

“¡Fue sin querer! ¡Fue sin querer!”, se desgañita Hijita para que su descargo se oiga sobre el llanto de su hermano. “Él vino con una cara de malhumor horrible y yo no me pude aguantar y le pegué”

 


 

Hijito está pitando la boquilla de un inflador.

–¡Fumás como una niña! –le grita Hijita–. ¡Tenés que fumar como un hombre!

Queda cancelado el proyecto de sustitución de la insufrible Casita de Mikey Mouse por aquellos buenos viejos cortos clásicos.

 


 

“¿Todo todo todo todo todo todo todo tooooooooodo tiene nombre? ¿O hay algo que no tenga nombre?”, pregunta Hijita.

 


 

–¿Estás nervioso?

–Un poco, la verdad.

–Cuando estás nervioso tenés que relajarte.

–Me encantaría, Hijita, pero no puedo porque tengo que estar acá luchando con ustedes para que se laven los dientes, se pongan el pijama y se metan en la cama.

–¡Ah, claro! Tendrías que haber aprovechado para relajarte cuando no tenías hijos.

 


 

–¿Por qué al nacimiento de Jesús le dan tanta importancia y al resto no?

–Porque dicen, dicen, que Jesús fue muy bueno y por eso se hizo muy famoso. Pero no estoy seguro de que sea verdad, Hijita. Es más, sospecho que es mentira.
–¡A mí lo que me parece mentira es que los padres vivan en un establo con un buey y una vaca!

 


 

–¿Cómo es? Explicame –dice Hijito.

–Bueno. ¿Viste cuando mamá dice que hizo milanesas de cerdo? En realidad eso es un cerdo que lo mataron, le sacaron la piel y la carne, lo destrozaron todo chiquito y se lo dieron al supermercado. Entonces van las personas y lo compran para hacer la comida –dice Hijita.

–¿Por qué matan al cerdo? –se intriga Hijito.

–Bueno. Porque hay animales que ya no nos interesan mucho y entonces podemos cazarlos y sacarles la carne, la piel y los huesos y todo –expone Hijita.

–¡Yo quiero cazar un cerdo! –se emociona Hijito.

–Si querés, cuando seamos grandes, casarnos no porque los besos en la boca no me gustan, pero podemos ser novios y salir a cazar cerdos juntos –concede Hijita.

 


 

–¿Quién quiere churros?

–¡YOOOO! –grita Hijito, levantando la mano todo lo que puede. Y sin bajar la mano, agrega– ¿Qué es churros?

 


 

–Me gustaría tener un pedazo de persona muerta para investigarlo –comenta Hijita.

 


 

En el parque hay unos grandulones (de seis y siete años) que no lo dejan tranquilo.

–¡Ya van a ver! –les grita Hijito con el ceño fruncido y el índice en alto– ¡Los dibujaré tristes!

 


 

Hoy Hijito tiene puesto un traje rojo y azul, con capa, y un triángulo amarillo en el pecho.

–¡Soy Queso, el superhéroe! – grita marcando pectorales.

 



 

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Hijita & Hijito #1

  1. alejo sos el messi de la escritura

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