Volverse invisible

Volverse-invisibleLos chicos dicen que fue una traición lo de Pinnueve. No sé. Ellos lo vivieron así. De hecho, no volvieron a hablarle nunca más. Incluso ahora, que ya corrió mucha agua bajo el puente y estamos grandes, cuando nos juntamos a comer algo y sale el tema, se ponen como locos. Se amargan de verdad. Pero “traición” suena demasiado fuerte para mí. “Desilusión” diría yo. Una desilusión enorme.

Recuerdo que estábamos a mitad de tercer año. Un día como cualquier otro, entró la preceptora al aula seguida por un pibe alto, flaco, pálido y desgarbado. En el medio de la cara tenía una cosa que se parecía más al pico de un basilisco que a una nariz humana.

–Les presento a Ricardo, su nuevo compañero –dijo la preceptora.

–¡Bienvenido, Pinnueve! –gritó Osorio desde el fondo.

Se hizo un silencio total y todos, incluida la preceptora, miramos para el fondo esperando una explicación. Osorio dejó pasar unos segundos, como para disfrutar el momento de gloria, y con una sonrisa ladeada, dijo:

–Es el hermano mayor de Pinocho.

El aula estalló en una carcajada bestial y a Osorio le pusieron cinco amonestaciones.

Era jodido Osorio. Porque no solo era cruel y artero para poner apodos, también era enorme. Era una mole que le sacaba una cabeza al resto del colegio. Nadie sabía cuántas veces había repetido. Nadie se atrevía preguntar. Tenía una bandita de esbirros que lo seguía a todas partes. Robaban insignias de los coches de los profesores, hacían saltar los tapones al menos una vez por semana y en todos los recreos jugaban al fútbol con una pelota hecha de medias.

El mismo día que llegó Pinnueve, en el primer recreo, hubo un lesionado grave en el partido de Osorio. Se escuchó un grito y uno de los arqueros salió corriendo para el baño con un manantial de sangre brotando de la nariz. El patio enmudeció. Y entonces, Osorio, como si no hubiera pasado nada, le gritó a Pinnueve, que estaba en un rincón comiéndose un alfajor:

–Che, Pinnueve, entrá vos.

Supongo que la intención de Osorio era meterle una patada en la tráquea en la primera jugada, a modo de bienvenida y agradecimiento por las amonestaciones. Fuera cual fuera la intención, todos sabíamos que Pinnueve tenía que elegir entre eso o la muerte. Todos menos él, Pinnueve.

–No me gusta el fútbol –dijo, levantando apenas la voz, sin moverse del rincón.

Ahí quedó clarísimo que el pibe era un inadaptado social que desconocía las reglas básicas de supervivencia. Me acuerdo patente que yo estaba con los chicos, jugando al Magic en nuestro banco de siempre, y les dije:

–Muchachos, este es de los nuestros.

Osorio estuvo suave esa vez. Apenas le aplastó el alfajor en la cara.

Al día siguiente reclutamos a Pinnueve. Porque a nosotros nos convenía ser más, ganar cuerpo, pero también por solidaridad. Sabíamos que por su cuenta, solo, a la buena de Dios, no iba a llegar sano al final de la secundaria. Nos necesitaba para que le enseñásemos cómo contestar con la evasiva correcta, cómo adular a Osorio si era necesario, cómo volverse invisible. Rulemán se encargó de hacer el primer contacto porque era el más simpático del grupo, el que tenía algo que, de lejos, se podía confundir con don de gentes.

Resultó perfecto para nosotros Pinnueve. No sabía jugar al Magic pero enseguida se compró un mazo y aprendió. Además, se interesaba por todo. Dejaba que Rulemán le quemara la cabeza con la numismática, era capaz de estar horas hablando de astronomía con Chichón y a mí me pedía prestado un cómic atrás de otro. De apelativo le quedó Pinnueve. Porque los apodos que ponía Osorio, que nos había rebautizado a todos, eran tan despiadados como certeros. Se te clavaban para siempre.

Lo de Pinnueve eran los rompecabezas. “Puzzles” decía él, y le tuvimos que advertir que jamás usara esa palabra en la escuela ni confesara su afición. Soñaba con ir a un campeonato que se celebra en Estados Unidos, una especie mundial del rompecabezas. Hacía trabajitos de jardinería desde los nueve años y ahorraba todo lo que podía para el viaje. Solo gastaba en rompecabezas y en su otra pasión: los alfajores Teniente Sideral; se comía uno en cada recreo, escondido en el baño, sentado arriba de un inodoro y con las piernas recogidas para que nadie pudiera verlo por abajo de la puerta, como le enseñamos.

Una día, al final de tercer año, Pinnueve nos invitó a su casa para mostrarnos un rompecabezas de seis mil piezas que acababa de terminar. Según él, había tardado un tiempo récord en armarlo. A nosotros, francamente, nos chupaba un huevo el rompecabezas. Pero él estaba tan orgulloso que necesitaba compartirlo. Fuimos todos juntos, un viernes, a la salida del colegio.

Vivía en una caserón antiguo, venido a menos, con paredes grises, agrietadas y ganadas por una enredadera descontrolada. No tenía padre y la madre parecía su abuela, estaba más arruinada que la casa. Le temblaba el pulso mientras nos servía la merienda y casi no hablaba. Era como un fantasmita.

Cuando terminamos de merendar, Pinnueve nos llevó a una habitación de la casa en la que solamente había una mesa. Arriba de la mesa estaba el rompecabezas, armado sobre un cartón. Era una pintura de la batalla de Lepanto; decenas de barcos y cientos de diminutos marineros muriendo y matando. El trabajo de alguien verdaderamente perturbado. Estuvimos todos de acuerdo en que era impresionante y Pinnueve se puso ancho. Sonrió incluso. Creo que fue la única vez que lo vi sonreír.

Justo en ese momento entró el hermano. Lo conocíamos porque también iba al colegio, pero era un año más chico que nosotros.

–¿Todavía no lo sacaste, pelotudo? –le dijo a Pinnueve. Así, a quemarropa, con cara de estar retando a un perro y como si nosotros no existiéramos.

Pinnueve miró al suelo.

–Pará –dijo.

–Las bolas pará –dijo el hermano –. En un rato llegan mis amigos.

–Pará –volvió a decir Pinnueve.

–Sacalo ya o lo saco yo –dijo el hermano.

Pinnueve levantó la vista y vi que tenía los ojos vidriosos.

–Pará, pelotudo –dijo.

El hermano dio los tres pasos que lo separaban de la mesa, agarró con las dos manos el cartón sobre el que estaba armado el rompecabezas y lo revoleó por el aire. Las seis mil piezas de la batalla de Lepanto llovieron sobre nosotros.

–Te avisé –dijo el hermano. Y se fue.

Pinnueve estaba más pálido que de costumbre, por un momento pensé que se iba a desmayar. Pero se agachó y empezó a juntar las piezas.

–Necesita la mesa –dijo.

Lo ayudamos a juntar y nos fuimos horrorizados.

Pero yo me quedé tan mal que al día siguiente, sábado, volví para ver cómo andaba Pinnueve.

–Pasá, pasá –me dijo la madre –Ricardito recién volvió de trabajar, está en el fondo.

Tuve que cruzar el caserón entero, y cuando pasé por delante de la habitación del conflicto, vi que en la mesa habían improvisado una red de ping-pong.

El fondo era enorme, como la casa, y tenía una vegetación salvaje que casi no dejaba ver las medianeras. Al fondo del fondo había una especie de cobertizo, y como a Pinnueve no se lo veía por ninguna parte, pensé que debía estar ahí. Pero a medio camino escuché un ruido que venía de las plantas, de un gomero para ser más preciso. Pinnueve estaba en cuclillas, adentro de la cueva que formaban las ramas.

Se me ocurrió una sola explicación posible para su actitud: que estuviera cagando. ¿Por qué iba a estar cagando en una planta cuando tenía su baño a menos de quince metros? Eso no lo pensé. Pero pensé que cortarle la inspiración con un susto iba a ser desopilante.

–¡Bu! –le grité casi en la nuca.

Se paró como impulsado por un resorte, se golpeó contra una rama del gomero, y mientras se restregaba la cabeza me insultó con una furia que no le conocía hasta el momento. No había mierda en el suelo. Había una palita de jardinero, un pocito y una lata de galletas holandesas.

Tuve que rogarle y jurarle por la salud de mis cómics que no le iba a decir nada a nadie para que me mostrara lo que había adentro de la lata: rollos de billetes. Muchos. Todo lo que había ahorrado cortando pasto desde que tenía nueve años.

–Sos la única persona que sabe esto, Cebolla –me dijo–. Si algún día me pasa algo, contale a mi vieja no a mi hermano.

No sé bien por qué lo dijo. Si por hacerse el dramático o porque tenía una sospecha real. Pero me quedó grabado en el cerebro. Sobre todo porque consideraba que el hermano de Pinnueve era un psicópata capaz de hacer cualquier barbaridad, lo que quedó ampliamente demostrado un poco más tarde.

Promediaba cuarto año recuerdo. Osorio recién había descubierto que Pinnueve tenía un hermano menor. Natural, porque en el colegio Pinnueve y su hermano no se hablaban ni andaban nunca juntos. Supongo que por ser consistente con la joda, Osorio le decía Pinocho al hermano menor de Pinnueve.

–¡Pinocho, el culo te abrocho! –le gritaba cada vez que lo veía, y la corte de esbirros adulones que lo seguía a todas partes se reía a carcajadas.

Calculo que él, Osorio, no podía verlo. Pero nosotros sí veíamos como la furia se iba acumulando en el gesto del enfermo de Pinocho.

Explotó en un recreo como no podía ser de otra manera.

–¡Pelea! –gritó uno– ¡Pelea!

Estábamos en nuestro banco, jugando al Magic, y vimos a Osorio rodando por el patio entrelazado con alguien. Pinnuneve se puso pálido como la vez del rompecabezas.

–Es mi hermano –dijo.

Rodaron para un lado. Rodaron para el otro. Y cuando se separaron, vimos claramente que Pinocho tenía la boca ensangrentada. Todos pensamos que no le quedaban más dientes. Pero entonces Osorio dio un grito desgarrador. Tenía una mano bañada en sangre y el dedo meñique colgando de un hilito de carne.

A Pinocho lo expulsaron del colegio y Osorio no volvió a poner un sobrenombre.

Con todos estos antecedentes, ¿qué íbamos a pensar cuando a Pinnueve se lo tragó la tierra?

Habíamos terminado la secundaria hacía una semana y andábamos con esa angustia y esa nostalgia anticipada del “que no se corte”. Nos juntábamos a jugar al Magic todas las tardes en un banco de la plaza que está enfrente del colegio.

Y un día Pinnueve no vino, al día siguiente tampoco, y al siguiente tampoco. Al cuarto día fuimos hasta un teléfono público y llamamos a la casa. Atendió Pinocho.

–Se fue de campamento –dijo–. No sé cuándo vuelve.

Si nos hubiera dicho que lo había abducido una nave extraterrestre proveniente de NGC 6822 hubiera sonado más creíble. Pinnueve pasaba todo su tiempo libre encerrado en su casa armando rompecabezas. Era jardinero y sin embargo estaba blanco como un vampiro. Detestaba el sol. Para trabajar se ponía la protección solar más alta que existe y se tapaba de pies a cabeza. Y también detestaba los bichos. Detestaba a la naturaleza en general. Por no mencionar otro detalle: ¿con quién se había ido de campamento? Nosotros éramos los únicos amigos que tenía. Y sobre todo: ¿Por qué no nos había avisado?

Me pareció pertinente romper la promesa que le había hecho a Pinnueve. Les conté a los chicos el episodio de la lata y el sugerente pedido que me había hecho de no confiar en su hermano. Estuvimos toda la tarde dándole vueltas al asunto y cuando empezó a oscurecer ya no teníamos dudas de que estábamos ante un fratricidio. Juramos por nuestra amistad que no íbamos a descansar hasta hacer justicia.

Al día siguiente llamamos a la casa de Pinnueve seis veces, con intervalos de una hora. Las seis veces atendió Pinocho y las seis veces cortamos sin decir nada. Enseguida empezamos a manejar la hipótesis del doble asesinato. En el fondo de ese caserón había lugar y privacidad de sobra para enterrar dos cuerpos. Pinnueve había caído con su pobre madre.

Chichón, que estaba afectadísimo, a punto de ponerse a llorar, dijo que su cuñado era policía y se ofreció a comentarle el tema. Lo pensamos un rato y llegamos a la conclusión de que era lo más sensato. Dado que estábamos tratando con un demente de alto riesgo, lo mejor era dejar el tema en manos profesionales. Chichón aseguró que esa misma noche hablaría con su cuñado porque el tipo iba todas los días a cenar a su casa, y quedamos de encontrarnos al día siguiente ahí, en el banco de la plaza, para comentar la respuesta de la ley.

–Dijo que soy un boludo que mira demasiadas series policiales –nos informó al otro día Chichón que había dicho su cuñado –. Y que todavía no es policía, está en la escuela de cadetes.

Ahí quedó claro que íbamos a tener que trabajar solos en pos de la justicia. Entonces, como Chichón había sacado a colación lo de las series, me acordé de una cosa que había escuchado cuando era chico no sé si en Kojak o en Las calles de San Francisco: si no hay móvil, no hay crimen. Y me vino a la cabeza la lata de galletas holandesas. Si no estaba debajo del gomero, ya podíamos olvidarnos de volver a ver a nuestro amigo.

A media cuadra de la casa de Pinnueve había un kiosco con unas mesitas en la vereda. Nos instalamos ahí a esperar que Pinocho saliera. Llevamos las cartas de Magic, para fingir que jugábamos, y al final terminamos jugando de verdad porque tres horas más tarde Pinocho no había salido. Estar, estaba, eso lo habíamos comprobado con uno de nuestros llamados anónimos. Era cuestión de tener paciencia, y de consumir de vez en cuando para contentar al kiosquero que cada vez nos miraba con más cara de culo.

Confieso que estaba muerto miedo. Como el plan se me había ocurrido a mí y además era el más ágil del grupo, me tocaba hacer la incursión. Cuando Pinocho saliera, yo iba a saltar la ligustrina, iba avanzar a gachas unos veinte metros por el pasillo lateral del caserón, y me iba a internar en ese fondo tétrico hasta alcanzar el gomero, bajo el cual, en vez de la lata, esperaba encontrar enterrado a Pinnueve.

Recuerdo que me paré para comprar una Coca-Cola con los últimos pesos que nos quedaban y vi la sorpresa en la cara de Rulemán.

–¡La madre! –gritó para adentro.

El fantasmita había salido del caserón y venía directo hacia nosotros. Nos quedamos helados. De los nervios nos olvidamos que se suponía que estábamos jugando al Magic. La mujer cruzó la calle a un paso de una lentitud exasperante, pasó por al lado nuestro sin vernos o reconocernos, quién sabe, y compró seis alfajores Teniente Sideral en el kiosco.

Ahí descartamos la hipótesis del doble homicidio y empezamos a construir la del secuestro puertas adentro. Dos horas de debate más tarde estábamos convencidos de que al pobre Pinnueve lo tenían encadenado a la pared del sótano y la madre, cómplice pero madre al fin, le llevaba sus alfajores favoritos.

¿Cuál era el móvil de este nuevo crimen? Surgieron dos hipótesis. Rulemán defendía que Pinocho había descubierto que su hermano guardaba un tesoro, pero no el lugar donde estaba oculto. Ergo, planeaba mantenerlo prisionero hasta conseguir, seguramente mediante torturas, que le revelara la localización. Chichón, por otro lado, se decantaba por lo que llamaba el “típico secuestro de enfermito sádico”.

–Como esos alemanes que tienen a una piba treinta años en el sótano –argumentaba–. El móvil es la pura maldad, así que torturarlo, lo tortura fijo.

La buena noticia era que Pinnueve estaba vivo. La mala era que en cualquier momento podía dejar de estarlo, por lo tanto, urgía una acción drástica de rescate.

El plan se me ocurrió otra vez a mí. Lo primero era conseguir algunos rompecabezas, lo cual ya estaba hecho porque lo único que el fanático de Pinnueve regalaba para los cumpleaños eran rompecabezas. Después íbamos a montar guardia frente al caserón nuevamente, hasta que Pinocho saliera. Y con Pinocho afuera, tocábamos el timbre y le decíamos a la madre que veníamos a devolver los rompecabezas. Así tenía que abrir la puerta sí o sí, para agarrar las cajas. Y con la puerta abierta, uno pedía permiso para ir al baño y se metía en la casa de prepo mientras los otros entretenían a la vieja o hacían lo que podían con ella.

Era un plan de mierda pero no teníamos otro.

Otra vez usamos el kiosco como puesto de vigilancia. Cuando nos vio llegar, el kiosquero nos asesinó con la mirada, pero hicimos una primera consumición fuerte de papas fritas y Coca-Cola que lo dejó calmado. Sacamos las cartas de Magic y nos pusimos a jugar. A jugar de verdad, porque esperábamos que la cosa fuera para largo.

Entonces pasó algo con lo que no contábamos: la partida se puso demasiado entretenida. Más que entretenida, emocionante. Si la hubiéramos podido terminar, sin duda hubiera sido la mejor de nuestras vidas como jugadores de Magic. Pero no pudimos porque nos interrumpió Pinocho.

–¿Qué hacen acá? –dijo. Estaba parado al lado nuestro y ninguno lo había visto llegar.

El mundo se detuvo.

–Jugamos –dije –después de un silencio demasiado largo.

Pinocho nos estudió unos segundos con desconfianza. Quedó claro que nuestra presencia ahí no le cerraba para nada. Después nos dio la espalda, se acercó a kiosco y pidió un paquete de chicles.

–¿No querés los alfajores de tu hermano? –preguntó el kiosquero.

Pinocho nos miró de soslayo, midiendo si habíamos escuchado.

–Mi hermano está de campamento –dijo. Pagó y empezó a caminar hacia el caserón sin decirnos ni chau.

Entonces Chichón dejó las cartas sobre la mesa y se levantó de la silla. Estaba llorando.

–¡Pinocho! –gritó.

Pinocho ya cruzaba la calle y giró para mirarnos con fuego en los ojos.

–¡El culo te abrocho! –gritó Chichón. Y antes antes de salir corriendo a todo lo que le daban las piernas perseguido por Pinocho, nos dijo por lo bajo– Sáquenlo como sea muchachos.

Rulemán me hizo pie para saltar la ligustrina. Corrí por el pasillo lateral y llegué al fondo con las pulsaciones a mil. En la parte de atrás, el caserón tenía una galería vidriada, con un par de sillas de alambre, una jaula con tres canarios y una antigua pileta para lavar la ropa. Ahí estaba Pinnueve, de frente a mí, abstraído en hacer rebotar una pelotita de ping-pong sobre una paleta. No era la actitud de un prisionero. Pero tenía un gran apósito sobre la cara que le cubría la nariz y los pómulos, y sombras moradas alrededor de los ojos. Era evidente que le habían pegado.

Estaba a punto de golpear el vidrio para avisarle que había llegado la caballería cuando se le cayó la pelotita. La persiguió por el suelo, la levantó y volvió a empezar el juego, pero esta vez ofreciéndome el perfil. Entonces noté que el pico de basilisco había desaparecido.

Golpeé el vidrio desesperado.

–¿Qué hiciste, Pinnueve? –grité –¿Qué hiciste?

Se me quedó mirando, sorprendido pero sereno, como si estuviera ante el fantasma de alguien querido. Abrió la puerta de la galería y salió.

–¡Tu sueño era ir al mundial de rompecabezas, Pinnueve! –le reclamé.

–Te pido un favor, Cebolla –dijo, sin mirarme a los ojos–. A partir hoy decime Ricardo.

 
 
 

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2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

2 Respuestas a “Volverse invisible

  1. luis ernesto

    genial! me encanto!

  2. Fue muy entretenido, tiene mucho barrio. Me gusto eso del grupo de amigos, que flashean con su propias elucubraciones. Me hizo acordar a 4 segundos.

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