No creo que pueda

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic.
 
–Hay que hospitalizarla.
 
Upalalá. El guionista de cómic sintió una puntada simultánea en la billetera y el pecho, pero mantuvo la compostura y realizó los trámites correspondientes.
 
–Si quiere venir a verla esta tarde avíseme por teléfono –dijo la veterinaria cuando el guionista ya se retiraba, muy rudo él, sin despedirse de la paciente.
 
El guionista pensó: “Tremenda pelotudez sería visitar a un gato en el hospital”, y dijo:
 
–No creo que pueda.
 
Esto empezó hace más de un década. Él no quería. Bueno. En realidad, más que no querer no necesitaba. Ni siquiera comprendía por qué alguien mayor de ocho años podía desear una mascota. Él estaba muy feliz con su vida de joven cínico y narcisista. Pero su novia sí quería.
 
Al primero, el gato, lo fueron a buscar al refugio de animales. La gata hospitalizada llegó segunda. La compró el guionista mismo, un año más tarde, por veinte euros, como regalo para su novia que andaba diciendo que cuando son dos se entretienen entre ellos.
 
Y haciendo la historia corta, un día la novia se fue y no se llevó a los mininos.
 
El guionista de cómic afrontó entonces una nueva vida, lastrada por dos felinos comunes europeos. Se emborrachó en bares para olvidar mientras los gatos dormían en su cama, llenándola de pelos. Comenzó más tarde una nueva relación, con los gatos como silentes testigos. Se volvió a su país con los gatos en la bodega del avión. Se casó, tuvo hijos, y volvió a mudarse dos veces más de un país a otro con los gatos a cuestas, llegando sembrar la mierda del macho sobre la cinta de un escáner del aeropuerto de Barajas.
 
En todo ese tiempo, siguió diciendo que no quería gatos. Por no decir que no quería a sus gatos.
 
Hasta que Gilda dejó de comer y se puso amarilla.
 
Ya solo, en el coche, regresando a su casa del hospital veterinario, el guionista de cómic empezó a pensar que su gata estaba viviendo sus últimas horas. Esa gata que tanto le había roto las pelotas pidiendo caricias que jamás iba a darle, desgarrando sillones, desparramando basura, cagándose en el pasillo, maullando su celo a las tres de la mañana. Esa gata, su gata, se iba a morir sola en un desangelado cubículo hospitalario, sin ver un rostro conocido antes de enfrentarse al abismo. ¿Pero qué podía hacer ahora? Ya era demasiado tarde para empezar a quererla.
 
Y además ya había dicho: “No creo que pueda”.
 
Apenas entró en su casa, levantó el teléfono, marcó el número de la veterinaria, se identificó como el dueño de Gilda y dijo:
 
–Al final voy a pasar esta tarde porque mis hijos quieren verla.
 
 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo La trepidante vida del guionista de cómic

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s