Yerno perfecto

yerno-perfectoUno quiere lo mejor para su hija. Eso está fuera de la discusión. ¿Qué es lo mejor? Ni puta idea tiene uno. Pero eso no lo exime del deber de opinar. Cuando aparece un candidato, uno baja o sube el pulgar. Y es una decisión que hay tomar sorprendido y mal informado. Porque nadie te avisa. Nadie te dice: “Ojo, que mañana se te aparece con un pibe de la mano. Te paso la ficha para que la vayas leyendo”

Es fácil equivocarse. Sin ir más lejos, cuando Mariela era adolescente, salgo a buscar el diario un domingo a la mañana y me encuentro a uno en el jardín de casa, durmiendo la mona adentro de una planta de lavanda. Lo eché a patadas en el culo. ¿Cómo iba a saber yo que en el futuro ese chico iba a ser dueño de una concesionaria? Era un esperpento, indistinguible de lo que habían pasado antes y de los que vinieron después.

Es que Mariela siempre tuvo debilidad por los vagos. Dos o tres músicos trajo y hasta un poeta. Todos con olor a marihuana. Por eso, cuando apareció Julio, yo no lo podía creer. Un día abrí la puerta de casa y me encontré con un pibe erguido, atildado. Tenía un ramo de flores en la mano.

–Buenas tardes, señor –me dijo–. Vine a ver a su hija.

Olor a perfume tenía, calzaba mocasines y llevaba la camisa puesta adentro del pantalón. Por un momento pensé que se había equivocado de casa. Cómo habrá sido mi gesto de incredulidad que él también lo pensó.

–¿Usted no es el padre de Mariela? –me preguntó. Medio asustado parecía.

Hacía una semana que Mariela no salía de su habitación. Estaba con gripe, llena de mocos y lagañas. Hecha un monstruo estaba. Cuando le avisé que había un chico esperándola en el living se puso pálida como si hubiera visto un fantasma.

–¡Le dije que no viniera! –me gritó, como echándome a mí la culpa del arrebato del pibe. Y ni tiempo a defenderme me dio: salió corriendo por el pasillo, se metió en el baño, y escuché que empezaba a correr el agua de la ducha.

Me quería matar yo. Sabía que Mariela tenía para, mínimo, media hora. Y como mi mujer estaba en lo de su hermana, no había nadie para salvarme. Iba a tener que fumarme yo la vigilia con el candidato. Ofrecerle algo para tomar, sacarle temas, todo eso. Y aunque Julio me había entrado bien, no tenía ganas de atravesar semejante rotura de pelotas. Antes de que sonara el timbre, estaba pensando en abrir un vinito, cortar un salame y leer el suplemento deportivo.

¿Qué iba a hacer? Respiré hondo y me jodí.

Cuando volví al living me encontré a Julio mirando el banderín firmado por los campeones del ascenso, el que tengo colgado arriba del hogar. Y me asusté, porque estaba demasiado cerca, tenía la nariz casi pegada a la tela.

–Esto es un tesoro –me dijo.

Sentí que se me humedecían los ojos y tuve que meterme rápido en la cocina para que no me viera lagrimear. Al fin tenía reconocimiento la lucha salvaje que había mantenido contra mi mujer y mi hija para darle a mi joya el lugar de privilegio que se merecía. No pudo elegir mejor las palabras el hijo de un cargamento de putas.

Sentí alivio. Porque mi temor más grande era que Mariela me trajera a uno de ellos. Estaba dispuesto a darle mi bendición al poeta hincha de la marihuana antes que a uno de esos culo roto. Esto no lo digo muy seguido porque todo el mundo, empezando por mi mujer, dice que soy un energúmeno. Pero son mala gente. Y no estoy hablando de fútbol, estoy hablando de la vida. Son los que engañan a su mujer, lo que no cuidan a su madre, los que no pagan sus deudas. Lo tengo comprobadísimo. Algo tienen esos colores de mierda que atraen a miserables, ventajeros y mezquinos.

En realidad, sentí algo más que alivio. Alivio hubiera sido que me trajera uno de Mandiyú de Corrientes. Un neutral. Un suizo cualquiera. Pero este era de los nuestros y además usaba la camisa adentro del pantalón. Me había hecho feliz mi hija.

Corté el salame, abrí el vinito, lo invité a sentarse conmigo, y estuvimos hablando cuarenta minutos seguidos, sin pausas ni silencios incómodos. Sabía todo el turro. Hasta sabía cosas del ascenso, de cuando él todavía no había nacido. Se quedó boquiabierta Mariela cuando al fin apareció. Ya éramos como chanchos.

No tiene nombre lo que cinché por Julio. Porque Mariela siempre fue medio veleta con los pibes, hoy te quiero, mañana no, y dale que dale. Así que desde el principio le demostré de todas las formas posibles que lo aprobaba. Porque yo tengo la suerte de llevarme bien con mi hija. Ella siempre escuchó lo que tengo para decir, siempre me hizo caso, incluso cuando era adolescente.

A instancias de un servidor, Julio cenaba en casa un par de noches por semana. Se quedaba a dormir en el cuarto de Mariela sin que yo levantara una ceja. Si era necesario hasta usaba mi coche para salir a pasear. Y el pibe era el yerno perfecto. Nunca caía sin flores, sin vino, sin postre. Horas se quedaba haciendo sobremesa conmigo, hablando de fútbol.

Fue en una de esas sobremesas que empecé a pensar en decirle de ir a la cancha juntos. Hacía mil años que no iba yo. Desde que se murió mi viejo, para ser más preciso. No encontré otro compañero y como ir a la cancha solo es más triste que pegarle a la madre, perdí el hábito. Empecé a ver los partidos por la tele, cuando se podía, y cuando no a escucharlos por la radio.

Pero en ese momento me pareció demasiado decirle a Julio. Porque una cosa es cinchar por un candidato y otra es ponerte de novio vos. Ir con él a la cancha era hacerlo de la familia y apenas llevaba medio año saliendo con Mariela. Me aguanté las ganas.

Y entonces justo fue lo de la otra piba.

Una noche estamos cenando y tocan el timbre. Me paro, caliente, porque no hay nada que rompa más las pelotas que la gente que te cae a la hora de cenar, y cuando abro la puerta, dispuesto a sacar cagando al Santo Pontífice si fuera necesario, me encuentro una piba bañada en llanto.

–Dígale a ese hijo de puta que salga –me dice–. Dígale que lo vi entrar.

Quilombo total. Más llanto. De la piba, de Mariela, de mi mujer. Gritos. Puteadas. En un momento la piba hasta manoteó un vaso y se lo revoleó por la cabeza a Julio. Se agachó justo. El vaso se estrelló contra un hipocampo que teníamos arriba de la repisa, recuerdo de unas vacaciones en Miramar. Lo hizo mierda.

Terminé la noche llevando a la piba a su casa. Había pasado tantos nervios la pobrecita que se me durmió en el coche. Tuve que tocar el timbre y explicarle todo a los padres. Una gente de primera por suerte. Hasta me sirvieron un cafecito. Y ahí me desayuné de que la piba y Julio eran novios hacía seis años.

Lo quería matar. No exagero. Matarlo a golpes quería. Si me lo hubiera cruzado cuando salí de la casa de esa gente, le hubiera partido la cabeza con la llave cruz o alguna barbaridad así. Por suerte, cuando llegué a casa ya se había ido. Mariela estaba con un ataque de nervios que le duró una semana.

La manejó bien el guacho. Se llamó a silencio y esperó un tiempo prudencial. Hasta que una tarde apareció por la ferretería cuando estaba cerrando. Me impresionó que fuera tan guapo de venir a encararme a mí, así que me aguanté las ganas de clavarle un destornillador en el ojo y lo hice pasar. Bajé del todo la persiana y lo atendí en penumbras para meterle un poco de cagazo.

–Ante todo –fue lo primero que dijo–, quiero que sepas que a tu hija la amo.

Después me dijo que había dejado a la otra piba. Dijo que era algo que él quería hacer desde que había empezado con Mariela, pero que le había resultado muy difícil cortar una relación de tantos años. Dijo que asumía el error y que iba a hacer lo imposible por repararlo. Dijo que no había querido lastimar a nadie. Y me rogó que hablara con mi hija, que no le atendía el teléfono.

A todo esto, Mariela, que en su perra vida había llorado a un novio, andaba hecha un trapo de piso. Se ponía a llorar en la mesa. Salía de la cama solamente para ir a la facultad y volvía arrastrando los pies, con los ojos rojos de llorar en el colectivo. Se me partía el corazón. Yo sabía que en el fondo tenía ganas de perdonarlo.

Hablé con ella. Le conté que Julio había venido a verme. Al día siguiente volví de la ferre y los encontré tirados en el sillón, meta hacerse arrumacos.

Y bueno. Volvieron las sobremesas de fútbol. Vimos incluso un par de partidos juntos por la tele. Andábamos bien ese año. Recién llegaba el Bichito Carranza que hacía cada quilombo en el área. La pisaba y la pisaba. Los volvía pelotudos. Eso había que verlo bien. Había que vivirlo. Así que un domingo me decidí y le dije de ir a la cancha.

–¡Sería un honor! –tiró el pedazo de mierda.

Pero dijo que no podía porque era el cumpleaños de su vieja y quería llevarle unas flores al cementerio. Dijo que la madre estaba en Chascomús, de donde era él, y que entre ida y vuelta eran cuatro horas de viaje. Me conmovió tanto que me ofrecí a llevarlo y no acepté un no por respuesta.

Fue un lindo viaje. Fuimos primero al cementerio y yo lo esperé en la puerta para dejarlo solo. El compró unas flores y se metió. Habrá estado una media hora adentro. Después comimos un picada en un bolichito frente a la laguna y volvimos escuchando el partido por la radio.

Al domingo siguiente volví a decirle de ir a la cancha y me dijo que tenía un cumpleaños, y al siguiente del siguiente, me dijo que tenía un reencuentro con los compañeros de la secundaria. Así que no le dije más. Me pareció que ya era rogarle.

Habrá pasado casi un año calculo. Una madrugada, serían las dos o las tres, me despierta un ruido. Sonaba un teléfono que no conocía. Apagado sonaba, como lejano. Sonaba, sonaba y sonaba. Se cortaba y volvía a sonar. Me volví pelotudo buscando hasta que lo encontré metido entre los almohadones del sillón. “Número desconocido” decía la pantalla. No paraba de sonar.

Esa noche Julio había estado en el sillón con Mariela, mirando un película, y después se había ido para su casa. Pero yo estaba tan dormido que no caí en eso. Atendí para que dejara de sonar.

Escuché una respiración entrecortada, como si alguien se estuviera ahogando.

–Hijo… –dijo una voz de mujer–, me muero.

Así me enteré que la madre de Julio no estaba muerta en Chascomús. Estaba viva, a veinte cuadras de mi casa. Viva hasta esa noche pobrecita. Porque aunque llamé al hospital y salí cagando para la dirección que me dio, no se pudo hacer nada. Cuando llegué ya estaba la ambulancia y había un remolino de vecinos en la puerta. En un momento, un camillero preguntó si había algún familiar de la mujer y yo dije que el hijo era mi yerno, pero no lo había podido ubicar.

Cuando se la llevaron se me acercó una viejita.

–Dígale a ese que no tiene perdón de Dios –me dijo–. Y dígale que su madre lo siguió adorando, aunque él se haya olvidado de que existía.

De ahí me fui derecho para la casa de Julio con la firme intención de cagarlo bien a trompadas. Recién cuando me abrió la puerta y lo vi con cara de dormido y en pijama, frágil digamos, me di cuenta de que antes de romperle los dientes tenía que darle el pésame.

Terminé llevándolo a hospital para hacerse cargo del asunto de la madre. Estuvimos dos horas sentados en la puerta de la morgue esperando que lo hicieran pasar a verla. Me dijo que no era como había dicho la viejita, que no se había olvidado de que su madre existía. Que de chico la madre tomaba y lo fajaba. Que a los catorce años lo había echado de la casa por repetir y él la había dado por muerta. Que la había ido a ver una semana atrás porque le habían avisado que estaba en las últimas, pero la vieja no le había abierto. Que hasta le había pasado una nota por abajo de la puerta, con su teléfono, rogándole que lo llame.

Lloró como una Magdalena. Y yo, boludazo inocente, le creí.

Pero la novela de la madre borracha no explicaba por qué carajo me había hecho llevarle flores a Chascomús. Me dijo que eso había sido un mentira piadosa que se le había ido de las manos. Que lo había hecho para no ir conmigo a la cancha.

–Es que en la cancha me transformo –me dijo.

Le dejé bien clarito que si no aclaraba todo el asunto de la madre con Mariela no entraba más a mi casa.

Al día siguiente vuelvo de la ferre y me encuentro a mi mujer y a mi hija llorando abrazadas. Julio le había propuesto casamiento a Mariela.

Estuvieron un año preparando la fiesta. Mariela se conformaba con algo chico, familiar, pero Julio quería que fuera a todo culo. De mala conciencia supongo. Probaron un millón de entradas, dos millones de platos principales y tres millones de postres. Encargaron los centros de mesa con rosas rococó cultivadas en invernadero. Cuarteto de cuerdas y entrada en carruaje. Show de magia. Barra libre de primeras marcas. Torta de cinco pisos. Luna de miel en Cancún.

Me lo sé de memoria porque yo pagué la cuenta. Fue la tercera que me hizo Julio. Y de lo que más me arrepiento en esta vida es de que no haya sido la vencida.

Salgo una mañana para la ferre y en la vereda me encuentro al vecino de enfrente.

–Hay gente que no tiene códigos –me dice, negando con la cabeza y mirando algo que estaba a mis espaldas.

Me doy vuelta y veo, escrito con aerosol en la pared del frente de mi casa:

JULIO SORETE PAGÁ LO QUE DEBÉS

Faltaba una semana para que se casaran. Mariela no estaba por suerte. Se había ido dos días a las cataratas con las amigas, de despedida de soltera.

Tenía una explicación él, por supuesto. Que le pidió a un amigo. Que el amigo se quedó sin laburo. Que al final no era tan amigo y la mar en coche. Pero a esa altura a mí ya me importaba un carajo lo que tuviera para decirme. Lo hice pintar la pared a patadas en el culo. Y para que Mariela no se enterara de nada pagué la deuda, la fiesta y la luna de miel.

Después del casamiento anduvo calmado. Estuvo bastante tiempo haciendo buena letra. Al principio, apenas le hablaba yo. Lo trataba lo justo para que Mariela no sospeche nada raro. Pero como que me fui olvidando de las cagadas que se había mandado. De a poco volvimos a hablar de fútbol. Vimos algún partido en la tele. El Bichito Carranza ya no era el mismo pero, de vez en cuando, hacía una de las suyas.

Un día, le digo:

–El domingo vamos a la cancha. Me lo debés.

Asintió con la cabeza y no dijo nada. Quedamos que me pasaba a buscar él con su coche porque el mío estaba en el taller.

Llegó el domingo y yo tenía una ansiedad tremenda. No solo iba a ir a la cancha después de mil años, además jugábamos contra los culo roto. Ni me acordaba ya cuándo había sido mi último clásico. Parecía un nene yo. Una emoción tenía. Hasta revolví todo el armario buscando un gorrito que había comprado cuando el ascenso. Volteaba el olor a humedad que tenía el gorrito, pero me lo puse igual. Y me senté en la puerta a esperar.

Media hora después de la hora a la que habíamos quedado, cuando yo ya lo estaba puteando hasta en arameo y le había hecho cinco llamadas que no atendió, me llama Julio.

–Me dejó el coche –dice– Estoy esperando a la grúa.

No podía ni hablar yo de la calentura que tenía. Le corté sin decir nada. Y de golpe me sentí un pelotudo atómico ahí sentado, en la puerta de mi casa, con el gorrito puesto. Me tuve que tomar una botella de vino para resignarme a ver el partido por la tele después de la ilusión que me había hecho.

Pero fue hermoso. A los quince minutos del primer tiempo ya ganábamos dos a cero. Los culo roto no entendían qué carajo estaba pasando. Estaban serios como perro en bote. Se les veía en la cara que se querían ir a su casita. En un momento, hay un córner para nosotros y lo va a patear el Bichito Carranza. Acomoda la bocha el Bichito, y cuando da los pasos para atrás, bajo una lluvia de escupidas porque era contra la cabecera de ellos el córner, lo veo a Julio. Estaba agarrado del alambre, rojo como un tomate, gargajeando y puteando al Bichito a repetición, como una ametralladora.

Primero dudé. Pensé que no se puede ser tan hijo de puta en la vida. Pero no había mucho lugar para la duda porque tenía puesta la camiseta de ellos. Era verdad que se transformaba en la cancha. Debe haber sido la única verdad que salió de la boca de ese tremebundo culo roto.

Fue como si me sacaran una losa de encima. Ni bien terminó el partido empecé la campaña y no paré hasta que se divorciaron.
 
 
 

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6 comentarios

Archivado bajo Cuentos

6 Respuestas a “Yerno perfecto

  1. Andres

    Sublime, sencillamente.

  2. Paolo

    Lo lei todo en el trabajo, no podia dejar de leerlo hasta llegar al final. Muy bueno.

  3. brian

    Gran lectura para el oficinista aburrido. Somos nacion.
    brian.

  4. Sebastian

    Hermoso, yo tampoco pude parar hasta el final!

  5. FerBaldo

    Genial, como siempre. Gracias, Alejo! Abrazo!

  6. Sebas

    Alejo deja de alimentar la paranoia del papa chancleta…. Pobre tipo..jaja . Exelente!

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