Pensamiento nacional

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic

Más o menos un mes antes de subirse al avión, empieza a mirarla. Una vez al día, en medio del febril acontecer doméstico-laboral, hace una pausa para dedicarle cuatro a cinco minutos de contemplación intensa. A la segunda semana de repetir el hábito y faltando dos para la partida, el guionista de cómic no tiene más remedio que aceptar que va a extrañar mucho a su parrilla.

En la casa donde vivirá, allende el Atlántico, hay un hogar donde se cocinaron infinitas paellas. Es hermoso; da el cobijo de una madre; su fuego calienta cuerpo y alma y hasta se puede asar en él, con gran comodidad, un buen pedazo de carne. El guionista de cómic sabe todo esto por experiencia, porque se calentó y asó en ese hogar al que quiere muchísimo. Pero no tanto como a su parrilla.

Modestita es. Hierro sobre ladrillo, abierta al cielo. Al costado tiene una mesadita preciosa, decorada con cerámica partida, obra de su consorte. Y pegado a la mesada crece el limonero más precoz y fecundo de todo el Gran Buenos Aires. El guionista memoriza el conjunto sabiendo que es irrepetible. Debe resignarse. Debe despedirse y lo hace, con bife de chorizo y tira de asado.

Basta de nostalgia decide unos días antes de subir al avión. Vamos para adelante. Tiene una idea que corre a comentarle a su consorte: construirá una parrilla en la casa de allende el Atlántico. Lo hará con sus propias y torpes manos de pianista que jamás han mezclado cemento. Buscará un tutorial en Youtube. Está hecho.
–¿Dónde de la casa? –se interesa su consorte.

“¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde?” se fustiga y pincha los ravioles del avión que se alzan en bloque, como un blancuzco ladrillo. ¿Dónde? Se desespera hasta quedarse dormido. Y no sueña, pero bien podría haberlo hecho, con los recovecos de la casa allende el Atlántico, que fue construida por el abuelo de su consorte, que sí sabía mezclar cemento, y que ha estado habitada durante los últimos dos años, lo que son casualidades, por un inquilino argentino completamente desconocido para el guionista de cómic.

Y entonces el refucilo de un pensamiento brillante lo despierta en las heladas alturas de la oscura noche oceánica: “Ya sé”, piensa, “La pongo entre la escalera de afuera y el lateral de la cocina”. Es perfecto. El lugar tiene su privacidad y por la ventana de la cocina todo le puede ser alcanzado. Está tan feliz con su pensamiento que despierta a su cosorte para compartirlo. Y ella, mire qué ternura, en vez de insultarlo le autoriza la obra y le festeja el entusiasmo.

Finalmente llegan. Y apenas después de apoyar la valijas en el suelo, frente a la puerta de entrada, sin todavía haber puesto un pie adentro, el guionista da la vuelta a la casa para observar si el rincón elegido sigue tal cual lo recuerda.

Y no. No está igual. En el rincón ahora hay una parrilla, modestita, apenas hierro y ladrillo, construída por el inquilino anterior, el argentino desconocido.
 

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