El brillo perfecto

Un nuevo episodio de la trepidante vida del guionista de cómic


Durante toda su juventud, el guionista de cómic consideró que lavar el coche era un desperdicio de precioso tiempo vital, algo que solo hacen los viejos para amenizar la espera de la muerte. Para solucionar el problema higiénico que tal creencia comportaba, muy de vez en cuando, dos o tres veces por año digamos, el guionista acudía a un lavadero comercial. Este truco le evitaba la sensación de estar desperdiciando vida ya que, mientras un grupo de excelsos profesionales lavaban su coche, en el bar contiguo, el guionista invertía su tiempo en la imprescindible lectura de alguna historieta.

Mas la fortuita combinación de dos factores hizo que lo impensable sucediera: a una mala racha económica, que convirtió en lujo el lavado profesional, se sumó a una funesta racha mecánica que hizo que el guionista comenzara a pensar que su coche necesitaba un poco de amor de dueño. Entonces, como ritual de sanación, el guionista aspiró los millones de migas de galletitas que sus crías habían regado en el interior del sufrido sedán; quitó el polvo a los infinitos recovecos del tablero; lavó las alfombras; y bañó con detergente y esponja el exterior de la carcaza, para luego secarlo con suma dedicación. Finalmente, el guionista utilizó un lustramuebles siliconado en aerosol, que era lo que tenía a mano, para darle a su coche un brillo profesional, por fuera y por dentro.

Las desgracias mecánicas dejaron de acontecer. Sin embargo, el guionista continuó realizando el ritual, cada vez con mayor frecuencia, a pesar incluso de haber experimentado una leve mejora económica que le hubiera permitido recurrir a los profesionales. “Me estoy poniendo viejo”, pensó una tarde del pasado verano, al darse cuenta de que no solo estaba lavando el coche sino que además lo estaba disfrutando.

Porque así era, ¡disfrutaba! Del proceso y sobre todo del gran final: ese primer paseo en un vehículo brillante y perfumado con el delicioso y dañino aroma químico del lustramuebles siliconado. Ese aroma que simbolizaba el triunfo de la voluntad, ¡su voluntad!

Y movido por tanto gozo, el guionista comenzó a utilizar cantidades cada vez mayores del producto abrillantador, hasta llegar a una tarde en que gastó un aerosol entero en conseguir el brillo perfecto.

A la mañana siguiente de aquel glorioso lavado, el guionista de cómic no pudo disfrutar del aroma de sus tostadas porque aún llevaba pegado en la nariz el penetrante perfume del lustramuebles. Entonces, como iluminado por un relámpago de cordura (o demencia ¿quién sabe?), comprendió que, más que viejo, se había vuelto adicto a la química.

Y se puso contento.
 

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