Capítulo quichicientos

de las Crónicas de la Alopesía Areata

Desahuciado por la medicina occidental, me vuelco a oriente. Mi consorte consigue el dato: hay un homeópata buenísimo acá al lado, en Burzaco. Pido turno y asisto con esperanza pero sin comprar milagros por adelantado.

–¿Qué pasó? –inquiere el doctor, después de ofrecerme asiento.

Para mi sorpresa no se parece en nada a un faquir, ni a un monje shaolin, ni a un hippie. Es un señor atildado, de pelo blanco y diplomas en la pared, que me trata de usted.

–Eeeemmm–digo, porque no sé por dónde empezar. Y como una imagen vale más que mil palabras, me saco la gorra, le muestro la pelada grande y agrego–: Vine por esto.

Y empiezo a contarle mi relación con la calvicie espontánea. La primera vez fue, más o menos, máaaaas o menos, cuando tenía trece años. Una pelada chiquita. Una risa comparada con la actual. Y no tengo idea de por qué apareció. Y bla bla bla bla.

El doctor escucha. Mete preguntas acá y allá. De vez en cuando, tira de un hilo que le interesa. Me deja hablar. Y parece que es justo lo que necesito porque vomito décadas de vida sobre el escritorio, casi sin tomar aire.

–¿Es caluroso o friolento? –me sorprende en una pausa.
–Diría que ni lo uno ni lo otro –dudo.
–¿Transpira mucho?
–Como un chancho envuelto en plástico –digo.
–Bien –dice–, preparándose para escribir en su recetario–. Esto se cura.
–Es la primera vez que me lo dicen –digo.

Y ya me cae tan bien el Doc que termino de abrirme como una tierna florecita con la primera caricia del sol.

–Me gusta estar bajo el agua –confieso–. Práctico buceo en apnea.

Le cuento un poco de qué va la cosa porque quiero darle todas las claves para curarme. Y hablar sobre mi pequeña perversión me produce cierto orgullo deportivo. Pero temo que el doctor, al imaginarme sentado en el fondo de la pileta de un club de barrio, lastrado con plomo, concluya que soy un loco peligroso y me entregue a las autoridades competentes.

–Lo entiendo perfectamente. Yo desde chico practico la apnea –dice el doctor, cuando me callo. Y precisa–: Pero en seco.

Costó, pero encontré a mi médico de cabecera.
 

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