Capítulo quichicientosuno

de las Crónicas de la Alopesía Areata

–¡Phosphorus! Gran remedio –dice el Doc a modo de despedida.

Lo encargo esa misma tarde y al día siguiente comienzo tomarlo en la dosis indicada. Diez bolitas, todas las noches, antes de dormir. Religiosamente. Con fe.

Pasan algunos días y no es que pierda la fe, pero empiezo a preguntarme si debería sentir algo. El ruido del pelo creciendo, por ejemplo. O algún tipo de picazón, en el cuero cabelludo o en el espíritu.

No siento nada.

Hasta que, a dos semanas de iniciado el tratamiento, me miro a la cara en el espejo del baño y, en un arrebato, me rapo a cero. Descubro mis peladas. Las acaricio. Sospecho que estoy haciendo un ritual de renovación, pero no puedo asegurarlo.

–No te va gustar –dice mi consorte, cuando finalmente acepta tomar una foto de la parte posterior de mi cabeza–. Es el mapa de Europa.

Tiene razón. No me gusta.

Pero un día más tarde, mirando nuevamente la foto, caigo en que el mapa no es de Europa. Mis peladas son islas. Forman un archipiélago. El mapa es de Oceanía.

Y siento ganas tatuarme la cara al estilo maorí y dedicarme a la pesca del tiburón. Hasta me veo capaz de convencer a mi consorte de mudar la familia a la Polinesia.

¡Phosphorus! Gran remedio.

 

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