Cambiar nada

cambiar-nada-bTres horas peleando, sin salir de la cocina. Y yo no había logrado entender nada, es más, ya me había olvidado de por qué habíamos empezado. Qué angustia, mamita querida. Qué agonía. Campaneaba el reloj de pared cada vez que podía. ¿Viste que cuando la estás pasando mal el tiempo camina lento? Ese día era un liebre el hijo de puta.

Cuando sonaron los timbrazos de Ferchu, dos largos y uno corto, yo estaba pálido y transpirando a chorros. Y me figuro que esa fragilidad mía la conmovió a ella, porque de repente dejó de querer matarme. Me miró como si tuviera algo incurable y dijo:

–Andá.

No te imaginás el esfuerzo de voluntad que tuve que hacer para no salir corriendo en ese instante sin decir ni una palabra más.

–No –le digo.

–Andá –me dice, ya más secamente.

–Así no –le digo.

–Andá –dice ella, empezando a levantar temperatura de nuevo.

Qué desesperación. Sabía que no iba a tener otra oportunidad de huir. Pero también sabía que si quería volver, tenía que irme con un mínimo de estilo. Y ahí me vino una idea de animal acorralado. Me la jugué al ataque. Puse trompita y le pedí que me diera un besito.

Me lo dio helado y en la comisura, más que nada porque ya estaba cansada de pelear creo yo. Fue una mierda de beso, pero cumplió muy bien sus dos funciones: pude retirarme con decoro, llevándome el mensaje de que la charla aún no había terminado.

En fin.

Ganamos uno a cero, en el alargue, con nueve hombres. Qué epopeya, mamita querida. Y qué manera de sufrir. Porque éramos horribles. Lo único que teníamos era al Ñato Barea, que movía los hilos en el medio y hacía jugar a los diez troncos que salían con él a la cancha. Esa tarde, encima, jugaron todos para nosotros. Con Ferchu, cuando hicimos las cuentas, casi nos desmayamos. Matemáticamente, podíamos soñar con la clasificación.

Qué alegría. Pero qué poco me duró. Se evaporó en cuanto me acordé de la charla que tenía pendiente en casa. Y ahí, Ferchu vio que se me alargaba la cara y entró a preguntarme qué me pasaba.

No hablábamos intimidades. Éramos amigos de cancha, o por ahí un poco más. Pero la epopeya que acabábamos de vivir nos había hermanado, y yo necesitaba descargar, así que le conté qué había estado a punto de perderme el partido y me había salvado por un besito.

Abrió los ojos como dos huevos fritos, más de susto que de asombro.

–Ahora te lo tiene que dar siempre –me dice–. No hay que cambiar nada.

En fin.

Milagrosamente, no hubo más pelea ese domingo. A la noche, miramos la tele cada uno en su punta del sillón y después nos metimos en la cama con cuidado de no rozarnos.

Con el laburo y el cansancio, sobraron las excusas para esquivar el bulto, así que la tensa calma duró toda la semana. Incluso se fue relajando. Y me confié. Como un boludo, dejé de prestar atención y el sábado se me escapó un comentario desafortunado sobre una ópera que a ella estaba mirando. No me lo contestó, pero enseguida me di cuenta de que la tensión había empezado a subir de nuevo y, en algún momento, ese comentario me iba a explotar en la cara.

Fue como una maldición que se repite. El domingo, cuando sonaron los tres timbrazos de Ferchu, dos largos y uno corto, yo estaba de nuevo atrapado en la cocina, transpirando a chorros y campaneando el reloj bajo una lluvia de furia.

Ella se me quedó mirando, sin decir nada. Estaba esperando que tomara la decisión correcta. Y yo quería tomarla, pero necesitaba un poquito de ayuda. No podía enfrentar a Ferchu en ese momento.

–Haceme un favor –le digo a ella–, salí y decile que estoy enfermo.

Todavía no entiendo cómo no me mandó al carajo.

Y casi se me caen los calzones cuando la vi volver a entrar con un ramo de flores, seguida por Ferchu.

–Mirá lo que me trajo Ferchu –me dice.

Me miraba, seria, como preguntándome qué carajo le pasaba al infeliz de mi amigo.

–Por el triunfo de la semana pasada –dice Ferchu.

Yo, por supuesto, no le había hablado del tema del besito ni pensaba hacerlo. Así que cuando ella me volvió a mirar pidiéndome una explicación con los ojos, le hice el gesto de que yo tampoco entendía nada. Me hice bien el pelotudo. Y contuve las ganas de meterle a Ferchu una patada en el ojete que lo mandara volando a la cancha.

–Ferchu, sabés que no me siento bien –arranco a decirle para despacharlo–. Pero no me dejó terminar.

–¡Ah! –me interrumpe, señalando la caja del DVD que ella había estado mirando el sábado, que andaba tirada por ahí–. Acá alguien tiene buen gusto para la ópera.

Qué sorpresa, mamita querida. Qué sorpresa fue que Ferchu, que en la cancha se comportaba como un energúmeno, que le rajaba a propios y ajenos las puteadas más ordinarias y crueles que yo había escuchado en toda mi vida de hincha, tuviera un amor oculto por el canto lírico. Qué sorpresa.

Como por arte de magia le cambió la cara a ella. Y ahí nomás se pusieron a charlar sobre tenores y sopranos. Veinte minutos deben haber estado hablando sin parar, o media hora, hasta que Ferchu miró el reloj y dijo, en un tono como de actor malo:

–¡Qué lástima! Me encantaría seguir pero se nos hace tarde para la cancha.

Ella se quedó medio cortada porque de repente se acordó de que me quería matar. Pero no quiso hacer quilombo adelante de Ferchu.

–Vayan, vayan… –dice. Y cuando la miré a los ojos, me hizo que sí con la cabeza, como diciéndome que estaba todo bien.

Pero yo no le creí que estaba todo bien. Me quedé patitieso, congelado por el terror. Estaba seguro de que si salía por la puerta lo iba a pagar carísimo pero… Qué tentación. Y para colmo, para hacer todo mucho más complicado, Ferchu, a espaldas de ella, me ponía trompita para recordarme que no podíamos irnos sin lo suyo.

Se hizo un silencio incómodo y ella, creo yo, olió mi miedo y quiso calmarme. Quiso zanjar. Dio dos pasos hacia mí, se puso en puntas de pie y me dio un besito en la comisura, feo, pero no tanto como el primero.

En fin.

Ganamos de nuevo. Dos a cero, al segundo de la tabla. Qué fiesta, mamita querida. A un punto de la clasificación quedamos. Había que mantenerse ahí. Ahí, había que mantenerse.

Esa noche, en casa, no hubo tensa calma. Hubo otra cosa, un aire que no pude identificar, raro pero agradable. Hasta charlamos en la cena. Me preguntó por el partido. Increíble. Y salió el tema de Ferchu. Yo temblé porque me veía venir una pregunta sobre las flores y no me parecía buena idea confesarle que mi amigote la usaba de cábala.

Pero no preguntó por las flores.

–¿Por qué no le decís a Ferchu que venga almorzar el domingo, antes de la cancha? –me dice–. Así podemos charlar bien.

Listo, pensé. Esta es la mía. Invitar a Ferchu a morfar era la forma perfecta de romper la maldición. Si ella se entretenía hablando con él sobre cantantes obesas, yo no iba a terminar acorralado en la cocina. Así que le dije a Ferchu, y también lo apalabré para que no mencionara lo del besito ni hiciera alguna pelotudez.

El domingo, sus tres timbrazos, dos largos y uno corto, me sonaron a salvación.

Cayó con un ramo de flores.

–No hay que cambiar nada –me dice, cuando le abro la puerta, con su cara de susto.

Qué embole me comí ese almuerzo. Dos horas estuve escuchándolos, con mi mejor cara, sin meter ni un monosílabo. Qué aburrimiento. Pero valió la pena. A la hora de salir para la cancha, ella estaba tan dulce que me dio el besito de lleno en la boca.

En fin.

Los almuerzos líricos con Ferchu se convirtieron en una costumbre. Él llegaba con las flores. Ella las ponía en un florero. Nos sentábamos a comer y le daban a la lengua duro y parejo. Se reían. Se emocionaban. La pasaban bomba. Y yo, calladito, masticaba pensando en la zurda mágica del Ñato Barea.

Claro, ahora, con el diario del lunes, es fácil verla venir. Pero, en ese momento, a mí lo único que me importaba era que ella ya no quería matarme. Y sí, también que los besitos seguían saliendo.

Porque es creer o reventar, pero no perdimos más. Empatamos tres seguidos, ganamos uno, y llegamos a la última fecha todavía con chances de clasificar. Qué emoción, mamita querida. Hasta ahí, nunca habíamos jugado la copa. Nunca habíamos salido del país. Jugar la Copa, para nosotros, significaba entrar en la historia del fútbol internacional. Internacional.

Qué nervios tuve toda la semana previa. Dependíamos de nosotros, pero había que ganar. Qué ansiedad, mamita querida. No podía pensar en otra cosa. Estaba como loco. Tan loco que cuando me enteré de que el Ñato Barea se había lesionado en un entrenamiento, casi me pongo a llorar. De verdad. Se me humedecieron los ojos. Estaba en el laburo y me tuve que ir. Metí la primera excusa que me vino a la cabeza. Dije que me sentía mal y salí disparado.

Y cuando el bondi pasó por la puerta de la casa de Ferchu, me tiré instintivamente. La pena era tan grande que necesitaba compartirla.

Puso los ojos de susto, de huevo frito, Ferchu, cuando me vio.

–Se lesionó el Ñato –le digo.

–Ya sé –me dice.

–Hacete unos mates –le digo.

–Me estaba yendo –me dice.

–Necesito unos mates, la puta que te parió –le digo.

Y lo vi muy nervioso. Mientras preparaba el mate tiró al suelo el paquete de yerba. Un desastre hizo, y después, llenando el termo, se quemó con el agua. Pero me pareció normal, dadas las circunstancias. Sin el Ñato estábamos jodidos.

Habíamos tomado apenas un par de amargos cuando sonaron los timbrazos, dos largos y uno corto.

Fue como un chispazo que me hizo el cerebro. De repente me di cuenta de que Ferchu estaba recién bañado y bien vestido; de que la casa, que normalmente era una ratonera, estaba limpia; de que en algún lado había un sahumerio prendido y de que teníamos música de fondo. Canto lírico.

–Sos un pelotudo –le digo–. ¿No era que no había que cambiar nada?

–Te juro que fue sin querer –me dice–, con los ojos de huevo frito llenos de angustia.

En fin.

Para que ella no me viera, tuve que saltar por la tapia del fondo.

 
 

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2 comentarios

Archivado bajo Cuentos

2 Respuestas a “Cambiar nada

  1. Diego

    Hermoso!! jajajajaja GENIO!!

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