Gesto impecable

regaloMario vive poniendo el hombro. Si hay que estar, está. Es de fierro. No esquiva ni las mudanzas. Es un ángel. Cuando ve vacío el plato de un amigo, se saca el pan de la boca para llenarlo. Mario contagia dicha de vivir. Siempre tiene una sonrisa. Todo el mundo quiere a Mario. Y para todo el mundo, yo soy el enfermo que quiso cagarlo a trompadas en su casamiento.

Estuve mal, no lo discuto. La violencia siempre está de más, sobre todo en la casa de Dios. Pero créanme que el enfermo es él. Es necesario que el mundo lo sepa: debajo del tipazo se oculta un piscópata.

Esto empezó el día que cumplí treinta años. Me había dejado una novia, estaba pasando un mal momento laboral y encima era domingo, así que la crisis de las tres décadas me pegó mal. Muy mal. No quise hacer ni unos choripanes para la familia. Me encerré en casa a ver películas y apagué el teléfono.

Tipo cinco de la tarde, sonó el timbre.

No pensaba abrirle ni a mi hermana, pero no pude aguantar la tentación de espiar por el ojo de la cerradura. Ahí estaba Mario, recién bañado y con un paquetito primorosamente rematado en un moño rojo. Era tan tierna la imagen que me ablandé. Lo hice pasar y le metí un abrazo largo.

Cuando lo solté, me dio el regalo y dijo:

–Ojalá que te guste –. Tuve que hacer fuerza para no llorar mientras rompía el papel y descubría el estuche.

Adentro había un reloj demasiado caro para una amistad sentida pero de segundo grado como la nuestra, y demasiado formal para un tipo como yo que vive en jeans y zapatillas de lona. Un tipo que, de esto me sobran los testigos, en su puta vida usó reloj.

Campeé el pasmo como pude y se lo agradecí fingiéndome encantado. Incluso me puse el reloj y lo usé mientras duró su visita que, todo sea dicho, logró levantarme el ánimo.

Unos días más tarde llegué al fútbol de los jueves cagado de frío, con las manos en los bolsillos de la campera.

–Eh, amigo –gritó Mario, sonriente, apenas me vio llegar– ¿Tenés hora?

No registré la alusión al reloj que dormía en el cajón de mi mesa de luz. Pensé que me recriminaba una llegada tardía y consulté la hora en el celular.

–Son menos cuarto –le dije –estamos bien.

La sonrisa de Mario había desaparecido cuando levanté la vista. Era tan evidente su gesto de decepción que me vi en la necesidad de justificarme.

–Marito –dije–, lo que me regalaste es una joya para ocasiones especiales. ¡No lo voy a traer al fútbol!

Tengo una teoría. Creo que Mario exageró con la bondad. Creo que para contener sus impulsos negativos construyó un dique que tarde o temprano tenía que rajarse. Creo que Mario tenía ganas de que ese dique se rajara y usó lo del reloj como excusa.

Empezó a mostrarme su cara oculta. Literalmente, porque hasta cambió la forma en que me miraba: siempre de soslayo, con una intensidad desmesurada, como acechándome y temiéndome al mismo tiempo. Lo más perturbador fue comprobar que con el resto del mundo seguía siendo el ángel de la eterna sonrisa. Toda la podredumbre que Mario había juntado en su dique estaba reservada exclusivamente para mí.

Enseguida arrancó el acoso. Si estábamos en grupo, tomaba forma de chanza.

–¿Tenés hora, amigo? –me preguntaba en cada reunión en la que nos encontrábamos, y después me apuñalaba con su mirada de loco malo.

Si nos cruzábamos en la calle o en la panadería, sin conocidos a la vista, me presionaba sin siquiera saludarme antes:

–¿Y el reloj?

–Marito –repetía yo–, es para ocasiones especiales.

Juro que estiré hasta el límite la paciencia porque me sentía culpable. Al final de cuentas, Mario había pifiado mal en el regalo, pero el gesto había sido impecable. Tan culpable me sentía que incluso saqué un par de veces el reloj del cajón, lo sostuve, y medité seriamente la idea de convertirme en esa persona diferente, extraña, que lo llevaría puesto.

No pude hacerlo.

La paciencia se me acabó en un asado, con todo el grupo de amigos presente. Estaba charlando con el parrillero y sentí que alguien me tocaba el hombro.

–¿Tenés hora, amigo? –dijo la voz de Mario a mis espaldas.

Giré hecho un demonio y le grité en la cara:

–¡Ocasiones especiales, pelotudo! ¿Qué parte no entendiste?

Se hizo un silencio insoportable y todos me miraron esperando una explicación. Quise darla. Nervioso y gesticulante, tartamudo de la bronca, empecé a exponer el conflicto. Pero enseguida, por la forma en que se fueron congelando las miradas, me di cuenta de que era un error. Para todo el mundo, me estaba quejando de que un amigo me había hecho un regalo.

Esa noche me fui sin comer asado.

Me exilié de la vida social. Me recluí durante una eternidad de ocho meses en casa, para no cruzármelo a él ni a nadie. Falté a todos los cumpleaños y no fui más a jugar a la pelota. Así, de a poco, logré licuar la rabia que tenía adentro.

Y la verdad es que me alegré cuando volví a ver a Mario a través del ojo de la cerradura. Estaba con mi hermana, lo que me hizo pensar que venía a firmar la paz y la había elegido como mediadora. La elección me pareció perfecta porque, de esto también me sobran los testigos, adoro a mi hermana.

Se sentaron en el sillón de dos cuerpos, demasiado juntos.

–Tenemos que contarte algo –dijo ella, tomándolo de la mano.

La misma noche del asado en que exploté, se habían quedado hablando hasta tarde del incidente, de lo mucho que me querían, del alma humana, de la vida. Llevaban ocho meses viéndose a escondidas. Querían casarse.

Mientras mi hermana hablaba, el Mario que me miraba a los ojos era el de antes, el bueno.

–Queremos que seas el padrino –me dijo sonriendo.

Los preparativos del casamiento duraron un año, en que ni Mario ni yo volvimos a mencionar el tema del reloj. Por eso, cinco minutos antes de salir para iglesia, lo saqué del cajón y me lo puse. Era una ocasión especial, y con mi hermosa ofrenda de buena voluntad, pretendía cerrar la herida para siempre, sin necesidad de que mediasen palabras.

–¿Tenés hora, amigo? –me susurró el maldito loco al oído, mientras le pasaba el anillo.

 

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6 comentarios

Archivado bajo Cuentos

6 Respuestas a “Gesto impecable

  1. enriquecedoramente bellooooooo

  2. Luis

    Bueniiiisimo, Alejo.

  3. Petra Soria

    Me encantan los relojes, pero me gustó mucho tu relato.

  4. Tus cuentos son hermosos. Me los leí todos de una.

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