Tienes un e-mail

Tienes-un-e-mailPrimero quisiera aclarar que esto pasó hace muchos años, cuando el correo electrónico todavía conservaba algo de la dignidad heredada de la carta tradicional. Recuerdo que escribí el mail en la oficina, clandestinamente, porque en casa no tenía conexión a Internet.

Había pasado toda la noche anterior discutiendo con mi conciencia, intentando hacerle entender que era lo mejor para todos. Pero no había logrado convencerla y la discusión había terminado a los gritos. Estábamos peleados a muerte. Sin embargo, antes de hacer el clic irreversible, me hice un café, y mientras lo tomaba a sorbitos cortos, volví a sacar el tema.

Mi conciencia fue tajante:

–No podés ser tan cagón.

A la Destinataria, la había conocido en un bar. Después, habíamos salido juntos unas cinco veces, siempre dentro de un tradicional y rígido esquema de cine y cena. Nada demasiado jugado. Nada que implicara ser nosotros mismos. El problema era que en un par de esas ocasiones, después del cine, en mi departamento, habíamos alcanzado un nivel de intimidad que según mi conciencia demandaba, sí o sí, una ruptura cara a cara.

Pero yo estaba convencido, o al menos intentaba estarlo, de que mi voz interior se aferraba a una forma antigua de hacer las cosas. A una forma obsoleta. Si la tecnología me ofrecía una manera moderna, veloz y discreta de solucionar el problema, ¿por qué iba a hacerlo de manera lenta y trabajosa, citando a la Destinataria en un bar solo para decirle adiós? ¿Por qué no ahorrarle el viaje, el mal momento en público, el amargo regreso a casa?

–Si yo estuviera en su lugar –argumenté– preferiría que fuera así.

–¡Mentira, forro! –dijo mi conciencia, intratable.

Y yo lo había dicho seriamente, porque estaba seguro de que la Destinataria no sentía por mí más de lo que yo sentía por ella. Un aprecio. Un sentimiento que estaba apenas por encima de la empatía natural que todo ser humano debería despertarnos. De hecho, estaba convencido de ser un mero paliativo en su historial amoroso. Un objeto –o sujeto en este caso– de transición, como las mantitas que usan los bebés para dormir sin extrañar la teta.

–Es tan cálido, musical… –había elogiado ella mi acento, en una de nuestras salidas.

Acto seguido, se había puesto a hablar de una forma demasiado intensa de su exnovio, un tipo con el que, sospechosamente, yo compartía la condición de extranjero, la nacionalidad y, por supuesto, el deje.

Pero no era solo esa condición de sustituto la que me había llevado a tomar la decisión. Además, la Destinataria y yo siempre salíamos del cine con opiniones enfrentadas de la película. Y por si eso fuera poco, yo llevaba doce horas enamorado de otra mujer, la que había dormido plácidamente a mi lado esa noche, por primera vez, mientras me peleaba con mi conciencia. Era una compañera de trabajo que, en ese mismo momento, me sonreía desde su puesto ubicado a escasos metros del mío.

–Quiero hacer lo más sano –dije.

–¡Querés hacer lo más fácil, maldita alimaña sin agallas! –me escupió mi conciencia a la cara–. Al menos tené la decencia de llamarla por teléfono

La mera sugerencia me pareció indecente. Imaginé la fría comunicación a través de una línea telefónica. Mis lamentables balbuceos. El torpe recitado de una palabras ensayadas previamente. Nada que ver con el cálido y extenso mensaje de correo electrónico que había escrito, rebosante de ternura, en el que exaltaba las maravillosas virtudes de la Destinataria, le agradecía por haberme permitido ser parte de su vida, y cargaba sobre mis hombros toda la responsabilidad del fracaso.

–¿Sabés qué? –le dije a mi conciencia, cansado ya de su actitud– ¡Andá un rato a la concha de tu madre!
 
Y sin volver a pensarlo, hice clic en Enviar.

Me arrepentí diez minutos más tarde, cuando mi teléfono celular empezó a saltar y hacer ruido sobre el escritorio. Era un modelo viejo, sin identificador de llamadas. Pero no me hacía falta ninguna tecnología para saber quién me reclamaba. Me quedé mirando como el aparatito se desplazaba sobre el linóleo, hasta chocar contra la taza de café ya vacía.
 
–¿No vas atender? –preguntó mi conciencia.
 
Su voz ya no tenía el tono belicoso de antes, sonaba seria, distante y helada. Entendí que me estaba dando la última oportunidad, que estábamos a un tris de separarnos para siempre. Y atendí el llamado, mientras la mujer que había dormido conmigo, la compañera de trabajo que acaba de ascender a compañera a secas, me miraba a los ojos y volvía a sonreír.
 
Esperaba una catarata de insultos, un fusilamiento con mierda sin rastro de honor. Pero lo que pasó fue mucho peor.
 
–¡Che, boludo! ¿Cine y cena esta noche? –dijo la Destinataria, imitando mal mi acento, con un chorro de voz alegre y cristalino que me dejó clarísimo que todavía no había leído el mail.
 
Entonces, la hija de mil putas de mi conciencia estalló en una carcajada estruendosa. Y yo empecé balbucear…
 

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1 comentario

Archivado bajo Escritura automática

Una respuesta a “Tienes un e-mail

  1. Por suerte, versiones mas actualizadas de MS Outlook mejoraron acercando al cobarde que todos llevamos dentro la función/comando: “Acciones > Recuperar este mensaje…”, otorgando la chance de reconciliarse con la conciencia. Acaso esos puntos suspensivos al final del título del comando sean intencionales (fijate, es literal), y representen a la sonrisa de la conciencia de aquel sujeto que creó la función

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