4×4 a full full

huellasEra un día hermoso. El sol brillaba en el cielo y en la radio sonaba una tonada alegre. Manejaba tarareando, con el codo apoyado en la ventanilla, feliz y canchero. La vida era una fiesta dentro de mi viejo sedán cuatro puertas. Pero…

De golpe el sol desapareció. Una siniestra sombra se me echó encima y un frío sobrenatural hizo que se me contrajeran el alma y los esfínteres. Avanzando hacia mí sin vacilación venía la camioneta 4×4 más grande que había visto jamás. Sobre la parrilla delantera, que tenía más o menos el tamaño de un pizarrón escolar, llevaba una placa con la marca: KRAKEN.

Frenamos al mismo tiempo, exactamente a mitad de cuadra. La calle era lo suficientemente amplia como para que dos coches (de tamaño normal) pudieran cruzarse sin problemas, pero la Kraken ocupaba todo el ancho, de cordón a cordón. Estábamos trabados. Uno de los dos iba a tener que retroceder.

Le metí una buena piña a la bocina.

El monstruo no contestó a mi aullido de furia. Tampoco se movió. Ni siquiera hizo unas tibias luces. Ni el más mínimo signo de vida se adivinó detrás de su parabrisas ilegalmente polarizado, grande como una pantalla de cine. Simplemente se quedó ahí, haciendo regular su silencioso y (pre)potente motor de gama estratosférica.

Asumí el silencio como un insulto. Para mí, me estaba diciendo:

«Movete, gil. ¿No ves que no valés ni un bocinazo».

Y entonces sentí que era mi destino asumir un rol histórico: yo iba a ser el primer héroe o el primer mártir de la resistencia a la invasión de las 4×4.

Salí del coche, me trepé al techo para darle el necesario aire teatral al asunto y, frente a las fauces mismas de la bestia, inicié un discurso en nombre de todos los conductores de vehículos de tamaño normal.

Dije, más o menos, algo así:

«Conozco a las de tu especie. ¡Oh, sí! Las conozco desde el principio. Las vi llegar. Las vi meterse por el boquete que la década maldita abrió en nuestro sentido común. Fui testigo de cómo sedujeron primero a los futbolistas de élite y a las estrellas de TV, aprovechándose sin escrúpulos de su permeabilidad a todo lo superfluo. Asombrado, presencié la evolución hacia el lujo obsceno que les permitió conquistar a la clase alta; vi crecer tapizados de cuero sobre la tela y la cuerina; vi brotar climatizadores donde había aires acondicionados. Las ví, después, disfrazarse de económicas para instigar el vano deseo de ascenso social de una clase media siempre ansiosa por endeudarse. Y vi como le robaron, descaradamente, el otrora dignísimo apodo de chata a sus parientes laburantes.

»¡Oh, sí! Las conozco. Sé que su diabólico encanto es capaz de convencer incluso a personas razonables de que necesitan tracción en las cuatro ruedas para ir al supermercado. Pero sepan que existimos otras personas inmunes a sus hechizos. Existimos otras personas que seremos fieles hasta a la muerte a nuestros sedanes, a nuestras cupés, a nuestros modestos utilitarios. Y sobre ellos, daremos pelea.

»Porque ustedes quieren las calles, la autopistas, los caminos de ripio, la rutas provinciales y nacionales. Quieren todos los estacionamientos, los pasos bajo nivel, los puentes, las rectas, las curvas y hasta los lomos de burro. Quieren las rotondas, los cruces y los vados. Quieren todo el mundo para ustedes; quieren dejar la marca de sus neumáticos premium en cada uno de sus rincones y chuparse todo su petróleo. Si hasta se hacen llamar Todo Terreno, admitiendo cínicamente ese afán expansionista.

»¡Todo Terreno las bolas! El terreno no se vende, no se entrega, no se negocia. Para conquistarlo todo, antes tendrán que pasar por encima de nuestras humildes carrocerías».

Llegado este punto levanté el mentón, saqué pecho, y, seguro de estar escribiendo una página gloriosa de la historia vial que los conductores principiantes del futuro estudiarían con emoción, pronuncié las siguientes palabras:

«Hacé marcha atrás o aplastame».

La Kraken rugió como un león ofendido; sus neumáticos giraron sobre sí mismos, a infinitas revoluciones por minuto, rechinando de forma ensordecedora y empezando a cavar dos surcos en el pavimento.

En ese instante sentí la súbita necesidad de revisar mi voluntad y le descubrí un montón de grietas. Para mi asombro, resultó que estaba mucho más aferrado a la vida de lo que mi boca imaginaba. Pegué entonces un salto olímpico hacia la calle tras el cual hilvané un estilizado clavado hacia la zona más verde y segura de la vereda.

Con la cara hundida en el pasto, escuché como mi coche crujía bajo el peso del Leviatán. Supongo que entonces me desmayé.

 

Abrí los ojos. El sol brillaba otra vez. No había sido real. Había sido un sueño, una pesadilla. Seguramente alguien me había puesto algo en la Coca-Cola. ¡Malditos traficantes de droga! Eran ellos los culpables de la horrible alucinación que acababa de sufrir. Eso lo explicaba todo, menos al bombero que intentaba ponerme un cuello ortopédico.

–Naciste de nuevo, macho –me dijo.

En el medio de la calle había otro bombero. En cuclillas, estudiaba fascinado el cadáver de mi automóvil que había quedado chatito como queda Willy Coyote cuando lo agarra la topadora.

–No hay duda –dijo, palpando la marca indeleble que los neumáticos agresores habían dejado sobre mi pobre sedán–: son huellas de Kraken.

–¿Ves? Naciste de nuevo –insistió el bombero que me socorría, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer mi suerte–. La Kraken full full viene con licencia para matar.

–¡Qué chata! –celebró el otro.

 
 

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1 comentario

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Una respuesta a “4×4 a full full

  1. Diego

    Muy bueno amigazo!!!!!

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